El maestro de Petersburgo
- Автор: Coetzee J. M.
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El maestro de Petersburgo». Краткое содержание книги:
– ¡Deje ya de insistir tanto con mi presunta amiga la finesa! ¡Ya nos hemos ocupado de ella, ya no tiene que sufrir más! Y no me diga que espere a ser viejo para que me tomen en serio. Ya he visto qué ocurre cuando uno envejece. Cuando sea viejo, habré dejado de ser el que soy.
Es una acertada idea que fácilmente habría imputado a Pavel, pero nunca a Nechaev. ¡Qué desperdicio!
– Ojalá -dice-, ojalá hubiera podido oírles hablar juntos a Pavel y a usted.
En cambio, no dice esto otro: igual que dos sables, dos sables desenvainados.
Sin embargo, ¡qué inteligente por parte de Nechaev haberle prevenido para que no cayera en la compasión! Y es que eso mismo es lo que está a punto de sentir: compasión por un niño perdido en alta mar, que lucha y que se ahoga. Así pues, se equivoca al detectar algo tal vez demasiado estudiado en el sombrío aspecto de Nechaev (y es que, por sorprendente que sea, acaba de callarse), en su mirada meditabunda: algo no solo estudiado, sino también, puede ser, astuto. ¿Cuándo fue la última vez en que pudo confiar que las palabras viajasen directas de un corazón a otro? Época de falsificaciones, ésta en que vive: época de disfraces y disimulos. Pavel era demasiado niño, estaba demasiado chapado a la antigua para medrar. El héroe y la heroína de Pavel conversaban en aquel divertido, farfullante y anticuado lenguaje del corazón. «Ojalá… ojalá…» «Puedes… puedes…» Sin embargo, Pavel cuando menos intentó proyectarse en un pecho ajeno. Es imposible imaginarse a Sergei Nechaev como escritor. Es un egoísta, o incluso algo peor. También es un mal amante, de seguro. Sin sentimiento, sin piedad. De sentimientos a lo sumo inmaduros, esquivos, estancados, como un enano. Un hombre del futuro, puede que del siglo venidero, un hombre de monstruoso cerebro y monstruosos apetitos, pero nada más. Solitario, apartado de todo. Su lugar adecuado, un trono en una estancia vacía. El trono de las ideas. Un pope de las ideas, de ideas mortecinas. ¡Dios salve entonces a los fieles, Dios salve a los que se sometan a su gobierno!
Sus pensamientos son interrumpidos por un ruido de pasos en las escaleras. Nechaev corre a la puerta, escucha, sale. Se oye un furioso cuchicheo, una llave que entra en un cerrojo, el silencio.
Todavía con su sombrerito blanco, la mujer se ha sentado al borde del lecho para dar de mamar al niño más pequeño. Al mirarle a los ojos, se sonroja y alza el mentón con un gesto desafiante.
– El señor Ishutin dice que a lo mejor usted puede ayudarnos.
– ¿El señor Ishutin?
– El señor Ishutin, su amigo de usted.
– ¿Y por qué iba a decir tal cosa? Bien sabe él en qué situación me encuentro.
– Nos han desahuciado por impago del alquiler. He pagado el de este mes, pero no puedo pagar los atrasos; es demasiado.
El niño deja de mamar y se retuerce. Ella lo suelta; se resbala de su regazo y sale del cuarto. Lo oyen aliviarse debajo de las escaleras, gimiendo suavemente mientras lo hace.
– Lleva algunas semanas enfermo -se queja ella.
– Enséñeme los pechos.
Ella se suelta otro botón y expone ambos pechos. Los pezones se le yerguen por el frío. Alzándolos entre los dedos, los manipula con suavidad. Aparece una gota de leche.
Él lleva encima cinco rublos que pidió prestados a Anna Sergeyevna. Le da dos. Ella toma las monedas sin decir palabra y las envuelve en un pañuelo.
Regresa Nechaev.
– Ya veo que Sonya le ha dicho que está en un grave aprieto -dice-. Pensé que su casera podría hacer algo por ellos. Es una mujer generosa, ¿verdad que sí? Eso es lo que dijo Isaev.
– Ni hablar. ¿Cómo iba a llevar…?
La muchacha -¿se llamará Sonya realmente?- aparta la mirada para esconder su vergüenza. El vestido, que es de una tela estampada de flores, barata e inapropiada para la crudeza del invierno, se abotona de arriba a abajo por delante. Se ha echado a temblar.
– De eso hablaremos más tarde-dice Nechaev. Quiero mostrarle la imprenta.
– No me interesa su imprenta.
Nechaev, sin embargo, lo sujeta por el brazo, y a medias lo conduce, a medias lo arrastra a la puerta. Él vuelve a sorprenderse de su propia pasividad; es como si se hallara en un trance moral. ¿Qué pensaría Pavel si lo viera utilizado de este modo por su asesino? ¿O es de hecho Pavel quien lo conduce?
