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La casa del propósito especial

Электронная книга - «La casa del propósito especial». Краткое содержание книги:

Mientras acompaña a su esposa Zoya, que agoniza en un hospital de Londres, Georgi Danilovich Yáchmenev rememora la vida que han compartido durante sesenta y cinco años, una vida marcada por un gran secreto que nunca ha salido a la luz. Los recuerdos se agolpan en una sucesión de imágenes imborrables, a partir de aquel lejano día en que Georgi abandonó su mísero pueblo natal para formar parte de la guardia personal de Alexis Romanov, el único hijo varón del zar Nicolás II. Así, la fastuosa vida en el Palacio de Invierno, las intimidades de la familia imperial, los hechos que precedieron a la revolución bolchevique y, finalmente, la reclusión y posterior ejecución de los Romanov se entremezclan con el durísimo exilio en París y Londres en una hermosa historia de un amor improbable, al mismo tiempo un apasionante relato histórico y una conmovedora tragedia íntima. Con un dominio absoluto del ritmo y el suspense, John Boyne mantiene vivo el interés hasta las últimas páginas, en las que un inesperado desenlace dejará, una vez más, una profunda huella en los lectores.
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– ¿Queda algo de té? -preguntó Devlin.

– Creo que aún queda un poco. ¿Nos vamos ya? -preguntó ella sirviendo el té en una taza.

El abrió el cajón de la mesa de la cocina, sacó la Luger, la comprobó y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta.

Tú no vas a ir a ninguna parte esta vez, muchacha -le dijo, tomando el té.

Ella hizo ademán de protestar, pero su tío sacudió la cabeza.

– Tiene razón, muchacha. Puede que las cosas se pongan feas. Será mejor que no te metas en esto.

Ella les miró, desconsolada, mientras ellos bajaban los escalones hasta el embarcadero, subían a la lancha y se preparaban para alejarse.

Mientras Ryan ponía el motor en marcha, Devlin entró en la pequeña caseta y encendió un cigarrillo protegiendo la llama con las manos.

– Y lo mismo hay que decir en cuanto a ti, Michael. No te metas en esto. Mis asuntos no son los tuyos.

Jacky Eric Carver llegaron al muelle Black Lion a las nueve cuarenta y cinco, en una limusina Humber, conducida por George. El muelle estaba casi completamente a oscuras, a excepción de la luz sobre las puertas principales de entrada al almacén, debidamente protegida por una pantalla, tal como estipulaban las regulaciones sobre el encendido de luces para evitar ser detectadas desde el aire. El cartel que había en el almacén decía: «Hermanos Carver, Exportación e Importación». Jack Carver se lo quedó mirando con satisfacción una vez hubo salido del coche.

– Eso está muy bien. El que preparó ese cartel hizo un buen trabajo.

Estaba todo muy tranquilo y los únicos sonidos que se escuchaban eran los producidos por los barcos que pasaban por el río. Eric le siguió, y George se dirigió cojeando al maletero del coche, lo abrió y sacó el aparato de radio en una caja de madera pintada de color verde oliva.

Carver se volvió hacia su hermano.

– Muy bien, Eric, entremos.

Eric abrió con llave la puerta pequeña de la gran puerta de entrada al almacén, entró y encendió la luz. Su hermano y George le siguieron. El almacén estaba Heno de cajas de todo tipo. Había una mesa en el centro, y un par de sillas, utilizadas evidentemente por un empleado encargado del control de los embarques.

– Bien, déjalo sobre la mesa. -George hizo lo que se le pedía y Carver preguntó-: ¿Has traído la artillería?

George se sacó del bolsillo una Walther PPK, extrajo del otro bolsillo un silenciador y lo enroscó en el cañón.

– Mira eso, Eric -dijo Carver encendiendo un puro-. Es condenadamente maravilloso. Suena como si se destapara una botella.

– Espero con impaciencia a que llegue ese bastardo -dijo Eric.

Pero Devlin ya llevaba algún tiempo allí dentro, y estaba oculto entre las sombras del fondo: había entrado en el edificio por una de las ventanas superiores. Observó a George situándose en una posición por detrás de un montón de cajas, mientras los hermanos Carver se sentaban ante la mesa. Luego, se volvió y salió sin hacer ruido por el mismo lugar por donde había entrado.

Un par de minutos más tarde se acercó a la puerta principal, silbando alegremente, abrió la puerta pequeña y entró en el almacén.

– Que Dios proteja a todos los que estén aquí -dijo, acercándose a la mesa-, ¿Lo ha conseguido, señor Carver?

– Ya le dije que podía conseguir cualquier cosa. Y, a propósito, anoche no me dijo usted su nombre.

– Churchill -contestó Devlin-. Winston.

– Muy gracioso.

