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La oscuridad de los sueños

Электронная книга - «La oscuridad de los sueños». Краткое содержание книги:

McEvoy tiene los días contados como periodista de sucesos; sus momentos de gloria languidecen y su nombre se baraja en las listas de recortes previstos por Los Angeles Times. Sin embargo, guarda todavía un último cartucho: la redacción de la que pretende que sea la crónica criminal más impactante de su carrera.
Para ese propósito, elige a Alonzo Winslow, un drogadicto de dieciséis años encarcelado tras confesar la autoría del asesinato de una joven hallada estrangulada en el maletero de un coche. Jack quiere escribir acerca de la negligencia y la injusticia social que convirtieron a Winslow en un asesino. Al adentrarse en la historia, descubre que la confesión del chico es falsa y sospecha que es inocente. Tras vincular el asesinato del maletero de Los Ángeles con otro acontecido en Las Vegas, McEvoy se ve ante el reportaje más espectacular de su carrera desde que el Poeta se cruzara con él años atrás.
Una vieja amiga del pasado se une a la investigación; se trata de la agente del FBI, Rachel Walling. Juntos le pisarán los talones a un psicópata que lleva demasiado tiempo actuando a la sombra del radar del FBI y la policía.
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Sonreí y tuve la esperanza de que también ella estuviera sonriendo.

– Eres un optimista, Jack. Hablando de cooperación, ¿puedo enviar a alguien a por tu móvil ahora?

– Sí, ¿qué te parece si te mandas a ti misma?

– No puedo. Estoy ocupada aquí. Te lo he dicho.

No sabía cómo interpretarlo.

– ¿Tienes problemas, Rachel?

– Todavía no lo sé, pero he de colgar.

– Pero ¿estás en el operativo? ¿Van a dejarte trabajar en el caso?

– Por ahora, sí.

– Vale, eso es bueno.

– Sí.

Nos pusimos de acuerdo para que esperara al agente que ella iba a mandar a recoger el teléfono en la puerta del vestíbulo del globo al cabo de media hora. Dicho eso, ya era el momento de que los dos volviéramos al trabajo.

– Aguanta, Rachel -le dije.

Ella guardó silencio un momento y luego dijo:

– Tú también, Jack.

Colgamos a continuación. Y de alguna manera, con todo lo que había pasado en las últimas treinta y seis horas, con lo que le había ocurrido a Angela y después de que acabara de amenazarme un asesino en serie, una parte de mí se sentía feliz y esperanzada.

Sin embargo, tenía la sensación de que eso no iba a durar.

Capítulo 7

La granja

Carver vigilaba con atención las pantallas de seguridad. Los dos hombres del mostrador enseñaron su identificación a Geneva. No sabía a qué agencia de la ley pertenecían, porque cuando hizo zoom ya habían guardado las placas.

Observó que Geneva levantaba el teléfono y marcaba tres dígitos. Carver sabía que estaría llamando a la oficina de Mc Ginnis. La chica dijo unas palabras, colgó e hizo una señal a los dos hombres con placa para que esperaran en uno de los sofás.

Carver trató de mantener a raya su ansiedad. El impulso de lucha o huye se disparó en su cerebro al pasar revista a sus movimientos recientes y tratar de ver dónde había cometido un error, si es que lo había cometido. Estaba a salvo. El plan era bueno. Freddy Stone era el único motivo de preocupación -el único aspecto que podría considerarse un eslabón débil- y Carver tendría que tomar medidas para hacer desaparecer ese problema potencial.

En la pantalla observó que Yolanda Chávez, la segunda al mando de Mc Ginnis, entraba en el vestíbulo de recepción y estrechaba la mano a los dos hombres. Ellos volvieron a mostrar rápidamente las placas y acto seguido uno de ellos sacó un documento doblado del bolsillo interior de la chaqueta y se lo entregó a Chávez. Esta lo estudió un momento antes de devolvérselo. Hizo una seña a los dos hombres para que la siguieran y entraron por la puerta que conducía al interior del edificio. Conmutando entre las pantallas de seguridad, Carver pudo seguirlos hasta la zona de administración.

Se levantó y cerró la puerta de su oficina. De regreso en su escritorio, cogió el teléfono y marcó la extensión de recepción.

– Geneva, soy el señor Carver. Estoy viendo las cámaras y tengo curiosidad por estos dos hombres que acaban de entrar. He visto que mostraban placas. ¿Quiénes son?

– Son agentes del FBI.

Las palabras le helaron la sangre, pero mantuvo la serenidad. Al cabo de un momento, Geneva continuó.

– Dijeron que tienen una orden de registro. Yo no la he visto, pero se la han mostrado a Yolanda.

– Una orden de registro, ¿para qué?

– No estoy seguro, señor Carver.

