La gangrena
- Автор: Salisachs Mercedes
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La gangrena». Краткое содержание книги:
La gangrena narra la vida de Carlos Hondero, desde su niñez en los años de la Dictadura hasta los años setenta, cuando se convierte en un hombre rico y poderoso, pero también la historia misma de España. Las mutaciones del alma (originariamente publicada como Bacteria mutante) retoma el mundo novelesco de La gangrena, cuando Lolita Moraldo, a los setenta y un años, recibe la visita de su viejo amigo Carlos Hondero, que fue el gran amor de su vida. La historia retrocede hasta la época en que se conocieron antes de la guerra civil. Patética historia de un amor frustrado, retablo de los ambientes de la buena sociedad y retrato del país en el curso de más de medio siglo, es una obra crucial en la trayectoria de la autora.
Por primera vez en un único volumen, La gangrena, este clásico de las letras españolas con el que la autora obtuvo, en 1975, el Premio Planeta, y Las mutaciones del alma (originariamente publicada como Bacteria mutante), que prolonga y amplía el mundo novelesco de La gangrena. Se trata de una de las obras más intensas de Mercedes Salisachs.
Me detuve a observar los árboles, casi desnudos, todavía azotados por la reciente ventisca, impregnados de un noviembre frío que nunca podría olvidar… Las sillas, donde (mediante un precio módico) se sentaban los tranquilos, los que disfrutaban viendo pasar la gente por no tener Estrellas a quienes citar.
Recordé a Jaume Palafelclass="underline" disfrutaba bajando por las Ramblas: «No hay otro lugar en el mundo que pueda compararse a éste», solía decirme cuando pasábamos por allí a la salida del Banco. Y ensanchaba los pulmones para aspirar el aroma dulzón de flores, pájaros y libros.
De pronto la vi bajar del tranvía: llevaba un abrigo azul y una boina blanca, graciosamente ladeada. Quedamos frente a frente sin saber qué decirnos. Ella rompió el hielo echándose a reír:
– Cielos: cuánto has cambiado.
– ¿Eso es todo lo que se te ocurre?
Estrella me tendió la mano y yo la conservé entre las mías:
– No -dijo muy bajito-, hay mucho más.
La cogí del brazo y anduvimos Ramblas abajo. Quería llevarla de nuevo junto al mar, pasear con ella por el puerto, ver la estatua de Colón:
– Estrella…
Se me llenaba la boca de aquel nombre. No podía decir otra cosa. No me cabían más letras que aquellas: «Estrella, Estrella, Estrella…»
Ella reía a compás de los pasos, desenvuelta, su brazo (duro y delgado) aferrado al mío. Me detuve unos instantes. Pregunté:
– ¿Por qué me has llamado?
Estrella ladeó la cabeza y encogió los ojos:
– Para decirte que aquel domingo no pude acudir a la cita.
Y volvió a reír echando a broma su respuesta.
– Fue horrible, Estrella… Estoy cansado de tanta política. ¿Por qué ha de haber estados de guerra? ¿Por qué no nos dejan vivir en paz?
– No te preocupes -respondió Estrella-. Esto acabará muy pronto.
Llegamos al puerto. El mar allí se oía denso y bronco. Desde la Virreina era imposible escucharlo. En cambio, junto al malecón, aquel día era casi estruendoso. Lo mirábamos los dos en silencio: se extendía ante nosotros inmenso, fraccionado por los barcos… Las boyas se movían lentas, parsimoniosas, al balanceo de un oleaje pastoso y verdusco que se estrellaba contra los diques con virulencia. Agarré sus codos y la atraje hacia mí:
– Estrella, creo que estoy loco por ti…
Era como si estuviéramos solos, como si nadie pudiera observarnos.
– Te necesito, Estrella.
La abracé allí mismo, sin importarme lo que los transeúntes pudieran pensar.
– También yo te necesito a ti, Carlos.
Era maravilloso escuchar aquello. No tenía lógica, pero era maravilloso. Las lógicas dejaban de serlo cuando el mar que teníamos al lado se metía en los sentidos y los bamboleaba con su oleaje.
– No me importa lo que haya sido tu vida, no me importa lo que hagas o lo que pienses… Te quiero tal como eres, Estrella.
Y a pesar del frío todo era calor y luz y placidez. Volvimos a mirar el mar: parecía como si se hubiera sosegado.
– Vámonos -propuso ella.
– ¿Dónde?
– A mi casa.
Me condujo hacia Atarazanas, silenciosa, decidida.
– Creí que vivías en una pensión.
– Me mudé hace dos meses: desde que dejé de trabajar con don Ramón.
Me acordé de lo que me había dicho Paquito:
– ¿Es cierto que don Ramón te despidió?
