Aguas Turbulentas
- Автор: Рэнкин Иэн
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Aguas Turbulentas». Краткое содержание книги:
Devlin llegó presuroso hacia ellos.
– ¿Les parece que debo llamar un taxi?
– ¿Qué dice Sandy? -preguntó Curt mirándolo.
Devlin se quitó las gafas y las limpió meticulosamente.
– Me ha dicho que no me pase de «pragmático» -respondió volviendo a ponerse las gafas.
– Yo tengo el coche -dijo Rebus.
– ¿Se encuentra bien para conducir? -preguntó Devlin.
– ¡No es mi padre quien ha muerto! -vociferó Rebus, pero se disculpó inmediatamente por el exabrupto.
– Todos tenemos nuestro momento emocional -dijo Devlin quitándole importancia.
Se quitó las gafas y volvió a limpiarlas como si el mundo no acabara de estar lo bastante nítido para sus ojos.
Capítulo 7
El martes a las once de la mañana, Siobhan Clarke y Grant Hood iniciaban el recorrido de Victoria Street. Cruzaron el puente George IV olvidando que Victoria Street era dirección única y Grant lanzó una maldición al ver el indicador, pero tuvo que seguir el lento tráfico hasta el semáforo de Lawnmarket.
– Aparca junto al bordillo -dijo Siobhan, pero él negó con la cabeza-. ¿Por qué no?
– Ya anda fino el tráfico para que encima lo empeoremos.
Ella se echó a reír.
– ¿Siempre cumples las normas, Grant?
– ¿Qué quieres decir? -replicó él mirándola.
– Nada.
Grant, sin otra observación, puso el intermitente izquierdo mientras aguardaban detrás de tres coches a que cambiara el semáforo. Siobhan no pudo reprimir una sonrisa. Grant tenía un coche deportivo sólo por aparentar porque, en realidad, era un muchachito considerado.
– ¿Sales con alguien? -preguntó ella al cambiar el semáforo.
Grant reflexionó un instante.
– En este momento no -dijo al fin.
– Yo había pensado que Ellen Wylie y tú…
– ¡Sólo hemos trabajado juntos en un caso! -replicó él.
– Vale, vale. Es que me pareció que hacíais buenas migas.
– Nos llevábamos bien.
– Es lo que quiero decir. ¿Qué sucedió?
Grant se ruborizó.
– ¿Qué quieres decir?
– Estaba pensando si no habrá tenido algo que ver la diferencia de rango. Hay hombres que no lo aceptan.
– ¿Porque ella sea sargento y yo un simple agente?
– Sí.
– Pues no. Nunca le di importancia.
Llegaron a una glorieta cuya salida derecha llevaba al castillo, y tomaron la izquierda.
– ¿Adónde vamos? -preguntó Siobhan.
– Voy a seguir hasta West Port, a ver si hay suerte y encontramos sitio en Grassmarket.
– Me apuesto algo a que pagas en los parquímetros.
– A menos que quieras hacerlo tú.
– Yo me arriesgo, muchacho -respondió ella sarcástica.
Encontraron sitio y Grant echó dos monedas en la máquina, extrajo tique y lo sujetó con el parabrisas.
– ¿Bastará con media hora? -preguntó.
– Depende de lo que encontremos -dijo Siobhan encogiéndose de hombros.
Pasaron por delante del pub La Ultima Caída, cuyo nombre aludía a la horca que en tiempos históricos se alzaba en Grassmarket. Victoria Street era una calle que discurría haciendo una curva hasta el puente Jorge IV, llena de bares y tiendas de regalos, pero en su extremo abundaban los pubes y las discotecas. Había un local que era a la vez bar cubano y restaurante.
– ¿Tú qué crees? -preguntó Siobhan.
– No hay ninguna estatua, aunque no me habría extrañado que tuvieran una de Fidel Castro.
Cuando llegaron al final de la calle volvieron hacia atrás por la otra acera. Había tres restaurantes, una tienda de quesos y otra de escobillas y cuerdas. En una llamada Pierre Victoire se detuvieron, miraron por el escaparate y Siobhan comprobó que era un local casi vacío con escasa decoración. Entraron sin molestarse en identificarse, pero salieron inmediatamente.
– Uno eliminado. Quedan dos -dijo Grant muy poco animado.
