Noche Sobre Las Aguas
- Автор: Фоллетт Кен
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические детективы
Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:
Ni siquiera me ha preguntado si estoy bien, pensó Nancy.
Por extraño que fuera, la rudeza de Lovesey la calmó. Miró a su alrededor. Las ovejas habían regresado a pastar, como si no hubiera ocurrido nada. Ahora que el motor estaba silencioso, oyó las olas romper en la playa. El sol brillaba, pero sentía el viento frío y húmedo lamiendo su mejilla.
Se quedó inmóvil unos instantes, y después, cuando estuvo segura de que sus piernas la sostendrían, se levantó y bajó del avión. Puso pie en suelo irlandés por primera vez en su vida, y la emoción casi le arrancó lágrimas. De aquí nos marchamos hace muchísimos años, pensó. Oprimidos por los ingleses, perseguidos por los protestantes, condenados a morir de hambre por la enfermedad de la patata, nos apretujamos en barcos de madera y zarpamos de nuestra tierra natal hacia un mundo nuevo.
Y es una manera muy irlandesa de volver, pensó con una sonrisa. Casi muero al aterrizar.
Basta de sentimentalismos. Estaba viva. ¿Llegaría a tiempo de alcanzar el clipper? Consultó su reloj. Eran las dos y cuarto. El clipper acababa de despegar de Southampton. Podría llegar a Foynes a tiempo si este avión volvía a volar, y si tenía el valor de subir otra vez.
Se encaminó a la parte delantera del avión. Lovesey utilizaba una llave inglesa grande para soltar un tornillo.
– ¿Lo arreglará? -preguntó Nancy.
El hombre no levantó la vista.
– No lo sé.
– ¿Cuál es el problema?
– No lo sé.
Había recaído en su estado de ánimo taciturno.
– Pensaba que usted era ingeniero -dijo Nancy, exasperada.
Sus palabras le ofendieron.
– Estudié matemáticas y física -explicó, mirándola-. Mi especialidad es la resistencia al aire de curvas complejas. ¡No soy un jodido mecánico!
– Pues tal vez debería ir a buscar un mecánico.
– No hay ninguno en esta jodida Irlanda. Este país aún vive en la Edad de Piedra.
– ¡Gracias a la brutalidad de los ingleses, que sojuzga al pueblo desde hace muchos siglos!
El hombre sacó la cabeza del motor y se irguió.
– ¿Por qué cojones nos hemos metido en política?
– Ni siquiera me ha preguntado todavía si estoy bien. -Es obvio que está bien.
– ¡Casi me ha matado!
– Le he salvado la vida.
Aquel hombre era imposible.
Nancy escudriñó el horizonte. A medio kilómetro se distinguía la línea de un seto o un muro que tal vez bordearía una carretera, y algo más allá vio varios tejados de paja arracimados. Quizá podría conseguir un coche y llegar a Foynes.
– ¿Dónde estamos? -preguntó-. ¡Y no me diga que no lo sabe!
Él sonrió. Era la segunda o tercera vez que la sorprendía, al demostrar que no tenía tan mala leche como aparentaba.
– Creo que estamos a pocos kilómetros de Dublín. Nancy decidió que no se iba a quedar para verle manipular el motor.
– Voy a pedir ayuda.
– El le miró los pies.
– No llegará muy lejos con esos zapatos.
Voy a darle una lección, pensó Nancy, irritada. Se levantó la falda y se quitó las medias a toda prisa. Lovesey la miró, asombrado y sonrojado. Nancy se despojó también de los zapatos. Le gustó que perdiera la compostura.
– No tardaré mucho -dijo, guardando los zapatos en los bolsillos de la chaqueta y alejándose descalza.
Cuando estuvo a unos metros de distancia, Nancy se permitió una amplia sonrisa. Le había dejado sin habla. Le estaba bien por sentirse tan superior.
El placer de haberle vencido no tardó en disiparse. La humedad, el frío y la suciedad empezaron a torturar sus pies. Las casas estaban más lejos de lo que había pensado. Ni siquiera sabía qué iba a hacer cuando llegara. Supuso que intentaría trasladarse en coche a Dublín. Lovesey debía tener razón sobre la escasez de mecánicos en Irlanda.
