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La casa del propósito especial

Электронная книга - «La casa del propósito especial». Краткое содержание книги:

Mientras acompaña a su esposa Zoya, que agoniza en un hospital de Londres, Georgi Danilovich Yáchmenev rememora la vida que han compartido durante sesenta y cinco años, una vida marcada por un gran secreto que nunca ha salido a la luz. Los recuerdos se agolpan en una sucesión de imágenes imborrables, a partir de aquel lejano día en que Georgi abandonó su mísero pueblo natal para formar parte de la guardia personal de Alexis Romanov, el único hijo varón del zar Nicolás II. Así, la fastuosa vida en el Palacio de Invierno, las intimidades de la familia imperial, los hechos que precedieron a la revolución bolchevique y, finalmente, la reclusión y posterior ejecución de los Romanov se entremezclan con el durísimo exilio en París y Londres en una hermosa historia de un amor improbable, al mismo tiempo un apasionante relato histórico y una conmovedora tragedia íntima. Con un dominio absoluto del ritmo y el suspense, John Boyne mantiene vivo el interés hasta las últimas páginas, en las que un inesperado desenlace dejará, una vez más, una profunda huella en los lectores.
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Desde la ventana de su celda, Steiner podía ver a través del río. Atisbo por una rendija de la cortina corrida y la volvió a cerrar en seguida.

– Un gran barco avanzando río abajo. Resulta extraño lo activas que pueden ser las cosas ahí fuera, incluso de noche.

El padre Martin, sentado junto a la pequeña mesa, asintió.

– Como dice la canción, el viejo padre Támesis sigue bajando lleno de agua.

– A veces, durante el día, me siento junto a la ventana y me quedo contemplándolo incluso hasta un par de horas.

– Le comprendo, hijo. Debe de ser difícil para usted. -El sacerdote emitió un suspiro y se puso en pie-. Tengo que marcharme. Tengo una misa a medianoche.

– Santo cielo, padre, ¿es que no para nunca?

– Estamos en guerra, hijo -dijo el padre Martin llamando a la puerta.

El policía militar de servicio la abrió desde el otro lado y el viejo sacerdote avanzó por el pasillo hasta la puerta exterior. El teniente Benson estaba sentado ante la mesa de su habitación. Levantó la mirada hacia él.

– ¿Todo está bien, padre?

– Tan bien como pueda estarlo -contestó el padre Martin saliendo por la otra puerta.

Al bajar la escalera, hacia el vestíbulo, la hermana María Palmer salió de su despacho.

– ¿Todavía por aquí, padre? ¿Es que nunca se va a casa?

– Hay demasiadas cosas que hacer, hermana.

– Parece estar cansado.

– Está siendo una guerra muy larga -dijo él con una sonrisa-. Buenas noches, hermana, y que Dios la bendiga.

El portero de noche salió de su cubículo, le ayudó a ponerse la gabardina y le entregó su paraguas. Luego, corrió el cerrojo de la puerta, abriéndola. El anciano se detuvo, mirando la lluvia que caía en el exterior. Luego, abrió el paraguas y se alejó, caminando con paso cansado.

Munro aún estaba en su despacho, de pie ante una mesa de mapas, con varios del canal de la Mancha y las rutas de aproximación de Normandía, cuando Cárter entró cojeando.

– ¿Es la invasión, señor?

– Sí, Jack. Normandía. Ya han tomado su decisión. Confiemos en que el Führer siga creyendo que será por el paso de Calais.

– Tengo entendido que su astrólogo personal le convenció de ello -dijo Cárter.

– Los antiguos egipcios -dijo Munro echándose a reír-, sólo nombraban generales a los que habían nacido bajo el signo de Leo.

– Eso es algo que no sabía, señor.

– Bueno, siempre se aprende algo nuevo cada día. Esta noche no me iré a casa, Jack. Eisenhower quiere un informe amplio sobre la fortaleza de las unidades de la Resistencia francesa en toda esta zona, y lo quiere por la mañana. Tendremos que pasarnos unas cuantas horas trabajando aquí.

– Muy bien, señor.

– ¿Había alguna otra cosa?

– Vargas me ha llamado.

– ¿Qué quería?

– Ha recibido otro mensaje de su primo en Berlín. Le pide que envíe toda la información posible sobre el priorato de St. Mary.

– Está bien, Jack, cocine algo adecuado durante el próximo par de días, ateniéndose todo lo que pueda a la verdad, y pásele la información a Vargas. En estos momentos tenemos cosas más importantes de que ocuparnos.

– Estupendo, señor. Organizaré unos bocadillos y algo de té para pasar la noche.

