El Conocimiento Silencioso
- Автор: Кастанеда Карлос Сезар Арана Сальвадор
- Серия: На испанском языке #8
- Год: 1987
- Язык: испанский
- Жанр: Эзотерика
Электронная книга - «El Conocimiento Silencioso». Краткое содержание книги:
Este brillante destello de conocimiento ilumina los recónditos parajes de la mente humana. La brujería y la magia se revelan así como metáforas de la necesidad del hombre de comprenderse a sí mismo.
– Significa que el hombre renunció al conocimiento silencioso por el mundo de la razón -respondió-. Cuanto más se aferra al mundo de la razón, más efímero se vuelve el conocimiento silencioso.
Puse el coche en marcha y seguimos el viaje en silencio. Don Juan no trató de darme indicaciones sobre dónde ir ni cómo manejar, como solía hacer para exacerbar mi importancia personal. Yo no tenía una idea clara del rumbo que llevaba, pero algo en mí sí lo sabía. Dejé que esa parte se hiciera cargo de todo.
Muy avanzada ya la noche, y sin que yo conscientemente supiera por que, llegamos a una enorme casa en una zona rural del estado de Sinaloa, en el norte de México. El viaje pareció terminar en un abrir y cerrar de ojos. Yo no podía recordar los detalles del trayecto. Sólo sabía que no habíamos conversado.
La casa parecía estar vacía. No había señales de que allí viviera nadie. Sin embargo, de algún modo yo sabía que los amigos de don Juan vivían en esa casa. Sentía su presencia sin necesidad de verlos.
Don Juan encendió unas lámparas de queroseno y nos sentamos a una maciza mesa. Al parecer, él se disponía a comer. Pero, ¿a comer qué? Yo me preguntaba qué decir al respecto, cuando en ese momento entró silenciosamente una mujer y puso un gran plato de comida en la mesa. Yo no estaba preparado para verla entrar. Cuando pasó de la oscuridad a la luz, tal como si se hubiera materializado de la nada, lancé una involuntaria exclamación.
– No te asustes. Soy yo, Carmela -dijo y desapareció, tragada otra vez por las sombras.
Me quedé boquiabierto y a medio gritar. Don Juan rió tanto, dando palmadas a la mesa que yo casi esperaba que los de la casa acudieran, pero no se presentó nadie.
Traté de comer; no tenía hambre. Empecé a pensar en la mujer. No la conocía. Es decir, casi la conocía; casi podía identificarla, pero no lograba sacar a mi memoria de la bruma que oscurecía mis pensamientos. Luché por despejar mi mente, pero requería demasiada energía y abandoné ese propósito.
Tan pronto como dejé de pensar en la mujer comencé a experimentar una angustia entumecedora. Era como si me estuviera invadiendo un miedo a esa casa oscura y enorme, y al silencio que la rodeaba por dentro y por fuera. Un momento más tarde mi angustia alcanzó proporciones increíbles, justo después que oí el vago ladrido de unos perros, en la distancia. Por un momento sentí el cuerpo a punto de estallar. Don Juan intervino apresuradamente; saltó detrás de mí y me empujó la espalda hasta hacerla crujir. Esa presión me provocó un alivio inmediato.
Cuando me hube calmado noté que había perdido, junto con la anonadada ansiedad, la clara sensación de saberlo todo. Ya no podía adivinar cómo iba don Juan a expresar lo que yo mismo sabía y no podía decir.
Don Juan inició entonces una explicación muy peculiar. Primero dijo que el origen de la angustia que se había apoderado de mí con la velocidad de un rayo era el descenso del espíritu; era el súbito movimiento de mi punto de encaje, causado por la inesperada aparición de Carmela y por mi inevitable esfuerzo de mover mi punto de encaje al sitio que me permitiera identificarla completamente.
Me aconsejó que me acostumbrara a la idea de nuevos y repetidos ataques del mismo tipo de angustia, puesto que el espíritu no dejaría de descender y mi punto de encaje no dejaría de moverse.
– Cualquier descenso del espíritu es como morir -dijo-. Todo en nosotros se desconecta, y después vuelve a conectarse a una fuente de mucho mayor potencia. La amplificación de energía se siente como una angustia mortífera.
– ¿Y qué debo hacer cuando ocurra esto? -pregunté.
