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Электронная книга - «La Isla de la Pasión». Краткое содержание книги:

Ésta es la historia estremecedora y verídica de un grupo de náufragos sometidos durante nueve años a las más duras pruebas de supervivencia, entre ellas una extraña guerra a muerte en la cual nunca llegan a verle la cara a sus enemigos.
El tragicómico Ramón Arnaud, joven oficial del Ejército mexicano, acepta una misión en una isla desierta, no por casualidad llamada de la Pasión, y parte hacia allá con Alicia, su esposa adolescente, y once soldados con sus familias. Entre tanto, su país entra en el vértigo de una guerra civil, cae el gobierno que los ha enviado y nadie vuelve a acordarse de ellos ni de la isla, donde quedan librados a su muerte.
Setenta años después de ocurridos estos hechos reales pero olvidados, Laura Restrepo les rastreó la pista, entrevistando a los familiares de los sobrevivientes e investigando en los archivos de la Armada mexicana y de la norteamericana, en viejas cartas de amor, en los decires y recuerdos de los vecinos de varios pueblos de México. El resultado es esta aventura fantasmagórica, surrealista y en buena medida inútil, pero pese a todo conmovedoramente heroica.
Escrita durante los años de exilio político de la autora en México, La Isla de la Pasión que habla de lejanías y aislamiento pero también de la dulce posibilidad del regreso, aparece como una metáfora de todas las formas del exilio.
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Coco si tenían. Era el único alimento vegetal que producía la isla desde que se erosionó la tierra de la huerta. Los cocos serían su salvación, la fuente de ácido ascórbico indispensable para impedir su muerte. Posiblemente para impedir la muerte de todos los habitantes de la isla.

Se vistió con unos pantalones raídos y un poncho confeccionado por las mujeres con restos de vela de barco. Se subió a un planchón y atravesó la laguna, remando en línea recta. Llegó al lugar donde estaban las trece palmeras. Hasta ese momentó, cada vez que alguien se antojaba de coco, iba por uno. Simplemente estaban ahí, como el pescado o los cangrejos, y no era sino estirar la mano y agarrarlos.

Ramón recogió los que estaban en el suelo y los subió al planchón. Hizo cuentas: en el estado de raquitismo en que se encontraban, las palmeras podían producir unos cinco cocos semanales, que serían milimétricamente repartidos entre los veintiún adultos y los nueve niños. Buscó al sargento Irra y le dio una orden perentoria, que lo dejó sorprendido.

– Sargento, usted queda responsable de estas palmeras. Haga que les monten guardia las veinticuatro horas. Que nadie toque los cocos. Si algún coco llega a faltar, la responsabilidad es suya.

Se alejó, se sentó en una roca, abrió uno con un machete y se bebió el agua. Durante los dos días siguientes trató de controlar la hinchazón de sus encías con frecuentes aplicaciones de yodo. Sin embargo le crecieron más, impidiéndole comer. No había querido confesarle su problema a nadie, pero Alicia lo descubrió.

– Qué andas comiendo, que el aliento te huele a pantano -le preguntó.

Él tuvo que confesarle la verdad. Acordaron guardar el secreto, para no alarmar a la gente. Se aislaron de los demás y se dedicaron a intentar una curación. Limpiaban las pústulas que le aparecían en la boca con los desinfectantes que habían quedado de la farmacia -azul de metileno, violeta de genciana, yodo, agua oxigenada- a veces uno por uno, a veces mezclándolos todos en una sustancia viscosa y vomitiva. Como Ramón no podía mascar, Alicia le preparaba el pescado en papilla y le maceraba pulpa de coco. Al cabo de una semana los adelantos eran visibles.

– Yo creí que de esta enfermedad no se curaba nadie, pero parece que sí -decía Ramón, sin atreverse todavía a admitir el milagro.

– Dios te oiga.

O Dios lo oyó, o el coco surtió efecto y Ramón se recuperó. Reiniciaron su escueta rutina como si nada hubiera ocurrido, pero mantuvieron el control sobre los cocos y almacenaron varias docenas bajo llave. Volvieron a juntarse con Tirsa y Cardona al anochecer.

– El negro Victoriano está otra vez rebelde -se oyó, en la oscuridad, la voz del teniente.

– ¿Otra vez alborotando a la gente?

– No, ahora le dio por no hacer nada. Ni siquiera quiere prender el faro. Tuve que decirle a Pedrito Carvajal que se encargara, porque al negro no hay quien lo mueva de la hamaca. No valen amenazas. Dice que lo fusilemos si queremos, pero que sea ahí tendido, que no lo hagamos parar.

– ¿No estará enfermo? -preguntó Alicia.

– No se le ve nada raro. Parece pura pereza.

Los dos hombres caminaron hasta la guarida del faro para ver a Victoriano. Tan pronto Arnaud franqueó la puerta reconoció el olor: era el mismo que hacía unos días despedía su propio cuerpo. El interior estaba oscuro como boca de lobo. Arnaud tanteó las paredes para orientarse, y las encontró húmedas. Rezumaban el vaho malsano de la enfermedad.

