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Электронная книга - «La gangrena». Краткое содержание книги:

Premio Planeta de Novela 1975
La gangrena narra la vida de Carlos Hondero, desde su niñez en los años de la Dictadura hasta los años setenta, cuando se convierte en un hombre rico y poderoso, pero también la historia misma de España. Las mutaciones del alma (originariamente publicada como Bacteria mutante) retoma el mundo novelesco de La gangrena, cuando Lolita Moraldo, a los setenta y un años, recibe la visita de su viejo amigo Carlos Hondero, que fue el gran amor de su vida. La historia retrocede hasta la época en que se conocieron antes de la guerra civil. Patética historia de un amor frustrado, retablo de los ambientes de la buena sociedad y retrato del país en el curso de más de medio siglo, es una obra crucial en la trayectoria de la autora.
Por primera vez en un único volumen, La gangrena, este clásico de las letras españolas con el que la autora obtuvo, en 1975, el Premio Planeta, y Las mutaciones del alma (originariamente publicada como Bacteria mutante), que prolonga y amplía el mundo novelesco de La gangrena. Se trata de una de las obras más intensas de Mercedes Salisachs.
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Cierto día, al llegar a mi casa, volví a ver a Pedro Villalta. Al principio me costó reconocerlo. Iba vestido como un obrero y distaba mucho de parecerse al empleado que había trabajado en mi sección antes de ponerme yo a las órdenes de Jaume Palafell.

– Pero, Carlos… A eso le llamo yo una sorpresa…

Me abrazaba, me golpeaba la espalda: «Quién diría que tú eres aquel botones…»

Me preguntó enseguida por mi trabajo. Le dije que había dejado de ser botones y que estaba de ayudante en la sección de Contabilidad.

– Algo me habían dicho… Pero ya no lo recordaba. Te felicito, Carlos. Estás mejor que yo.

Me invitó a tomar una copa… decía que teníamos que hablar… Pedro Villalta me era simpático. No era un hombre corriente. Tenía una vivacidad fuera de lo común, y a pesar de sus antecedentes, uno se sentía inclinado a confiar en él.

Me llevó a La Toya. Era una especie de taberna desvencijada, de aspecto sucio y desaliñado, donde se apiñaban junto al fregadero vasos turbios y botellas empolvadas.

– No puedo permitirme grandes lujos, ¿sabes, amigo? Desde que salí del Banco voy a salto de mata… No es fácil hoy día encontrar empleo…

Enseguida sacó a relucir la injusticia que habían cometido con éclass="underline" «Fue todo un chanchullo ideado por el Ratón Pérez…» Añadía que lo habían acusado de extraer información para la competencia:

– Mentira todo. Pregúntaselo a Estrella… Ella sabe perfectamente lo que ocurrió.

Aseguraba que el Ratón Pérez era el causante de aquella felonía.

– Se había liado hasta los topes con el otro Banco y necesitaba una víctima para justificar sus propias trapisonderías…

Lo decía tan convincentemente, que no era difícil creerlo.

– Tú ya conoces los tejemanejes de ese buscapleitos. Se las arregla perfectamente para quedar siempre libre de culpa…

Me chocó que me hablase de Estrella. Le pregunté si la veía con frecuencia:

– De vez en cuando. Es una buena chica.

Pero aseguraba que ignoraba sus señas.

Decididamente, Pedro Villalta me caía bien.

No tardé mucho en hacerme amigo suyo. Casi todas las noches nos íbamos a La Toya. Pensaba siempre: «Tal vez algún día Estrella se presente allí…» Al menos con Pedro podía hablar de ella sin que se convirtiera en una «zorra», como me ocurría cuando la mencionaba a Paquito. Al contrario, Pedro la respetaba, la encontraba digna de todo elogio…

Cuando mi madre me veía salir todas las noches de casa, se alarmaba:

– ¿Se puede saber adónde vas?

– Al cine con unos amigos.

– ¿Qué amigos?

– No los conoces.

En cierta ocasión se aventuró a decirme:

– No me gusta que salgas tanto.

– Voy a cumplir dieciocho años, mamá. Ya no soy un niño. Creo que tengo derecho.

Mi desplante y mi forma de responderle debió de herirla:

– ¿Sabes lo que te digo, Carlitos? Que lo que nos hace falta en España es una buena dictadura.

Me eché a reír:

– Conque ahora quieres dictadura. Es lo más gracioso que me has dicho en tu vida… Como si no hubieras despotricado contra ella hasta reventar…

– Es de sabios cambiar de parecer.

Pero el parecer de mi madre ya no me importaba. Como era de esperar, no le hice caso.