– ¿Quién te ha dicho eso?
– Paquito.
Estrella esbozó un ademán que denotaba despreocupación y aclaró:
– No es cierto. Me despedí yo. Ahora trabajo en una casa de curtidos. Me pagan mejor.
Comenzaba una lluvia fina y sosegada: una de esas lluvias que fertilizan la tierra y fomentan el deseo de refugiarse entre cuatro paredes.
– He alquilado un pisito y vivo sola -me dijo-. Quiero que lo veas.
Entramos en el portal chorreando:
– Tengo un brasero: nos secaremos enseguida.
El piso de Estrella era el último. Había dos puertas en el rellano y se comprendía que, anteriormente, la división de viviendas no había existido. Se trataba de una casa antigua (probablemente señorial) que había parado en pisos humildes.
Su departamento era pequeño; constaba de tres piezas: comedor, dormitorio y cocina. El aseo lindaba con ella.
No hace muchos días pasé por allí. El edificio ya no existe: lo derribaron para ensanchar la calle hacia los años cincuenta. En torno a ella construyeron bloques de viviendas modernas. También la topografía de aquel lugar ha cambiado. Sin embargo, entonces tenía la impresión de que el piso de Estrella iba a ser eterno, que mi futuro y mi vida entera dependían de aquellas tres habitaciones.
Estrella me condujo directamente a la alcoba. Estaba amueblada con sencillez: había un armario de luna, dos sillas, un lecho y una mesita de noche. Sobre la mesita vi una fotografía de Estrella vistiendo el uniforme del Banco. Allí, en la fotografía, Estrella era la secretaria que un día nos recibiera al tío Rodolfo y a mí, cuando por primera vez visité a don Alberto:
– Siempre te recuerdo así -le dije.
Estrella, desenfadada, se quitó la boina y el abrigo y dejó ambas prendas sobre una silla:
– Ponte cómodo -dijo-. Voy a encender el brasero.
Lo trasladó al dormitorio, pero no llegó a encenderlo. Se quedó unos instantes junto a mí, mirando el edificio de Atarazanas. Sobre los tejados se veía un fragmento de cielo gris.
Su cuerpo ceñido al mío me transportaba más allá de los tejados y de aquel pedazo de cielo.
– No puedo comprender aún lo que está ocurriendo…
Estrella cogió mi rostro entre sus manos:
– ¿Qué falta te hace comprender? ¿No me tienes a tu lado?
Después vino el oleaje; aquel que nos había mantenido entrelazados una mañana de septiembre, con sus bramidos y sus golpetazos. La vida entera se trenzaba y destrenzaba en aquel continuo fluir de instantes. Y los ojos ya no veían: sentían. Y el tacto no rozaba: veía. Y los rumores se mezclaban al palpitar, y la eternidad podía asirse, volverse propia.
– Te quiero, Estrella: te quiero.
Y, al mirar hacia el ventanal, vi que la lluvia se había sosegado y que el día se dilataba lleno de luz sobre aquel pedazo de cielo. Y los cristales ya no goteaban llorones, sino alegres. Todo había cambiado repentinamente:
– Si me dejaras, me volvería loco.
Había una gran inmovilidad en el piso, un silencio que parecía brotar de la ciudad misma.
– Quisiera vivir contigo…
Estrella tapó mis labios con la mano:
– Más adelante… quizá más adelante.
Poco a poco la mañana fue languideciendo en promesas, y yo me veía incapaz de separarme de ella. Contemplaba su perfil tendido junto al mío (como aquella mañana de septiembre), los ojos vueltos hacia el techo:
– Háblame de tu vida, Estrella… Quisiera saberlo todo de ti.
– No es muy alegre.
Me pareció que sus ojos se inundaban de lágrimas. Los besé con devoción, como si besara una reliquia.
– No creo necesario explicarte que tú no has sido el primero -dijo ella.
– ¿También don Ramón?
Estrella negó con la cabeza, sin mirarme.
– Ni siquiera lo intentó: tampoco yo lo hubiera soportado. Me pagaba bien: por eso trabajaba a sus órdenes.
Tenía una pregunta en los labios, pero no me atrevía a formularla. Al fin la eché fuera:
– ¿Es cierto que le soplaste los secretos de los J. J.?
– No lo niego -repuso ella decidida-. Los J. J. estaban proyectando desbancar a su hermano. Creí prestar un servicio a don Alberto informando a su abogado.
Hablaba tranquila, con la sinceridad de las personas consecuentes:
– Admito que fue una labor poco airosa… Pero no me arrepiento.
Me gustaba su franqueza, la manera tan lisa que tenía de exponer el asunto.
– ¿Y qué hubo entre tú y los J. J.?