El dios de piedra despierta [The Stone God Awakens - es]
- Автор: Фармер Филип Хосе
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «El dios de piedra despierta [The Stone God Awakens - es]». Краткое содержание книги:
Ulises empezaba a cansarse de aquellos equilibrios entre una mujer y otra. Simplemente no tenía tiempo para relaciones delicadas, y sentía a veces deseos de que ambas le dejasen solo. Aunque podría haberlas despedido a las dos con unas cuantas palabras, no quería herirlas hasta tal punto. Además, ambas le agradaban, aunque de modo diferente. Awina era muy despierta y muy inteligente. Procedía de una sociedad pre-literaria pero aprendía muy deprisa, y era capaz de actuar como una secretaria muy eficiente. Esto quedaba por encima de las posibilidades de Thebi, que era eficaz en las actividades domésticas, pero que no se interesaba por nada que no fuese el cuidado de un hombre o unos niños.
Un día, Ulises sacó los diez dirigibles y los sometió a una serie de difíciles maniobras. Había un viento firme que soplaba desde la costa a unos veinticinco kilómetros por hora, y los grandes sacos de gas se movían perezosamente cuando avanzaban contra el viento. En una ocasión, chocaron dos y rompieron ambas góndolas-motor. Inmediatamente, se separaron arrastrados por el viento. Ulises dio orden por radio de que se dejara salir el gas para que el aparato descendiese al suelo. Los tripulantes hubieron luego de caminar hasta el aeropuerto, unos treinta kilómetros. Ulises envió órdenes por radio para que fuesen a recogerlos con coches.
Los dirigibles volvieron luego, llegando al aeropuerto poro antes del crepúsculo. En el momento en que su nave era arrastrada al interior del hangar, miró por la escotilla posterior de la góndola. Allí, perfilados contra los rojos rayos muy cerca de la línea del horizonte, había una serie de pequeñas figuras. Podrían ser pájaros, pero sus siluetas le hicieron pensar que eran hombres murciélago. Dio orden de alerta y fue a su oficina.
Aquella noche le despertó un chillido que sonó en su cuarto. Saltó de la cama (construida para un humano) y abrió la puerta. Fuera, el centinela intentaba separar a dos formas que chillaban y luchaban. Allí estaban cara a cara y mano a mano Awina, que esgrimía un cuchillo de pedernal, y Thebi, que sujetaba la muñeca que sostenía el cuchillo. Awina era más baja y más liviana, pero también mucho más fuerte, y sólo la desesperación de Thebi y los esfuerzos del centinela habían impedido que el cuchillo se hundiera en el vientre de la mujer.
Ulises le ordenó con un grito que soltase el cuchillo.
Al mismo tiempo se produjo una explosión fuera del edificio y las ventanas volaron.
Ulises y el centinela se arrojaron al suelo.
Thebi soltó su presa y, mirando fijamente, se apartó de Awina.
Awina, ignorando la explosión, y las tres que siguieron, se arrojó contra la mujer.
Pero Thebi había alzado el brazo, y el cuchillo lo tajó, desatando un chorro de sangre sobre la cara de Awina. El cuchillo continuó tajando hacia arriba hasta cortar la mejilla de Thebi. Su fuerza, sin embargo, se había reducido mucho.
Thebi lanzó un grito. Ulises dio un salto y golpeó la muñeca de Awina, haciendo caer el cuchillo al suelo.
Otra explosión, mucho más próxima, voló la puerta del fondo del vestíbulo y produjo una nube de humo que penetró en éste.
Awina había caído de rodillas, pero se levantó de nuevo de un salto en cuanto llegó el humo hasta ella. Ulises cogió el cuchillo, pero ella le gritó:
– ¡No! ¡Devuélvemelo! ¡No lo utilizaré contra Thebi! ¿Es que no comprendes? ¡Están atacándonos! ¡Puedo necesitar ese cuchillo!
Aunque estaba medio ensordecido por la explosión, pudo oírla. Silenciosamente, lo cogió por la ensangrentada hoja y lo alargó hacia ella, que lo tomó por la empuñadura. A través del humo brotó una figura, gritando:
– ¡Señor, son los hombres murciélago!
Era Wulka, el wuagarondite, cubierto de humo de pólvora y sangrando por una herida del hombro.