Continué yendo a La Toya. En el fondo, era un lugar siniestro. La gente que lo frecuentaba tema un aspecto completamente distinto al que ofrecía Pedro. Más de una vez llegué a decirle: «Si no fuera por que tú me traes aquí, pensaría que estamos en una guarida de desalmados…»

Pedro reía, decía que me hacía falta baquetearme y que en la vida no todos eran tan finolis como los que yo trataba en el Banco: «Son gente obrera, pero de buena casta.» Allí apenas se hablaba de política. Los fanatismos se diluían. Y, por descontado, se mostraban abiertamente anticomunistas. Se metían con los procedimientos que utilizaban en el Sur de España: decían que no estaban de acuerdo con aquellos vergonzosos atracos que se realizaban en las carreteras bajo el pretexto de atender al «Socorro Rojo». Hablaban también de Hitler: guaseaban sobre su bigote, corto y profundo, su oratoria espasmódica, sus ademanes rígidos y autoritarios… «Pretenden acabar con el desempleo a cambio de engrosar las filas nazis…» Y añadían que era muy cómodo eso de emplear a la gente para crear un partido. Pedro, con su habitual dialéctica, aseguraba que aquello era un chantaje y que lo único que Hitler iba a conseguir sería un partido de desesperados. Aquella actitud apolítica me convencía. Estaba ya hasta las narices de tanta diatriba partidista.

– No hay que fiarse de nadie -siguió diciendo Pedro-. Lo que ese Hitler pretende no es acabar con los judíos para depurar la raza, sino para engrosar, con el capital de esas gentes, las arcas de su país.

Por fin, un domingo por la mañana ocurrió el milagro que yo venía esperando hacía mucho tiempo. Recuerdo que un viento cortante, que venía de las Ramblas, se colaba en mi calle arrastrando hojas y esparciendo papeles. Cuando los días amanecían así, ventisqueros y quisquillosos, la vitalidad callejera disminuía: los chiquillos no jugaban en las aceras y los perros husmeaban aturdidos y amedrentados, con el rabo entre las piernas. De pronto sonó el teléfono: con brío, con impaciencia, como si cada segundo que pasaba sin que yo descolgara el aparato, pudiese acarrear una catástrofe. Enseguida escuché su voz: «¿Eres tú, Carlos?»

– No puedo creerlo.

Estrella reía. Y yo seguía repitiendo: «No puedo creerlo…»

– Nos estropearon el domingo -bromeó ella-. ¿Recuerdas? Hará pronto dos meses.

– ¿Estropearlo? Fue mucho peor, Estrella. Me mutilaron, fue un escamoteo indigno.

Estrella continuaba riendo. De pronto tuve miedo de que la comunicación se truncara:

– Escucha, no cuelgues. Dame tu dirección, tu teléfono…

Pero Estrella continuaba riendo:

– No temas -dijo-, de ahora en adelante nos veremos con frecuencia.

Jamás nadie me había hecho una promesa tan esperanzadora.

– ¿Y eso por qué?

– Porque también yo te he echado de menos.

– Estrella, Estrella…

Ni siquiera me detuve a pensar en lo insólito de aquella respuesta: «Estrella, amor…»

– Si quieres, podemos vernos esta misma mañana.

– ¿Dónde?

– Dónde tú quieras.

Me parecía un sueño que de pronto Estrella se volviera asequible. Me acordé del mar, de los puestos de flores, de los crisantemos:

– Podemos citarnos en el portal de la Virreina.

– Hecho: ¿a qué hora?

– Enseguida: estoy a un paso.

– Hombre: dame tiempo. ¿Te parece dentro de media hora?

– Estaré allí como un clavo.

En cuanto colgué el aparato mi madre me preguntó con quién hablaba. Le contesté que se trataba de un amigo. Probablemente no me creyó. No importaba. «Que piense lo que quiera.» Lo esencial era que yo creyese a Estrella y que Estrella me creyese a mí.

Me vestí a toda prisa: camisa limpia, corbata austera, colonia fuerte sobre el fijador… Bajé la escalera a toda prisa. Al llegar a la calle me salió al paso una violenta ráfaga de aire. Anduve acelerado hacia la Rambla. Había mujeres con la mantilla puesta, camino de la iglesia, hombres endomingados, viejos parsimoniosos… Ninguna de las mujeres que se cruzaban a mi paso se parecía a Estrella.

Todavía se me antojaba imposible que me hubiese llamado por teléfono. Mil veces había soñado con aquella posibilidad; sin embargo, estaba seguro de que jamás iba a producirse.

La esperé un buen rato junto al portal de la Virreina, fumando y haciéndome el distraído. Me fijé en los puestos de los escribanos: estaban cerrados porque era domingo. Allí acudían los que deseaban mandar cartas y no sabían escribir. En el fondo, pensé, eran felices aunque fueran analfabetos; lo malo era saber escribir y no saber dónde mandarlas.

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