Las Mujeres De Adriano
- Автор: Camín Héctor Aguilar
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Las Mujeres De Adriano». Краткое содержание книги:
– Le hablé de mis cinco mujeres -dijo-. Y prometí contarle. Podemos empezar hoy, si le parece. Asentí y empezó:
– La primera en el tiempo se llamó Regina Grediaga -dijo, mirando a través del ventanal con los ojos entrecerrados.
Adriano tenía los ojos negros y pequeños, rodeados de ojeras, bien metidos en sus cuencas bajo unas cejas pobladas, tan canosas como su melena de león viejo y su bigote de anchas vías, subrayado en su blancura cenicienta por una línea amarilla de nicotina
– Ahora que recuerdo lo de antes y olvido lo de ayer -siguió Adriano-, puedo recordar, casi día por día, lo que hube con Regina. Por ejemplo, esto: yo decidí que me haría historiador mientras oía contar al padre de Regina, el coronel Grediaga, la forma en que su compañía tomó de madrugada una ciudad norteña. Por la noche hubo un baile de gala. Todavía se escuchaban tiros y cañoneos en los cerros vecinos. Mientras el coronel hablaba, yo veía jóvenes en casaquillas militares valsando con mujeres de vestidos entallados, escotes largos y abultadas crinolinas. Esa facha tuvo la historia para mí: una muchacha valsando con un joven coronel mientras se oían los cañones distantes de una batalla. Y esa fantasía de acentos heroicos anduvo siempre para mí, como un halo, tras el rostro de Regina Grediaga. Tenía los ojos más tristes y más radiantes que yo hubiera visto. Eran cafés tirando al amarillo y había en ellos un secreto de iniciada, como si viniera de regreso de los ritos inconfesables de un templo pagano. Con ella hubiera querido valsar una noche, con sus ojos mirándome desde el fondo secreto de la historia, al final de una batalla cuyos ecos todavía se oyeran a lo lejos, anticipando el tiroteo de nuestros propios cuerpos. Yo tenía dieciocho años cuando la conocí y ella dieciséis. Desde el primer día su mirada tuvo un manto de misterio: la promesa de una sabiduría oculta, la posibilidad de una entrega sin cortapisas. Yo era un huérfano veterano, porque mis padres murieron antes de que cumpliera diez años. Había ese hueco enorme, aunque bien guardado en mí, el hueco que ocupó con su mirada Regina Grediaga cuando entré a su casa por primera vez.
«Desde la muerte de mis padres, yo viví con mi tía Águeda, hermana mayor de mi padre, en su casona helada del barrio de Mixcoac. La casa tenía un jardín que crecía en el traspatio como una selva, sin poda ni atención. La hierba había devorado un huerto de naranjas y secado una rosaleda, de una de cuyas matas seguía brotando sin embargo, año con año, una perfecta rosa amarilla. La maleza había cubierto también el brocal de un pozo ciego. Yo solía escalar el pozo bajando con una cuerda por sus paredes sólo para vencer el horror que subía conforme me acercaba a su fondo húmedo, maloliente, mineral. Vivía con mi tía Águeda los fines de semana. En realidad mi casa era el internado militar donde entré al terminar la escuela primaria, poco después de la muerte de mis padres. Entre las virtudes de mi tía Águeda, no se contaba el calor de hogar. Mi tía era como su casa, helada, sólida y espaciosa. Tenía el corazón encogido pero la cabeza abierta y el ánimo independiente. Descuidaba mis tristezas y mis melancolías pero era la patrona de mi libertad y mis audacias. No tenía objeción si los fines de semana, en lugar de ir a su casa, me quedaba en el colegio para ir de campamento con los oficiales solteros o de invitado a la casa de algún amigo. Antonio Grediaga, hermano de Regina, fue mi novato en el tercer año de la secundaria, lo que quiere decir, en las prácticas bárbaras de la escuela militarizada, que era el esclavo de los caprichos y las ocurrencias que yo pudiera tener. A mí me habían tratado bien como novato y traté bien a los míos, en particular a Grediaga. Grediaga tenía el don de caer de pie en todas partes. Lo gobernaban el buen humor y un estado de alerta continuo ante las necesidades prácticas de los demás, lo cual terminaba volviéndolo imprescindible. Odiaba la escuela militarizada aunque era hijo de militar, o precisamente por eso, pero se adaptaba a sus estúpidos rigores mejor que quienes se soñaban generales antes de tener el grado de cadete.