– Sí, hágalo así, Jack. Va a ser una noche muy larga.

Cárter salió y Munro volvió a enfrascar toda su atención en los mapas.

10

A la mañana siguiente, el padre Martin se arrodilló ante la barandilla que delimitaba el altar, y rezó, con los ojos cerrados. Estaba cansado, ése era el problema. Se sentía tan cansado y durante tanto tiempo que no hacía más que rezarle al Dios a quien tanto había amado durante toda su vida, para que le concediera la fortaleza y la capacidad para permanecer de pie.

– Bendeciré al Dios que me aconseja, que dirige mi corazón, incluso de noche. Tengo al Señor siempre presente…

Había pronunciado las palabras en voz alta y de pronto balbuceó, incapaz de pensar en las que seguían. Una voz fuerte dijo entonces a su espalda:

– Y, como está a mi derecha, me mantendré firme.

El padre Martin medio se giró y encontró a Devlin allí de pie, vestido de uniforme, con la trinchera militar doblada sobre un brazo.

– ¿Mayor?

El anciano trató de levantarse y Devlin le ayudó colocándole una mano bajo el codo.

– Oh, padre… El uniforme sólo es para mientras dure la guerra. Conlon…, Harry Conlon.

– Y yo soy Frank Martin, el párroco. ¿Puedo hacer algo por usted?

– Nada especial. He sido dado de baja en el ejército. Fui herido en Sicilia -le dijo Devlin-. Estoy pasando unos pocos días con unos amigos, no lejos de aquí. Vi esta iglesia y pensé entrar a echar un vistazo.

– Bien, entonces permítame ofrecerle una taza de té -dijo el anciano.

Devlin se sentó en la pequeña y atestada sacristía, mientras el padre Martin hervía el agua en una pequeña cocina eléctrica y preparaba el té.

– ¿Así que ha estado metido en eso desde el principio?

– Sí -asintió Devlin-. Fui movilizado en noviembre del treinta y nueve.

– Ya veo que le han concedido una Cruz Militar.

– Eso fue por el desembarco en Sicilia -le dijo Devlin.

– ¿Muy malo?

El padre Martin sirvió el té y ofreció una lata abierta de leche condensada.

– Bastante malo. -El anciano tomó un sorbo de té y Devlin encendió un cigarrillo-. Pero también debió de serlo para ustedes. Me refiero alblitz. Aquí están bastante cerca de los muelles de Londres.

– Sí, fue duro -asintió Martin-. Y no parece que las cosas mejoren. En estos últimos tiempos, yo sólo dependo de mí mismo.

De repente, pareció un hombre muy frágil y Devlin sintió escrúpulos de conciencia, a pesar de lo cual sabía que debía llevar aquello hasta el fin.

– Pasé por el pub focal, creo que se llama «El Gabarrero». Quería comprar unos cigarrillos. Estuve hablando con una mujer que le mencionó a usted con mucha simpatía.

– Ah, ésa debe de ser Maggie Brown.

– Medijo que era usted el padre confesor de un hospicio que hay cerca de aquí. ¿El priorato de St. Mary?

– Sí, en efecto.

– Eso tiene que suponer para usted una gran cantidad de trabajo extra, padre.

– Así es, pero hay que hacerlo. Todos tenemos que contribuir en lo que podamos. -El anciano miró su reloj-. De hecho, tengo que salir para allí dentro de pocos minutos. Debo hacer mi ronda.

– ¿Tiene a muchos pacientes allí?

– Eso varía. Quince, a veces veinte. Muchos de ellos están en fase terminal. Algunos son problemas especiales, Soldados que han tenido colapsos nerviosos, a veces algunos pilotos, ya sabe cómo son esas cosas.

– Desde luego que lo sé -asintió Devlin-. Me sentí un tanto interesado cuando, hace un rato, al pasar, vi entrar a una pareja de policías militares. Me pareció extraño. Quiero decir, no es habitual ver a la policía militar entrando en un hospicio.

– Ah, bueno, pero hay una razón que lo explica. Ocasionalmente tienen a algún extraño prisionero de guerra alemán en el piso de arriba. No conozco las circunstancias, pero suele tratarse de casos especiales.

– Oh, ahora comprendo la presencia de la policía militar. Debe de haber alguno ahora, ¿verdad?

– Sí, un coronel de la Luftwaffe. Un hombre bastante agradable. Incluso he logrado convencerle para que asista a misa por primera vez en muchos años.

– Interesante.

– Bueno, tengo que marcharme.

El anciano se levantó para ponerse la gabardina y Devlin le ayudó a hacerlo. Al salir a la iglesia, le dijo:

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