– Nada -dijo-. Esperar. Ese estallido de energía pasa. Lo peligroso es no saber lo que te está sucediendo. Una vez que lo sabes no hay peligro.
Después habló otra vez del hombre antiguo. Dijo que el hombre antiguo sabía, del modo más directo, qué hacer y cómo hacerlo bien. Pero como hacía tan bien lo que hacía, comenzó a desarrollar cierto sentido de ser, con lo cual adquirió la sensación de que podía predecir y planear los actos que estaba habituado a hacer tan bien. Así surgió la idea de un "yo" individual; un yo individual que comenzó a dictar la naturaleza y el alcance de las acciones humanas.
A medida que el sentimiento de tener un yo individual se tornaba más fuerte, el hombre fue perdiendo su conexión natural con el conocimiento silencioso. El hombre moderno, siendo el heredero de tal desarrollo, se encuentra tan irremediablemente alejado del conocimiento silencioso, la fuente de todo, que sólo puede expresar su desesperación en cínicos y violentos actos de autodestrucción. Don Juan aseveró que la causa del cinismo y la desesperación del hombre es el fragmento de conocimiento silencioso que aún queda en él; un ápice que hace dos cosas: una, permite al hombre vislumbrar su antigua conexión con la fuente de todo, y dos, le hace sentir que, sin esa conexión, no tiene esperanzas de satisfacción, de logro o de paz.
Creí haber sorprendido a don Juan en una contradicción. Le recordé que una vez me había dicho que la guerra era el estado natural de todo brujo, que la paz era una anomalía.
– Es cierto -admitió-. Pero la guerra, para un brujo, no significa actos de estupidez individual o colectiva ni una violencia absurda. La guerra para el brujo es la lucha total contra ese yo individual que ha privado al hombre de su poder.
Don Juan cambió de conversación y dijo que era hora de hablar más extensamente sobre el no tener compasión: una de las premisas básicas de la brujería. Explicó que los brujos habían descubierto que cualquier movimiento del punto de encaje significa alejarse de la excesiva preocupación con el yo individuaclass="underline" la característica del hombre moderno. Los brujos están convencidos de que la posición del punto de encaje es lo que hace del hombre moderno un egocéntrico homicida, un ser totalmente atrapado en su propia imagen. Habiendo perdido toda esperanza de volver al conocimiento silencioso, el hombre busca consuelo en su yo individual. Y al hacerlo consigue fijar su punto de encaje en el lugar más conveniente para perpetuar su imagen de si. Por lo tanto, los brujos pueden afirmar con toda seguridad que cualquier movimiento que alejara el punto de encaje de su posición habitual equivale a alejarse de la imagen de sí y, por consiguiente, de la importancia personal.
Don Juan definió la importancia personal como la fuerza generada por la imagen de sí. Reiteró que es esa fuerza la que mantiene el punto de encaje fijo en donde está el presente. Por este motivo, la meta de todo cuanto hacen los brujos es el destronar la importancia personal.
Explicó que los brujos habían desenmascarado a la importancia personal, encontrando que es, en realidad, la compasión por sí mismo disfrazada.
– No parece posible, pero así es -me aseguró-. El verdadero enemigo y la fuente de la miseria del hombre es la compasión por sí mismo. Sin cierto grado de compasión por sí mismo, el hombre no podría existir. Sin embargo, una vez que esa compasión se emplea, desarrolla su propio impulso y se transforma en importancia personal.
Esa explicación, que me habría parecido una idiotez en condiciones normales, me resulto por completo convincente. Debido a mi dualidad, la cual aún me daba gran agudeza mental, se me antojó que tenía algo de condescendencia. Don Juan parecía haber apuntado sus pensamientos y sus palabras a un blanco específico. Yo, en mi estado normal de conciencia, era ese blanco.
Prosiguió con su explicación, diciendo que los brujos están absolutamente convencidos de que, el espíritu, al mover nuestro punto de encaje, alejándolo de su posición habitual, nos hacía alcanzar un estado de ser que sólo podríamos llamar "el no tener compasión".
Dijo que los brujos saben, gracias a su experiencia práctica, que en cuanto se mueve el punto de encaje se derrumba la importancia personal, porque sin la posición habitual del punto de encaje, la imagen de sí pierde su enfoque. Sin ese intenso enfoque se extingue la compasión por sí mismo y con ella la importancia personal, ya que la importancia personal es sólo la compasión por sí mismo disfrazada.