La Trama China
- Автор: Си Лиза
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «La Trama China». Краткое содержание книги:
La detective china Liu Hu-lan y su prometido, el abogado estadounidense David Stark, se ven enfrentados a una asombrosa trama de violencia y conspiración cuando una vieja amiga -de una aldea del interior de China- le pide a Hu-lan que descubra la verdad sobre el sospechoso suicidio de su hija.
El caso resulta alarmantemente personal por partida doble, ya que involucra el propio pasado de la detective y el siniestro secreto de una fábrica estadounidense de juguetes ligada al bufete de David.
Una subyugadora novela de intriga, con una ambientación generosa en matices y enriquecida con la complejidad de las relaciones entre dos culturas diferentes.
Cacahuete no se había equivocado sobre lo de encontrar el lavabo. El olor la guió directamente y se quedó impresionada por lo que vio. Knight era una empresa estadounidense, por lo tanto esperaba ver instalaciones de tipo americano. Pero en cambio, se encontró con algo tan asqueroso como una letrina pública. Había cubículos sin puerta, agujeros sin inodoro, y el suelo estaba húmedo y resbaladizo. Las grandes cubas de agua que tenía enfrente le indicaron que no había agua corriente. Hu-lan metió un cubo en la tina y se dirigió a la letrina. Miró alrededor y le preguntó a una mujer dónde había papel higiénico.
– En el economato -le respondió con brusquedad y volvió la cabeza-. Puedes comprarlo mañana antes del desayuno o durante el almuerzo. -Sin mirar a Hu-lan, arrancó un trozo de papel de su propio rollo-. Toma.
Hu-lan, al acabar, vació el cubo en la cisterna, tiró de la cadena y llevó otra vez el cubo a las tinas. Después se dirigió a una pila larga con varios grifos, pero otra vez sin agua corriente.
– Tenemos agua una hora por la mañana y de ocho a nueve de la noche -dijo la mujer.
– ¿Se puede beber esta agua?
– Hasta en mi pueblo hervimos el agua para beber, pero los americanos no nos dejan tener hornillos ni ningún utensilio de cocina. -Y añadió con amargura-: Puedes comprar agua embotellada mañana en el economato.
Cuando Hu-lan volvió a la habitación, se quitó los zapatos, se tumbó en la cama y esperó. A las diez menos cinco volvió a levantarse. En el momento en que iba a salir, Cacahuete le dijo:
– No puedes salir. Dentro de unos minutos apagan las luces y no pueden encontrarte fuera.
Hu-lan se llevó la mano al estómago.
– Creo que me descompuse en el autobús, tengo que ir otra vez al lavabo.
– Vuelve lo antes posible.
Hu-lan, en lugar de ir al lavabo, se dirigió a la salida. Las luces se apagaron pocos metros antes de que llegara y el vestíbulo quedó en la oscuridad total. Anduvo a tientas hasta que encontró el pomo de la puerta y salió.
La luna brillaba en medio de la humedad. Rodeó el edificio pegada a la pared, sacó el teléfono móvil, marcó el número del Shanxi Grand Hotel y pidió por la habitación de David.
– Hola. -David parecía preocupado.
– Estoy bien -lo tranquilizó.
– ¿Dónde estás? ¿Dijiste que volverías a la hora de la cena?
– No pude… Este lugar es… peor de lo que pensaba. -Cerró la mano herida e hizo una mueca de dolor.
– Voy a mandar al inspector Lo a buscarte.
– ¡No! -Hu-lan miró alrededor pero no vio a nadie-. Ahora no puedo irme -dijo bajando la voz-. Nos tienen encerradas en las instalaciones.
– No me gusta. Sé que parezco un macho tonto, lo reconozco, y quizá haya algo de eso, pero, vamos, no me gusta que estés allí.
– ¿Ya has visto a los Knight? -lo interrumpió-. ¿Cómo son?
– No aparecieron -suspiró-. Había mal tiempo en Tokio. Un tifón, creo. En fin, tendremos que intentar hacerlo todo mañana.
– ¿Qué has hecho entonces?
– Volví al hotel y fui a correr a orillas de una especie de arroyo que llaman río. El resto del día me lo pasé al teléfono o en Internet. ¿Qué mas? El gobernador Sun mandó una caja llena de papeles junto con el documento de renuncia firmado.
– ¿Y de qué se tratan esos papeles?
– No sé muy bien. Documentos financieros. Mañana, antes de reunirme con él, los estudiaré. -Dudó-. Pero… no deberíamos hablar de él, es un cliente.
Tenía razón, pero Hu-lan no estaba muy segura de que le gustase.
