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Los Pájaros De Bangkok

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Los Pájaros De Bangkok
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– Es malo. Es un hombre malo.

Dijo la vieja con una vocecilla quebrada.

– Es un policía.

– ¿Usted es policía?

– No. Si sabe algo, dígamelo. Le juro que no le diré nada a Charoen.

La vieja volvió a concentrarse, como si se olvidara de la presencia de Carvalho. El esqueleto de su marido empezó a temblar y de la garganta salió el eco de una queja que había nacido en algún rincón de aquella armadura de huesos y piel. Carvalho inclinó la cabeza y les dio la espalda. A los dos pasos notó que una mano se posaba en su brazo. La mujer se había levantado con una agilidad impensable y le instó a que se retirara en busca del rincón del altar.

– En Tam Krabok hay un hombre santo que se llama Chin Ramsun.

La mujer juntó las manos y las echó a volar, como si invitara a Carvalho a un viaje.

– ¿Dónde está Tam Krabok?

– Es un lugar santo y allí está el hombre santo.

La vieja abandonó a Carvalho y volvió a sentarse junto al agonizante. Carvalho pasó a su lado y no se volvió para no quedar convertido en una estatua de sal.

Nada más aparecer en la cumbre de la escalera, Carvalho cabeceó negativamente y abrió los brazos abarcando toda la impotencia que cabía entre ellos. Charoen asintió como diciéndole: ¿lo ve usted? Carvalho recuperó sus zapatos. Charoen escupió al canal un hilo de saliva prodigiosamente largo, como una meada lánguida y viscosa.

– Ya he llegado a creer que no saben nada. Está dejando morir a su marido antes que delatar a su hijo. La última vez casi la ahogué ahí mismo, en este mismo canal, para que dijera lo que sabe. Y nada. No debe saber nada. Es imposible.

Carvalho era la estampa misma de la desolación.

– No sé por dónde empezar.

Charoen se rió.

– Ya se lo dije. Ha hecho un viaje inútil. Se lo dije al embajador en persona. Lo que no consigamos nosotros no lo consigue nadie.

La canoa los devolvió al embarcadero y Charoen ofreció comer en un merendero de la carretera: "Estamos cerca del mar y podremos comer bien". El arroz blanco sirvió de paisaje a platillos de calamares, gambas, verduras al dente con el aderezo posible de una vinagreta picante hasta la hinchazón de los labios, una salsa de tomate que recordaba el catsup y la salsa de pescado, la sal de Thailandia. Charoen y su acompañante comían con mayor lentitud para dejar que Carvalho se beneficiara de las mejores partes. Seguía citando obsesivamente la torpe resistencia de la madre de Archit y contó a Carvalho la historia del matrimonio. Habían sido campesinos en la zona del noreste, la zona más pobre de Thailandia, y cuando Archit era pequeño se habían trasladado a Bangkok, donde el padre ejerció como amaestrador de gallos de pelea y la madre había sido empleada de la limpieza en distintos establecimientos públicos. De pronto el padre empezó a aficionarse a la heroína y toda la familia se vino abajo.

– Cuando Archit empezó a trabajar…

Charoen se interrumpió para reírse de buena gana.

– En fin. Archit conoció a gente influyente y trató de ayudar a su padre, pero el viejo iba de mal en peor y ha llegado a donde ha llegado. Le quedan días de vida.

Se encogió de hombros.

– La basura cuanto antes se queme mejor.

– Ayer estuve con Thida, la ex novia de Archit.

Charoen puso cara de póquer y Carvalho dedujo que ya lo sabía.

– ¿Sacó algo en claro?

– No. Y estoy obligado a hacer balance. Si "Jungle Kid" y la china no saben nada y esperan a que yo sepa algo, quiere decir que están como usted y como yo. Si ni los allegados de Archit ni sus padres saben nada o no quieren decir nada, ¿qué puedo hacer? Por otra parte no puedo darme por vencido a los pocos días de haber empezado. No se recorren miles de kilómetros y se recoge la esperanza de tanta gente para volver días después con las manos vacías. Amigo Charoen, aconséjeme.

Carvalho no sólo había puesto una cierta ternura al decir amigo Charoen, sino que además dejó caer una mano sobre el brazo del policía. Temió haberse pasado, porque Charoen miró el brazo invasor de Carvalho con perplejidad y luego alzó la vista para encontrar los ojos del detective, en los que su propietario había procurado reunir toda la ingenuidad que sin duda le quedaba en el alma.

Admitió Charoen:

– Pero no será porque yo no se lo advirtiera.

– ¿Y si me fuera a Chiang Mai?

– ¿A Chiang Mai? ¿Por qué?

– Allí desaparece la pista de los fugitivos. Tal vez encuentre algo. He de justificar mi viaje y de paso conozco un poco el país.

Charoen miraba de hito en hito a Carvalho por si había una doble intención en lo que estaba diciendo.

– ¿Es bonito Chiang Mai?

– Es otra cosa. Más auténtico, más sincero que Bangkok, pero más aburrido. Es una gente muy especial. Cuando los americanos luchaban en Vietnam tenían tropas de refresco cerca de Chiang Mai y quisieron montar una red de casas de masajes y prostitución como la de Bangkok. Pues bien, las autoridades locales de Chiang Mai se negaron. No querían el progreso.

Charoen terminó su comentario con una carcajada para ponerse serio a continuación.

– No todos los extranjeros han jodido el país, pero buena parte de la basura de este país se debe a los extranjeros. Ahí está el caso de Jim Thompson. ¿Conoce usted la historia de Jim Thompson?

– No.