Reconoce la imprenta de inmediato; es el mismo modelo anticuado, una Albion fabricada en Birmingham, igual que la que utilizaba su hermano para imprimir pasquines, octavillas, programas de mano. Nada de miles de ejemplares; si acaso, doscientos por hora.
– La fuente del poder que tiene todo escritor -dice Nechaev dando una palmada sobre la máquina-. Su comunicado será distribuido entre las células esta misma noche, y mañana estará en la calle. Si lo prefiere, podemos esperar hasta que usted haya cruzado la frontera. E incluso si le acusan, siempre podría decir que es una falsificación. Para entonces ya no tendrá ninguna importancia, porque habrá surtido su efecto.
Hay otro hombre en la estancia, mayor que Nechaev: un hombre enjuto, de pelo negro, tez cetrina y ojos negros, sin brillo, encorvado sobre la mesa de composición, con el mentón entre las manos. No les presta ninguna atención, y Nechaev tampoco lo presenta.
– ¿Mi comunicado? -pregunta.
– Sí, su comunicado. Cualquier comunicado que quiera hacer. Puede ponerse a escribir aquí mismo, ahora, para ganar tiempo.
– ¿Y si decido contar la verdad?
– Le prometo que lo que usted escriba, sea lo que sea, nosotros lo distribuiremos.
– La verdad tal vez sea más de lo que puede aguantar una imprenta manual.
– Déjalo en paz. -La voz es la del otro, que sigue repasando el texto que tiene delante. Es un escritor, él no trabaja así.
– Entonces, ¿cómo trabaja?
– Los escritores tienen sus propias reglas. No pueden trabajar si alguien los mira por encima del hombro.
– Deberían aprender nuevas reglas. La privacidad es un lujo sin el cual todos podemos pasar. El pueblo no necesita la privacidad.
Ahora que tiene público, Nechaev ha retomado su talante de siempre. En cuanto a él, está harto, asqueado de sus torpes provocaciones.
– He de irme- dice otra vez.
– Si no escribe usted, lo tendremos que hacer nosotros.
– ¿Qué quiere decir? ¿Escribir por mi?
– Sí.
– ¿Firmando con mi nombre?
– Con su nombre, claro. No tenemos otra alternativa.
– Eso no lo aceptará nadie. No le creerá nadie.
– Los estudiantes sí lo creerán. Tiene usted una gran acogida entre los estudiantes, ya se lo dije. Sobre todo si no tienen que leer un grueso volumen para recibir el mensaje. Los estudiantes están dispuestos a creer cualquier cosa.
– ¡Vamos, Sergei Gennadevich! -dice el otro con una voz que nada tiene de sorna. Se le marcan las ojeras; ha encendido un cigarro que fuma con nerviosismo. ¿Qué es lo que tienes contra los libros? ¿Qué tienes contra los estudiantes?
– Lo que no pueda decirse en una sola página es que no vale la pena decirse. Por otra parte, ¿por qué van a sentarse cómoda y lujosamente unos pocos a leer libros, si hay muchos que no saben leer, que no pueden leer aunque sepan? ¿Tú te crees que Sonya, la de ahí al lado, tiene tiempo para leer? Los estudiantes, por cierto, hablan demasiado. No hacen otra cosa que sentarse a discutir, a desperdiciar sus energías. La universidad es un sitio en donde te enseñan a discutir, de modo que nunca tengas que hacer realmente ninguna otra cosa. Es igual que los judíos cuando le cortan los cabellos a Sansón. Las discusiones son una trampa. Solo sirven para pensar que hablando podrán hacer un mundo mejor; no entienden que las cosas tienen que empeorar antes de que puedan ser mejores.
Su camarada bosteza; su indiferencia parece incitar a Nechaev.
– ¡Es verdad! ¡Por eso hay que provocarles! Si los dejas a su antojo, siempre recaerán en las charlas y los debates, y todo terminará por irse al garete. Así era su hijastro, Fiodor Mijailovich: no hacía más que hablar. La gente que sufre no necesita hablar, sino pasar a la acción. Nuestro objetivo es conseguir que actúen. Si logramos provocarles para que actúen, habremos ganado la mitad de la batalla. Puede que los aplasten, puede que se recrudezca la represión, pero eso creará más sufrimiento, más indignación, más deseos de pasar a la acción. Así son las cosas. Además, si algunos sufren, ¿qué justicia habrá hasta que no sufran todos? Así se acelerarán las cosas; le sorprenderá con qué rapidez puede avanzar la historia, siempre y cuando consigamos ponerla en marcha. Los ciclos serán cada vez más cortos. Si actuamos hoy, el futuro lo tendremos encima antes de que nos demos cuenta.