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READ-E-BOOK » Эзотерика » El Conocimiento Silencioso

Электронная книга - «El Conocimiento Silencioso». Краткое содержание книги:

La brujería -dice don Juan, sabio maestro de Carlos Castaneda – es un estado de conciencia… Existe un poder escondido dentro de nuestro ser que se puede alcanzar… Una vez que lo alcanzamos, empezamos a ver, es decir, a percibir algo más. Y después comenzamos a saber de una manera directa, sin tener que usar palabras… Es una percepción acrecentada, un conocimiento silencioso.
Este brillante destello de conocimiento ilumina los recónditos parajes de la mente humana. La brujería y la magia se revelan así como metáforas de la necesidad del hombre de comprenderse a sí mismo.
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A continuación, don Juan afirmó que todo nagual, en su papel de guía o de maestro, debe comportarse eficiente e impecablemente. Puesto que no le es posible planear racionalmente el curso de sus actos, siempre deja que el espíritu decida su curso. Dijo que, por ejemplo, él no tenía planeado hacer lo que hizo hasta que el espíritu le dio un indicio, esa mañana, al despuntar el alba, mientras desayunábamos en Nogales. Me instó a recordar el acontecimiento.

Me acordé que, durante el desayuno, me había sentido muy incómodo porque don Juan se burlaba de mi,

– Piensa en la camarera -me instó él.

– Todo lo que recuerdo es que era grosera -le dije.

– Pero ¿qué es lo que hizo? -insistió él-. ¿Qué hizo mientras esperaba a que decidiéramos qué comer?

Al cabo de un momento me acordé que la camarera era una muchacha de aspecto duro que me tiró el menú y se plantó allí, casi tocándome, exigiéndome en silencio que me diera prisa en pedir.

Mientras ella esperaba, taconeando impacientemente el suelo con un pie enorme, se recogió su larga cabellera negra en la coronilla. El cambio fue notable: así parecía más madura y atractiva. Quedé francamente asombrado y hasta olvidé sus malos modales.

– Ese fue el augurio -dijo don Juan-. La dureza y la transformación fueron el indicio del espíritu.

Dijo que su primer acto del día, como nagual, fue darme a conocer sus intenciones. A tal fin, me dijo, en lenguaje muy directo, aunque de un modo sutil y oculto, que iba a darme una lección acerca del no tener compasión.

– ¿Te acuerdas ahora? -preguntó-. Hablé con la camarera y con una señora ya mayor de la mesa vecina.

Guiado por el de esa manera conseguí acordarme que don Juan había estado flirteando, prácticamente, con la señora, así como con la maleducada camarera. Conversó con ellas por largo rato mientras yo comía. Les contó historias muy graciosas sobre el soborno y la corrupción en el gobierno; contó chistes sobre los campesinos que iban a la ciudad por primera vez. Después, preguntó a la camarera si era norteamericana. Ella dijo que no y la pregunta la hizo reír. Don Juan le dijo que eso era muy propicio, puesto que yo era un mexicano-americano en busca de amor, y que bien podía comenzar allí mismo, después de haber comido tan estupendo desayuno.

Las mujeres no paraban de reír. Me pareció que se reían de mi azoramiento. Don Juan les dijo que, hablando en serio, yo había ido a México a encontrar esposa. Les preguntó si conocían a alguna mujer honrada, modesta y casta, que quisiera casarse y no fuera demasiado exigente en cuestiones de belleza masculina. Se presentó como mi representante.

Las mujeres reían a más no poder. Yo estaba realmente mortificado. Don Juan se volvió hacia la camarera y le preguntó si quería casarse conmigo. Ella dijo que estaba comprometida. A mí me pareció que tomaba a don Juan muy en serio.

– ¿Por qué no lo deja usted que él mismo lo diga? -preguntó la señora-.

– Porque tiene la lengua mocha -respondió él-. Así nació. Tartamudea de un modo espantoso.

La camarera observó que, al pedir mi desayuno, yo lo había hecho de un modo perfectamente normal.

– ¡Ay, pero qué observadora es usted! -dijo don Juan-. El sólo habla correctamente cuando pide comida. Yo ya le he dicho mil veces que, si quiere aprender a hablar como todo el mundo, debe ser despiadado. Lo traje para darle algunas lecciones acerca del no tener compasión.

– Pobre hombre -dijo la señora.

– Bueno, será mejor que nos marchemos si queremos hallar una mujer para él antes de que se haga muy tarde -dijo don Juan, levantándose-.