» En la casa de Grediaga supe por primera vez lo que era una familia, y lo que debía entenderse propiamente por hogar. La madre de Grediaga era una matrona hospitalaria que esparcía besos y elogios sin parar sobre sus hijos. Eran cuatro varones y dos mujeres. Solían duplicar su número los fines de semana invitando amigos hasta convertir su casa en una romería. No era una casa muy grande, pero tenía techos altos, un jardín y un tendajón al fondo que hacía las veces de casa club. El coronel Grediaga imperaba sobre aquel circo juvenil con ánimo de patriarca. A petición del público, espaciaba el relato de sus andanzas revolucionarias. Lo hacía con imparcialidad de narrador. No callaba sus miserias ni las atrocidades de su profesión. "No hay muertos bellos", decía, "ni revolución sin horror." Creía en la disciplina militar, por razones estoicas. Según él, la vida era un sinsentido al que había que acostumbrarse haciendo las cosas porque sí, por el hecho de hacerlas, sin buscarles sentido. "La vida es un tropezón interminable", decía. "La única manera de siempre levantarse es siendo disciplinado hasta la estupidez, como sólo pueden serlo los soldados. Esa es la única grandeza de la vida militar: enseña que las cosas hay que hacerlas aunque no tengan sentido."
»E1 día que fui por primera vez a casa de Antonio Grediaga fue después del desfile militar que conmemora la Revolución Mexicana, un 20 de noviembre, fecha en la cual, como usted sabe, nada sucedió. La mexicana es la única revolución de la historia del mundo que se habrá convocado con fecha y hora fija. Las fijó mediante un manifiesto don Francisco I. Madero, llamando al pueblo a levantarse en armas el 20 de noviembre de 1910 a las 20:00 horas. Nadie acudió a la cita ese día, pero la Revolu ción acudió a su cita con el país en los años siguientes. Para disculpar su impuntualidad, multiplicó su devastación. El caso es que Grediaga y yo veníamos de la ceremonia del día de la Revolución con uniforme de gala, espadín, las insignias bruñidas, erguidos y esbeltos dentro de aquellos arreos. Entramos por el portón de la casa, y en el jardín vi a una mocosa haciendo cabriolas de gimnasta, dando volteretas hacia atrás que dejaban al aire sus piernas blancas de leche y su calzón de olanes. El pelo amarillo se le enmarañaba sobre el rostro al recobrar la vertical. Las mejillas rojas tenían un orgullo desafiante de cabra loca. Me miró con una especie de furia porque la había sorprendido y se echó el brazo a la cara, como un rebozo, para tapársela, antes de salir corriendo al tendajón del fondo. "Es mi hermana Regina", dijo Antonio Grediaga. "No podrá negar que te enseñó los calzones desde el primer día que te vio." "Es una niña", dije yo. "Es una cabrona", dijo Grediaga.
