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Unos asesinatos muy reales

Электронная книга - «Unos asesinatos muy reales». Краткое содержание книги:

El “Asesinato del Mes” de repente adquirió una dimensión muy violenta y… real
Cada mes, Real Murders, una asociación de aficionados al crimen de Lawrenceton, Georgia, se reúne para discutir sobre un asesinato famoso. Sus miembros son de lo más excéntrico: Gifford Doakes, el especialista en masacres; Jane Engle, amante de las historias de terror victorianas; Perry Allison, fan de Ted Bundy…
Durante la noche de la última reunión, la bibliotecaria local, Aurora «Roe» Teagarden, descubrió el cuerpo mutilado de Mamie Wright en la cocina de la sede del club. Está segura de que el asesino pertenece a la asociación, ya que el crimen guarda un parecido escalofriante con el Asesinato del Mes.
Y como quiera que después tuvieron lugar otros asesinatos de imitación, el único móvil parece un aterrador y extraño sentido de la diversión…
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Había otro interruptor al fondo de las escaleras y lo pulsó. Volví a escuchar el sonido ahogado y, con gran dolor, volví la cabeza para ver a Phillip, amordazado y con las manos atadas, sentado en una silla recta junto a la secadora. Su cara estaba empapada de lágrimas y su cuerpecito se había hecho todo el ovillo que le permitía la silla. Sus pies no tocaban el suelo.

Se me partió el corazón.

Toda mi vida había oído decir eso a la gente; que se les había roto el corazón porque su amor les había dejado, porque se les había muerto el gato o porque habían roto el jarrón de la abuela.

Iba a morir y mi hermano también iba a pagarlo con su vida, y se me partió el corazón ante la perspectiva de lo que podría durar hasta que se cansasen de él y lo matasen.

– Te oímos entrar -dijo Bankston, sonriente-. Estábamos aquí esperándote, ¿no es así, Phillip?

Increíble; Bankston, el banquero. Bankston, el de la lavadora y secadora tono almendra a juego. Bankston, el que concede un préstamo para un empresario por la tarde y se dedica a machacar la cabeza de Mamie Wright por la noche. Melanie, la secretaria; la que ocupa su tiempo libre matando a los Buckley con un hacha mientras su jefe está fuera. La pareja perfecta.

Phillip lloraba desconsoladamente.

– Cállate, Phillip -le dijo el mismo hombre que había estado jugando al béisbol con él esa tarde-. Cada vez que llores, pegaré a tu hermana. ¿Verdad que sí, hermanita? -Y Bankston descargó un golpe con el palo de golf que me rompió la clavícula. Mi aullido debió de ahogar los pasos de Melanie, porque de repente vi que estaba allí, mirándome con placer.

– Cuando llegué, el espantapájaros estaba registrando el aparcamiento -le contó a Bankston-. Aquí está la grabadora. ¡No puedo creer que nos la hubiésemos olvidado!

Caramba, vaya pareja de chiflados. Había sonado como la típica ama de casa que se olvida de la ensalada de patatas en la nevera justo cuando la familia está saliendo para un picnic.

Cuando el dolor amainó lo suficiente como para pensar, decidí que el «espantapájaros» al que se refería era Robin. Me esforcé para volver a mirar a Phillip. Intenté desterrar el dolor para infundirle seguridad, pero apenas pude mantener la vista en él sin gritar. Si lo hacía, Bankston me molería a palos.

O puede que pegase a Phillip.

– ¿Qué opinas? -le preguntó Bankston a Melanie.

– Será imposible sacarlos de aquí ahora -dijo ella con suma naturalidad-. El otro me ha dicho que ha llamado a la policía. Será mejor que uno de nosotros suba pronto para unirse a la búsqueda. Si no lo hacemos, supongo que la poli querrá registrar la casa y sospechará. No nos podemos permitir eso, ¿verdad? -Y sonrió pícaramente, dándome un golpecito en la pierna con su pie, como si yo fuese una travesura que tuviesen que ocultar por conveniencia. Me pilló mirándola-. Levántate y ponte junto al niño -ordenó antes de darme una patada. Sollocé-. Siempre quise hacer eso -le dijo a Bankston con una sonrisa.