El siguiente se llamaba Grain Store y se accedía a él por una escalera. Estaban preparándose para la hora del almuerzo, pero no había estatuas.
Cuando bajaban, Siobhan repitió la clave: «La reina cena bien ante el busto» y movió la cabeza desalentada.
– A lo mejor no tiene nada que ver.
– Pues lo único que podemos hacer es enviar otro mensaje y pedir ayuda a Programador.
– No creo que nos ayude.
Grant se encogió de hombros.
– ¿Podemos tomarnos un café en el siguiente? Yo he salido sin desayunar.
– ¡Qué pensaría tu mamá! -dijo Siobhan.
– Pensaría que me dormí y yo le diría que fue porque me pasé media noche tratando de resolver la maldita adivinanza. -Hizo una pausa-. Y porque alguien prometió invitarme.
El último era el restaurante Bleu. Anunciaba «cocina internacional» pero, al entrar, notaron su ambiente tradicionaclass="underline" paneles de madera barnizados y una ventana pequeña que iluminaba el reducido interior. Siobhan miró a su alrededor y no vio ni un jarrón.
Se volvió hacia Grant, quien señaló una escalera de caracol.
– Tiene otro piso planta -dijo.
– ¿Qué se les ofrece? -preguntó una empleada.
– Un momento -respondió Grant siguiendo a Siobhan escaleras arriba.
Había dos saloncitos y cuando entraban en el segundo oyó que Siobhan lanzaba un suspiro como defraudada, pero enseguida la oyó exclamar: «¡Bingo!», justo en el momento en que él mismo veía un busto de mármol negro de medio metro de la reina Victoria.
– ¡Hostia, lo encontramos! -exclamó sonriente.
Cuando iba a dar un apretón de alegría a Siobhan, ella se acercó al busto. Estaba situado sobre una peana, entre dos columnas y rodeado de mesas, pero eso era todo.
– Voy a levantarlo -dijo Grant cogiendo a la reina por el tocado y alzándola del pedestal.
– Perdón -interrumpió una voz a sus espaldas-. ¿Sucede algo?
Siobhan metió la mano bajo el busto y retiró una hoja doblada, sonriendo a Grant, quien se volvió hacia la camarera.
– Dos tés, por favor -dijo.
– Uno con dos terrones de azúcar -añadió Siobhan.
Se sentaron a la mesa más cercana y Siobhan agarró la nota por una esquina.
– ¿Habrá huellas? -dijo.
– Valdrá la pena comprobarlo.
Siobhan se levantó y se acercó a una bandeja de cubiertos a coger un cuchillo y un tenedor, y la camarera estuvo a punto de dejar caer los tés pasmada al pensar que aquella clienta se disponía a desayunar una hoja de papel.
Grant cogió las tazas y le dio las gracias.
– ¿Qué dice la nota? -preguntó a Siobhan.
Pero ella miró a la camarera.
– La hemos encontrado ahí debajo -dijo señalando al busto-. ¿Tiene idea de quién pudo haberla dejado?
La camarera negó con la cabeza con gesto de animalito acorralado y Grant se dispuso a tranquilizarla.
– Somos policías -dijo.
– ¿Podríamos hablar con el encargado? -preguntó Siobhan.
Cuando se retiró la camarera, Grant repitió la pregunta a Siobhan.
– Léelo tú mismo -dijo ella dando la vuelta a la hoja hacia él con el tenedor y el cuchillo.
«B4 Law escocés suena dear.»
– ¿Dice eso?
– Lo ves tan bien como yo.
Grant se rascó la cabeza.
– No es muy explícito.
– Tampoco era explícito lo de antes.
– Pero había más datos.
Ella lo miró remover el azúcar del té.
– Si Programador lo ha colocado aquí…
– ¿Es que vive en Edimburgo? -aventuró él.
– O que alguien de aquí lo ayuda.
– Conoce el restaurante, porque alguien que entra por primera vez no va a subir aquí -dijo Grant mirando a su alrededor.
– ¿Tú crees que será un cliente habitual?
Grant se encogió de hombros.
– Veamos qué hay cerca del puente Jorge IV: la Biblioteca Central y la Biblioteca Nacional. Los intelectuales y los ratones de biblioteca son muy dados a las adivinanzas.