– Pero ¿usted habla en serio sobre lo del casamiento? -preguntó la muchacha a don Juan.

– Por supuesto -respondió él-. Le voy a ayudar a conseguir lo que necesita para que pueda cruzar la frontera y llegar al sitio donde no hay compasión.

Pensé que, al hablar del sitio donde no hay compasión don Juan se refería al matrimonio o a los Estados Unidos. La metáfora me hizo reír y, por un momento, tartamudeé espantosamente. Eso casi mata a las mujeres del susto, pero hizo que don Juan riera como loco.

– Era imperativo que te declarara mi propósito -dijo don Juan, siguiendo con su explicación-. Lo hice, pero se te pasó por alto, como era de esperar.

Dijo que, desde el momento en que el espíritu se le manifestó, cada paso fue llevado a cabo con absoluta facilidad. Y yo llegué al sitio donde no hay compasión cuando, bajo la presión de su transformación en un vejete senil, mi punto de encaje abandonó su posición habitual.

– La posición habitual y la imagen de sí -continuó don Juan- obligan al punto de encaje a armar un mundo de falsa compasión, pero de crueldad y egoísmo muy reales. En ese mundo, los únicos sentimientos verdaderos son los que convienen a quien los tiene.

"Para el brujo, el no tener compasión no es el ser cruel. El no tener compasión es la cordura, lo opuesto a la compasión por sí mismo y la importancia personal.

LOS REQUISITOS DEL INTENTO

XI. ROMPER LA IMAGEN DE SÍ

Pasamos la noche en el sitio donde yo me había acordado de lo que sucedió en Guaymas. Durante esa noche, aprovechando que mi punto de encaje estaba maleable, don Juan me ayudó a alcanzar nuevas posiciones; percibí cosas increíbles, pero inmediatamente se convirtió todo en algo borroso, que realmente no existía.

Al día siguiente yo no podía recordar nada de lo que había acontecido o lo que había percibido; tenía, no obstante, la aguda sensación de haber pasado por extrañas experiencias. Don Juan admitió que mi punto de encaje se había movido más de lo que él esperaba, pero se rehusó a darme siquiera una leve indicación de lo que yo había hecho. Su único comentario fue que algún día me acordaría de todo.

Alrededor del mediodía, continuamos subiendo las montañas. Caminamos en silencio y sin detenernos hasta bien avanzada la tarde. Mientras subíamos lentamente por una cuesta algo empinada, don Juan habló súbitamente. No comprendí nada y él lo repitió hasta que entendí que deseaba que nos detuviéramos en una cornisa ancha, visible desde donde nos hallábamos. Me estaba diciendo que en aquella cornisa, protegida por peñascos y espesos matorrales, nosotros estaríamos al resguardo del viento y la intemperie.

– Dime ¿qué parte de la cornisa sería la mejor para pasar toda la noche? -preguntó.

Algo antes, mientras escalábamos, yo había localizado aquella cornisa casi inadvertible. Parecía como un parche de oscuridad en la faz de la montaña. La identifiqué con una ojeada muy rápida. Y ahora que don Juan solicitaba mi opinión, noté un punto de oscuridad aún más profundo, un punto casi negro, en el lado sur de la cornisa. La cornisa oscura y su punto casi negro no me producían ningún sentimiento de temor o angustia, por el contrario, sentí un extraño placer al mirar a aquel lugar. Y mirar al punto negro me causó aún más goce.

– Ese punto ahí es muy oscuro, pero me gusta -dije, cuando llegamos a la cornisa.

El estuvo de acuerdo que aquél era el mejor sitio para pasar la noche. Dijo que en ese lugar había un nivel de energía especial y que a él también le gustaba su agradable oscuridad. Nos encaminamos hacia las rocas salientes. Don Juan despejó un sector junto a los peñascos y nos sentamos, apoyando la espalda en ellos.

Le dije que, por un lado, me parecía haber elegido ese sitio por pura suerte, pero que por el otro, no podía pasar por alto el hecho de haberlo percibido con los ojos.

– Yo no diría que lo percibiste exclusivamente con los ojos -dijo-. Fue un poco más complejo que eso.

– ¿A qué se refiere usted, don Juan? -pregunté.

– Me refiero a que tienes posibilidades de las que aún no estás consciente -replicó-. Como eres bastante descuidado, piensas que todo cuanto percibes es, simplemente, una percepción sensorial común.

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