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Электронная книга - «La Isla de la Pasión». Краткое содержание книги:

Ésta es la historia estremecedora y verídica de un grupo de náufragos sometidos durante nueve años a las más duras pruebas de supervivencia, entre ellas una extraña guerra a muerte en la cual nunca llegan a verle la cara a sus enemigos.
El tragicómico Ramón Arnaud, joven oficial del Ejército mexicano, acepta una misión en una isla desierta, no por casualidad llamada de la Pasión, y parte hacia allá con Alicia, su esposa adolescente, y once soldados con sus familias. Entre tanto, su país entra en el vértigo de una guerra civil, cae el gobierno que los ha enviado y nadie vuelve a acordarse de ellos ni de la isla, donde quedan librados a su muerte.
Setenta años después de ocurridos estos hechos reales pero olvidados, Laura Restrepo les rastreó la pista, entrevistando a los familiares de los sobrevivientes e investigando en los archivos de la Armada mexicana y de la norteamericana, en viejas cartas de amor, en los decires y recuerdos de los vecinos de varios pueblos de México. El resultado es esta aventura fantasmagórica, surrealista y en buena medida inútil, pero pese a todo conmovedoramente heroica.
Escrita durante los años de exilio político de la autora en México, La Isla de la Pasión que habla de lejanías y aislamiento pero también de la dulce posibilidad del regreso, aparece como una metáfora de todas las formas del exilio.
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Una de ellas era el ensimismamiento profundo y placentero de una larga siesta sin sobresaltos. Después del rancho del mediodía, hombres, mujeres y niños se tendían en sus jergones o en sus hamacas, y era tal la quietud y el silencio durante esa primera mitad de la tarde, que más que hora de la siesta parecía una segunda noche. La iniciativa del corneta Carvajal de tocar diana a las cuatro de la tarde para despertar a la tropa, tal como se hacía al amanecer, ayudó al cambio cronológico en la mentalidad de todos. En el lapso de 24 horas vivían dos días cortos y dos noches largas, pasaban diez horas despiertos y catorce horas dormidos.

Ramón soñó que comía ratones y se despertó con náuseas y sabor a podrido en la boca. Se levantó, se paró frente al espejo roto que colgaba de la pared y se vio las encías negras.

– Me lleva la tristeza -dijo-. Me dio escorbuto.

Era una enfermedad mortal y maldita, como las bíblicas, y durante años Ramón había temido que llegara el día en que arrasara con Clipperton. Era el mal de los que pasan mucho tiempo sin comer frutas y verduras frescas, privándose de ácido ascórbico. Era el castigo de los marinos y de los náufragos, que morían masivamente cuando los atacaba. Por sus lecturas exhaustivas y obsesivas sobre el tema, Ramón sabía que sus consecuencias eran devastadoras. Vasco da Gama había salido de Portugal hacia la India con quinientos hombres y antes de dos años el escorbuto le había robado la mitad. Fernando de Magallanes también lo padeció cuando quedó aislado tres meses y veinte días comiendo sólo harina, aserrín y ratas. La armada británica, que contaba con mil setecientos hombres durante la revolución norteamericana, había perdido mil doscientos en acción, cuarenta y dos mil por deserción y dieciocho mil por cuenta del escorbuto.

Ramón llevaba siete años tratando de detectar la aparición de los síntomas en los demás, pero nunca sospechó que él mismo pudiera ser la primera víctima. Acercándose mucho al trozo de espejo, se examinó cuidadosamente la boca. Tenía las encías crecidas, magulladas, y en la inferior, del lado izquierdo, se descubrió un diminuto grano de pus.

– Ya empecé a podrirme -dijo, y se echó la bendición.

Justo ahora tenía que caerle la plaga. Justo ahora, cuando por fin estaba tranquilo. Contra toda evidencia, contra toda probabilidad, ese año, vivido en el abandono, había sido un buen año. Ahora se daba cuenta de ello. De sed no habían sufrido. Con frecuencia tenían periodos de lluvia y como el huracán no había destruido las cisternas, recogían agua en abundancia y la almacenaban para las épocas de sequía. Al contrario de lo que suele suceder con los náufragos, a los de Clipperton, si el agua los amenazaba, era por exceso y no por defecto, cuando caían aguaceros torrenciales que los inundaban, y, si se descuidaban, los barrían. Por falta de comida no habían sufrido demasiado tampoco. Aprendieron a pescar y a alimentarse casi exclusivamente del mar y administraron los abastecimientos entregados por el capitán Williams con cuentagotas, estirándolos a lo largo de los meses. Ramón se pudo dedicar a cocinar, que siempre había sido uno de sus pasatiempos favoritos. Perfeccionó hasta el refinamiento algunas recetas, como cocido de cangreja y caracoles en leche de coco, cebiche de camarones y guiso de tortuga en tinta de calamar. Guardaba como un tesoro unas cuantas latas de aceite de oliva, y para las ocasiones especiales lo batía con yemas de huevo y hacía mayonesa para acompañar la langosta.