Le costó veinte minutos llegar a las casas. Detrás de la primera encontró a una mujer menuda calzada con zuecos, que cavaba en un huerto.
– Hola -saludó Nancy.
La mujer levantó la vista y lanzó un grito de miedo.
– Mi avión ha sufrido un accidente -explicó Nancy.
La mujer la miró como si viniera de otro mundo.
Nancy imaginó que su aspecto era de lo más extravagante, descalza y con una chaqueta de cachemira. Lo cierto era que, para una campesina ocupada en su jardín, un extraterrestre resultaría mucho menos sorprendente que una mujer recién salida de un avión. La mujer extendió un brazo vacilante y tocó la chaqueta de Nancy. Ésta se sintió turbada: la mujer la trataba como a una diosa.
– Soy irlandesa dijo Nancy, esforzándose por parecer más humana.
La mujer sonrió y meneó la cabeza, como diciendo «no me puedes engañar».
– Necesito ir en coche a Dublín.
La mujer, considerando más sensatas estas palabras, habló por fin.
Por lo visto, pensaba que apariciones como Nancy sólo podían proceder de una gran ciudad.
El hecho de que utilizara el inglés tranquilizó a Nancy; había temido que la mujer sólo hablara gaélico.
– ¿Está muy lejos?
– Con un buen caballo, llegaría en una hora y media -dijo la mujer, con una cadencia musical.
Horrible perspectiva. El clipper despegaría dentro de dos horas de Foynes, al otro lado del país.
– ¿Alguien del pueblo tiene coche?
– No.
– Maldita sea.
– Pero el herrero tiene una moto.
– ¡Será suficiente!
En Dublín podría conseguir un coche que la llevara a Foynes. No sabía si Foynes estaba muy lejos, o cuanto tiempo se tardaba en llegar, pero pensó que debía intentarlo.
– ¿Dónde está el herrero?
– Yo la acompañaré.
La mujer hundió su pala en la tierra.
Nancy la siguió. Nancy vio con horror que la carretera era un simple sendero embarrado: una moto no podría correr más que un caballo sobre esta superficie.
Pensó en otra dificultad mientras caminaba por la aldea. Una moto sólo aceptaba un pasajero. Había planeado volver al avión y recoger a Lovesey, en caso de conseguir un coche, pero sólo uno de ellos podría montarse en la moto…, a menos que el propietario se la vendiera. Entonces, Lovesey conduciría y Nancy iría de paquete. Y después, pensó excitada, se dirigirían a Foynes.
Anduvieron hacia la última casa y se acercaron a un taller de una sola vertiente, situado a un lado… y las últimas esperanzas de Nancy se desvanecieron al instante: las piezas de la moto estaban desparramadas por tierra y el herrero trabajaba con ellas.
– Mierda -dijo Nancy.
La mujer habló en gaélico con el herrero. Éste miró a Nancy con una pizca de diversión. Era muy joven, de cabello negro y ojos azules, a la manera irlandesa, y exhibía un poblado bigote. Asintió con la cabeza, como dando a entender que comprendía la situación.
– ¿Dónde está su aeroplano? -preguntó a Nancy.
– A un kilómetro de distancia, más o menos.
– Tal vez debería echarle un vistazo.
– ¿Sabe algo de aviones? -preguntó ella con escepticismo.
El joven se encogió de hombros.
– Los motores son motores.
Ella imaginó que si podía desmontar una moto, también podría reparar un motor de avión.
– Sin embargo, yo diría que quizá sea demasiado tarde -añadió el herrero.
Nancy frunció el ceño, y entonces oyó lo que él ya había percibido: el sonido de un aeroplano. ¿Sería el Tiger Moth? Corrió afuera y escudriñó el cielo. El pequeño avión amarillo volaba a baja altura sobre la aldea.
Lovesey lo había arreglado… ¡y había despegado sin esperarla!
Miró hacia arriba, incrédula. ¿Cómo podía hacerle esto? ¡También se llevaba su maletín!
El avión pasó rozando la aldea, como para burlarse de ella. Nancy agitó el puño en dirección al aparato. Lovesey la saludó y se alejó.
El avión empezó a disminuir de tamaño. El herrero y la campesina estaban de pie detrás de ella.