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Электронная книга - «Lo que hice por amor». Краткое содержание книги:

No es fácil ser famosa cuando tu vida se cae en pedazos… Georgie York ha sido abandonada por su marido, una famosa estrella de cine; su propia carrera está yéndose por el retrete; y su imagen pública como heroína romántica en un culebrón corre grave peligro.
¿Qué debería hacer una actriz para mejorar su suerte? Desde luego, NO sería ir a Las Vegas, NO sería escaparse con su detestable pareja televisiva, el macizo tío bueno, Bramwell Shepard… y NO debería verse envuelta en medio de un ridículo incidente que la lleva a ser la protagonista de una desastrosa huída. Antes de saber cómo, Georgie disfruta de un matrimonio falso, de un marido falso, y tal vez (o quizá no) de sexo falso.
Es una lucha a muerte contra los paparazzi y Georgie no tiene la suerte de su lado. Ahí están la terrorífica ama de llaves de Bram; el insistente padre de Georgie; el agente más pelota del mundo; ese frío directivo de los estudios; ¡y la nueva esposa de su ex marido, una pacifista internacional que bien podría ser merecedora de ese estúpido premio, el Nobel de la Paz!
Por lo que respecta al hombre de Georgie… Bram, es su ángel de ojos azules y retorcido corazón negro, que jamás se ha preocupado de nadie más que de sí mismo. Bueno, da el pego como hombre enamorado… gracias al medio millón de dólares que ella le paga.
Es oficial. Se ha casado con el diablo. ¿O no?
Son dos enemigos trabajando sin guión bajo los brillantes focos del plató… allí donde las emociones más fuertes pueden llevar sorprendentes disfraces.
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– Tener a tu amiga por aquí no es buena idea. Todavía me pone.

– No es verdad. Sólo quieres molestarme.

Bram iba sin camiseta y una oleada de deseo recorrió la vertiente putilla de Georgie. Bram creía que ella lo estaba rechazando para jugar con él, pero la cosa era más complicada. Georgie nunca había considerado el sexo un entretenimiento superficial. Siempre había necesitado que fuera algo importante. Hasta entonces.

¿Estaba, por fin, lo bastante lúcida y segura de sí misma para permitirse una aventura frívola? Unos cuantos revolcones apasionados y después «arrivederci, chaval, y procura no darte con la puerta al salir». Pero ese escenario tenía un fallo mayúsculo. ¿Cómo podía tener una aventura frívola con un hombre al que no podía mandar a su casa al terminar? Vivir con Bram bajo el mismo techo era muy complicado.

– No me has explicado nada acerca de tu reunión en el Mandarin de esta mañana -comentó Georgie para distraerse.

– No hay nada que contar. Más que nada, el tío quería conocer los trapos sucios de nuestro matrimonio. -Bram se encogió de hombros-. ¿Qué importancia tiene? Hace una tarde preciosa y ninguno de los dos se siente fatal. Tienes que admitir que ésta es una maravillosa tercera cita.

– Buen intento.

– Ríndete ya, Georgie. He notado cómo me miras. Lo único que te falta es relamerte.

– Por desgracia, soy humana y tú estás mejor ahora que hace unos años. Si al menos fueras una persona real en lugar de un muñeco hinchable…

Bram pasó las piernas por encima de la tumbona y se puso de pie al lado de Georgie, como un Apolo dorado descendido del Olimpo para recordar a las féminas mortales las consecuencias de juguetear con los dioses.

– Una semana más, Georgie. Es todo lo que tienes.

– ¿O qué?

– Ya lo verás.

De algún modo, no parecía una amenaza banal.

Laura Moody terminó su ensalada y tiró el envase en la papelera junto a su escritorio, el cual estaba situado en una oficina con paredes acristaladas, en la tercera planta del edificio Starlight Artists Management. Laura tenía cuarenta y nueve años, estaba soltera y perpetuamente a dieta para perder los cinco kilos de sobra que, según los estándares de Hollywood, la convertían en una auténtica obesa. Tenía el pelo castaño y suelto -de momento, sin el menor rastro de canas-, ojos color coñac y una larga nariz equilibrada por una potente barbilla. No era ni guapa ni fea, lo que la convertía en invisible en Los Ángeles. Los trajes y las chaquetas de diseñadores conocidos, que eran el uniforme exigido a los agentes de artistas en Hollywood, nunca acababan de encajar con su baja estatura, y hasta cuando iba vestida de Armani alguien le pedía que fuera a buscar el café.

– Hola, Laura.

Al oír la voz de Paul York, Laura casi volcó su Pepsi Diet. Después de una semana de evitar sus llamadas, por fin la había atrapado. Paul era un hombre muy atractivo, de pelo espeso y gris y facciones armoniosas, pero tenía la personalidad de un carcelero. Aquel día, iba vestido con su uniforme habituaclass="underline" pantalones grises, una camisa azul de vestir y unas Ray-Bans colgadas del bolsillo de la camisa. Su caminar tranquilo y relajado no la engañó. Paul York estaba tan relajado como una cobra.

