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Электронная книга - «Los hombres lloran solos». Краткое содержание книги:

«José Maria Gironella publicó en 1953 su novela Los cipreses creen en Dios, con la que alcanzó un éxito mundial. En 1961 Un millon de muertos, que muchos críticos consideran como el más vibrante relato de lo acaecido en España durante la guerra civil (en los dos bandos). En 1966 culminó su trilogía con Ha estallado la paz, que abarca un corto período de la inmediata posguerra.
Hoy lanza al público su cuarto volumen, continuación de los tomos precedentes, decidido a convertir dicha trilogía en unos Episodios Nacionales a los que añadirá un quinto y un sexto volumen -cuyos borradores aguardan ya en su mesa de trabajo-, y que cronológicamente abarcarán hasta la muerte del general Franco, es decir, hasta noviembre de 1975. La razón de la tardanza en pergeñar el cuarto tomo se debe a dos circunstancias: al deseo de poderlo escribir sin el temor a la censura y a su pasión por los viajes, que se convirtieron en manantial de inspiración para escribir obras tan singulares como El escándalo de Tierra Santa, El escándalo del Islam, En Asia se muere bajo las estrellas, etc.
Con esta novela, Los hombres lloran solos, José María Gironella retorna a la entrañable aventura de la familia Alvear en la Gerona de la posguerra, a las peripecias de los exiliados y del maquis, sin olvidar el cruento desarrollo de la segunda guerra mundial. Los hombres lloran solos marcará sin duda un hito en la historia de la novela española contemporánea.»
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París, 22 de julio de 1942.

Queridos tíos y primos:

Aquí sigo, en París, con la Nati de mis entrañas, que sigue tocándome las castañuelas. Ese Pétain de los diablos quería enviarme a trabajar a Alemania pero le dije que nones. Estaríamos buenos! En Alemania no hay Moulin Rouge ni camembert. Los que se fueron están que trinan. Qué esperaban? Que les dieran vodka y caviar de Leningrado?

Ese babieca de Antonio Casal, con sus quejíos socialistas y su sordera, me tiene frito. Y para colmo, ha preñado otra vez a su mujer! Para que veáis que en todas partes cuecen lo que yo me sé. Y Gorki, no digamos. Se pasa el día acariciando su úlcera de estómago y a su pastelera, Mady. De vez en cuando oye a Cosme Vila que habla por Radio Moscú. El muy tunante! Pico de oro, como la Pasionaria, pero dejando a todo quisquí tirado en mitad de la calle.

Prefiero no hablaros de las francesitas, que se acuestan con los alemanes dos veces cada noche. Aquí todo el mundo es colaboracionista, empezando por De Gaulle y terminando por la madre que los parió. Me di un garbeo por la Línea Maginot. A menda, que no soy general, me dan aquello y no entra ni Dios.

Sé que Pilar se ha casado con un fascista. Bien! El fascismo está de moda y a lo mejor hace saltar la Banca. Yo he llegado a una conclusión, y se lo digo a Canela siempre que la encuentro en los desfiles de modelos, y que Ignacio debería conocer: ducharse todos los días y afeitarse con champán. Y luchar contra el estreñimiento, que según me contáis le está haciendo la santísima a tío Matías! Por qué se llamará santísima? Con santa va que chuta no creéis? Por cierto, que aquí hay urinarios públicos en todas partes, redondos, y que son el lugar donde se citan los maricones.

Bien, vale por hoy. Continúo en las mismas señas: 74 Avenue de Villiers, París, XVII. Me preguntáis si he aprendido francés. Aquí, si sabes decir pardon y rouge, puedes ir por todas partes. En todo lo demás me entiendo a base de cortes de manga.

Vuestro siempre, José.

CAPÍTULO X

EL DOCTOR CHAOS obró con Mateo una especie de milagro. Solita tuvo razón: "Si no te cura el doctor Chaos no te curará nadie". El muchacho ya podía andar sin ayuda de ningún aparato ortopédico, aunque, debido a la cadera rígida, balanceaba un poco la pierna izquierda. Total, una cojera perfectamente soportable, a la que ciertamente todo el mundo se acostumbraría, excepto, quizá, Pilar. Mateo ya en el piso, primero salió a dar unas vueltas por la plaza de la Estación y un buen día de agosto -habían pasado tres meses desde que la bala le perforó la carne- se fue a la Rambla, acompañado por Miguel Rosselló, y tomó posesión, en un vetusto caserón de la calle Ciudadanos, de la Jefatura Local de Falange y de la Delegación Provincial del Frente de Juventudes. En el local montaban la guardia dos cadetes, que al verle levantaron el brazo con perfecta precisión. Él los saludó cariñosamente. En el despacho, un retrato de Franco, otro de José Antonio, otro de Hitler y otro de Mussolini. Dos teléfonos. Un ramo de flores. Y el camarada Montaraz esperándole para darle posesión del mando.

Poco a poco llegó el resto de las jerarquías locales, desde el delegado de Sindicatos, Jesús Revilla, hasta el comisario de policía, don Eusebio Ferrándiz. También estaban Marta, Chelo Rosselló y Gracia Andújar, ésta eufórica porque el grupo de Coros y Danzas que ella capitaneaba acababa de regresar de Madrid nada menos que con el primer premio, al que optaron todas las demás provincias españolas. Marta se había alegrado indeciblemente y el propio Arrese le había felicitado, diciéndole: "Verdaderamente, tal vez la Sección Femenina sea la institución que con más méritos puede hablar de la patria, el pan y la justicia".