Cuando se terminó el querosene con que prendían las lámparas y el faro, el combustible les cayó del cielo -o del mar- en el organismo de una ballena muerta que llegó arrastrada por la marea, a descansar en paz a las playas de Clipperton. Exploraron y desguazaron esa montaña marina y obtuvieron cuero, carne y varios barriles de un aceite negro, espeso y apestoso que daba una delicada y límpida llama dorada.

Fue incluso una época de revelaciones, en la que Ramón Arnaud aprendió a ser padre. Descubrió a sus hijos: por primera vez en su vida tomó conciencia cabal de la existencia de esas tres criaturas, que en medio de la adversidad crecían espontáneamente y sin tropiezos, como un elemento más de la naturaleza. Pasaba días enteros con ellos excursionando por la isla, trepando por la roca del sur o enseñándoles a nadar. Con maderas finas de la Nokomis y del Kinkora les fabricó barcos en miniatura, a imagen y semejanza de los reales. Iban a la laguna y se les hacía noche poniéndolos a navegar. Les hablaba de la ubicación de las estrellas y del nombre de los vientos, y como ellos se aburrían rápido de oírlo, se quedaba callado mirándolos jugar.

Ramón, Alicia, Tirsa y Cardona se juntaban todos los días al anochecer, para no estar solos en el momento difícil en que la oscuridad se tragaba la isla de un solo bocado.

– Si al menos tuviera mi mandolina -se lamentaba Arnaud.

– Era lo único que nos faltaba -le contestaba Alicia.

– Canta, Secundino -pedía Tirsa.

– Ya no puedo. La sal me secó la voz.

Los cuatro se acompañaban sin verse las caras, repitiendo los mismos diálogos, y para no dejarse abrumar por la extensa negrura estrechaban un poco más el círculo de una amistad templada a prueba de todo, desde las molestias mezquinas de la cotidianidad hasta los grandes trastornos de las catástrofes.

Echaban de menos a México y a sus familias, pero con una nostalgia cada vez más abstracta y difusa. Llegaba el día en que hasta los recuerdos más tenaces se caían de maduros y desaparecían. Ramón pasó por una época en que no hablaba sino de las virtudes de su madre. Los postres que le horneaba, las historias que le contaba, los masajes que le daba para distensionarle los músculos de la espalda. Cuando notó que fatigaba a los demás con el tema, pasó por un período de leer y releer sus cartas. Después escribió poemas sobre su amor filial, como este soneto recopilado por el general Urquizo en su biografía de los Arnaud:

Es una anciana cuya mirada

es mi delirio, mi sugestión.

Ella es la virgen inmaculada

a quien adora mi corazón.

Su obsesión llegó tan lejos, que Alicia dejó de llamarlo por su nombre. «Esto es para el hijo de doña Carlota», decía, «Ahí viene el hijo de doña Carlota». Hasta que una noche, estando acostados, oyeron ruidos y Ramón se levantó a inspeccionar la casa vacía. Al rato volvió a la cama.

– Era mamá -anunció-. Estaba en la cocina.

– ¿Cómo?

– Que era mamá, te digo.

– Ramón, tú estás loco…

– No, no es que yo esté loco, es que ella está muerta. Ayer murió, y vino a decírmelo.

Después de eso nunca más se la oyeron mencionar.

Así había transcurrido el último año, sin grandes penas ni glorías. En medio de sus incontables carencias, Ramón y Alicia se encontraban casi bien, se sentían casi felices.

Hasta que llegó el escorbuto. En el pasado, la hipocondría de Ramón lo había hecho pensar infinidad de veces en su propia muerte. Era dado a mortificarse con ella por anticipado y a imaginarla en sus variantes más atroces. Disimulaba mal cierta fobia al fuego y al agua, que le nacía del vago presentimiento de que acabaría quemado o ahogado. Pero nunca, ni en los peores momentos de autocompasión, llegó a creer que moriría por falta de un limón. «Mi reino por un limón» pensó.

Su organismo había resentido la falta de vegetales. Jugo de limón era todo lo que necesitaba ahora para curarse; unas cuantas gotas amargas, cáusticas, purificadoras, que entraran en su cuerpo y quemaran la podredumbre que ya estaba dentro y que no tardaría en asomarse por los poros. Ramón se desplomó en la cama y empezó a murmurar, primero en voz baja, como una letanía, y cada vez más fuerte:

– Limones, naranjas, toronjas, pomelos. ¡Limones, naranjas, toronjas, pomelos! Limones, naranjas, coles de Bruselas, berros, pimientos verdes, moras. ¡Rábanos y perejil! ¡Muchos rábanos y mucho perejil! Remolachas, setas, ciruelas, tomates, cocos… ¡Coco, coco, coco, coco!

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