Donde Cruzan Los Brujos
- Автор: Abelar Taisha
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:
– ¿Qué te pasa, querida? -preguntó en tono solícito-. ¿Tienes la impresión de que nos conocemos de antes?
– Sí, sí -contesté, excitada, porque me sentí a punto de recordar dónde la había visto.
– Tarde o temprano lo recordarás -dijo en un tono tranquilizador, dándome a entender que no había prisa-. Con el tiempo, la respiración purificante que practicas al recapitular te permitirá recordar todo lo que has hecho en tu vida, incluso tus sueños. Entonces sabrás dónde y cuándo nos conocimos.
Me dio pena haberla mirado fijamente y que me hubiera tomado completamente desprevenida. Me puse de pie y la encaré, no de manera desafiante sino con admiración temerosa.
– ¿Quién es usted? -pregunté, ofuscada.
– Ya te dije quién soy -afirmó, sonriente-. Ahora bien, si quieres saber si soy alguna clase de eminencia, te decepcionarás. No soy nadie importante. Sólo pertenezco a un grupo de personas que busca la libertad. Conociste al nagual y el siguiente paso era conocerme a mí. Eso es porque soy responsable de ti.
Al escuchar que era responsable de mí, experimenté una punzada de temor. Desde siempre había luchado por ganar mi independencia; había peleado por ella con todas mis fuerzas.
– No quiero que nadie sea responsable de mí -dije-. He luchado demasiado duro para ser independiente como para someterme a alguien ahora.
Pensé que se ofendería, pero se rió y me dio unas palmaditas en el hombro.
– No lo decía en ese sentido -indicó-. Nadie quiere sojuzgarte. El nagual tiene una explicación de tu personalidad inquieta. Realmente cree que posees un espíritu combativo. De hecho cree que estás loca, indudablemente, pero en un sentido positivo.
Según ella, el nagual explicaba mi locura por el hecho de haber sido concebida en insólitas y desesperadas circunstancias. Nélida prosiguió a relatarme ciertos detalles de la historia de mis padres de los que nadie, excepto ellos mismos, estaban enterados. Reveló que antes de concebirme, cuando ellos vivían y trabajaban en Sudáfrica, mi padre fue encarcelado por razones que nunca reveló. Yo siempre cultivé la fantasía de que en realidad no estuvo en prisión sino en un campo de detención política. Nélida afirmó que mi padre le salvó la vida a un guardia, quien luego le ayudó a escapar, dando la espalda en un momento decisivo.
– Con los perseguidores pisándole los talones -continuó Nélida-, fue a ver a su esposa, para estar con ella por última vez en este mundo. Estaba seguro de que sería atrapado y muerto. Durante aquel abrazo apasionado de vida y muerte, tu madre quedó embarazada de ti. Te fueron trasmitidos el intenso temor y la pasión por la vida que tu padre estaba sintiendo. Por consiguiente, naciste inquieta, ingobernable y con una gran pasión por la libertad.
Apenas escuché sus palabras. Me pasmó a tal grado lo que me estaba revelando que me zumbaron los oídos y perdí la fuerza en las rodillas. Tuve que apoyarme en el tronco de un árbol para evitar caerme. Antes de que pudiera decir algo, ella continuó.
– La razón por la que tu madre era tan infeliz y en secreto despreciaba a tu padre fue porque él usó, para pagar por sus errores, la herencia que la familia de ella le dejó. El dinero se les acabó y tuvieron que abandonar Sudáfrica antes de que tú nacieras.
– ¿Cómo es posible que usted sepa cosas acerca de mis padres que ni siquiera yo tengo claras? -pregunté.
Nélida sonrió.
– Sé esas cosas porque soy responsable de ti -replicó.
Otra vez sentí que me recorría una punzada de temor, haciéndome temblar. En vista de que Nélida estaba enterada de los secretos de mis padres, temía que también supiera cosas acerca de mí. Siempre me había creído a salvo, escondida en la inexpugnable fortaleza de mi subjetividad. Viví arrullada por una falsa sensación de seguridad, convencida de que mis sentimientos, pensamientos y acciones no importaban mientras los mantuviese ocultos, mientras nadie estuviese enterado de ellos. Pero ahora resultaba obvio que esa mujer disponía de acceso a mi ser interior. Sentí la desesperada necesidad de reafirmar mi posición.
– Si algo soy -afirmé, desafiante-, es una persona independiente. Nadie es responsable de mí. Y nadie me dominará.
Nélida se rió de mi exabrupto. Me despeinó de la misma manera en que lo había hecho el nagual, con un ademán reconfortante y totalmente familiar al mismo tiempo.
– Nadie quiere dominarte, Taisha -dijo en tono amistoso. Su aire apacible sirvió para disipar mi enfado-. Te he dicho todo esto porque necesito prepararte para una maniobra específica.
La escuché con mucha atención, porque su tono me hacía intuir que estaba a punto de revelarme algo pasmoso.
