Donde Cruzan Los Brujos
- Автор: Abelar Taisha
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «Donde Cruzan Los Brujos». Краткое содержание книги:
– Ahora siéntate en el montón de hojas y has lo que hacen las gallinas -ordenó Clara.
Debo haberla mirado con sorpresa, porque me preguntó:
– ¿Qué crees que hacen las gallinas al empollar?
– Realmente no sabría decirte, Clara.
– La gallina permanece quieta y escucha a los huevos que tiene debajo de ella, dirige hacia ellos toda su atención. Escucha y no permite que su concentración se desvíe. De esta manera inflexible dirige su intento a la incubación de los pollos. Se trata de un escuchar sosegado que los animales hacen en forma natural, pero que los seres humanos hemos olvidado y que por lo tanto debemos cultivar.
Clara se sentó en una piedra gris grande y pálida, de cara hacia mí. La piedra tenía una depresión natural y parecía un sillón.
– Ahora dormita como lo hace la gallina y escúchame hablar con tu oído interno. Concéntrate en la calidez del interior de tu matriz y no te dejes distraer. Debes estar consciente de los sonidos a tu alrededor, pero no permitas que tu mente los siga.
– ¿De veras tengo que estar sentada aquí de esta manera, Clara? Digo, ¿no sería mejor que simplemente me echara una vigorizante siesta?
– Me temo que no. Como te dije, la presencia de nuestra visita es terriblemente agotadora. Si no reúnes energía suficiente, te hundirás lastimosamente. Créeme, yo soy un pan de azúcar comparada a ella. Es más parecida al nagual, despiadada y dura.
– ¿Por qué es tan agotadora su presencia?
– No puede evitarlo. Se encuentra tan retirada de los seres humanos y las preocupaciones de éstos que su energía podría desmoronarte por completo. A estas alturas ya no hay diferencia entre su cuerpo físico y su doble etéreo. Lo que quiero decir es que es una bruja maestra.
Clara me dirigió una mirada escrutadora y comentó acerca de mis oscuras ojeras.
– Has estado leyendo por la noche a la luz del quinqué, ¿verdad? -me reprendió-. ¿Por qué crees que no hay electricidad en las recámaras?
Le dije que no había leído una sola página desde el día en que llegué a su casa, porque la recapitulación y todas las demás cosas que me pedía no me dejaban tiempo para nada más.
– De todas maneras no soy muy aficionada a la lectura -admití-. Pero de vez en cuando curioseo por los libreros que tienes en los pasillos -no le dije que en realidad iba ahí a husmear, para ver si sus parientes habían retirado alguno de los libros.
Se rió y dijo:
– Algunos miembros de mi familia son lectores ávidos. Yo no soy una de ellos.
– ¿No lees por placer, Clara?
– No. Leo para informarme. Pero algunos de los otros sí leen por placer.
– ¿Entonces por qué no he notado nunca que falte algún libro? -pregunté, tratando de aparentar indiferencia.
Clara soltó una risita.
– Cuentan con su propia biblioteca del lado izquierdo de la casa -indicó, y luego me preguntó- ¿Tú no lees por placer, Taisha?
– Desafortunadamente, también leo sólo para informarme -repliqué.
Le conté a Clara que el placer de la lectura fue cortado en flor, en mi caso, cuando iba en la primaria. Uno de los amigos de mi padre, dueño de una distribuidora de libros, tenía la costumbre de regalarle a éste cajas llenas de libros agotados. Mi padre solía revisarlas y pasarme las obras literarias, que me mandaba leer además de mi tarea normal. Siempre di por sentado que se refería a que las leyera de principio a fin. Es más, creí que debía terminar un libro antes de seguir con otro. Fue una sorpresa total para mí cuando más adelante averigüé que algunas personas se ponen a leer varios libros en forma simultánea, alternando entre ellos de acuerdo con su estado de ánimo.
Clara me miró y meneó la cabeza, como si fuera una causa perdida.
– Los niños hacen cosas extrañas cuando se encuentran bajo presión -afirmó-. Ahora entiendo por qué saliste tan compulsiva. Apuesto a que si recapitularas las historias que leíste en esos libros te sorprenderías con lo que te saldría al encuentro. De niños no podemos debatir lo que nos es presentado, así como tú no pudiste debatir tu idea de que tuvieras que leer un libro desde la primera hasta la última página. Todos los miembros de mi familia tenemos un serio debate con el resto del mundo acerca de lo que se les hace a los niños.
– Conocer a tu familia se ha convertido en una obsesión para mí, Clara.
– Es muy natural. He hablado mucho sobre ellos.
– No es sólo eso, Clara -dije-. Más bien se trata de una sensación física. No sé por qué, pero no puedo dejar de pensar en ellos. Incluso sueño con ellos.
