Las Mujeres De Adriano
- Автор: Camín Héctor Aguilar
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Mujeres De Adriano». Краткое содержание книги:
»De todas mis mujeres, Carlota fue la única que no tuvo hijos. Luego de dos abortos, se cuidó de no tenerlos durante su matrimonio con un hombre mayor que habría arropado el engendramiento de otros como si fuera suyo. Carlota prefirió el placer a la descendencia. Pensó que era demasiado joven y que habría tiempo después para engendrar y criar, cosas que en su cabeza viril tenían una cierta condición vacuna, del todo contraria a su índole sensual, pronta al instante más que a la previsión, a la aventura más que al cuidado. Luego me tuvo a mí, que sacié en algún sentido su instinto de posesión maternal, completándolo con el placer no maternal que era su pasión verdadera. Fui su retoño carnal, chamaco y amante. Y fui enormemente feliz, no necesitaba otra cosa, acaso porque en el fondo he sido siempre un hombre monógamo. Tiendo a demorarme en la misma mujer y ella sola me basta. Mi poligamia no ha sido sino la extensión de mi índole monogámica, mi gusto por la misma mujer, el rechazo a la mezcla y la diversidad.
»Solía poseerla en el baño, mientras caía el agua caliente sobre nosotros hasta cubrir los vidrios de vaho. Ahí en el vaho hice una vez un dibujo obsceno y puse abajo: Yo en Carlota. Reincidimos en la posición días después y descubrí encantado que el nuevo vaho respetaba el antiguo dibujo: aparecieron completas la caricatura y su leyenda. Meses después, el mismo vaho de aquellos vidrios felices me daría el mensaje de que la tregua de Carlota con mi amor había terminado. Un día en que nos bañamos largamente apareció en el viejo vaho la leyenda que otro había pintado. Decía: Toño te ama. Vi aparecer esas palabras como quien ve derrumbarse un mundo. Me derrumbé yo mismo. A mi desmayo siguieron los cuidados de Carlota; cuando volví en mí, desnudo y frotado por sus ternuras sobre la cama, siguió el más increíble discurso de pertenencia amorosa que haya oído jamás, el discurso de sus desenfrenos: "A nadie he querido como a ti", me dijo Carlota. "Todos los demás han sido incidentes. Todos, salvo Sigfrido, que salió de mi vida mucho antes de que entraras tú. De modo que Sigfrido y tú, nada más. Todos los otros han sido curiosidad y juego. Amor, sólo Sigfrido y tú. En realidad sólo tú, porque Sigfrido fue para mí como para ti Regina Grediaga: una llama sin mecha, una pasión mal correspondida. Yo lo quise a él mientras él quería a otras. Sus otros amores mataron el mío. Me dije entonces: Esclava otra vez, de nadie. No seré esclava de ningún amor, en todo caso, del amor. Ahí empezó mi búsqueda, no de otro amor, sino de otros muchos, todos, tantos que al final significaran poco. Mi primera conquista fue el propio Sigfrido, a quien atraje nuevamente para tratarlo como romance de una sola vez. Apenas lo tuve, busqué al siguiente, para dejar de ser suya y ser de otro. Y vinieron los otros, uno tras otro, todo el ejército." Empezó entonces una descripción del ejército. Me habló toda la tarde de sus amores, a mí, que convalecía de haber descubierto sólo al último. En vez de consolarme de su infidelidad, me contó su vida infiel, para acabar de hundirme en los celos y el despecho. Con la abundancia de sus infidencias, debo decirlo, vi el conjunto de nuestra historia y a mí mismo como parte relativamente prescindible de ella, no como su centro. Por la noche, libre ella al fin del fardo de ocultarle a su niño las cosas obvias de la vida, nos enredamos en una lujuria limpia y desolada, deudora sólo de sí misma, sin las ilusiones y las dulzuras que suelen vestirlas. Fue nuestra noche de mayor entendimiento, el entendimiento desencantado; también la de nuestra primera escisión, o al menos de la mía. Supimos esa tarde y esa noche quiénes éramos, quiénes habíamos querido ser, quiénes no podríamos ser en adelante.
