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Aguas Turbulentas

Электронная книга - «Aguas Turbulentas». Краткое содержание книги:

La desaparición de una estudiante, Philippa Balfour ¿niña rica rebelde, hija de un banquero bien acomodado e influyente? conduce a la policía a dos posibles pistas: la primera relacionada con la aparición de una muñeca de madera en un minúsculo ataúd abandonado en un paraje rural, a poca distancia de la casa de los Balfour; la segunda, su participación en un juego de rol a través de Internet dirigido por un misterioso gurú cibernético. Dos posibles pistas que vinculan casos antiguos de asesinatos no resueltos con otros más recientes. La policía, de Lothian y Borders, se pone en marcha, mientras Rebus investiga los deslavazados antecedentes históricos de crímenes sin resolver y la agente Siobhan Clarke sigue la pista virtual del misterioso «Programador», cuyas enrevesadas claves acaban dirigiendo los pasos de la investigación. Las vidas, virtuales y reales, dependen ahora de una fracción de segundo.
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– No me cansaría de contemplar esta vista -añadió Jean cuando volvían al coche.

Él asintió otra vez con la cabeza por no decepcionarla, pues para Rebus el puente no era para contemplar panorámicas sino el escenario preparado para una muerte.

Cuando arrancó, ella le pidió que pusiera música; Rebus conectó el casete y el coche se llenó con un estallido de En busca de espacio, de Hawkwind.

– Lo siento -dijo expulsando la cinta, mientras ella buscaba en la guantera entre las cintas de Hendrix, Cream y Rolling Stones-. Seguramente no es la música que le gusta.

– ¿No tiene Electric Ladyland por casualidad? -preguntó ella cogiendo una cinta de Hendrix.

Rebus la miró y sonrió.

Hendrix fue la música de fondo durante el camino hasta Portobello.

– ¿Por qué se hizo policía? -preguntó ella repentinamente.

– ¿Tan extraña es la profesión?

– Eso no es una respuesta.

– Cierto -dijo él mirándola y sonriendo; ella asintió con un gesto sin insistir, concentrándose en la música.

Portobello era el último lugar al que Rebus habría pensado en mudarse cuando dejara Arden Street. Tenía playa y una calle principal con tiendas. En su momento había sido un lugar estupendo, zona de asueto de la burguesía para bañarse y disfrutar de la brisa marina y, aunque ya no era tan elegante, el mercado de la vivienda iba imponiendo allí la rehabilitación; los que no podían permitirse una casa en el centro de Edimburgo se trasladaban a «Porty», donde aún quedaban enormes casas georgianas, aunque sin el prestigio propio. La casa de Jean estaba en una bocacalle próxima al paseo marítimo.

– ¿Es suya? -preguntó Rebus mirando la casa a través del parabrisas.

– La compré hace años, cuando Portobello no estaba tan de moda. -Hizo una pausa, indecisa-. ¿Quiere subir hoy a tomar café?

Sus miradas se cruzaron. La de Rebus interrogante y la de ella vacilante, hasta que ambos esbozaron una sonrisa.

– Encantado -contestó.

En el momento en que quitaba la llave de contacto sonó el móvil.

* * *

– Pensé que querría saberlo -dijo Donald Devlin con voz temblorosa.

Rebus asintió con la cabeza. Estaban tras la impresionante puerta del Colegio de Médicos; en la planta de arriba había grupos hablando en un susurro, y en la calle aguardaba un furgón del depósito de cadáveres junto a un coche de policía con ráfagas intermitentes que bañaban del azul de las luces giratorias la fachada del edificio.

– ¿Cómo fue? -preguntó Rebus.

– Un ataque cardíaco, al parecer. Estaba con un grupo junto a la barandilla tomándose un coñac después de la cena -añadió Devlin señalando hacia arriba- y de pronto empalideció, se apoyó en el pasamanos y todos pensaron que era para vomitar, pero el peso lo venció y cayó abajo.

Rebus miró el suelo de mármol, con leves restos de sangre. Siguieron fumando y hablando sobre el trágico acontecimiento. Cuando Rebus levantó la vista para mirar otra vez a Devlin, le pareció que el anciano lo examinaba como si fuera un espécimen en un frasco de formol.

– ¿Se encuentra bien? -preguntó el profesor. Rebus asintió con la cabeza-. Tengo entendido que eran ustedes muy amigos…

Rebus no contestó. Sandy Gates se les acercó enjugándose la cara con algo parecido a una servilleta del banquete.

– Ha sido terrible -dijo-. Seguramente habrá que hacer la autopsia.