– Clara te condujo hasta tu nivel actual, de una manera sumamente artística y eficaz. Estarás para siempre endeudada con ella. Ahora que terminó su tarea, se ha ido. Y lo triste es que ni siquiera le diste las gracias por sus cuidados y gentileza.
Un terrible e innombrable sentimiento empezó a cobrar forma dentro de mí.
– Espere un momento -musité-. ¿Clara se fue?
– Sí, así es.
– Pero regresará, ¿no es cierto? -pregunté.
Nélida meneó la cabeza.
– No. Como ya te dije, su trabajo terminó.
En ese momento tuve el único sentimiento verdadero de toda mi vida. En comparación con él, nada de lo que había sentido hasta entonces fue real; ni mis fastidios, ni mis arranques de ira, ni mis arrebatos de afecto, ni siquiera mi autocompasión eran reales en comparación con el dolor abrasador que experimenté en ese instante. Fue tan intenso que me entumeció. Quise llorar, pero no pude hacerlo. Entonces supe que el verdadero dolor no produce lágrimas.
– ¿Y Manfredo? ¿También se fue? -pregunté.
– Sí. Su trabajo, que era cuidarte, terminó también.
– ¿Y el nagual? ¿Volveré a verlo?
– En el mundo de los brujos todo es posible -dijo Nélida, tocándome la mano-. Pero una cosa es cierta: no es un mundo que pueda darse por sentado. En él debemos expresar nuestro agradecimiento ahora mismo, porque no existe el mañana.
La miré sin verla, totalmente pasmada. Devolvió mi mirada y susurró:
– El futuro no existe. Es hora de que lo comprendas. Y cuando termines de recapitular y hayas borrado el pasado por completo, sólo te quedará el presente. Entonces sabrás que el presente sólo es un instante, nada más.
Nélida me frotó la espalda suavemente y me indicó que respirara. Estaba tan afligida que había dejado de respirar.
– ¿Alguna vez podré cambiar? ¿Hay alguna oportunidad para mí? -pregunté, suplicante.
Sin responder, Nélida se dio la vuelta y se encaminó a la casa. Al llegar a la puerta trasera me indicó, con una señal del índice, que la siguiera al interior.
Quise correr detrás de ella, pero no pude moverme. Empecé a lloriquear y de repente me salió un gemido extrañísimo, un sonido que no era del todo humano. Comprendí por qué Clara me había amarrado su faja protectora en el estómago: para defenderme de ese golpe. Me acosté boca abajo sobre el montón de hojas y dentro de ellas solté el grito animal que me sofocaba. No alivió mi angustia. Saqué los cristales, los acomodé entre mis dedos e hice girar los brazos en círculos cada vez más pequeños, contra el sentido del reloj. Apunté los cristales a mi indolencia, mi cobardía y mi inútil autocompasión.
16
Nélida me esperaba con paciencia en la puerta trasera. Había tardado horas en calmarme. La tarde estaba avanzada. La seguí al interior de la casa. En el pasillo, justo delante de la sala, se detuvo de manera tan brusca que casi choqué con ella.
– Como te dijo Clara, vivo del lado izquierdo de la casa -indicó, volviéndose para mirarme-. Y te llevaré ahí. Pero primero pasemos a la sala y sentémonos por un rato, para que recobres el aliento.
Estaba jadeando y el corazón me latía a una velocidad inquietante.
– Estoy en buenas condiciones físicas -le aseguré-. Practicaba kung fu con Clara todos los días. Pero ahora no me siento muy bien.
– No te preocupes por estar sin aliento -dijo Nélida en tono tranquilizador- La energía de mi cuerpo está ejerciendo presión sobre ti. Es debido a esa presión adicional que el corazón te late más de prisa. Una vez que te acostumbres a mi energía, ya no te molestará.
Me tomó de la mano y me llevó a sentarme sobre un cojín en el piso, con la espalda apoyada en la parte delantera del sofá.
– Cuando estés agitada, como ahora, apoya la región lumbar de tu espalda en un mueble. O dobla los brazos hacia atrás, apretando con las manos la parte de arriba de tus riñones.
Sentarme en el piso con la espalda apoyada en esa forma definitivamente me calmó. En unos cuantos instantes, pude respirar normalmente y ya no sentía el estómago hecho nudos.
Observé a Nélida caminar de un lado al otro delante de mí.
– Ahora dejemos algo claro, de una vez por todas -dijo, sin interrumpir sus pasos livianos y reposados-. Cuando dije que soy responsable de ti, me refería a que estoy a cargo de tu total libertad. Así que no me vengas con más tonterías acerca de tus esfuerzos por independizarte. No me interesan tus enojos pueriles con tu familia. Pese a que has estado reñida con ella durante toda la vida, tu lucha carece de propósito y dirección. Es hora de dar una causa digna a tu fuerza natural y tu impulso compulsivo.