No eran solo los golpes los que me dificultaban el movimiento, sino la conmoción. Me encontraba en ese sótano prosaico a más no poder con esas dos personas, prosaicas a más no poder, monstruos que iban a matarme junto a mi hermano. Durante años había leído y me había maravillado acerca de gente que vivía puerta con puerta con psicópatas sin sospechar nunca nada. Y allí me encontraba yo, intentando arrastrarme desesperadamente sobre el suelo de cemento de un edificio propiedad de mi madre mientras mis amigos buscaban fuera a mi hermano, sencillamente porque pensé que algo así jamás iba a pasarme. Tardé un poco en ponerme junto a Phillip, a pesar de las patadas que me propinó la joven que conocía de toda la vida y con la que había ido a la iglesia más de una vez. Agarré el borde de la silla y me arrastré como pude hasta arrodillarme, rodeando torpemente a mi hermano con el brazo sano. Recé por que Phillip se desmayara. Su expresión era mucho más de lo que podía soportar y no encontraba consuelo para él. Estábamos ante dos demonios, y todas las normas de educación y cortesía con las que nos habíamos criado con tanto esmero Phillip y yo ya no tenían validez alguna. No había recompensa para el buen comportamiento.

– Tengo la grabadora, pero ahora no podemos usarla -se quejaba Melanie-. Creo que empezó a sospechar cuando me vio salir del aparcamiento. No quería ayudarla a buscar, así que tuve que fingir que no la había oído. Creo que esta noche no vamos a tener diversión.

– No lo he planeado lo suficiente -convino Bankston-. Ahora se pasarán toda la noche buscándolos, y encima tendremos que sumarnos a la búsqueda. Al menos, ahora que tenemos sus llaves, no podrán usar el juego maestro para entrar aquí. -Las sostuvo visiblemente. Debí de perderlas mientras caía por las escaleras.

– ¿Crees que insistirán en registrar todos los apartamentos? -preguntó Melanie, ansiosa-. No podemos negarnos si lo piden.

Bankston meditó. Aún estaban al pie de las escaleras. No podría alcanzarlas. No podía ver ningún arma, aparte del palo de golf, pero aunque los atacara con el brazo bueno y la poca energía que me quedaba, los dos me reducirían con facilidad y nadie oiría el ruido, a menos que los Crandall hubieran decidido pasar la noche en su sótano.

– Tendremos que improvisar -resolvió finalmente Bankston.

¡La pelota de béisbol! Quizá Robin la viera, como la vi yo.

– ¿Hablaste con alguien antes de entrar? -preguntó Bankston.

– Solo lo que te he dicho antes. Robin me preguntó si había visto al crío y le dije que no, pero que me encantaría ayudar en la búsqueda -respondió Melanie sin rastro de ironía-. Roe se dejó la puerta trasera abierta, pero la he cerrado con llave. Y he recogido el bate del niño, que seguía en el patio.

Aquella era nuestra sentencia de muerte, pensé.

Bankston maldijo.

– ¿Cómo acabó ahí fuera? Estaba seguro de haberlo metido en casa.

– No te preocupes -dijo Melanie-. Aunque lo hubieran encontrado, podrías haber dicho que se lo estabas guardando, pero que nunca se presentó para reclamarlo.

– Tienes razón -admitió Bankston, convencido-. ¿Y qué hacemos con estos dos? Si los dejamos amordazados aquí mientras subimos a buscar con los demás, podrían soltarse. Si los matamos ya, perdemos la diversión con el chico. -Avanzó hacia nosotros, seguido por Melanie.

– Actuaste impulsivamente cuando lo secuestraste -observó Melanie-. Creo que deberíamos encargarnos de ellos ahora y esconderlos bien. Luego, cuando se calmen los ánimos y dejen de buscar, veremos si podemos meterlos en el coche y tirarlos por ahí. La próxima vez intenta contenerte, haremos lo que hemos planeado sin extras.

– ¿Me estás criticando? -se revolvió Bankston. Su tono era bajo y amenazante.

La expresión de Melanie cambió por completo. Jamás había visto nada parecido. Se acobardó, se doblegó y se convirtió en otra persona.

– No, jamás -lloriqueó y se inclinó para lamerle la mano. Vi sus ojos. Estaba interpretando, y eso la excitaba inmensamente.

Se me revolvió el estómago. Ojalá estuviese interponiéndome lo suficiente en la línea visual de Phillip. Me arrimé más a él, a pesar de que el dolor de la clavícula se hacía cada vez más intenso. Phillip estaba temblando y se había orinado encima. Su respiración era cada vez más entrecortada y de vez en cuando afloraban sollozos apagados.

Melanie y Bankston se estaban besando y este se desvió un poco para morderle el hombro. Ella lo abrazó como si ambos estuviesen dispuestos a hacerlo allí mismo, pero en ese momento se separaron y ella dijo:

– Será mejor que acabemos ahora. ¿Por qué correr más riesgos?

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