Los Pájaros De Bangkok
- Автор: Montalban Manuel Vázquez
- Серия: Pepe Carvalho #6
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Los Pájaros De Bangkok». Краткое содержание книги:
– Mi padre era francés.
Madame La Fleur no tenía ganas de hablar ni de su padre ni de sí misma y miró impaciente el vaso de Carvalho en el que aún restaba un dedo de whisky. Carvalho lo apuró, saludó, recuperó sus piernas y cuando estaba subido sobre el asiento y dominaba a sus anfitriones, madame La Fleur preguntó:
– ¿Pattaya o el puente sobre el río Kwai?
– Ya he visto la película.
– ¿Pattaya?
– Pattaya.
– A las nueve pasarán a recogerle por el hotel.
Carvalho sentía un escozor en el costado producido por la presión de la pipa estilete. Le urgía salir de allí y hacer un balance mental de lo que había ocurrido y de cómo podía condicionar el futuro. Ganó la puerta del restaurante acuciado por sus propios recelos, pero pudo corresponder a la amable invitación de un taxista y subirse al coche sin obstáculos, aunque durante todo el recorrido temió que el taxi pudiera llevarle a donde quisiera madame La Fleur y no a donde quería él. Pero el taxi le dejó en manos del Peter Pan del Dusit Thani y la alegría por la vuelta a casa le hizo dar una propina extra al taxista, que le correspondió con el saludo que habría hecho al rey de Thailandia en persona. El techo de la habitación del hotel le dijo que nada había hecho que no hubiera tenido que hacer. Había vendido a Archit, sin tenerlo, a cambio de Teresa, sin tenerla, y desde que había llegado a aquella ciudad había estado bajo la lente de microscopio de todo el mundo. al menos ahora sabía a qué atenerse, con todos, menos con "Jungle Kid".
Le despertó una alarma interior y el reloj de pulsera dio la razón al despertador que Carvalho presumía en una esquina del cerebro, la izquierda, sin duda, directamente conectada con la muñeca donde suele ir el reloj. Eran las siete de la mañana y tuvo tiempo de desayunar, nadar durante media hora en una piscina a su exclusiva disposición y comparar en el espejo del cuarto de baño el progresivo contraste entre la piel que cubría el slip y la que iba recibiendo retales nacientes o ponientes del sol de Asia. A las nueve en punto sonó el teléfono de la habitación. Le avisaban desde recepción que el coche que había solicitado le estaba esperando. El coche, y el conductor. El amable intermediario de la noche pasada, el mismo que le había escupido la noche del encuentro con madame La Fleur, vestido con un pantalón oscuro y una camisa de seda de manga larga y abotonada hasta el cuello, con inclinaciones de chófer profesional y pasos de bailarín para llegar al sedán azul antes que Carvalho y abrirle la portezuela con un amplio gesto que impresionó al Peter Pan de turno. Carvalho se hundió en un asiento tapizado de piel blanca y, antes de cerrar la portezuela, el improvisado chófer venció una palanca y ante Carvalho apareció un mueble bar iluminado en el que había dos vasos, botellas de whisky escocés y thailandés y una cubitera de hielo. Sin añadir nada que no hubiera dicho con gestos, el gángster cerró la portezuela, ocupó su sitio al frente del volante y desde allí preguntó a Carvalho si prefería ir por la carretera del interior o bordeando la costa a partir de Pat Nam. Carvalho prefirió la costa. Se puso en marcha el sedán y desde el primer momento el chófer alternaba la contemplación del recorrido con miradas al espejo retrovisor donde depositaba sonrisas para que Carvalho las recibiera.
– ¿Francés?
– No, español.
– Ah, español francés.
Y antes de que Carvalho decidiera si valía la pena o no sacarle de su error, el gángster empezó a cantar.
La primera parada fue en Chon Buri, donde el chófer recomendó a Carvalho que se desayunara con una o dos docenas de ostras. Las mejores ostras de Thailandia, le informó, se recogen entre Chon Buri y Sattahip, gran puerto construido para que pudieran entrar los barcos de guerra norteamericanos durante la guerra del Vietnam. Las ostras fueron regadas con una botella de cerveza, a pesar de los esfuerzos del chófer por materializar el loco deseo de Carvalho de encontrar un Chablis o en su defecto un Riesling en aquel pueblo del este del golfo de Siam. Otra vez en el coche, el chófer le propuso detenerse en Racha, ciudad famosa por sus productos alimenticios y porque en ella se centra la exportación de orquídeas.
– ¿Orquídeas para madame?