Sin embargo, David tenía su ética profesional y ella la suya, lo que hizo que la respuesta a la siguiente pregunta fuera más fácil.
– Hu-lan, ¿qué crees que pensarán si te cogen ahí dentro?
– Si encuentro algo habrá problemas.
– Pero no vas a encontrar nada.
– Ha hemos hablado de ello -suspiró Hu-lan-. Este lugar no es lo que parece.
– Nos prometiste a Zai y a mí…
– Lo sé.
– Mañana a las diez estaré en la fábrica. No quiero verte allí.
– No me verás.
Se dieron las buenas noches. Hu-lan se guardó el teléfono en el bolsillo y dio la vuelta hasta la entrada del dormitorio. Abrió la puerta y esperó que los ojos se acostumbraran a la negrura. De repente brilló una luz.
– ¿Qué estás haciendo aquí? -preguntó la señora Leung.
Hu-lan agachó la cabeza y no respondió.
– Conoces las reglas.
– Soy nueva, secretaria del Partido -dijo Hu-lan temblorosa-. Me he perdido.
– ¿Cómo te llamas?
– Liu Hu-lan,. Y le prometo que no volverá a pasar.
Hu-lan sintió que Leung la sopesaba con la mirada.
– ¿Eres tú la que ha hecho hoy esas preguntas?
– No, secretaria del Partido -dijo Hu-lan mientras bajaba la mirada y veía el pie de la señora Leung golpetear despacio el suelo.
– Por esta vez lo dejaré pasar y no habrá castigo.
– Gracias.
– Vuelve a tu habitación. Voy a encender las luces así todas te verán. Si alguna vez vuelven a ver a alguien levantada y fuera, sabrán sobre quién informar. ¿Comprendes?
– Sí, secretaria del Partido.
La señora Leung accionó una serie de interruptores. Hu-lan, sin levantar la vista, se escabulló deprisa hasta su habitación con los ojos de cientos de mujeres clavados en ella. Al cabo de un momento, se metió en su litera y las luces se apagaron. Hu-lan se tapó la cara y se quedó así unos minutos, escuchando la respiración y los movimientos ocasionales de las otras mujeres de la habitación. Pensaba en Miao-shan.
El colchón tenía pocos centímetros de espesor, pero estaba impregnado de un perfume característico que recordaba de Estados Unidos, el White Shoulders. No era de extrañar que las mujeres que habían dormido ahí hablaran de espíritus fantasmagóricos. A Hu-lan, ese olor opresivo siempre le había hecho pensar en la muerte. Mientras se iba quedando dormida, pensó en cómo demonios había llegado White Shoulders a ese lugar de China.
A las siete menos cuarto de la mañana Hu-lan ya se había dado una ducha fría, se había puesto la bata rosa, había pasado por el economato para comprar papel higiénico y agua embotellada al triple del precio de Pekín, había engullido un desayuno de con gee con nabo adobado y se las había arreglado para ponerse en la cola con Siang para entrar en el edifico de montaje. A las siete menos diez sonó un timbre y la cola empezó a moverse. La señora Leung y Jimmy, el vigilante, estaban en medio del vestíbulo. Si Jimmy la reconocía, estaría perdida. Cuando pasó a su lado, el hombre la miró a la cara, pero no era más que otra mujer en bata rosa y un pañuelo también rosa que le cubría el cabello negro. La señora Leung levantó la mano para parar la cola. Cogió los pases de Hu-lan y Siang, miró alrededor y al ver a Cacahuete le dijo:
– Llévalas a tu puesto y enséñales lo que tienen que hacer.
Cacahuete asintió y Hu-lan pensó que era muy extraño que el lugar pareciera tener tantas medidas de seguridad y los trabajadores estuvieran tan bajo control, y sin embargo, las tareas se asignaran tan al azar, a trabajadoras que por casualidad estuvieran cerca en aquel momento.
– Hoy os controlaremos -dijo la señora Leung-. Recordad que si lo hacéis bien, os ascenderemos. Recompensamos el trabajo bien hecho. Si no podéis hacer el trabajo, no desesperéis,. Aquí, en Knight, hay muchas tareas y os encontraremos alguna.
La fila empezó a avanzar otra vez. Cacahuete les enseñó a Hu-lan y Siang a poner los pases sobre el lector del código de barras y pasaron por la puerta. Las mujeres que tenían delante se dividieron en dos grupos, y cada uno entró en un corredor diferente. La fila de Hu-lan zigzagueó por diferentes pasillos, hasta que ella se sintió completamente desorientada. A Siang debió de pasarle lo mismo, porque cogió a Hu-lan por la bata. Cacahuete se acercó enseguida.