Mateo, mientras duró el discurso, breve, del camarada Montaraz, hizo de tripas corazón. Le dolía la Jefatura Provincial de Falange que había dejado, por orden superior, pero la tarea que había realizado con el Frente de Juventudes no se la quitaba nadie, y a buen seguro que en esa dirección podría ocupar gran parte de sus energías. Por otro lado, el general Muñoz Grandes había dado en el clavo al decir que "había que repartir la gloria y el riesgo". Tal vez en el próximo reparto le tocara un cargo en consonancia con su fidelidad y su capacidad organizativa.

No tuvo necesidad Mateo de soltar una gran parrafada. Su sola presencia, con la Cruz de Hierro y la Y de plata, inspiraba respeto. Al verle a él, los demás pensaban en la inmensidad de Rusia y en los campos de nieve salpicados de cadáveres. Fue la suya una intervención muy escueta, en la que juró estar al servicio de Franco y de la Falange dondequiera que le mandasen. Su padre, don Emilio Santos, cada vez que fue a la clínica a verle intentó explicarle que las cosas no andaban bien, que España se estaba convirtiendo en un país oligárquico montado sobre una masa que se las veía y deseaba para sobrevivir. Mateo no quería escuchar quejas de ninguna clase. Sabía muy poco de Arrese y muy poco de Serrano Súñer, a quien los aliados llamaban el "ministro del Eje" y Hitler "el cura del Régimen, al servicio de la Iglesia ". Sólo confiaba en Núñez Maza, que le había prometido tenerle al corriente de la verdad de la situación.

Antes de terminar el acto el camarada Montaraz, con la sonrisa en los labios, lo nombró también jefe de la Delegación de Ex Combatientes, en sustitución de Jorge de Batlle, quien se interesaba mayormente por la presidencia de Acción Católica. Se cantó Cara al sol y se dieron los gritos de rigor. Luego todo el mundo se fue, excepto el propio Mateo, varios cadetes y un par de mecanógrafas. Una de ellas se llamaba Loli y la otra, Alejandra. Loli sufría de urticaria, como la Voz de Alerta, lo que la traía a mal traer y la acomplejaba; la otra, en cambio, Alejandra, era una belleza, acaso un tanto procaz, que despedía femineidad por todos los poros al tiempo que era una eficiente taquígrafa, que al tomar notas juntaba las piernas como Silvia, la manicura, y cuyo padre viajaba por la provincia cosméticos y productos de perfumería. Mateo, al cabo de un rato les dijo a las dos: "Ya podéis iros. Hasta mañana… Desearía estar solo". A Loli y Alejandra casi les dolió, pero se fueron. Entonces Mateo les dijo a los cadetes: "Un par de vosotros que se quede ahí fuera y que no entre nadie". Y al propio tiempo desconectó el teléfono.

Y efectivamente, se quedó solo. Y después de dar, renqueante, un par de vueltas por el despacho y mirar los retratos de Hitler y de Mussolini se sentó y encendió un pitillo con un mechero de yesca que le había robado a un soldado alemán.

Por su mente desfilaron multitud de imágenes, desde aquel día de 1933 en que llegó a Gerona y que la Voz de Alerta había evocado en la nota biográfica que publicó Amanecer. Cuánta lucha, cuánta camisa azul, cuántas batallas dialécticas, cuántos recuerdos empezaba a acumular! En el centro de ellos se encontraban varios camaradas -sobre todo, los que habían muerto-, e Ignacio. Sentía unas ganas enormes de abrazar a Ignacio y de que éste le mirara sin encono en el fondo de los ojos. Ignacio había ido a la clínica tres o cuatro veces y en una de ellas le presentó a Moncho y a Eva -una pareja impresionante-, pero se le veía reservado y con poca voluntad para quemar las etapas. En resumen, soledad, a no ser su padre, don Emilio Santos, que se había jubilado y que con toda evidencia "le había perdonado ya", acaso falto de fuerzas para andar rumiando rencores.

Por cierto, que el sustituto de su padre como director de la Tabacalera era un tal Hipólito Sáenz, hermano de un coronel de Caballería que estaba en Madrid y cuyo nepotismo se demostró de buenas a primeras: concedió un estanco a su hija, Araceli, en la misma Rambla y en competencia con un caballero mutilado.

Él era también un caballero mutilado. Y se enorgullecía de ello. Había dado tantas cosas -pedazos de vida- a la Falange, que ahora no iba a hacer marcha atrás. Confiaba en el camarada Montaraz, bien que por la costumbre de las gafas negras no había podido verle los ojos. Se había portado muy bien con él y daba la impresión de ser una mezcla de Salazar y Núñez Maza, es decir, de fuerza intelectual -Núñez Maza- y de fuerza física -Salazar-. Había apretado filas en Albacete, en Burgos, en Madrid, en Gerona. Marta le habló a Mateo de la labor que el camarada Montaraz estaba desarrollando en la provincia, especialmente -era obvio- en los campos de la higiene y de las enfermedades venéreas, así como en el de las viviendas protegidas para los "productores". Ni una palabra que pudiera herir su sensibilidad. "Si quieres encargarte tú de la censura del periódico y de la emisora de radio, te la cedo gustosamente". Mateo aceptó. No le gustaba que las sabandijas de siempre anduvieran merodeando por las cercanías. Así que trabajo no le iba a faltar. Y cuando regresaran -faltaban dos semanas- sus amigos de la División Azul se sentiría mucho más acompañado. Tenía un proyecto: convencerles a todos para que se quedaran en Gerona. Cacerola, Alfonso Estrada, Rogelio, Solita y mosén Falcó, por supuesto; pero también los "tres moqueteros, como les llamaban en la División, León Izquierdo, logrones, el que se fue "porque le había abollado el auto a papá", Eugenio Rojas, "el motorista que se despistó y se encontró en Grecia" y, sobre todo, Pedro Ibáñez, madrileño, que se alistó por "orfandad" y que era capaz de reproducir con palillos cualquier monumento en miniatura.

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