«Entramos a la casa y conocí personalmente al coronel Grediaga. Lo conocía de nombre por sus escritos sobre logística militar. Era una leyenda como maestro en nuestro colegio, más por sus anécdotas y sus aforismos que por sus conocimientos técnicos. Dejó sus clases cuando Antonio entró como alumno, para no tener conflicto de intereses. Estaba en su despacho, fumando un puro antes de comer y marcando puntillosamente el libro de memorias de un general revolucionario. Me pareció un viejo, pero era un hombre de cincuenta años, atlético, con un pelo abundante que le salía sin claros de la frente. Se puso de pie de un salto y me tendió la mano enérgica y callosa, como un guante de piedra pómez. Tiró el libro sobre el sofá donde leía y explicó: "Voy subrayando sólo las cosas que me consta que son mentira. Nunca he subrayado tanto un libro en mi vida." Tenía una mirada como un cuchillo y una sonrisa como una invitación en un rostro de facciones armoniosas y confiadas. Nos sirvió tequilas y salió del despacho a la embocadura de la escalera reclamando la presencia de sus otros hijos y su mujer. Bajaron todos a saltos y gritos, como niños hiperquinéticos, salvo que no eran niños. No viene al caso abrumarlo con los nombres y personalidades de todos los Grediaga, familia célebre por sus propios méritos. Uno de sus miembros fue espía alemán y director de cine, otro gobernador de un estado donde no nació, otro embajador en once países. Mi amigo Antonio, que odiaba la milicia, terminó de subsecretario de Guerra en uno de los años terribles de la paz mexicana en que el ejército salió a la calle a corretear estudiantes y terminó disparándoles a quemarropa. La mayor de la familia era mujer, Antonieta, una belleza rubicunda de fin de siglo a la que arruinaron desde muy joven la gula y los kilos de más. Luego de Antonieta y tres varones consecutivos, venía Regina, que a sus dieciséis años era al mismo tiempo la niña que vi dando piruetas en el jardín y la belleza pálida cargada de sufrimientos secretos y perversiones ocultas que vi entrar al despacho del coronel, la vista baja y el ánimo lánguido, como si viniera de una levitación. Quien levitó fui yo ante esa nueva aparición, antagónica de la muchacha de los volantines. En vez de las piernas al aire y la pasión de cabra sorprendida, me dio una mano cálida y una mirada triste que invitaba a gritos. Como si dijera: "Tú puedes curarme." La mamá llegó al final de la tropa. Era una gorda rubia, con cintura de muchacha y formas exuberantes. Apenas paraba de hablar y repartir caricias a los hijos que le cruzaban enfrente. Al final de una ronda introductoria en que resumió las grandezas y miserias de su prole, me dijo: "Tú estás bueno para una de mis hijas. Escoge pronto cuál, porque están muy cotizadas." "Escogerá al final de la comida", ordenó el coronel. "De acuerdo", dijo la mamá de Grediaga. "Por lo pronto que se siente entre las dos." Cuando tomamos asiento, Regina dijo en mi oído: "Me viste a propósito. No creas que lo verás de nuevo." "Lo estoy viendo de nuevo en mi cabeza", le dije. Se rió como si le hubiera dicho un chiste, estrepitosamente, y no volvió a hablarme hasta el final de la sobremesa.
»La comida fue una fiesta de viandas y diálogos, bañados por una rara elocuencia de sobreentendidos y cariños. A los postres, el coronel contó su historia del baile de gala en la ciudad tomada y yo pensé que valdría la pena estudiar cada detalle de aquel baile, contar la historia de los que estaban en esa casa, la historia de la casa misma, de la ciudad donde había sido construida, de quienes habían nacido y crecido ahí, hasta llegar al momento en que la ciudad fue tomada por gente que no conocían, la historia de los extraños ocupantes que bailaban en la casa y seguían echando tiros en los cerros vecinos, el lugar donde habían nacido esos conquistadores, las cosas que los habían hecho salir de sus tierras natales y llegar aquí, a través de las llanuras desérticas a pelear por unos cerros pelones mientras sus oficiales bailaban en esa casa, que quizás existiera todavía, con las arañas, los espejos, los pisos de maderas trenzadas donde habían bailado siempre esas muchachas, hijas de las buenas familias del lugar, aterrorizadas y cordiales ahora con los nuevos dueños de la villa, bárbaros recién vestidos, mal ceñidos en sus casaquillas militares, bien plantados en el mundo que habían conquistado y al que le seguían disparando desde los cerros para advertir a todos, a ellos mismos, de lo absolutamente provisional de la situación, la perpetua evanescencia de la historia. Lo digo ahora con claridad pero lo sentí mejor en aquel momento. La vida formula tarde lo que sabe temprano, necesita muchos años para decir lo que sintió en los primeros.