La Cautiva De Los Borgia
- Автор: Калогридис Джинн
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «La Cautiva De Los Borgia». Краткое содержание книги:
– Aquí. Dos horas después de la medianoche.
De este modo nuestra complicidad quedó sellada. Aquellas palabras sonaron dulces como la música en mis oídos; había olvidado hasta la última palabra de la predicción de la bruja, años atrás, cuando dijo que mi corazón destruiría todo lo que amaba. Incluso si hubiese recordado su profecía en aquel soleado momento en el jardín con César, no lo hubiese comprendido, no hubiese tenido la presciencia de ver cómo nuestra pasión del uno hacia el otro a lo largo de los años se desarrollaría de una forma tan horrible e inexorable.
Cuando por fin Jofre se levantó y se vistió, era ya hora de que me escoltase hasta San Pedro para la misa de Pentecostés. Lo hizo con los ojos entrecerrados por el dolor que le causaba la brillante luz romana, mientras ambos caminábamos con nuestro séquito hacia la venerable catedral junto al Vaticano.
Afortunadamente para mí, el exceso de bebida y la noche pasada con la cortesana habían dejado a Jofre apagado y silencioso; si bien miró un momento la magnificencia de mi vestido, no hizo ninguna pregunta sobre la causa del súbito cambio de estilo de mi vestuario. Tampoco pareció notar mi nuevo entusiasmo.
No podía evitar sonreír. Me sentía abrumada cada vez que recordaba el beso de César. Ya no me preocupaba lo que pudiesen pensar de mí Su Santidad o Lucrecia. Ya no me importaba si el Papa recordaba o no mi rechazo, o si tenía la intención de vengarse: mientras viviese lo suficiente para encontrarme con César en el jardín, mi felicidad sería completa. Todos mis pensamientos, todas mis emociones, se dirigían a aquel momento futuro, cuando mi amor y yo estaríamos solos.
Entramos en la catedral. San Pedro había sido construida doce siglos atrás, y el interior reflejaba el paso de los años. Había esperado grandeza y gloria, pero las paredes interiores se veían agrietadas y se desmoronaban; el suelo estaba gastado y desnivelado hasta tal punto que tuve que tener mucho cuidado para no tropezar. Ni los centenares de velas que habían encendido, ni el resplandor de los adornos dorados y púrpuras del altar conseguían aliviar la penumbra; el perfume del incienso aumentaba la sensación de agobio, la falta de aire fresco. Era como caminar dentro de una inmensa cripta. Supongo que esto era lo apropiado, puesto que san Pedro estaba enterrado debajo del altar.
Sin embargo, nada de esto conseguía disminuir mi alegría. Me separé de mi marido, y fui a ocupar mi lugar con las mujeres de la casa Borgia. Lucrecia no había llegado, pero la delicada y etérea Julia ya estaba allí, junto a Adriana siempre con los ojos alerta y con sus damas de compañía. Las mujeres estábamos delante, en el centro de la nave, de cara al altar, mientras que a un costado habían erigido un gran trono para Su Santidad, y a su lado los asientos para los cardenales y los hombres de la familia Borgia. Muchos cardenales ya habían ocupado sus lugares, pero me descubrí buscando a uno: César.
Aún tenía que llegar. Pasó algún tiempo antes de que escuchásemos el sonido de las fanfarrias; por fin, apareció Su Santidad, vestido con una túnica de satén blanco, un capelo a juego y su larga capa dorada. Me saludó con una sonrisa beatífica; si me guardaba algún rencor, no lo demostró. En cuanto a mí, me incliné con el debido respeto. Lo seguía César, que ocupó el asiento al costado del trono; Jofre se sentó detrás, y el resto de los asientos fueron ocupados por los cardenales.
Detrás de César iba Lucrecia, con una docena de asistentes. Vestía una túnica de seda azul gris que resaltaba sus ojos. Tan alegre era mi humor, tan feliz mi corazón, que le dediqué una amplia sonrisa de bienvenida cuando se puso a mi lado; la abracé con tal entusiasmo que se sorprendió.
