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Antihielo [Anti-Ice - es]

Электронная книга - «Antihielo [Anti-Ice - es]». Краткое содержание книги:

En 1870, cuando el poder del Imperio británico es absoluto, en las remotas tierras de una península antártica al sur del continente australiano se descubre un nueva material: el antihielo. Por el fenómeno que Faraday denominará de «conductancia aumentada», el material libera prodigiosas cantidades de energía cuando su temperatura se eleva. Su potencial energético, casi infinito, va a acelerar la Revolución Industrial de forma insospechada.
El antihielo, como no podía ser de otra manera, es empleado en la campaña de Crimea, pero también se revela útil en otras aventuras del espíritu humano que, a priori, parecen menos. sangrientas. En la Nueva Gran Exposición de Manchester de 1870, un joven agregado del Foreing Office descubrirá el inmenso poder del antihielo y, junto al visionario sir Josiah Traveller, tendrá que enfrentarse a un inesperado y decimonónico viaje espacial a la Luna.
Stephen Baxter, la nueva y gran estrella de la ciencia ficción británica, es considerado el sucesor de Arthur C. Clarke y un igual de Isaac Asimov y Robert A. Heinlein. Sus homenajes a Herbert G. Wells (Las naves del tiempo) y a Julio Verne (Antihielo) son un verdadero tour de force de la mejor ciencia ficción.
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Pero finalmente desperté, como era normal con el olor familiar de las tostadas y té de Pocket en mi nariz, sabiendo instantáneamente que aquél era el vigésimo día de nuestro vuelo… ¡el día en que sir Josiah Traveller nos haría aterrizar suavemente sobre la superficie de la Luna, o nos llevaría a la muerte!

Traveller nos había asegurado que aterrizaríamos alrededor de las ocho de la mañana; así que Pocket nos despertó un poco antes de lo habitual, a las cinco. Nos aseamos con rapidez y tomamos un desayuno saludable. Traveller insistió en ello, aunque yo apenas podía tragar ni un bocado. Le di de comer a Bourne y le permití que se limpiase un poco. Pocket subió por la escotilla para llevarle a Traveller su último desayuno en la estación del Puente.

Con la comida completa y los restos apresuradamente limpiados, nos preparamos para el descenso. Traveller nos había explicado que a las siete y diez los motores se dispararían en una gran explosión, estudiada para colocarnos en un camino que nos haría encontrarnos inevitablemente con la superficie lunar.

Me aseguré que Bourne estuviese correctamente sujeto por las correas de seguridad. Los pies y manos del francés también estaban atados por cinturones de cuero: pálido, evidentemente asustado, apartó la vista con un rasgo de desafío. Me aparté de él, llegué a mi propio asiento y empecé a colocarme las correas… y entonces, con un juramento, volé una vez más por la cabina y, con los dedos agarrotados por la furia, aflojé la atadura de las muñecas de Bourne. Éste ni me ayudó ni se resistió.

Holden, ya en su sitio, gritó furioso:

—¡Ned! En nombre de Dios, ¿qué haces? ¿Vas a liberar a ese animal entre nosotros en este momento?

Me volví hacia él, sintiendo cómo se me enrojecía el rostro de rabia.

—No es un animal, George. Es un ser humano, un hermano de los que estamos aquí. Puede que hoy vayamos a nuestra muerte. Cualesquiera que sean sus crímenes, Bourne merece enfrentarse a su destino con dignidad.

Holden intentó protestar más, pero Pocket, atado fuertemente a su propia silla, gritó:

—Por favor, pospongan su debate, señores, porque me temo que los motores están a punto de dispararse, y el joven caballero sufrirá heridas si no vuelve inmediatamente a su asiento.

Un vistazo al reloj Gran Oriental de Traveller, todavía situado orgullosamente en el centro de la cabina después de todas nuestras aventuras, me mostró que ya habían pasado ocho minutos de la hora. Con prisas volví al asiento y me até. Estuvimos sentados largos segundos; evité mirar a los ojos de los otros por temor a encontrar el reflejo de mi propio miedo.

Entonces los grandes motores hablaron a la vez.

Me hundí en el asiento, e imaginé la preciosa agua siendo expulsada como vapor congelado al espacio. Los cohetes se activaron durante quizá dos minutos, y luego, tan rápidamente como se habían disparado, callaron. Un silencio ominoso cubrió la cabina, y nos miramos los unos a los otros frenéticamente.

No venía ningún sonido del Puente.

—Holden, ¿qué ha sucedido? —susurré—. ¿Crees que ha salido bien? ¿Nos dirigimos a la Luna?

Holden se mordió el labio, su rostro redondo húmedo y rojo de miedo.

—Los motores se dispararon en su momento, en todo caso —dijo—. Pero respecto al resto, no estoy cualificado para juzgarlo. Y como con gran parte de esta horrible aventura, estamos limitados a esperar y ver.