Devlin abrió la caja. Dentro estaba la radio, con auriculares, transmisor de Morse, antenas y todo lo demás. Parecía completamente nueva. Volvió a cerrar la tapa.

– ¿Satisfecho? -preguntó Carver.

– Oh, sí.

– En tal caso, ponga el dinero sobre la mesa.

Devlin se sacó las mil libras del bolsillo y se las entregó.

– Haciéndose el duro, ¿eh, señor Carver?

– Las cosas ya son bastante duras -dijo Carver dejando caer el dinero sobre la mesa-. Claro que ahora tenemos que abordar la otra cuestión.

– ¿De qué cuestión se trata?

– La forma insultante en que trató a mi hermano y las amenazas que me dirigió, con eso del IRA. y de dar aviso a la rama especial. Eso es algo que no puedo tolerar. Tengo una reputación que cuidar. Necesita usted un buen castigo, amigo mío. -Arrojó el humo del puro hacia la cara de Devlin-. George.

George se movió con rapidez, sobre todo teniendo en cuenta la rodilla estropeada, y en un segundo tuvo colocada la Walther en la nuca de Devlin. Eric le registró los bolsillos de la chaqueta y sacó la Luger.

– Mira esto, Jack. Astuto bastardo.

Devlin abrió las manos en un gesto de impotencia.

– Está bien, señor Carver. Me ha atrapado. ¿Y ahora qué?

Se dirigió hacia una de las cajas, se sentó sobre ella y sacó un cigarrillo.

– Es usted un bastardo frío, eso debo admitirlo -dijo Carver.

– Te diré lo que va a ocurrir ahora -intervino Eric sacando una navaja de afeitar del bolsillo y abriéndola-. Te voy a cortar las orejas, eso es lo que voy a hacer.

– ¿Mientras George me apunta con su arma? -preguntó Devlin.

– Esa es la idea general -asintió Eric. | -Sólo hay un problema con eso -replicó Devlin-. Esta arma es una Walther PPK y uno tiene que tirar el seguro hacia atrás antes de poderla utilizar y no creo que George haya hecho eso.

George tiró del seguro con desesperada rapidez. Devlin se subió la pernera del pantalón, giró la Smith Wesson desde la tobillera misma, sin sacarla, y disparó, todo ello en un mismo y suave movimiento, atravesándole la parte superior del brazo. George lanzó un grito y dejó caer la Walther. Devlin la recogió.

– Es bonita -dijo-. Muchas gracias.

Se introdujo el arma por debajo del cinturón.

Carver se quedó allí sentado, con una expresión de la más completa incredulidad en su rostro. Eric parecía mortalmente asustado, mientras Devlin se guardaba primero el dinero y luego la Luger en el interior de su chaqueta de cuero. Luego, tomó la caja que contenía la radio y se alejó.Al llegar a la puerta, se volvió hacia ellos.

– Jesús, Eric, se me olvidaba, ¿dijiste algo acerca de cortarme las orejas?

Levantó el brazo, disparó y Eric lanzó un grito al tiempo que la parte inferior de su oreja derecha se desintegraba. Se llevó las dos manos hacia ella, mientras la sangre salía a borbotones.

– Es una pena que no llevaras pendientes -dijo Devlin,

Salió del almacén y cerró la pequeña puerta con un portazo.

Schellenberg estaba en su despacho cuando la puerta se abrió de golpe y en ella apareció Use. Asa Vaughan se hallaba inmediatamente detrás de ella, con una expresión agitada.

– ¿Qué demonios ocurre? -preguntó Schellenberg.

– Debe venir en seguida a la sala de radio. Es Devlin -dijo ella, apenas capaz de pronunciar las palabras-. Es Devlin, general, que llama desde Londres.

La radio estaba abierta sobre la mesa de la cocina, con las antenas extendidas hacia lo alto de las paredes. Ryan y Mary estaban sentados observando a Devlin, fascinados, mientras éste tecleaba en el código Morse.

– ¡Jesús! -exclamó, frunciendo el ceño. Hubo un poco más de acción y luego se detuvo-. Eso es. Ya podéis bajar las antenas.

Mary se movió por la cocina, recogiendo los hilos.

– ¿Está todo bien, Liam? -preguntó Ryan.

– Todo está mal, amigo. Se suponía que debíamos intentar estar en Francia para el veintiuno. Ahora dicen que la gran ocasión es el quince, y como esta noche es el doce, eso no nos deja mucho más tiempo.

– ¿Es posible hacerlo, Liam?

– Lo primero que haremos por la mañana será darnos una vuelta por las marismas de Romney -dijo Devlin-. Veremos cuál es la situación en Shaw Place. -Se volvió hacia Mary-. ¿Te gustaría pasar un día en el campo?

– A mí me parece muy bien.

– Estupendo, entonces llamaré por teléfono a los Shaw y les advertiré que me esperen.

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