Antihielo [Anti-Ice - es]
- Автор: Бакстер Стивен М.
- Год: 1998
- Язык: испанский
- Год: Ediciones B
- ISBN: 84-406-8824-5
- Переводчик: Pedro Jorge Romero
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «Antihielo [Anti-Ice - es]». Краткое содержание книги:
El antihielo, como no podía ser de otra manera, es empleado en la campaña de Crimea, pero también se revela útil en otras aventuras del espíritu humano que, a priori, parecen menos. sangrientas. En la Nueva Gran Exposición de Manchester de 1870, un joven agregado del Foreing Office descubrirá el inmenso poder del antihielo y, junto al visionario sir Josiah Traveller, tendrá que enfrentarse a un inesperado y decimonónico viaje espacial a la Luna.
Stephen Baxter, la nueva y gran estrella de la ciencia ficción británica, es considerado el sucesor de Arthur C. Clarke y un igual de Isaac Asimov y Robert A. Heinlein. Sus homenajes a Herbert G. Wells (Las naves del tiempo) y a Julio Verne (Antihielo) son un verdadero tour de force de la mejor ciencia ficción.
Medité sobre esos sentimientos sorprendentes. La Inglaterra que conocía era un país racional y cristiano, una sociedad moldeada por los principios industriales y lleno de confianza en su propio poder y razón… una confianza alimentada en gran parte por las industrias a la que tanto habían contribuido las invenciones de antihielo de Traveller.
¡Pero aquí había un hombre en el corazón mismo de todos esos logros tecnológicos, que abrazaba las ideas de un ruso idealista! Me pregunté, no por primera vez, por el poder de las experiencias —en Crimea y otros lugares— que habían llevado a Traveller a esas conclusiones. Y me pregunté cómo esas mismas experiencias hubiesen modelado las ideas de alguien como George Holden…
Mientras tanto, Holden se había acercado a nosotros. Su furia era evidente en el color remolacha de su cara, y por la forma en que su pecho luchaba contra los botones de su chaleco.
—Navega cerca de la traición, señor.
Nuevamente le pedí que se disculpase; una vez más Traveller me indicó que lo dejase. Dijo con calma:
—Olvidaré que ha dicho eso, Holden.
Los carrillos carnosos de Holden se agitaban.
—¿Y ha olvidado las bombas arrojadas por sus compañeros anarquistas? Sólo el imperio de la ley se interpone entre la libertad de la que disfruta un caballero británico y las acciones de los Bourne, ¡quienes matarían por una bandera, un trozo de trapo de colores!
—Quizá —dijo Traveller, y luego replicó—, ¡pero usted también, señor, asesinaría por tales razones! Porque fue usted al que hubo que retener físicamente para que no arrojase al pobre tipo por la esclusa de aire…
—¿Va todo bien, caballeros?
La voz calmada y racional de Pocket, que había sacado cabeza y hombros por la escotilla abierta, nos hizo parar. De pronto fuimos conscientes de lo que hacíamos; Traveller y Holden estaban dispuestos como dos soldados de plomo en una caja, uno cabeza abajo con respecto al otro y gritándose insultos a los zapatos del otro; mientras yo colgaba entre ellos en el aire en un ángulo indeterminado, intentado sin éxito calmar la situación.
Nos apartamos los unos de los otros, ajustándonos los chalecos y aclarándonos la garganta. Traveller le aseguró a Pocket que todo estaba bien, y propuso que quizás el té podría recomponer nuestra agitada comunidad. Pocket, imperturbable, dijo que lo prepararía inmediatamente, y volvió a ocultar la cabeza por la escotilla. Holden estaba todavía púrpura de rabia, pero intentaba visiblemente controlarse; Traveller seguía bastante imperturbable.
—Bien, caballeros —dijo—, vaya una impresión que hemos dado de la raza isleña a nuestro amigo galo de ahí abajo. ¿Quizás en el futuro deberíamos ceñirnos a temas menos controvertidos?
—Creo que ésa sería una muy buena idea, señor —dije fervientemente.
—Perfecto, Ned— dijo Traveller, volviéndose una vez más hacia su dispositivo de navegación—, ¿dónde estábamos?
Volví a estudiar el mapa de la Tierra.
—Estaba diciendo que ésta es una mesa de navegación.
—Exacto.