– ¿A quién querían ver?

– A nadie en concreto. Solo han pedido ver a alguien al mando. He llamado al señor Mc Ginnis, y Yolanda ha salido a recibirlos.

– Muy bien, gracias, Geneva.

Carver colgó el teléfono y volvió a centrarse en su pantalla. Escribió una orden que abrió un nuevo conjunto de ángulos de cámara: una pantalla múltiple que mostraba las cuatro oficinas privadas de los jefes de administración. Esas cámaras estaban escondidas en los detectores de humo montados en el techo y los ocupantes de las oficinas desconocían su existencia. Las imágenes de las cámaras iban acompañadas de los correspondientes canales de audio.

Carver vio que los dos agentes del FBI entraban en la oficina de Declan Mc Ginnis. Hizo clic con el ratón en esa cámara y la imagen ocupó toda la pantalla; una vista cenital en ángulo de la habitación tomada por una lente convexa. Los agentes se sentaron de espaldas a la cámara y Yolanda a la derecha. Carver tuvo una imagen completa de Mc Ginnis cuando este volvió a sentarse después de darle la mano a los agentes. Uno era negro y el otro blanco. Se identificaron como Bantam y Richmond.

– Bueno, ¿me han dicho que tienen una orden de registro? -dijo Mc Ginnis.

– Sí, señor, eso es -dijo Bantam.

Volvió a sacar el documento del bolsillo de la americana y se lo pasó a Mc Ginnis por encima de la mesa.

– Ustedes alojan una página llamada asesinodelmaletero.com y necesitamos toda la información que tengan sobre esa web.

Mc Ginnis no respondió. Estaba leyendo el documento. Carver se estiró y se pasó las manos por el pelo. Necesitaba saber qué decía esa orden y lo cerca que estaban. Trató de calmarse, recordándose a sí mismo que se había preparado para eso. Incluso lo había previsto. Él sabía más sobre el FBI de lo que el FBI sabía de él. Podía comenzar allí mismo.

Apagó las cámaras y luego la pantalla. Abrió un cajón del escritorio y sacó la pila de volúmenes de informes mensuales del servidor que su personal había preparado esa misma semana. Por lo general, los guardaba hasta que Mc Ginnis preguntaba por ellos y los enviaba con uno de los ingenieros de servidores que salía a fumar un cigarrillo. Esta vez iba a entregarlo él mismo. Dio unos golpecitos con la pila de papeles en la mesa para cuadrar las esquinas; luego salió y cerró su oficina.

En la sala de control les dijo adónde iba a Mizzou y Kurt, los dos ingenieros de servicio, y abrió la puerta de seguridad. Por suerte, Freddy Stone no empezaba el turno hasta la tarde, porque nunca podría volver a Western Data. Carver sabía cómo trabajaba el FBI; tomarían nota de los nombres de todos los empleados y los buscarían en sus ordenadores. Así, averiguarían que Freddy Stone no era Freddy Stone y volverían a por él.

Carver no iba a permitirlo. Tenía otros planes para Freddy.

Subió en el ascensor y entró en la zona de administración con la cabeza gacha, leyendo la página superior de la pila de informes. Levantó la cabeza con disimulo al entrar y vio a través de la puerta abierta de la oficina de Mc Ginnis que este tenía compañía. Giró sobre sus talones y se dirigió al escritorio de la secretaria de Mc Ginnis.

– Dale esto a Declan cuando esté libre -dijo-. No hay prisa.

Se volvió para salir de la habitación, esperando que el movimiento de giro hubiera llamado la atención de Mc Ginnis al otro lado de la puerta. Pero llegó hasta la puerta sin que lo llamaran.

Puso la mano en el pomo.

– ¿Wesley?

Era Mc Ginnis, que lo llamaba desde su oficina. Carver se volvió y miró por encima del hombro. Mc Ginnis estaba detrás de su escritorio, haciéndole señas para que se acercara.

Carver entró en la oficina. Saludó con la cabeza a los dos hombres sin hacer el menor caso a Chávez, a quien consideraba una empleada sin ningún valor a la que habían contratado por motivos de diversidad étnica. No había silla para Carver, pero eso le convenía. Ser la única persona de pie le proporcionaría una posición de mando.

– Wesley Carver, los agentes Bantam y Richmond de la oficina del FBI en Phoenix. Estaba a punto de llamarte al búnker.

Carver estrechó las manos de ambos hombres y repitió su nombre cada vez, cortésmente.

– Wesley se ocupa de varias cosas aquí -dijo Mc Ginnis-. Es nuestro jefe de tecnología y el que diseñó casi todo este lugar. Es también nuestro principal experto contra amenazas. Lo que me gusta llamar nuestro…

– ¿Hay algún problema? -lo interrumpió Carver.

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