Sin pararse ante él Ulises corrió hacia el hangar, donde estaba su oficina y su vivienda. Había dos dirigibles anclados al suelo por gruesos cables de plástico. Un pigmeo de grandes alas brotó de la oscuridad en la parte superior y se lanzó hacia Ulises. Este se echó hacia atrás, y por esto, o por mala puntería, la pequeña flecha envenenada se clavó en el suelo unos centímetros por delante de sus pies. Un arquero alkunquibe alzó su arco, apuntó fríamente al hombre alado y soltó una flecha que atravesó la pierna del hombre murciélago y se clavó en su vientre. El hombre murciélago cayó al suelo a unos metros de Ulises.
Había más hombres murciélago volando alrededor de la parte superior del hangar y varios más que se habían situado sobre los dirigibles. Estos lanzaban sus flechas venenosas. Al parecer, todos los que había dentro del hangar habían arrojado sus bombas. Fuera, iluminado intermitentemente por las bombillas eléctricas y las antorchas, se agitaba un enjambre de hombres alados. Se acercaban a las luces y se alejaban de ellas, arrojando pequeños dardos de madera con contrapeso de piedra, disparando pequeños arcos o soltando pequeñas bombas redondas encendidas.
Las explosiones de las bombas añadían su momentánea iluminación a la escena.
Había cuerpos derribados dentro del hangar y fuera, en el campo. La mayoría eran defensores: neshgais, humanos y felinos, pero Ulises pudo ver también por lo menos una docena de alas coriáceas extendidas entre los muertos y los heridos.
Se volvió y gritó a Awina:
– ¡Fuera, por la otra puerta!
Ella pareció sorprenderse y él repitió su orden. Ella corrió hacia la puerta del edificio. Él gritó de nuevo su orden a los felinos que disparaban contra los hombres murciélago que había sobre ellos, y luego añadió:
– ¡Apartaos de los dirigibles antes de que se incendien!
Habían tenido suerte hasta entonces. Ninguna de las bombas explotadas había dispersado el hidrógeno de los grandes sacos. Si lo hubiese hecho, todos los del hangar habrían muerto.
Cuando se volvió, hubo un sonoro estruendo, y brotó luz de un hangar próximo. Un dirigible, dos probablemente, pues había dos en cada hangar, acababan de incendiarse. Lo que significaba que los otros hangares podían incendiarse y destruir los dirigibles que albergaban.
Esperó a que sus hombres cruzasen la puerta o escapasen por el cavernoso fondo del hangar. Algunos no lograron; envenenados, cayeron.
Mandó a los wufeas salir y luego los condujo a través de varias salas hasta la puerta que se abría en el costado del hangar. Ya fuera, los dispuso en orden de batalla, y pasaron entre los dos hangares a la zona despejada del campo. Otro hangar de la derecha explotó en llamas, y, en dos minutos, los seis edificios ardían ferozmente. Toda su flota aérea estaba destruida.
Nada podía hacer más que sacar a los suyos a campo abierto. No podían volver, y tenían que apartarse de la luz hacia la oscuridad. Los hombres murciélago aún no se habían ido, pero volaban muy arriba, al parecer pensando en matar también a todo el personal de las fuerzas aéreas. Las tropas de Ulises le protegían por todas partes, pero él había cogido además un escudo de algún humano muerto y se lo había colocado sobre la cabeza. Unas cuantas flechas resonaron en su disco de madera y piel, y dardos de madera con punta de piedra y flechas caían a su alrededor. No les tiraron bombas, aunque habrían sido el modo más seguro de matar. Supuso que las habrían gastado en el ataque inicial. Era posible, sin embargo, que hubiesen avisado a otros hombres murciélago para que trajesen más bombas.
Luego se vieron al borde de la oscuridad y bajo los árboles. Formaron círculos concéntricos disparando contra los hombres murciélago que descendían lo bastante para poder convertirse en blancos razonables.
Lejos, hacia el oeste, hacia donde estaba la ciudad, las nubes reflejaban brillantes luces, probablemente de edificios ardiendo.
Había otros peligros además de los hombres alados. Un carro blindado apareció, y saltó un humano que corrió hacia él. Ordenó a Ulises que informara a los oficiales neshgai del coche. Ulises lo hizo, y supo que Bleezhmag, el equivalente a un coronel del cuerpo blindado, esperaba allí junto a la puerta abierta. Bleezhmag tenía una profunda herida en la frente, un ligero corte en la trompa y un agujero en el brazo izquierdo. Sus soldados humanos habían salido del coche y tiraban saetas de madera con ballestas del mismo material.