Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El Tercer Lado De Los Ojos
El Tercer Lado De Los Ojos - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El Tercer Lado De Los Ojos

Электронная книга - «El Tercer Lado De Los Ojos». Краткое содержание книги:

Nombre: Jordan Marsalis Nombre: Maureen Martini Estatura: 1,86 Estatura: 1,72 Ojos: Azules Ojos: Negros Pelo: Canoso Pelo: Negro Edad: 37 años Edad: 29 años Dirección: 54 West 16th Dirección: Via della Polveriera 44 Cargo: Ex teniente de Cargo:Comisario de policía policía Ciudad: Nueva York Ciudad: Roma Las vidas de Jordan y Maureen, que no se conocen entre ellos, se ven sacudidas por el azote del crimen. En Roma, la mafia albanesa acaba atrozmente con la vida del amante de Maureen y ella queda sumida en una profunda ceguera. A miles de kilómetros, el extravagante hijo del alcalde de Nueva York y sobrino de Jordan aparece brutalmente asesinado en su estudio de la Gran Manzana. Se trata del primero de una serie de crímenes que van a sucederse vertiginosamente, puntuados por enigmáticos mensajes. ¿Cuál es la misteriosa pieza que enlaza estas muertes? Unidos por las circunstancias, Maureen y Jordan han de enfrentarse juntos a la mente perturbada de un despiadado asesino que se divierte caracterizando de forma extraña los cuerpos de sus víctimas, después de torturarlos. Las cálidas calles romanas contrastan con la elegancia sombría de Nueva York: dos escenarios en los que Giorgio Faletti confirma su capacidad para tejer apasionantes tramas de novela negra.
1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 101
Перейти на страницу:

La voz de Jordan rompió el profundo silencio en que habían mirado aquella filmación de una muerte anunciada.

– ¿Qué hora era?

Fowley señaló el indicador de la pantalla.

– Las diez menos diez.

Jordan se situó al lado del agente que manipulaba los lectores DVD. Podía notarse en la habitación una sensación de incomodidad. Pese a toda la literatura sobre fantasiosos asesinos, en general los criminales de carne y hueso eran bastante predecibles y cometían muchos errores, por nerviosismo, por estupidez, por jactancia o por inexperiencia. Este parecía mucho más frío y decidido, y sobre todo mucho más inteligente de lo normal. La incomodidad se convirtió en angustia, y pronto se transformó en rabia.

– Maldito cabrón. Sabía que había cámaras de control. Esperó a que entrara alguien y lo usó de protección para no ser visible mientras atravesaba el vestíbulo. Y después se mantuvo constantemente de espaldas.

Fowley estaba pensando lo mismo que Jordan.

– Hay otra consideración que hacer. Estamos justo frente al Central Park, y la mayoría de las personas que viven aquí salen a correr con regularidad y a cualquier hora. Si os muestro otras filmaciones veréis decenas de figuras como esta. Además, al ver que de arriba le abrían, el agente que estaba de guardia no tuvo ninguna sospecha.

Burroni se apoyó en el mostrador y se inclinó hacia el hombre que les había mostrado la filmación.

– Barton, ¿cuál es su nombre?

– Woody.

– Pues bien, Woody, le pediré dos favores. El primero es que nos haga una copia de este vídeo. El segundo, si quiere echarnos una mano, es que mantenga la máxima reserva sobre lo que ha visto y oído esta noche. De ello puede depender la vida de otras personas.

Barton, un individuo con cejas tupidas y fruncidas, y el aspecto de ser un hombre de pocas palabras, confirmó con un gesto de la cabeza que había entendido la situación. Fowley intervino para confirmarlo.

– No habrá problema. Yo respondo por él. Barton es un tipo responsable.

Jordan empezó a sentir cierta impaciencia. Desde su llegada no había hecho más que almacenar datos, y ahora tenía la necesidad de encerrarse en algún lugar para reflexionar con calma. Quizá a Burroni le ocurría lo mismo, porque tendió la mano a Fowley en señal de despedida.

– Te lo agradezco. Nos has sido de gran ayuda.

– A vuestra disposición. Mucha suerte, Jordan.

– Buenas noches, Harmon.

Bajaron los escalones, atravesaron el vestíbulo y salieron al aire fresco de la calle. La lluvia se había reducido a unas gotas indecisas que caían de un cielo pálido. Todo lo que quedaba era un poco de agua en la acera, bajo sus zapatos. Llegaron junto al coche. Burroni fue el primero en decir lo que ambos estaban pensando.

– Es el mismo tío que LaFayette Johnson dijo que había visto entrar en la casa de tu sobrino.

– Eso parece. O él o su hermano gemelo. Esto nos pone ante dos deducciones obvias, quizá tres.

– ¿Las dices tú o las digo yo?

Jordan hizo una seña hacia el detective James Burroni.

– Dilas.