»Mi amor por Carlota bajó de grado, pero no mi adicción por su cuerpo, por sus caricias, la chispa de su contacto. Seguí acudiendo a mi adicción, pero sin el velo que la mejoraba antes. Me refiero a mis sueños sobre su vida como perteneciente a mí y a su propia ilusión de pertenencia que al menos un tiempo construyó conmigo. Empecé aquellos días mi primera encomienda de historiador, que fue un puesto de auxiliar en la edición de la historia de Bernal Díaz sobre la conquista de México. La paleografía de sus primeros capítulos, como usted sabe, me llevó a la visión de la conquista de América como una empresa de riesgo, y al libro posterior que fue mi primero, sobre los intereses particulares en la conquista de América. Al mismo tiempo recibí del despacho mis primeros casos grandes, entre ellos la defensa civil del coronel en activo que atentó contra la vida del último general presidente del país. La justicia militar condenaba a muerte al coronel, pero la justicia civil no podía condenarlo sino a la pena correspondiente a homicidio en grado de tentativa. Se planteaba un litigio de fondo entre dos órdenes legales contradictorios, el de los ordenamientos militares que se continuaban casi intactos de su origen colonial, de fueros feudales, y el del orden constitucional moderno, donde la pena de muerte había sido abolida. Los delitos de lesa majestad, traición a la patria y otros sacrilegios del absolutismo, habían sido convertidos en delitos seculares con penas comparativamente leves que excluían por igual la ejecución y al verdugo. Eran los tiempos finales de la Segunda Guerra Mundial. Palabras como traición, enemigo, sacrificio y lealtad gobernaban las emociones de la época. Con la seguridad de que perdería la disputa contra la pena de muerte, me fue encomendado aquel asunto de extraordinaria relevancia. El país pasaba en esos días del último presidente militar al primero civil y debía civilizar sus leyes. De modo que en los tiempos en que se rompió el cascarón de mi amor por Carlota, con grandes heridas luego de grandes placeres, tuve mis primeras salidas al mundo adulto en mis dos profesiones, la abogacía y la historia. Salidas quijotescas, a no dudarlo, a las que me entregué con ánimos de conquistador, tal como leía en Bernal, pero con la certidumbre de que la verdad o la justicia última no existían, de modo que podía perderse la inocencia, como yo la perdí en el baño de Carlota, sin perder el amor o al menos el deseo del bien perdido. Este es un aprendizaje fundamental para el abogado litigante: debe jugar con pasión y perder con elegancia sin poner en ello su alma, tal como yo había dejado de ponerla, sin dejar de poner el fuego, en el lecho de Carlota Besares.
»De la mano de esas otras dos mujeres, la historia y la abogacía, fui separándome, lo mismo que un amante infiel atraído por mejores viandas, del banquete de Carlota. Pero seguía acudiendo a él, hambriento como ratón de hospicio. Litigaba en todos los frentes. Iba al juzgado a defender al coronel magnicida, aprendía los códigos paleográficos del siglo XVI para restituir el manuscrito de Bernal y acudía a la fiesta colectiva del cuerpo de Carlota Besares -antes sólo mío, nunca sólo mío-. Esa era mi vida, llena al punto de reventar. No quería más. Pero el azar y los sueños ocultos en la historia de cada quien siempre quieren más. Ellos me guiaron, supongo, a mi tercera mujer, una estudiante de historia del arte llamada Ana Segovia. Coincidimos en el mostrador del Archivo General de la Nación, pidiendo documentos al encargado. Ana investigaba la historia de la efigie de la Virgen de Guadalupe, patrona de México. No había avanzado gran cosa, fundamentalmente porque buscaba en los archivos equivocados. Me permití sugerirle que buscara en los fondos del Arzobispado. "Ya sé que ahí", me dijo, "pero odio a los curas. Me dan urticaria las sotanas y las iglesias. Me hace daño hasta el polvo de sus documentos. Nada más de imaginármelos, empiezo a estornudar." Su respuesta me llenó de felicidad. Nunca he sido jacobino, ni anticlerical, más bien agnóstico, pero la idea de esa muchacha incendiada por una pasión jacobina, sus labios temblando de ira por la sola evocación de una cosa tan genérica como la maldad del clero, fueron un torrente de agua fresca. Las mujeres eran bastante tontas en el país un tanto provinciano de entonces, y si no eran tontas, debían ser mustias. Una mujer apasionada que hablara sin reservas de lo que le pasaba por la cabeza y una mujer a la que le pasaban por la cabeza impertinencias anticlericales, era una especie de milagro antropológico. Eso lo pienso ahora, entonces sólo quedé prendado de aquella desfachatez tocada por la gracia. No creo en el amor a primera vista, pero sí en que basta el primer contacto para que ambas partes sepan si lo suyo puede llegar al menos a un segundo encuentro. Yo supe desde mi primer encuentro con Ana Segovia que lo nuestro iba a tener al menos un segundo encuentro. Se lo dije y me contestó: "Puede ser, pero no estaría mal si antes me explicaras quién eres, porque no acostumbro salir con desconocidos. Aquí en la esquina hay un café al que podemos ir y me cuentas de una vez para saber a qué atenerme. Pero antes, aclárame una cosa: ¿tienes algo que ver con los curas?" "No", le dije. "Pues ya empezaste bien", me dijo. Recogió sus papeles del mostrador y echó a andar hacia la calle, dando por descontado que la seguiría. La seguí, desde luego, hipnotizado por la claridad de sus humores. Ese fue mi primer encuentro con Ana Segovia, que habría de ser mi tercera mujer. Antes de eso, sin embargo, el azar trajo lo suyo. El azar es ocurrente y tiende a ser simbólico. El hecho es que la misma tarde en que conocí a Ana Segovia reapareció en mi vida Regina Grediaga. Llevaba ocho años sin verla y ninguno sin recordarla. De pronto volvió, como atraída por Ana, y mi vida dio su primera vuelta polígama.