En ese momento sacaban el cadáver en una bolsa de plástico cubierta con una manta. Rebus resistió la tentación de hacerlos detenerse para abrir la cremallera. No, que el último recuerdo de Conor Leary fuese el de un hombre animado tomando una copa con él.

– La disertación fue extraordinaria -explicó Devlin-. Fue una especie de historia completa sobre el cuerpo humano. Desde el concepto de sacramento hasta el de Jack el Destripador como arúspice.

– ¿Aru…, qué?

– El que lee el destino en entrañas de animales.

Gates eructó.

– Yo, la mitad no la entendí -dijo.

– Y la otra mitad te dormiste, Sandy -añadió Devlin con una sonrisa-. Hizo una exposición exhaustiva sin tener que leer ni una nota -explicó admirado volviendo a alzar la vista al primer piso-. La caída del Hombre fue el punto de partida de la charla -precisó buscando un pañuelo en el bolsillo.

– Tenga -dijo Gates tendiéndole la servilleta.

Devlin se sonó ruidosamente.

– La caída del Hombre, y luego él mismo cayó -insistió Devlin-. Quizá tuviese razón Stevenson.

– ¿En qué?

– En calificar a Edimburgo como «ciudad de precipicios». Quizás el vértigo sea intrínseco al lugar…

Rebus comprendió lo que Devlin quería decir. Ciudad de precipicios… por los que sus habitantes caían lentamente casi sin darse cuenta…

– La cena fue horrible, por otro lado -añadió Gates, como si quisiera decir que habría preferido que Conor Leary hubiese muerto después de un banquete memorable. Indudablemente, se dijo Rebus, el propio Conor habría pensado lo mismo.

En la calle, Rebus se unió al doctor Curt, que estaba fumando.

– Te telefoneé -dijo Curt-, pero ya te habías marchado de la comisaría.

– Fue el profesor Devlin quien logró finalmente comunicarse conmigo.

– Sí, eso ha dicho. Creo que se percató del vínculo que había entre vosotros dos.

Rebus asintió despacio con la cabeza.

– Había estado muy enfermo, ya sabes -prosiguió Curt en aquel tonillo neutro como de quien dicta algo-. Esta noche estuvo hablándonos de ti.

Rebus carraspeó.

– ¿Qué dijo?

– Que a veces eras como una penitencia para él. Pero lo dijo riendo -añadió Curt sacudiendo la ceniza del cigarrillo, al tiempo que un latigazo azul cruzaba su rostro.

– Era un buen amigo -reconoció Rebus. «Y yo le abandoné», pensó.

Había tantas amistades a las que había dejado por preferir la compañía del sillón junto a la ventana en el cuarto de estar a oscuras… Las personas con las que había intimado en otros tiempos compartían todas una tendencia a sufrir accidentes, a morir incluso. Pero no era eso; no era eso. Pensó en Jean y en si podían llegar a algo. ¿Estaba dispuesto a compartir su vida con alguien? ¿Estaba preparado para dejarla entrar en sus secretos, en su oscuridad? No estaba seguro. Aquellas conversaciones con Conor Leary habían sido como confesiones en las que probablemente había revelado al sacerdote cosas sobre sí mismo que no había contado a nadie, ni siquiera a su esposa, o a su hija, ni a sus amantes. Había muerto, para ir al cielo quizás, aunque a dar guerra, eso sí, polemizando con los ángeles y en busca de una Guinness y de un buen razonamiento.

– ¿Te encuentras bien, John? -preguntó Curt estirando el brazo y tocándole el hombro.

Rebus negó despacio con la cabeza cerrando los ojos. Curt no entendió lo que decía y tuvo que repetírselo:

– No creo que exista el cielo.

Eso era lo terrible. Esta vida era lo único que había. Después, nada. Ninguna posibilidad de borrón y cuenta nueva.

– Vamos, vamos -dijo Curt, incómodo a ojos vistas en su papel poco habitual de consolador, tocándole con una mano más acostumbrada a extraer vísceras en las disecciones-. Se te pasará.

– ¿Sí? -replicó Rebus-. Entonces, no hay justicia en este mundo.

– De eso sabes tú más que yo.

– Ah, desde luego -dijo Rebus respirando hondo y expulsando el aire. Sentía el sudor enfriándosele bajo la camisa-. Se me pasará -añadió en voz baja.

– Claro que sí -asintió Curt apurando el cigarrillo y aplastándolo en el césped con el talón-. Como dijo Conor, aunque se rumoree lo contrario, estás de parte de los ángeles. Lo quieras o no -añadió quitándole la mano del hombro.

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