– La primera es que el sujeto que mató a Gerald Marsalis es el mismo que ha matado a Chandelle Stuart. La segunda es que ella conocía a su asesino, o de lo contrario no le habría abierto. La tercera es que, con toda probabilidad, también la primera víctima lo conocía.

– Exacto. Y queda una cuarta, pero, más que una deducción, a estas alturas ya es una obsesión…

Burroni frunció el entrecejo en una pregunta muda. Jordan le comunicó su conjetura.

– Es muy probable que la posible tercera víctima conozca también a la persona que se propone asesinarla. Y nosotros debemos descubrir quiénes son la una y la otra, antes de encontrarnos ante el cadáver de Snoopy, tal vez pegado a su casita.

21

Cuando Jordan abrió la puerta de la casa, estaba saliendo el sol.

Las nubes de lluvia, volubles, se habían ido siguiendo al viento y ahora una luz rojiza se deslizaba por las paredes de los rascacielos y desalojaba las sombras hacia el fondo de las calles. Para Nueva York aquella era otra noche para olvidar. No sería la última. Jordan solo habría deseado que fuera la última que estuviera obligado a ver. Dejó sus reflexiones fuera tras cerrar la puerta y lo recibió la tenue fragancia a vainilla que persistentemente flotaba en el aire tras la llegada de Lysa a aquella casa y a su vida.

En la sala, que parecía vacía, vio que el televisor estaba encendido, con el sonido casi al mínimo. Dio unos pasos hacia el centro de la habitación y la vio. Lysa estaba recostada en el sofá, frente al aparato; respiraba suavemente mientras dormía, tapada con una liviana manta escocesa. Mientras la observaba en ese momento de indefensa intimidad, Jordan se sintió un intruso.

Apagó el televisor como si con ese gesto pudiera alejar al mismo tiempo su incomodidad. La falta de aquel apagado sonido despertó a Lysa. Advirtió su presencia, de pie detrás del sofá, y abrió un instante los ojos. Jordan se asomó por encima de él y le pareció que miraba el abismo con los pies apoyados en un suelo de cristal. El color de sus ojos era el tesoro de los piratas, era la sombra de las nubes sobre un campo de espigas, era tener enfrente algo que hasta entonces ni siquiera sabía que fuera posible soñar.

Se sintió estúpido mientras se dejaba llevar por aquellos pensamientos.

Lysa cerró de nuevo los ojos, se volvió de costado y se acurrucó con la sonrisa perezosa y tranquila de una persona que al fin se siente segura.

– Ah, ya has vuelto.

La naturalidad con que su voz soñolienta pronunció aquellas pocas palabras y la familiaridad que contenían penetraron como un estilete en la coraza de Jordan. Él siempre había vivido solo, y cuando una voz le preguntaba el motivo de aquella soledad, prefería no contestar. En el pasado su vida se había cruzado muchas veces con otras. Hombres con los cuales había intercambiado palabras y gestos de afecto y de confianza, y mujeres que llegaban con la promesa de algo que confundían con el amor. En suma, a todos ellos les había permitido sembrar solo un poco de viento, y todos se habían marchado tras recoger su pequeña tempestad.

Lysa abrió otra vez los ojos y volvió en sí con un sobresalto, como si la llegada de Jordan la hubiera cogido por sorpresa en un estado de duermevela. Se sentó en el sofá y enseguida se levantó.

– ¿Qué hora es?

– Las seis y media.

– ¿Qué ha ocurrido esta noche?

– Ya sabes que ha muerto otra persona.

Lysa no pidió más explicaciones, y Jordan se lo agradeció interiormente.

– Estaba mirando la televisión para ver si hablaban de ello, y me quedé dormida.

– Es extraño, pero esta vez hemos logrado impedir que se filtrara cualquier información a los bárbaros de los medios. Roma, por lo que sé, está a salvo. Por el momento, al menos.

Lysa fue a la cocina. Su voz le llegó junto con el ruido del frigorífico que se abría.

– ¿Te apetece un café?

– No, gracias; ya he desayunado en el bar de enfrente. Ahora lo único que necesito es una ducha que me convierta de nuevo en un ser humano.

Tras dejar a sus espaldas la promesa de un delicioso aroma a café, Jordan se dirigió hacia la habitación de huéspedes, se desnudó y dejó las prendas desordenadamente sobre la cama. Mientras lo hacía se vio obligado a admitir lo absurdo de aquella situación.

«En el fondo, no ha cambiado nada.»

Sin embargo, le había bastado desplazarse unos metros por su casa para comprobar que se había convertido en un huésped. Entró en el cuarto de baño y encontró en el espejo su imagen de siempre, aunque no conseguía definirla del todo. Ya no era la misma persona que hacía poco más de dos semanas rondaba por aquel piso con un casco en la mano, la expectativa de un viaje por delante y un signo de interrogación al final del camino.

Las cosas habían cambiado.

Las ganas de huir aún seguían allí, pero ahora temía saber de qué.

1 ... 35 36 37 38 39 40 41 42 43 ... 101
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)