En cuanto hube dado voz a este hecho, algo encajó en mi mente. Bruscamente confronté a Clara con una pregunta. Puesto que ella me había conocido desde antes y su primo, siendo mi casero, también me conocía, se me vino a la mente la idea de que yo ya debía conocer a sus otros parientes.
– Naturalmente todos te conocen -dijo Clara, como si fuera de lo más obvio, pero no respondió a mi pregunta.
No me imaginaba quiénes pudiesen ser.
– Déjame hacerte una pregunta directa, Clara. ¿Los conozco yo? -insistí.
– Todas éstas son preguntas imposibles, Taisha. Sería mejor, creo, que no las hicieras.
Me enfurruñé y me levanté de mi asiento de hojas, pero con un suave empujón Clara me obligó a tomar asiento de nuevo.
– Está bien, está bien, señorita averigualotodo -dijo-. Si eso sirve para que te quedes donde estás, te lo diré. Los conoces a todos, pero definitivamente no recuerdas haberlos conocido. Aunque te toparas de frente con alguno de mis parientes, creo que ni siquiera así sentirías el menor atisbo de reconocimiento. Pero al mismo tiempo algo dentro de ti se agitaría en extremo. ¿Estás satisfecha ahora?
Su respuesta no me satisfizo en lo más mínimo. De hecho, me convenció de que pretendía confundirme deliberadamente, tentarme, jugar con las palabras.
– Creo que disfrutas atormentándome, Clara -dije, asqueada.
Clara soltó una carcajada.
– No estoy jugando contigo -me aseguró-. Explicar lo que somos y lo que hacemos es lo más difícil del mundo. Ojalá pudiera aclarártelo mejor, pero no puedo. Así que no tiene caso insistir en explicaciones cuando no las hay.
Incómoda, cambié de posición en el suelo. Se me habían dormido las piernas. Clara sugirió que me acostara boca abajo y que apoyara la cabeza sobre el brazo derecho, con el codo doblado. Lo hice y encontré cómoda la posición. El suelo y las hojas parecían mantenerme arraigada, mientras que mi mente estaba quieta pero alerta. Clara se inclinó y me acarició la cabeza afectuosamente. Luego fijó la mirada en mí de una manera tan extraña que le agarré la mano y la sujeté por unos instantes.
– Tengo que irme ahora, Taisha -indicó con voz queda, soltando mi mano-, pero puedes estar segura de que volveré a verte-. Sus ojos verdes estaban salpicados de claras motas ambarinas. Y su brillo fue lo último que vi.
Desperté cuando alguien me picó la espalda con un palo. Una mujer extraña se encontraba de pie a mi lado. Era alta, esbelta e increíblemente atractiva. Tenía los rasgos exquisitamente cincelados; una boca pequeña, dientes uniformes, la nariz perfectamente definida; una cara ovalada; un cutis nórdico blanco y delicado, casi transparente; cabello gris lustroso y rizado. Cuando sonrió pensé que era una chica adolescente, llena de osadía y sensualidad. Al adoptar un aspecto sereno, parecía una mujer europea cosmopolita, elegante y madura. Su ropa estaba a la moda y era distinguida, especialmente sus cómodos zapatos, lo cual no había visto nunca en los Estados Unidos, donde las mujeres bien vestidas que calzaban zapatos cómodos siempre tenían un aire matronal.
La mujer era al mismo tiempo más vieja y más joven que Clara; en edad definitivamente era más vieja, pero años más joven en apariencia. Y poseía algo que sólo es posible calificar de vitalidad interior. En comparación, Clara aún parecía encontrarse en una etapa formativa, mientras que ese ser era el producto terminado. Sabía que una persona increíblemente diferente, quizá tan diferente como un miembro de otra especie, me estaba examinando con auténtica curiosidad.
Me incorporé y rápidamente me presenté. Me correspondió con calidez.
– Yo soy Nélida Abelar -dijo en inglés-. Vivo aquí con mis demás compañeros. Ya conoces a dos de ellos, Clara y el nagual, Juan Miguel. Pronto conocerás a los demás.
Hablaba con una ligera inflexión extranjera. Su voz me resultó atractiva y totalmente familiar, a tal grado que no pude más que mirarla fijamente. Se rió, creo que debido al hecho de que, a causa de mi sorpresa, tenía los músculos de la cara paralizados en un rictus inmóvil. El sonido de su dura risa también me pareció remotamente familiar; tenía la sensación de haber escuchado esa risa antes. Cruzó mi mente la idea de que había visto a esa mujer en otra ocasión, aunque no pude imaginar dónde. Entre más la miraba, más me convencía de que la conocía de algún lado, pero se me había olvidado dónde.