Los minutos pasaron sin nada que comentar, y mi miedo se vio suplido por la irritación y el aburrimiento.

—Digo, Holden, sé que Traveller es un gran hombre, y que uno debe esperar que tales hombres manifiesten sus excentricidades, pero igualmente, parece inhumano mantenernos aquí esperando en suspense.

Holden se volvió hacia el sirviente.

—¿ Pocket? ¿Cree que deberíamos comprobar que sir Josiah está bien?

Pocket negó con la cabeza, y vi cómo el sudor perlaba el pelo erizado de su cuello. El sirviente, al no poder realizar sus tareas habituales, parecía el más nervioso de todos.

—A sir Josiah no le gusta que le molesten cuando trabaja, señor.

Hundí el puño en la palma de la mano.

—Pero esto no es una situación normal, maldición.

Holden dijo:

—Creo que será mejor que dejemos que Traveller siga con su trabajo, Ned, e intentar ser pacientes.

—Quizá tengas razón. —Miré por la cabina, buscando diversión de mis preocupaciones, y me fijé en la infeliz figura de Bourne; el francés estaba sentado con la cabeza colgándole sobre el pecho, un prisionero dentro de aquella prisión . Dije—: Tengo que repetir, Holden, que fue muy cruel por tu parte que quisieses mantener al pobre tipo inmovilizado. ¿Qué más daños puede causar?

Holden miró a Bourne.

—Es un anarquista, Ned; y por tanto no se puede confiar en él.

Bourne levantó la vista con desafío; con su inglés de fuerte acento, dijo:

—No soy un anarquista. Soy francés.

Examiné sus rasgos delgados y orgullosos.

—Me dijo que secuestró la Faetón por la tricolor. ¿Qué quería decir?

Fijó en mí su mirada condescendiente.

—Que necesite hacer esa pregunta es respuesta suficiente.

Me sentía furioso de que mi apertura, bastante amable en las circunstancias, fuese tratada de esa forma.

—¿Qué demonios se supone que significa eso? Mire…

—No conseguirá ningún comportamiento civil de él, Ned —dijo Holden con cansancio—. La tricolor, la bandera de su revolución bajo la que la chusma asesinó a sus gobernantes ungidos, y luego volvieron los unos contra los otros; la tricolor, que el advenedizo corso llevó por toda Europa; la tricolor, símbolo de la sangre, el caos y el asesinato.

—Sí, ¿pero qué tiene que ver con la Faetón?

—Piénsalo, Ned; intenta ver las últimas décadas desde el punto de vista del franchute. Su famoso Emperador es derrotado por Wellington y enviado al exilio. El Congreso de Viena, que ha fijado el Equilibrio de Poder en Europa para siempre, y que nos parece a nosotros un logro tan noble, es odioso para él; porque ya no puede contar con la división de sus enemigos para extender su credo de ilegalidad y disturbios por Europa…

Bourne rió por lo bajo.

—Le señalo que ahora nos gobierna un emperador, no un Robespierre.

—Sí —dijo Holden con desprecio—, Louis Napoleón, que se considera a sí mismo el hijo bastardo de Napoleón.

—El sobrino —intervino Bourne—. Pero, a pesar de lo legítimo de la ascendencia original de Louis, su Rey haría que cambiase nuestro Emperador, ¿no?, restaurando la antigua monarquía —volvió a reír.

Holden lo ignoró.

—Ned, tu francés ha sido, durante este siglo, frustrado en sus ambiciones de avaricia y desorden. Se ha visto obligado a presenciar cómo la influencia británica se extendía por todo el continente y el mundo, facilitada por la robusta naturaleza de nuestro orden constitucional y la potencia de nuestra economía industrial. Y el resentimiento ha crecido.

Bourne seguía riendo.

Holden le soltó:

—¿Lo niega?

Bourne se quedó quieto.

—No niego su hegemonía en Europa —dijo—. Pero se basa en una cosa, y sólo una cosa: el antihielo, y su monopolio de esa sustancia. De tal forma extienden sus trenes de antihielo por los campos, y construyen estaciones con nombres ingleses en las que se venden productos ingleses.

»Y peor aún, mucho peor aún, es la amenaza oculta de emplear armas de guerra de antihielo. ¿Dónde queda ahora su Equilibrio de Poder, señor Holden?

—No existe esa intención —dijo Holden envarado.

—Ya han desplegado esas armas de terror —dijo Bourne— contra los rusos en Crimea. Sabemos de qué son capaces. Los británicos hablan, y actúan, como si el antihielo fuese un subproducto sobrenatural de su superioridad racial. No lo es; su posesión de esa sustancia no es más que un accidente estúpido, y sin embargo emplean esa superioridad transitoria para imponer sus formas, sus políticas, sus ideas, al resto de la humanidad.

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