Por ser domingo de Pentecostés, habían invitado a dar el sermón a un prelado español que estaba de visita. Estaba tan ansioso de impresionar a la distinguida audiencia con su erudición, que habló y habló durante un tiempo insoportable. Nunca había comprendido que el fuego de Dios, que había dado una sobrenatural sabiduría a las lenguas de los hombres, pudiese ser un tópico tan árido y aburrido.
Habló durante más de una hora; un tiempo imperdonable durante el cual Su Santidad sufrió dos ataques de tos y numerosos cardenales se movieron en sus sillas sin disimular la impaciencia. Uno de los viejos Borgia echó la cabeza hacia atrás, y, con la boca abierta, comenzó a roncar sonoramente.
No pude contenerme. Comencé a reírme. Logré reprimir el sonido lo suficiente como para no llamar la atención del Papa, pero todo mi cuerpo se sacudía con el esfuerzo. Mi encuentro con César me había dejado con un extraño humor infantil; en cualquier otro momento, no me hubiese permitido comportarme con tanta indignidad.
Sin embargo, mis risas eran tan incontenibles que Lucrecia, aquella criatura cauta, acabó por contagiarse. Jadeé en busca de aliento, encontré su mirada… y las dos tuvimos que apoyarnos la una en los brazos de la otra ante el riesgo de desplomarnos sobre el suelo gastado.
En aquel instante, un pensamiento se apoderó de mí. Las pobres mujeres estábamos obligadas a estar de pie, nuestros pies se cansaban durante el interminable sermón, mientras que los hombres tenían la comodidad de las sillas. Pero a mi izquierda había una angosta escalera que llevaba hasta los bancos de madera construidos para los miembros del coro que cantaban el Evangelio. Ese domingo, los bancos estaban vacíos.
Tironeé de la manga de Lucrecia, y señalé con un movimiento de ojos los bancos por encima y detrás de nosotras. Sus propios ojos se abrieron; al principio con un ligero horror al pensar en tal atrevimiento. El protocolo requería que permaneciésemos en nuestros lugares durante el sermón, y que estuviéramos quietas; esto era sobre todo importante para un familiar del Papa. Pero mientras pensaba en aquella travesura, el horror dio paso a una picara alegría.
Pasé entre las damas, e, incapaz de disimular mi risa, subí la escalera como una niña, y luego me dejé caer en un banco con una absoluta falta de decoro.
Lucrecia me siguió; aunque subió la escalera con un ruido y una dificultad exageradas, cosa que atrajo más la atención sobre ella y aumentó lo escandaloso del acto. Se sentó y soltó un suspiro tan largo y sonoro que el prelado que daba el sermón se detuvo y frunció el entrecejo, molesto por la interrupción. Mis damas y las suyas estaban obligadas a seguirnos; lo que causó tal cantidad de ruidos que el prelado perdió el hilo del discurso y repitió la misma frase tres veces antes de recuperar la compostura.
Miré al Papa; sonreía sin disimulo, encantado por las travesuras de sus mujeres. Miré a César; él no sonreía, pero en sus ojos oscuros brillaba el humor.
Sin mirarla, me incliné hacia Lucrecia y susurré:
– Por favor, créeme: no tengo ninguna intención para con tu padre. No deseo más que ser la esposa de tu hermano.
Ella fingió no escucharme. No obstante, después de unos momentos, la miré y vi que me miraba; sonreía con aprobación. Me había ganado otra amiga en el Vaticano.
Capítulo 14
Aquella noche, envié a mis damas de compañía fuera de mi dormitorio, con la excusa de querer dormir sola. Estaban acostumbradas a mis caprichos y no hicieron ninguna pregunta, y se resignaron a dormir en una habitación cercana. Antes de que se marchasen, insistí en que la más joven de mis doncellas, Felicia, me preparase una túnica de seda negra y un velo, pues dije que echaba de menos Nápoles y que deseaba vestir de luto durante el resto de la semana.
Sabía que debía haber consultado con doña Esmeralda; que sin duda ya habría encontrado fuentes de información y habría averiguado todo lo posible acerca de los miembros de la familia Borgia. Pero tan fuerte era mi enamoramiento que no hice pregunta alguna; si César era un truhán, lascivo y caprichoso como su padre, no quería saberlo. Incluso si me lo hubiesen dicho, habría rechazado la información.