Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » Unos asesinatos muy reales
Unos asesinatos muy reales - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Unos asesinatos muy reales

Электронная книга - «Unos asesinatos muy reales». Краткое содержание книги:

El “Asesinato del Mes” de repente adquirió una dimensión muy violenta y… real
Cada mes, Real Murders, una asociación de aficionados al crimen de Lawrenceton, Georgia, se reúne para discutir sobre un asesinato famoso. Sus miembros son de lo más excéntrico: Gifford Doakes, el especialista en masacres; Jane Engle, amante de las historias de terror victorianas; Perry Allison, fan de Ted Bundy…
Durante la noche de la última reunión, la bibliotecaria local, Aurora «Roe» Teagarden, descubrió el cuerpo mutilado de Mamie Wright en la cocina de la sede del club. Está segura de que el asesino pertenece a la asociación, ya que el crimen guarda un parecido escalofriante con el Asesinato del Mes.
Y como quiera que después tuvieron lugar otros asesinatos de imitación, el único móvil parece un aterrador y extraño sentido de la diversión…
1 ... 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43
Перейти на страницу:

– Tienes razón -convino Bankston. Pasó el palo de golf a su compañera y ella lo agitó en el aire ensayando el golpe mientras él rebuscaba en sus bolsillos. Con sus pantalones negros, jersey verde y el pañuelo anudado al cuello, Melanie parecía a punto de ir a pasar unas horas en el club de campo. El palo silbó a pocos centímetros de mí en ese diminuto espacio e iba a protestar cuando me di cuenta de que a Melanie no podía importarle menos. Las viejas asunciones son difíciles de reprimir.

Vi un pie asomando por las escaleras, tras ellos.

– Dame tu pañuelo, Mel -dijo Bankston de repente. Melanie se lo desató al instante-. Así será menos aparatoso, y es la primera vez que lo intento -observó él, feliz. En ningún momento nos miraron a mí o a Phillip, salvo de pasada, y tenía la certeza de que, para ellos, no éramos personas en absoluto.

Al pie se le unió otro igual, y el primero avanzó silenciosamente sobre el siguiente peldaño.

– Quizá debería grabar esto -dijo Melanie alegremente-. No es lo que teníamos planeado, pero seguro que será interesante.

El siguiente paso hizo ruido y yo empecé a chillar:

– ¡Ojalá os pudráis en el infierno! ¿Cómo podéis hacerme esto? ¿Cómo podéis hacerle esto a un niño?

Estaban tan asombrados como si la silla se hubiese puesto a hablar. Melanie alzó el palo de repente con ambas manos. Cubrí a Phillip en la silla con mi propio cuerpo, pero el golpe fue tan fuerte que la silla se tambaleó. No me costó aullar tan fuerte como un tren de mercancías. Vi que los pies apuraban las escaleras a toda prisa.

– ¡Cállate, zorra! -restalló Melanie, furiosa.

– Cállate tú -le recomendó una voz monótona.

Era el viejo señor Crandall, y llevaba una pistola grande.

El único sonido que se oía en el sótano era el que provenía de mis sollozos, mientras pugnaba por controlarme. Phillip levantó sus muñecas atadas para rodearme la cabeza con los brazos. Deseé más que nunca que se desmayara.

– No vas a disparar -dijo Bankston-, viejo idiota. Rebotará en el suelo de hormigón y les dará a ellos.

– Antes les pegaría un tiro que dejártelos a ti -dijo el señor Crandall llanamente.

– ¿A quién de los dos dispararás primero? -inquirió Melanie, presa de la furia. Se estaba alejando poco a poco de Bankston-. No podrás con los dos, viejo.

– Pero yo sí -dijo Robin desde lo alto de las escaleras, y no estaba tan tranquilo como el señor Crandall. Conseguí alzar la mirada. Vi a Robin descendiendo con una escopeta recortada-. No sé tanto de armas como el señor Crandall, pero me ha cargado esta y, si apunto y la disparo, estoy seguro de que a algo le daré.

Si iban a intentar algo a la desesperada, sería ahora. Podía sentir la agitación que rezumaban sus poros. Se miraron mutuamente. Solo podía observar a través de la neblina del dolor y el pañuelo verde que sostenía Bankston en la mano. Debían de ser cada vez más conscientes de que todo había terminado.

De repente la voluntad de lucha se les evaporó. Recuperaron la imagen de lo que solían ser, al menos por un instante: un administrativo de préstamos bancarios y una secretaria que parecían incapaces de recordar dónde estaban y cómo habían llegado allí. Bankston dejó caer el pañuelo. Melanie bajó el palo de golf. Ya no se miraban mutuamente.

Empezó a oírse un tumulto arriba, y Arthur y Lynn Liggett aparecieron bajando por las escaleras para detenerse en seco ante la escena que tenían delante.