– Por lo visto, últimamente tienes problemas para devolver las llamadas -declaró Paul.

– Esta semana ha sido una locura. -Laura tanteó con el pie por debajo del escritorio en busca de los zapatos de tacón de aguja que se había quitado un rato antes-. Justo ahora iba a telefonearte.

– Cinco días tarde.

– He tenido una gripe estomacal.

Mientras buscaba los zapatos, se obligó a recordar todo lo que admiraba en Paul. Podía ser el estereotipo de padre sobreprotector de niña famosa, pero había educado bien a Georgie. A diferencia de tantos otros niños famosos, Georgie nunca había necesitado pasar una temporada en un centro de rehabilitación, no había cambiado de novio todas las semanas ni se había «olvidado» de que no llevaba puestas unas bragas al salir de un coche. Paul también había sido muy escrupuloso gestionando el dinero de su hija y sólo se había reservado unos modestos honorarios que le permitían vivir de forma confortable pero no ostentosa. Lo que no había hecho era proteger a Georgie de su propia ambición.

Paul se dirigió a la pared detrás del sofá del despacho de Laura y se tomó su tiempo examinando las placas y fotografías que colgaban de ella: menciones cívicas, títulos profesionales, tomas de ella con varias celebridades a ninguna de las cuales representaba… Georgie era su único cliente de categoría y su fuente de ingresos más importante.

– Quiero a Georgie en el proyecto Greenberg -declaró Paul.

Laura consiguió mantener una sonrisa serena.

– ¿La historia de chica-vampiro sexy y tonta? Interesante idea.

«Una idea horrible.»

– El guión es fantástico -comentó Paul-. Me sorprendió lo bueno que es.

– Realmente divertido -corroboró ella-. Todo el mundo habla de él.

– Georgie aportará una nueva dimensión a la historia.

Una vez más, Paul no tenía en cuenta los deseos de su hija. La venganza de la vampiro bombón, a pesar de ser divertida y tener un diálogo ingenioso, representaba el tipo de papel que Georgie quería evitar.

Laura tamborileó con las uñas encima del escritorio.

– El papel podría haber sido escrito para ella. Lástima que Greenberg esté tan empeñado en que lo interprete una actriz dramática.

– Él sólo cree que sabe lo que quiere.

– Es probable que tengas razón. -Laura miró el techo-. Cree que contratar a una actriz seria y dramática dará más credibilidad al proyecto.

– Yo no he dicho que vaya a ser fácil. Gánate tu quince por ciento y consigue que le conceda una entrevista. Dile que a Georgie le encanta el guión y quiere hacerlo por encima de todo.

– Desde luego. Lo llamaré enseguida.

¿Cómo demonios convencería a Greenberg para que se reuniera con Georgie? Laura tenía más confianza en la habilidad de Paul para convencer a su hija para que interpretara un papel que no quería, que en la suya propia para convencer al director para que la contratara.

– Otra cosa… -Sólo había encontrado un zapato, así que no podía ponerse de pie, lo que le otorgaba a Paul la ventaja de estar por encima de ella-. Empiezan a rodar el mes que viene y Georgie ha pedido seis meses de baja.

– Yo me encargaré de Georgie.

– Prácticamente está de luna de miel y…

– He dicho que me encargaré de ella. Cuando hables con Greenberg, recuérdale la vis cómica de Georgie y lo mucho que la audiencia femenina se identifica con ella. Ya conoces el rollo. Y recuérdale también que en estos momentos es el centro de atención de la prensa. Eso vende entradas.

No necesariamente. La presencia de Georgie en la prensa del corazón nunca se había traducido en éxito de audiencia. Laura empujó a un lado el bloc que tenía encima del escritorio.

– Sí, bueno… Ya sabes que haré lo que pueda, pero no debemos olvidar que esto es Hollywood.

– Nada de excusas. No lo intentes, hazlo, Laura. Y que sea deprisa.

Paul se despidió con gesto malhumorado y salió del despacho.

Le dolía la cabeza. Seis años atrás, cuando Paul la había elegido entre todos los agentes de Starlight para representar a Georgie, Laura se había sentido entusiasmada. Lo interpretó como su gran oportunidad, como un tardío reconocimiento por una década de duro trabajo durante la cual una docena de jóvenes que frecuentaban el Ivy y que tenían la mitad de experiencia que ella la habían adelantado. Entonces no se dio cuenta de que había cerrado un trato con el demonio, un demonio llamado Paul York.

Y ahora sus sueños de convertirse en una agente influyente parecían cosa de risa. Ella no tenía ni el engreimiento ni la apariencia de los otros agentes. La única razón por la que Paul la había contratado era porque quería una portavoz que pudiera controlar, y los agentes reputados de Starlight no se prestarían a seguirle el juego. El sustento de Laura, que ahora incluía un apartamento de lujo, dependía de su habilidad para convertir en realidad los deseos de Paul.

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