– Fue un agente del servicio secreto norteamericano, de Nueva York. Él era arquitecto, pero durante la segunda guerra mundial trabajó en los servicios secretos. Estuvo en Thailandia después de la guerra y se interesó por la artesanía de la seda y por la belleza del país. Se estableció en Bangkok a partir de 1946 y se dio cuenta de que aquella artesanía sólo la practicaban algunas familias de un canal de Bang Krua, un barrio del viejo Bangkok. Creó la Thai Solk Company, base de la industria sedera actual, y conformó una gran casa en Bangkok juntando varias casas de nobles thais. Hoy es un museo que usted puede visitar y en el que vive el espíritu de Jim Thompson.

– ¿Murió?

– Desapareció. Fue una desaparición misteriosa, en Malasya, en 1967. Thailandia le honra como a uno de sus emancipadores económicos. Fue una excepción. Explicó la lección de que a un hombre que tiene hambre no hay que darle un pez, sino enseñarle a pescar.

– ¿Dónde desapareció Thompson?

– En las Cameron Highlands. ¿Conoce usted Malasya?

– No.

– Todo lo que hizo Thompson fue bueno. Hasta los beneficios que da la visita de su casa. Van a parar a una Escuela de Ciegos de Bangkok.

– Veo que le conmueve la historia de Jim Thompson.

– Es uno de los pocos extranjeros que no ha venido a quitarnos algo y que además nos ha enseñado a apreciar lo bueno que ya teníamos, sin saberlo.

¿Qué tenía que ver aquel Charoen con el que había torturado a la madre de Archit en el canal? ¿Cómo puede ser nacionalista un funcionario al servicio de un régimen hipotecado por una gran potencia que instrumentaliza su corrupción?

– Pero ¿qué harían ustedes sin los extranjeros? Los americanos los defienden de los comunistas y los turistas les dan trabajo.

– Podemos defendernos a nosotros mismos y podríamos vivir sin ayuda del turismo. Thailandia ha sido siempre un país independiente y de más alto nivel de vida que sus vecinos. Tenemos un suelo riquísimo, la llanura central entre Bangkok y el norte nos da lo que necesitamos para vivir y además ha aparecido petróleo. Por primera vez Thailandia es una nación unida gracias al rey, porque hoy día todos los pueblos de Thailandia aceptan al rey y los reyes se han hecho casas en el norte, en el sur, en el oeste y en el este para decir: aquí está nuestra casa, porque éste es nuestro país y es el país de los thais, los chinos, los khmer, los indios, los malayos, todos los que viven y trabajan en Thailandia.

Ahora fue Carvalho el que tuvo que contener la risa, porque el eslogan nacionalista de Charoen le recordaba otras latitudes. Se acercaban en el coche a Bangkok cuando Carvalho le pidió a Charoen que le dejaran en el barrio chino.

– ¿Para qué quiere usted ir al barrio chino?

– Por curiosidad. A ver si está como hace años.

– Está igual. Es un barrio estúpido lleno de joyerías y de tiendas de mangueras y carretillas. No sé por qué.

– Quiero estirar las piernas y de paso pensaré. Creo que me iré a Chiang Mai.

– ¿Cuándo?

– Lo consultaré con el guía de mi grupo. Si hago el viaje colectivamente me saldrá más barato.

– Avíseme si decide ir a Chiang Mai.

– ¿Cree que es necesario?

Charoen entendió la ironía de Carvalho y se puso a reír satisfecho de sí mismo.

El problema del barrio chino de Bangkok era clasificatorio. Poner orden en aquel panorama abigarrado de ofertas comerciales se convirtió en una pesadilla estética para Carvalho, que optó por aplazar el conocimiento del barrio hasta otra visita a Bangkok y se limitó a comprar una gran maleta barata en unos grandes almacenes. También compró un calendario chino para Biscuter y una blusa de seda bordada para Charo; en cuanto a Bromuro le compraría una botella de Mekong en el último momento y a Fuster un gorro mheo en Chiang Mai, para su colección de gorros. Metió todos los regalos en la maleta, cogió un taxi y volvió al hotel con la maleta por delante para que los espías de Charoen la detectaran. Desde la habitación telefoneó a los corresponsales de la agencia de viajes en Bangkok y preguntó la situación de la excursión programada hacia Chiang Mai. Había plazas, pero debía esperar un día más en Bangkok. Pidió una reserva y volvió a salir del hotel en dirección a la embajada. Solicitó ser recibido por la misma interlocutora de la entrevista anterior y reapareció la mujer tras un enorme portón que comunicaba el zaguán de entrada con los despachos capitales de la legación. La mujer se sintió defraudada, aunque lo disimuló diplomáticamente, cuando Carvalho le dijo que iba a comunicarle su partida para Chiang Mai.

– Aquí en Bangkok no he conseguido nada.

– Cuánto lo siento.

– Quisiera que me hicieran un favor. ¿Pueden informarme sobre un lugar o algo por el estilo que se llama Tam Krabok? Y en segundo lugar, ¿pueden mantener el secreto ante Charoen de la información que me van a dar?

– Tenía usted que haber empezado por la segunda pregunta, porque ya ha revelado el secreto contenido en la primera.

Tenía razón y el hecho de enmendar la plana a un detective extremó la amabilidad de la funcionaria, que volvió minutos después con todo lo que había podido recoger sobre Tam Krabok.

– Es una mezcla de templo, monasterio y hospital llevado por una comunidad de monjes budistas. Se dedican a la recuperación de drogadictos mediante una terapia a la vez medicinal y religiosa. Es cuanto sabemos. Está más allá de Ayuttaya, entre Saraburi y Lopburi, casi en el ángulo que forman las carreteras. Pero si ha de ir allí y no quiere que se entere Charoen tenga cuidado con quien le lleva. No es una visita frecuente y todos los taxistas son confidentes.

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