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Noche Sobre Las Aguas

Электронная книга - «Noche Sobre Las Aguas». Краткое содержание книги:

A finales del verano de 1939, la declaración de guerra de Inglaterra contra Alemania obliga a la aristocrática familia de los Oxenford a un precipitado viaje a los Estados Unidos. El marqués habría manifestado con excesivo ardor sus simpatías hacia Hitler y la nueva situación hace aconsejable desaparecer del país. El medio de transporte elegido es el recientemente inaugurado vuelo trasatlántico de la compañía Pan-Am, un maravilloso clipper de lujo sólo accesible a las grandes fortunas como la de los Oxenford y a pasajeros que tienen motivos muy especiales para abandonar Inglaterra lo más rápidamente posible. Aventureros, millonarios, estafadores, espias, agentes del FBI, siniestros criminales, parejas que huyen de maridos engañados, jovencitas en edad de enamorarse, forman el explosivo grupo de pasajeros que desde las tranquilas aguas portuarias de Southampon iniciarán su vuelo hasta Port Washington, Nueva York. Con ellos, naturalmente, están los héroes que deberán responder al desafío de los autores de un sofisticado plan que hará de éste viaje fuera de lo normal y mucho más largo de lo que debiera haber sido según los responsables de Pan Am.
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– Es una fuga -replicó disgustada.

– ¿A qué se refiere?

– Ya sabe que mi padre es fascista.

Harry asintió con la cabeza.

– He leído sobre él en los periódicos.

– Bien, él piensa que los nazis son maravillosos y no quisiera luchar contra ellos. Además. El gobierno lo metería en la cárcel si se quedara.

– ¿Van a vivir en Estados Unidos?

– La familia de mi madre es de Connecticut.

– ¿Cuánto tiempo se quedarán?

– Mis padres se quedarán hasta el fin de la guerra. Es posible que no regresen nunca.

– ¿Usted no quiere ir?

– Desde luego que no -replicó ella con vehemencia-. Quiero quedarme a luchar. El fascismo es algo aterrador y esta guerra puede ser de importancia vital. Quiero aportar mi granito de arena.

Se puso a hablar de la Guerra Civil Española, pero Harry la escuchó sin prestarle mucha atención. Le había asaltado un pensamiento tan estremecedor que su corazón latía lo más rápido y debía esforzarse por mantener la expresión normal de su rostro.

«Cuando la gente huye de su país al estallar una guerra, no abandona sus objetos de valor.»

Era muy sencillo. Cuando huían de un ejercito invasor, los civiles se llevaban sus posesiones. Los judíos huían de los nazis con monedas de oro, cosidas en los forros de la chaquetas. Después de 1917, aristócratas rusos como la princesa Lavania llegaban a todas las capitales de Europa aferrando sus huevos de Farbegé.

Lord Oxenford debía de haber pensado en la posibilidad de que nunca volvería. Además, el gobierno había dispuesto controles de cambio de divisas para impedir que la alta sociedad inglesa sacara todo su dinero al extranjero. Los Oxenford sabían que tal vez no volverían a ver lo que dejaban atrás. Estaba seguro de que se habían traído la mayor cantidad de bienes posible.

Transportar una fortuna en joyas en el equipaje era arriesgado, por supuesto, pero ¿existía un método menos peligroso? ¿Enviarlo por correo, por valija diplomática, dejarlas en el país, para que un gobierno vengativo las confiscara, un ejército invasor las robara, o una revolución postbélica las «liberara»?

No. Los Oxenford llevaban sus joyas encima.

Se habrían llevado el conjunto Delhi, en particular. Sólo pensarlo le dejó sin aliento.

El conjunto Delhi era la pieza principal de la colección de joyas antiguas de lady Oxenford. Consistía en un collar de rubíes y diamantes, con monturas de oro, además de pendientes y un brazalete a juego. Los rubíes eran birmanos, de la variedad más preciosa, y absolutamente enormes; el general Robert Clive, conocido como Clive de la India, los había llevado a Inglaterra en el siglo dieciocho, y los joyeros de la Corona los habían montado.

Se decía que el conjunto Delhi estaba valorado en un cuarto de millón de libras, más dinero del que un hombre podía gastar en su vida.

Y este conjunto se encontraba, casi con toda seguridad, en este avión.

Ningún ladrón profesional robaría durante un viaje en barco o en avión: la lista de sospechosos sería demasiado corta. Además, Harry suplantaba a un norteamericano, viajaba con pasaporte falso, estaba en libertad bajo fianza y se sentaba frente a un policía. Sería una locura intentar apoderarse del conjunto, y sólo pensar en los riesgos implicados le provocaba temblores.

Por otra parte, nunca tendría una oportunidad semejante. De pronto, necesitó aquellas joyas como un hombre a punto de ahogarse jadea en busca de aire.

