Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «El maestro de Petersburgo». Краткое содержание книги:

Este es otro de los libros traducidos al castellano del escritor sudafricano. En 1869 un novelista ruso exiliado vuelve a St. Petersburgo para recoger los efectos personales de su hijastro muerto. El novelista se ve envuelto en un mundo de sospechas revoluci?n y peligro cuando descubre que la polic?a zarista ha descubierto entre sus enseres ciertos papeles incriminatorios. En este libro de alto contenido psicol?gico, Coetzee recrea la mente de Feodor Dostoievski (autor de Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov). El gran novelista est? obsesionado con descubrir si la muerte de su hijastro fue un asesinato o un suicidio, encontr?ndose sumergido en la subcultura violenta revolucionaria de la Rusia de 1869. Lo que Coetzee nos muestra es un retrato psicol?gico entremezclado con la trama t?pica de un Thriller.
1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 51
Перейти на страницу:

– A lo que veo, está permitida la falsificación. Todo está permitido.

– ¿Por qué no? ¿Qué novedad hay en eso? Todo está permitido si es en aras del futuro. Lo dicen incluso los creyentes; no me extrañaría que estuviera en la Biblia.

– Le aseguro que no lo está. Eso es algo que solo dicen los jesuitas, y no tendrán perdón. Usted tampoco.

– ¿Que no tendré perdón? ¿Quién sabe? Estamos hablando de un panfleto, Fiodor Mijailovich. ¿A quién importa quién escriba realmente un panfleto? Las palabras se las lleva el viento, hoy están aquí, mañana en otra parte. Nadie es dueño de las palabras. Y estamos hablando de las masas. Imagino que habrá estado usted en medio de una muchedumbre: a las masas no les interesan nada las cuestiones de la autoría. Una muchedumbre no tiene intelecto, solo tiene pasiones. ¿O acaso pretende decir otra cosa?

– Quiero decir que si, en nombre del futuro, impone adrede el sufrimiento sobre esas desdichadas criaturas de ahí al lado, usted tampoco tendrá perdón.

– ¿Adrede? Y eso ¿qué quiere decir? No hace usted más que hablar de los entresijos de las personas, de la mente. La historia nada tiene que ver con los pensamientos, la historia no es una creación mental. La historia se hace en las calles, y no me diga que ahora hablo de pensamientos. Eso no es más que otro truco de debate, tal vez muy inteligente, sí, como tantos otros con los que se confunden los estudiantes. Yo no hablo de pensamientos, y aun cuando así fuera, poco importaría. Puedo pensar una cosa ahora y otra dentro de un minuto, y eso no importa un comino mientras pase a la acción. La gente actúa. Además, ¡se confunde usted! ¡No tiene ni idea de teología! ¿No ha oído hablar de la peregrinación de la Madre de Dios? Al día siguiente del último día, después de que todo se haya decidido, después de que se hayan cerrado a cal y canto las puertas del infierno, la Madre de Dios dejará su trono en el cielo y peregrinará al infierno para suplicar por los condenados, se hincará de rodillas y se negará a ponerse en pie hasta que Dios ceda y los perdone a todos, incluso a los ateos y a los blasfemos. Así pues, ya ve usted que se equivoca, que le contradicen los libros que usted mismo maneja.

Y Nechaev le lanza una fulminante mirada de triunfo.

El perdón de todos. Le basta con pensar en eso y la cabeza le da vueltas. Y serán reunidos el padre y el hijo. Por el hecho de venir de la indigna boca de un blasfemo, ¿no ha de ser verdad? ¿Quién ha de promulgar en dónde residirá la Madre de Dios? Si Cristo está oculto, ¿por qué no iba a ocultarse aquí, en estos sótanos? ¿Por qué no iba a estar aquí en este preciso instante, en el niño que se alimenta a los pechos de la mujer de al lado, en la niña de los ojos apagados, sagaces, o en el propio Sergei Nechaev?

– Está usted tentando a Dios. Si lo juega todo a la carta de la misericordia de Dios, tenga por seguro que lleva las de perder. Mejor que no se le ocurra ese pensamiento, hágame caso, o caerá irremisiblemente.

Lo dice con voz tan espesa que a duras penas logra dar forma a las palabras. Por vez primera el camarada de Nechaev levanta la vista de su mesa, observándole con interés.

Como si percibiese su debilidad, Nechaev se le echa encima y lo acosa como a un perro.

– Han pasado dieciocho siglos desde la época de Dios, casi diecinueve. Estamos a punto de entrar en una nueva época en la que seremos libres de pensar lo que queramos. ¡No habrá nada que escape a nuestro pensamiento! Seguramente ya lo sabe. A la fuerza lo sabe usted: ¡es lo que dijo Raskolnikov en su libro, poco antes de caer enfermo!

– Es usted un demente, ni siquiera sabe leer -murmura. Pero ha perdido, y lo sabe. Ha perdido, porque en todo este debate no cree en sí mismo. Y no cree en sí mismo porque ha perdido. Todo se derrumba: la lógica, la razón. Mira fijamente a Nechaev y ve tan solo un cristal que titila a la luz del desierto, un cristal encerrado en sí mismo, inexpugnable.