– ¿Victoriano?

– Mande.

– Soy yo, Arnaud.

– Mande, capitán.

Sus rodillas tropezaron contra la hamaca que pendía en diagonal, de una esquina a otra. Tirado en ella, encontró al hombre.

– Me duele todo el cuerpo -le oyeron decir-. Yo creo que me dio el reumatismo. Hasta en los dientes me dio el reumatismo, porque se me están cayendo.

Ramón no necesitó verlo. Oyó la respiración exhausta y pudo imaginar los cardenales en la piel y las pústulas en la boca. A la madrugada volvió, le hizo las curaciones, le embutió una papilla de coco y le encomendó a la mujer del sargento Irra que lo cuidara.

Victoriano Álvarez se quejó todo el día, a la noche dio alaridos y amaneció transformado en un Cristo. Tenía la piel azul y cubierta de llagas como si lo hubieran destrozado a golpes, le sangraban las encías y la boca le hervía de pus. El chisme se regó por la isla. La gente acudió al faro a mirarlo y se agolpó en la puerta de la cabaña, sin quitarle los ojos de encima. Los niños se colaron y formaron un círculo alrededor de su hamaca.

Días después, Ramón los convocó a todos frente al cuarto que había sido farmacia y les ordenó hacer fila en calzoncillos, para revisarlos. Encontró los signos en una mujer. Era la compañera de Irra, que había estado cuidando a Victoriano.

De boca en boca circuló el rumor de que era una peste contagiosa y que Victoriano Álvarez se la prendía a los que se le acercaban. Arnaud hizo lo posible por aclarar las cosas. Citó a reuniones colectivas y explicó las características de la enfermedad, sus síntomas y sus causas. Dijo hasta el cansancio que no se transmitía y trató de persuadirlos dibujando en el suelo, con un palo, chuecos croquis del organismo humano, para explicar sus funciones y sus fallas. Pese a sus esfuerzos no convenció a ninguno. No quisieron grabarse el nombre «escorbuto», sino que hablaban de «la peste». La Peste, decían, y pronunciaban la palabra con un fatalismo más fuerte que cualquier expectativa de curación. Tampoco creyeron el cuento de los cítricos: el mal se contagiaba, y esa era la única verdad que estaban dispuestos a aceptar. Además, necesitaban un culpable más tangible que un limón o una naranja, cosas demasiado inocentes para absorber la responsabilidad.

En su trayectoria secreta, antes de hacerse evidente, la enfermedad alteraba los humores del cuerpo -fermentaba la sangre, agriaba la bilis y envenenaba la flema- sacando a flote pasiones oscuras. La primera que afloró fue el racismo, y Victoriano Alvarez fue el chivo expiatorio. Lo odiaron desde el fondo de sus entrañas, lo maldijeron por negro, lo proscribieron por contagioso y exigieron que fuera encerrado en cuarentena. Nadie lo quiso cuidar. Ni asomarse por la roca, siquiera a encender el faro. Ramón accedió a aislarlo, en parte para no exacerbar los ánimos más de lo que estaban, en parte por temor a que acabaran linchando a la víctima escogida.

En los días que siguieron, muchos se pusieron amarillos como japoneses y se vieron atacados por una pereza insolente y malhumorada que hacía imposible manejarlos o someterlos a la disciplina. Ramón supo cómo interpretarlo: eran las primeras señales de la enfermedad, que se extendía colectivamente. Se dedicó, con Cardona, a levantar de nuevo la farmacia. Hizo un inventario de las escasas medicinas que quedaban, puso a las mujeres a lavar trapos y a hervirlos, y en el depósito que una vez había sido saqueado por La Mano que Aprieta siguió acumulando cocos, tras reforzar las trancas y los candados. Hizo que todos, sin excepción, recibieran una ración de coco con la comida.

El escorbuto se propagó con una velocidad implacable y proliferaron las ronchas, las pústulas, las manchas y los hematomas. Las mujeres y los niños eran los menos afectados; la enfermedad se encarnizaba con particular virulencia contra los hombres.

Los enclenques cocoteros no daban más de sí y las porciones de coco se redujeron a un tamaño risible. Ramón hizo que se rayara la pulpa y se mezclara con pescado, y que se rindiera la leche con agua de lluvia. Pero aún así, el remedio no alcanzaba. En la desesperación, a Tirsa Rendón se le ocurrió utilizar también las cascaras. Hicieron el ensayo de hervirlas en una olla grande y prepararon una infusión, que de ahí en adelante repartieron, con cucharón, en los tazones de peltre. Como el sabor era repulsivo, la gente se negaba a tomárselo y Ramón declaró su ingestión obligatoria bajo amenaza de castigo.

Los soldados creyeron que se había vuelto loco.

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