Los hombres lloran solos
- Автор: Gironella Jose Maria
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Los hombres lloran solos». Краткое содержание книги:
Hoy lanza al público su cuarto volumen, continuación de los tomos precedentes, decidido a convertir dicha trilogía en unos Episodios Nacionales a los que añadirá un quinto y un sexto volumen -cuyos borradores aguardan ya en su mesa de trabajo-, y que cronológicamente abarcarán hasta la muerte del general Franco, es decir, hasta noviembre de 1975. La razón de la tardanza en pergeñar el cuarto tomo se debe a dos circunstancias: al deseo de poderlo escribir sin el temor a la censura y a su pasión por los viajes, que se convirtieron en manantial de inspiración para escribir obras tan singulares como El escándalo de Tierra Santa, El escándalo del Islam, En Asia se muere bajo las estrellas, etc.
Con esta novela, Los hombres lloran solos, José María Gironella retorna a la entrañable aventura de la familia Alvear en la Gerona de la posguerra, a las peripecias de los exiliados y del maquis, sin olvidar el cruento desarrollo de la segunda guerra mundial. Los hombres lloran solos marcará sin duda un hito en la historia de la novela española contemporánea.»
Padre e hija, para huir del fantasma de la soledad, tomaron bajo su protección a Elvira, la muchacha que sólo hablaba alemán y que estaba al cuidado del profesor Civil. Elvira tuvo un hogar… La barrera del idioma, en un principio, fue fatal, pero pronto la chica empezó a espabilarse. Además, encontraron un profesor ideaclass="underline" el padre Forteza, quien, como era sabido, hablaba alemán. El jesuita se lo tomó tan a pecho que juró por los doce apóstoles que antes de seis meses la muchacha sabría resolver las palabras cruzadas que "creaba" Solita. En efecto, Solita era una entusiasta de los crucigramas, hasta el punto de que se comprometió a entregar dos semanales para Amanecer.
Todo listo, pues. Solita no era germanófila -los nazis no le gustaron ni pizca-, pero menos aún le gustaban los soviéticos. De modo que, en el fondo, deseaba el triunfo de Hitler, como mal menor! Su padre miraba el icono colgado en la pared y decía: "Mira que yo deseando el triunfo del Führer…" Solita y su padre se dieron cuenta de que cuando Elvira oía el nombre de Hitler palidecía como si su memoria evocara algún drama ilocalizable.
– Doctor Andújar, a sus órdenes!
– Solita, no me trates así, por favor. Resérvalo para tu padre, que fue comandante de Intendencia…
– Mi padre no es mi padre, es mi hermano mayor…
Mateo, de acuerdo con el camarada Revilla, colocó a Cacerola de conserje en Sindicatos. El muchacho quería casarse, pero siempre visó demasiado alto. Gracia Andújar voló. Silvia voló, en pos de Padrosa, el muchacho vanidosillo que gracias a la Agencia Gerunda se vestía con el mejor sastre de la ciudad, llevaba siempre corbata roja y se había ahijado a Félix Reyes, el artista en ciernes. La Andaluza le dijo a Cacerola: "A ti te corresponde alguna sirvienta de buen ver". Al pronto, se enamoró de Teresa, la chica a las órdenes de Mateo y Pilar; pero Teresa le dijo nones, "porque le daban miedo los hombres que habían hecho la guerra". Cacerola era germanófilo hasta la médula y disfrutaba haciendo correr bulos contra los aliados. Estaba enamorado de Rommel, por sus hazañas en el desierto. El zorro del desierto. Estaba seguro de que ocuparía Egipto y Suez. "Pero, tú sabes dónde están Egipto y el canal de Suez?", le preguntaba Mateo. "Más o menos -rezongaba Cacerola-. En algún sitio de África donde hace menos frío que en el lago limen". Además, creía que los Estados Unidos podrían hacer poca cosa, dado que Roosevelt era paralítico. "Cuándo se ha visto que un paralítico gane una guerra?". Cacerola vestía siempre camisa azul, con el emblema del ejército alemán en la bocamanga.
Alfonso Estrada regresó sospechando que los nazis eran unos brutos. Había visto alguna escena repugnante. Eran anticatólicos, dijeran lo que dijeran algunas jerarquías españolas. Insistía en que lo malo de Rusia eran los dirigentes y que el pueblo sólo obedeció cuando Stalin le pidió luchar por patriotismo, por la Rusia eterna. Presidente de las Congregaciones Marianas -padre Forteza-, conversador nato, creía en fantasmas y tocaba el piano, ahora música rusa, y también de Sibelius, ya que vivió cerca de Finlandia. Reemprendería sus estudios de Filosofía y Letras, y Asunción, la maestra, estaba dispuesta a seguir los consejos de Marta y "no dejarlo escapar". Alfonso encontró en ella apoyo y estímulo, aunque la religión, de por sí, casi le bastaba. Se había alistado "por la Virgen ", convencido de que no le ocurriría nada malo, como así fue.