El aliento de Phillip surgió de detrás de la mordaza en un profundo suspiro y se desmayó. Me pareció una buenísima idea y seguí su ejemplo.

Capítulo 17

– Si hubiese tenido mi desintegrador de partículas humanas, no nos habrían hecho daño -susurró Phillip. No se despegó de mí mientras me trataban las heridas. Siempre estaba agarrado a mi mano, a mi pierna o a mi torso, a pesar de que muchas personas amables se ofrecieron para consolarlo, comprarle un helado o colorear con él, pero no se separó de mí. Evidentemente, eso me puso las cosas más difíciles, pero intenté volcar toda mi simpatía hacia él de modo que el dolor dejara de tener importancia. Pero me temo que descubrí que, para mí, el dolor es muy importante, por mucho que también se lo hubieran hecho a otra persona.

Se encontraba junto a mi cama del hospital, acurrucado tan cerca de mí como podía. Tenía las pupilas dilatadas y la mirada perdida. Pensé que le habrían suministrado algún tipo de calmante leve; recordé haberlo autorizado. Mi padre y mi madrastra estaban regresando de Chattanooga; Robin, bendito sea, había encontrado su número de teléfono y los había llamado, pillándolos milagrosamente en su habitación de motel.

– Phillip, de no haber podido apoyarme en ti, me habría vuelto loca -le aseguré-. Has sido muy valiente. Sé que tenías miedo, como yo, pero has sido tan valiente como un león y no has perdido el control en ningún momento.

– Pensaba en escaparme todo el rato. Esperaba una oportunidad -me informó. Ya empezaba a sonar como el Phillip que yo conocía. Luego añadió, menos seguro-: Roe, ¿nos habrían matado de verdad?

¿Qué podía decirle? Miré a Robin, que se encogió de hombros, dejándome la papeleta. ¿Por qué consultaba con Robin lo que debía contarle a mi hermano pequeño?

– Sí -dije, y cogí aire-. Sí, eran personas muy malas. Eran como manzanas podridas. Tenían buen aspecto por fuera, pero estaban llenas de gusanos por dentro.

– Pero ¿están en la cárcel?

– Y tanto. -Pensé en abogados y en fianzas, y me entraron escalofríos-. No volverán acercarse a ti nunca más. Ya no podrán hacerle daño a nadie. Están lejos y encerrados, y tu mamá y tu papá te llevarán a casa, que está aún más lejos de ellos.

– ¿Cuándo llegarán? -preguntó desoladamente.

– Pronto, pronto, tan pronto como les permita el coche -le dije con todo el ánimo tranquilizador que pude, puede que por quincuagésima vez, y di gracias a Dios por que en ese momento entrase en la habitación mi padre, seguido de cerca por Betty Jo bajo un rígido control.

– ¡Mamá! -dijo Phillip, y la entereza que había mantenido a duras penas lo abandonó repentinamente. De repente se convirtió en un niñito desamparado. Betty Jo lo cogió en brazos de la cama y lo abrazó con todas sus fuerzas.

– ¿Adónde puedo llevarlo? -preguntó a una enfermera que los acompañaba. Esta le indicó una sala de espera vacía a dos puertas de allí y Betty Jo desapareció con su preciosa carga en brazos. Me alegré tanto de ver cómo su madre se lo llevaba que podría haber llorado. Nada sustituye a una madre. Al menos yo no. Las últimas horas me habían enseñado, sin duda, esa lección, caso de que alguna vez lo hubiera dudado.

Mi padre se inclinó para besarme.

– Me han dicho que le salvaste la vida -dijo con los ojos llenos de lágrimas. Jamás había visto llorar a mi padre-. Doy las gracias porque estéis los dos a salvo; no he dejado de rezar durante todo el viaje en coche. Podría haberos perdido a los dos en una noche. -Sobrecogido, se hundió en la silla que Robin había dejado libre en silencio. Robin retrocedió a las sombras, la pálida luz arrancando destellos a su pelo rojo. Jamás olvidaría su aspecto esgrimiendo la escopeta.

Estaba demasiado cansada para apreciar la emoción de mi padre. Era tarde, muy tarde. Casi me había estrangulado un administrativo de préstamos con un pañuelo de seda verde. Una secretaria me había golpeado con un palo de golf. Había vivido aterrada como jamás lo había estado por mi destino y el de mi hermano. Había mirado al demonio a la cara. Palabras fuertes, me dije, cansada, pero ciertas. La cara del diablo.

Finalmente, mi querido padre se secó los ojos, me dijo que nos veríamos muy pronto y que se llevarían a Phillip a casa esa misma noche.

– Tendremos que ver qué tratamiento le ponemos -comentó con aprehensión-. No se me ocurre cómo ayudarlo.

1 ... 34 35 36 37 38 39 40 41 42 43
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)