No podría vender el juego por un cuarto de millón, desde luego, pero conseguiría una décima parte de su valor, unas veinticinco mil libras, más de cien mil dólares.

En cualquier caso, le bastaría para vivir el resto de su vida. Se le hizo la boca agua de pensar en tanto dinero, pero, además, las joyas eran irresistibles. Harry había visto fotos de ellas: las piedras del collar eran perfectamente iguales, los diamantes resaltaban sobre los rubíes como lágrimas sobre la mejilla de un niño, y las piezas más pequeñas, los pendientes y el brazalete, eran de proporciones perfectas. El conjunto, en el cuello, orejas y muñeca de una mujer hermosa, resultaría arrebatador.

Harry sabía que nunca se encontraría más cerca de una obra maestra como aquella. Nunca.

Tenía que robarla.

Los riesgos eran abrumadores, pero siempre había sido afortunado.

– Creo que no me está escuchando -dijo Margaret.

Harry se dio cuenta de que no prestaba atención.

– Lo siento -sonrió-. Ha dicho algo que me ha hecho pensar en otra cosa.

– Lo sé -contestó Margaret-. A juzgar por la expresión de su rostro, estaba soñando con alguien a quien ama.

8

Nancy Lenehan esperaba presa de impaciencia mientras ponían a punto el bonito aeroplano amarillo de Mervyn Lovesey. Estaba dando las últimas instrucciones al hombre del traje de tweed, que aparentaba ser el capataz de la fábrica que pertenecía a Mervyn. Nancy dedujo que tenía problemas con los sindicatos y que se avecinaba la huelga.

– Doy trabajo a diecisiete fabricantes de herramientas dijo a Nancy, cuando hubo terminado y cada uno de ellos es un puñetero individualista.

– ¿Qué fabrica? -preguntó la mujer.

– Ventiladores. -Señaló el avión. Hélices de avión y de barco, cosas así. Cualquier cosa que tenga curvas complicadas. La parte mecánica no presenta problemas, pero sí el factor humano. -Sonrió con condescendencia-. Supongo que: no está interesada en los problemas de las relaciones industriales.

– Pues sí -contestó Nancy-. Yo también dirijo una fábrica.

El hombre se quedó sorprendido.

– ¿De qué tipo?

Fabrico cinco mil setecientos pares de zapatos al día.

Sus palabras le impresionaron, pero también debió pensar que, en parte, le había engañado, a juzgar por su respuesta.

– La felicito -dijo, en un tono que sugería una mezcla de burla y admiración. Nancy adivinó que su negocio era mucho más modesto que el de él.

– Quizá debería decir que fabricaba zapatos -dijo, y un sabor a bilis acudió a su boca cuando lo admitió-. Mi hermano intenta vender el negocio a mis espaldas. Por eso he de alcanzar el clipper -añadió, dirigiendo una mirada ansiosa al aeroplano.

– Lo hará -le aseguró Mervyn-. Gracias a mi Tiger Moth llegaremos con una hora de sobra.

Ella deseó con todo su corazón que estuviera en lo cierto.

– Todo listo, señor Lovesey -dijo el mecánico, después de saltar del avión.

Lovesey miró a Nancy.

– Consíguele un casco -dijo al mecánico-. No puede volar con ese ridículo sombrerito.

Esta vuelta a sus bruscos modales anteriores sorprendió a Nancy. Le gustaba hablar con ella mientras no tenía otra cosa que hacer, pero en cuanto aparecía algo importante perdía su interés por ella. No estaba acostumbrada a que los hombres la trataran así. Sin ser arrebatadora, era lo bastante atractiva para que los hombres se fijaran en ella, y poseía un cierto aire autoritario. Los hombres solían tratarla con aire protector, pero sin llegar ni mucho menos a la desenvoltura de Lovesey. Sin embargo, no iba a protestar. Aguantaría cosas peores que la grosería con tal de atrapar a su traicionero hermano.

El matrimonio Lovesey despertaba su curiosidad. «Persigo a mi esposa», había dicho, una admisión sorprendentemente sincera. No le extrañaba que una mujer quisiera huir de él. Era muy apuesto, pero también egocéntrico e insensible. Por eso resultaba muy extraño que corriera detrás de su mujer. Aparentaba excesivo orgullo. En opinión de Nancy, era de los que se habrían limitado a decir: «Que se vaya a la mierda». Quizá le había juzgado mal.

Se preguntó cómo sería su mujer. ¿Sería bonita, sensual, egoísta, mimada? ¿Una ratita asustada? Pronto lo averiguaría…, si llegaban a tiempo de alcanzar el clipper.

El mecánico le trajo un casco y se lo puso. Lovesey subió a bordo.

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