En el buzón de su casa, de la calle de la Forsa, encontró varias cartas de su hermano, Sebastián, que andaba por el Caribe en el buque Montserrat, de la Compañía Trasatlántica. Su hermano le decía que estaba a punto de tomar una decisión: quedarse en tierra. "Cuando hayas regresado a Gerona, mándame un telegrama". Alfonso así lo hizo, acuciándole para que no se volviera atrás. Y es que, aparte del deseo de abrazar a Sebastián -apenas si se habían visto desde la terminación de la guerra civil-, Manolo le había llamado y le había hablado de la importante herencia que su padre les legó, sobre todo en terrenos de la Costa Brava, en la zona de Cadaqués.
– Que venga tu hermano, ponemos los papeles sobre la mesa y vosotros decidís lo que se debe hacer…
Alfonso Estrada tenía un defecto: le gustaba el dinero. Lo contrario de Sebastián, al que siempre le importó un comino. Naturalmente, Alfonso ignoraba la trayectoria que su hermano habría seguido en contacto con el mar y con los buques mercantes y de pasaje, pero podía asegurar que antes era un asceta que lo único que llevaba en los bolsillos era un espantaviejas. Y cuidado que muchos marinos habían amasado pequeñas y grandes fortunas a costas de la guerra mundial, con el contrabando, la consecución de navycerts y las joyas de los emigrantes!
– De acuerdo, Manolo… Confío en que mi hermano se quedará, y que estará conforme en partir la herencia en dos mitades iguales.
Esther comentó:
– Ese chico es un primor. Llega de Rusia como si llegara de Jerez de la Frontera… Será germanófilo?
– No lo creo. Lo sería si lo fuera la Virgen; pero tengo mis dudas de que la Virgen compagine con el mariscal Goering…
Mosén Falcó regresó más fanatizado que nunca y convencido de que Hitler estaba protagonizando la mayor gesta de la historia, al vencer a la gran Rusia. El obispo le encargó que se ocupara de los condenados a muerte, en vez del padre Forteza. Mosén Falcó era implacable. Sentía un odio visceral por los "rojos". Llegó a decir, en un sermón, que los condenados a muerte eran unos privilegiados, pues sabían a qué hora podrían presentarse ante el tribunal de Dios, en tanto que los demás mortales lo ignoraban.
Mosén Falcó era de Gerona. Sus padres tenían una tienda de ropas de caballero: sombreros, gorras, camisas, corbatas, mantas, sábanas, etc. En la Rambla. Su hermana Sara, comadrona que trabajaba con el doctor Morell, no estaba en absoluto de acuerdo con las ideas de su hermano, quien aseguraba que los pueblos eran un rebaño y que necesitaban de un pastor. "Pues yo he asistido a muchos partos. En un principio, muchos bebés parecen iguales; pero andando el tiempo se marcan las diferencias". A Sara le había impresionado mucho que en la pared del cementerio alguien hubiera hecho una pintada que decía:
Si no eres estraperlista,
del clero o falangista,
este invierno aquí te espero.
Mosén Falcó le decía a Sara que el prestigio de Franco había sido ganado a pulso, que era espontáneo, que la inmensa mayoría del pueblo español estaba a su lado y que andando el tiempo se hablaría de él como de un profeta. El sacerdote tenía una frente despejada pero una boca pequeña, que abría poco al hablar, de modo que las palabras que le salían parecían silbidos y soltaba un poco de saliva. Estaba muy en contra de María Fernanda, la esposa del gobernador, porque la sabía monárquica. Según él, eran pro británicos los generales Kindelán, Várela, Aranda, Moscardó y Solchaga.
Falangista hasta la médula, la frase que más solía repetir era "Dios de los Ejércitos", frase que precisamente el padre Forteza no empleaba jamás y que sumía en perplejidad al obispo Lascasas. Admiraba enormemente a Mateo, que había sacrificado su vida por la Falange. Cuando el obispo se enteró de lo que mosén Falcó había dicho en la cárcel sobre los condenados a muerte lo llamó a palacio y discutió con él muy fuertemente. Hubiera querido relevarlo del cargo, pero el camarada Montaraz se opuso y consiguió que continuase en él. El obispo se quedó chasqueado y formulándose mil preguntas sobre la Falange. "Quién manda a quién?". Por si fuera poco, mosén Falcó relevó a mosén Alberto en la censura de películas. También se mostró implacable, en nombre de la castidad. Al poco tiempo Matías, en el café Nacional, dijo saber de buena tinta que mosén Falcó, al que a gusto hubiera traspasado el reuma, con los trozos de celuloide que iba recortando se organizaba para sí un montaje erótico de primer orden.