– Ande con cuidado -dice Nechaev meneando un dedo con gesto significativo-. Tenga cuidado con las palabras que emplea conmigo. Yo soy de Rusia; cuando dice que soy un demente, está diciendo que Rusia es demente.

– ¡Bravo! -dice su camarada, y da un aplauso tenue y burlón.

Intenta por última vez darse ánimo.

– No, eso no es verdad. Es puro sofisma. Usted no es más que parte de Rusia, solamente una parte de la demencia de Rusia. Yo soy el que… -se lleva la mano al pecho, y perplejo por lo afectado de su gesto, la deja caer. Yo soy el que lleva a cuestas la demencia. Es mi sino, mi carga, no la suya. Usted aún es un niño, todavía no puede ni empezar a soportar siquiera ese peso.

– ¡Bravísimo! -dice el hombre, y aplaude-. ¡Ahí te tiene pillado, Sergei!

– Así pues, quiero hacer un trato con usted -prosigue-. Al fin y al cabo, escribiré algo para su imprenta. Contaré la verdad, toda la verdad, en una sola página, tal como usted me exige. Mi única condición es que lo imprima tal cual, sin cambiar una coma, y que lo haga circular.

– ¡Hecho! Nechaev se enardece claramente, convencido de su triunfo. ¡Me gustan los tratos! ¡Dale papel y pluma!

El otro coloca un tablón sobre la mesa de componer y saca un papel.

Escribe lo siguiente:

«La noche del 12 de octubre del año de Nuestro Señor de 1869, mi hijastro Pavel Alexandrovich Isaev halló la muerte al caer al vacío desde la chimenea de la fundición que hay en el Muelle Stolyarny. Ha corrido el rumor de que su muerte fue obra de la Tercera Sección de la Policía Imperial. Este rumor es una artera patraña. Estoy convencido de que mi hijastro fue asesinado por su falso amigo, Sergei Gennadevich Nechaev.

»Que Dios se apiade de su alma.

»F. M. Dostoievski.

»18 de noviembre de 1869.»

Con un leve temblor, entrega el papel a Nechaev.

– ¡Excelente! -dice Nechaev, y pasa el papel al otro-. La verdad, tal como la ve un ciego.

– Imprímalo.

– Prepara la composición- ordena Nechaev al otro.

Este le mira con gesto dubitativo.

– ¿Es verdad?

– ¿Verdad? ¿Qué es la verdad? -exclama Nechaev con una voz que resuena por todo el techo del sótano-. ¡Prepáralo! ¡Bastante tiempo hemos perdido!

En ese instante comprende con toda claridad que ha caído en una trampa.

– Permítame una corrección -dice él. Toma el papel, lo arruga, se lo guarda en el bolsillo. Nechaev no intenta impedírselo.

– Demasiado tarde, ya no hay retractación posible dice-. Usted lo ha escrito delante de un testigo. Lo imprimiremos tal como le he prometido, palabra por palabra.

Una trampa, una trampa demoníaca. A fin de cuentas, no es él, en contra de lo que había pensado, una figura salida entre bastidores que se interpone como un intruso incómodo en una disputa entre su hijastro y Sergei Nechaev, el anarquista. La muerte de Pavel solo ha sido el señuelo para hacerle viajar de Dresde a Petersburgo. Él ha sido la presa en todo momento. Ha sido engatusado para salir de su escondrijo, y ahora Nechaev se le ha echado encima y lo ha sujetado por el cuello.

Lo mira enfurecido, pero Nechaev no cede un ápice.

17 El veneno

El sol cabalga bajo en el cielo pálido y claro. Al salir de la maraña de callejuelas tortuosas a Voznesensky Prospekt tiene que cerrar los ojos; el mareo y el aturdimiento han vuelto, hasta el punto de que casi echa de menos una venda sobre los ojos, una mano que lo guíe.

Está hastiado del torbellino infernal de Petersburgo. Dresde lo llama de lejos como un islote de paz: Dresde, su esposa, sus libros y sus papeles, un centenar de mínimas comodidades que es lo que constituye un hogar, y entre todas ellas no desdeñable el placer de la ropa interior limpia. Y todo esto, precisamente ahora que, sin pasaporte, no se puede marchar. «¡Pavel!», susurra, repitiendo el ensalmo. Pero ha perdido todo contacto con Pavel y con la lógica que le indica el porqué; solo porque Pavel murió aquí, está atado a Petersburgo. Ya no lo retienen el recuerdo de Pavel, ni tampoco Anna Sergeyevna, sino el hoyo excavado para él por el hombre que traicionó a Pavel. No tuerce a la izquierda, hacia la calle Svechnoi, sino a la derecha, en dirección a la calle Sadovaya, donde está la comisaría de policía; confía, algo irritado, en que Nechaev lo siga, lo espíe.

La sala de espera está tan llena como antes. Ocupa su lugar en la cola; al cabo de veinte minutos llega al mostrador.

– Dostoievski. Me persono tal como se me ha exigido dice.

– ¿Se lo ha exigido quién? -el funcionario que le atiende es joven, ni siquiera viste uniforme de policía.

1 ... 38 39 40 41 42 43 44 45 46 ... 51
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)