Preguntó el gángster al tiempo que soltaba el volante y dibujaba en el aire una supuesta madame curvilínea. Carvalho rechazó la proposición. Pasaron junto a unas playas semidesiertas que a Carvalho le apetecieron, pero el chófer le prometió el paraíso de Pattaya, donde podría ver los fondos de coral y donde encontraría las mujeres más hermosas de Thailandia, insistía esculpiendo el aire con las dos manos. Carvalho quería llenar el día y sumergirse hasta el fondo en aquel pozo de sin sentido que significaba viajar con aquel matarife disfrazado de Bautista. Para el chófer, que Carvalho viera Pattaya era un motivo de orgullo patrio. Lo cierto es que Carvalho se arrepintió de no haberse detenido en las playas de Na Klua, porque a primera vista Pattaya le pareció Benidorm con vegetación tropical y unos cuantos madrileños menos, pero los suficientes para que se los oyera silabear por aquí y por allá, con el salacot de paja sobre los sesos y camisas con el nombre de pattaya en serigrafía. El coche se ciñó al arqueado paseo del mar que terminaba en Boatel Point. Allí se detuvo Carvalho, se cambió en su interior y salió disfrazado de bañista, entre vegetaciones, al encuentro de un mar de manso azul cálido. Se tumbó sobre la toalla del hotel en la arena y se dejó obsequiar con los tres whiskies escoceses que el chófer le sirvió durante las dos horas de sol. Luego se dejó conducir al restaurante abierto a una terraza protegida por un cobertizo de paja, donde le sirvieron una ensalada de arroz y marisco y un hermoso pescado parecido al pajel, excesivamente requemado sobre las brasas de tamarindo. Junto a la ensalada de arroz habían puesto una botella de Chablis y la mirada interrogadora de Carvalho fue contestada por una sonrisa del chófer, sonrisa de deber cumplido. Había encontrado una botella de Chablis en el restaurante Barbos, la había comprado y ordenado enfriar en el merendero playero donde suponía que a Carvalho le iba apetecer comer. Carvalho temía que el sol del trópico le despellejara y optó por dar por concluida la sesión de playa tras la comida y recorrer el meollo turístico de Pattaya, junto a los embarcaderos para las motoras de fondo transparente que viajaban por la bahía llenas de turistas, fascinados ante las maravillas coralinas de los fondos bajos. Se entretuvo ante un puestecillo de caracoles y objetos de nácar, compró un caracol de nácar que tenía el mar en su entraña y al volverse vio a su chófer discutiendo sordamente con dos individuos con pantalones cortos y caras de pocos amigos bajo las gorritas playeras. Carvalho mantuvo las distancias y observó de reojo cómo los dos hombres señalaban hacia un chiringuito de comidas situado junto a una casa de alquiler de motocicletas. El chófer puso una mano sobre cada uno de sus interlocutores y los empujó suavemente para que se fueran por donde habían venido. Pero los hombres rechazaron de un manotazo el intento del chófer y le empujaron a su vez para abrirse camino en dirección a Carvalho. El chófer se metió una mano bajo los faldones de la camisa y sacó una pistola que clavó en los riñones del malcarado más próximo. El otro también detuvo su avance y ambos se retiraron caminando hacia atrás y lanzando maldiciones contra el hombre armado. Finalmente dieron media vuelta y se fueron hacia el chiringuito para desaparecer dentro de él. Para entonces el chófer ya se había guardado la pistola y avanzaba hacia Carvalho con una sonrisa entregada.
– ¿Qué querían esos dos?
– ¿Qué dos?
– Esos con los que hablaba.
– Me preguntaban dónde podían encontrar chicas.
Rió y volvió a dibujar en el aire la silueta de una mujer. Pero algo había cambiado en su actitud. Tenía prisa y se adelantó a Carvalho marcando el ritmo del retorno a donde habían dejado el coche aparcado. De vez en cuando, el chófer miraba hacia atrás y Carvalho comprobó que no sólo se volvía para ver si le seguía su cliente, sino para otear el inmediato horizonte, en el que Carvalho sólo sabía ver toneladas métricas de turistas de carnes rojas y atuendos irrepetibles. Con una sonrisa, el chófer le indicó que le esperara y se fue a un teléfono ambulante desde el que habló, gesticulando con la misma violencia que llevaban sus palabras. Volvió del teléfono preocupado y le dijo a Carvalho que tendrían un pasajero durante el viaje de regreso. De pronto una sombra de alarma cubrió el rostro del hombre y Carvalho se volvió a tiempo de ver cómo avanzaban entre la multitud los dos interlocutores a los que su chófer había amenazado con la pistola.
– Siga usted hasta donde está el coche. Yo he de hacer un recado.
Carvalho obedeció. Anduvo durante unos treinta metros y se volvió para ver cómo el chófer esperaba a los otros dos en mitad de la acera. Pero no tuvo tiempo de abordarlos. Cuando los dos que avanzaban de cara llegaron a su altura, otros dos le bloqueaban desde atrás, y entre los cuatro le obligaron a desplazarse hacia un callejón lateral donde desaparecieron. Carvalho dudó entre acudir en su ayuda o dejar que se las entendieran, en cualquier caso de nada le servía el coche sin el chófer porque la llave la tenía él. Pero Carvalho estaba desarmado y decidió no intervenir. Griterío y revuelo de personas que salieron corriendo del callejón movilizaron sus piernas y corrió hacia allí. Pasó entre un pasillo de gente hasta llegar a un cuerpo caído en el suelo sobre su propia sangre. Era el chófer, y no sólo le manaba la sangre de una herida abierta en el abdomen, sino también de los labios y otros puntos de la cara maltratados por una paliza implacable. Carvalho se quedó clavado y una presencia humana le rozó al rebasarle, le susurró un "tranquilo" que le paralizó aún más y avanzó hasta el cuerpo. El hombre que le había tranquilizado se inclinaba hacia el herido, lo examinaba y se volvía dando gritos para que le ayudaran. Empezó a levantar el cuerpo y otros se sumaron a su acción, pero el herido salió del callejón sobre otros brazos que no eran los del provocador de la operación rescate. El recién llegado se acercó a Carvalho y le enseñó la llave que acababa de retirar del bolsillo del herido.
– He llegado a tiempo. Salgamos de aquí.
– ¿Quién le envía a usted?
– Me llamó por teléfono hace un rato cuando vio que esto se complicaba.
– ¿Para quién trabaja usted?
– Para madame La Fleur.
El hombre, al tiempo que daba explicaciones, empujaba a Carvalho y miraba a su alrededor. No salieron al paseo central, sino que recorrieron callejuelas traseras hasta llegar a la perpendicular del coche.