Pegué la nariz a la superficie de la mesa. Vi que la mesa estaba perforada por pequeños agujeros alrededor del mapa central, por lo que la superficie era como una tosca criba de madera. Una línea de pequeñas banderas de metal, de alegres colores, sobresalía de algunos de los agujeros; la línea que formaban salía de la superficie de la Tierra y dibujaba una curva grácil. Su significado no era difícil de deducir; era una representación, sobre una superficie plana, de nuestro camino por el espacio.
—¿ Pero cómo funciona? —le pregunté a Traveller—. ¿ De sus mapas y cartas?
Traveller sonrió.
—Observe durante unos minutos.
Flotamos sobre la mesa —incluido Holden, con la respiración todavía rápida, pero el color desapareciendo rápido y al final recibimos la recompensa de ver cómo una nueva bandera saltaba espontáneamente de uno de los agujeros. Al mismo tiempo, vi que el mapa circular también giraba, más lentamente que la manecilla de las horas en un reloj.
—Entonces —dije—, la mesa se controla a sí misma automáticamente. El mapa gira con la Tierra, una vez al día, diría yo, y las banderas salen de la superficie a medida que nos movemos por el espacio.
—Correcto —dijo Traveller con energía.
—¿Pero cómo se hace?
—Hay un mecanismo de relojería para dirigir la esfera armilar… el giro de la Tierra. De hecho, todo el dispositivo fue fabricado, con gran precisión, por el joven Boisonnas, relojero de Ginebra. Pero el secreto de los mecanismos de navegación es una serie de giroscopios, suspendidos en el interior del cuerpo de la mesa.
Como siempre, estaba confuso.
—¿Giroscopios?
Traveller suspiró.
—Pequeñas piezas giratorias, Ned. Los objetos que giran mantienen su orientación en el espacio, como puede que sepa, ésa es otra de las razones por la que los motores están diseñado para dar un ligero giro a la Faetón, y de esa forma la mesa es capaz de «sentir» los cambios en la dirección de la nave. Eso, junto con los dispositivos de resortes para medir la aceleración, es suficiente para determinar la posición de la nave en cualquier momento, sin referencias a las estrellas; uno podría tapar las ventanas del puente y, aún así, podría confiar en la navegación con un límite de unas pocas millas, gracias a este ingenioso dispositivo.
Holden golpeaba en la mesa con el dedo, cerca de la superficie del modelo de la Tierra; indicaba, vi, la representación de Inglaterra, y en particular una gruesa línea negra que atravesaba el Polo, pasaba por Londres, y salía del límite del mundo durante varias millas.
—¿Y esto?
—El Meridiano de Greenwich, por supuesto —dijo Traveller impaciente.
Holden asintió, con mucha calma, pero me miró a los ojos; y los dos meditamos el simbolismo inconsciente que nos daba aquel sorprendente caballero-anarquista: porque allí estaba el símbolo mundial de la racionalidad y la ciencia británicas, volando más allá de la superficie de la Tierra hacia las estrellas.
Seguí la línea de posición de banderas a medida que se alejaban tristemente de la superficie de la Tierra; pronto, vi, abandonaríamos completamente los límites de la mesa de navegación. Se lo mencioné a Traveller.
—Admito que no había imaginado viajar tan lejos en esta nave sin probar —dijo—. Pero la mesa no dejará de tener su uso.
Diciendo esto, metió la cabeza bajo la mesa y buscó por un armario en el suelo; salió sosteniendo unos rollos de papel de unos cuatro pies de largo, que procedió a extender y a colocar sobre la mesa. Reveló un mapa diseñado en cuatro partes y marcado con el sello de Beer y Moedler.
—A partir de este buen Mappa Selenographica —dijo Traveller— que llevo para facilitar las observaciones telescópicas por encima de la atmósfera, planeo improvisar unos análogos a los mapas polares de la Tierra que hay en la mesa. Un pequeño ajuste de las ruedas y la mesa nos servirá cuando lleguemos a nuestro destino…
Traveller resplandecía ante esa nueva muestra de su ingenio, con los ojos fijos en la carta; pero Holden y yo intercambiamos miradas de desesperación, y luego miramos a la carta en silencio. En aquel momento las preocupaciones y pesares de la Tierra parecían realmente remotos y distantes; porque aquel Mappa mostraba los mares muertos y las montañas sin aire de un mundo al que estábamos, eso parecía, irrevocablemente dirigidos: era un mapa de la Luna.
9
A LA SOMBRA DE LA LUNA
Viajando a varios cientos de millas por hora, la Faetón necesitó veinte días para viajar de la Tierra hasta las inmediaciones de la Luna.