Al sur de Cartago
- Автор: Schwartz Fernando
- Год: 1985
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Al sur de Cartago». Краткое содержание книги:
– Vaya, hombre. ¿Y este melodrama?
– Cógelo.
Lo cogí y me lo metí en el bolsillo de la cazadora.
Markoff debía estar acorralado. Y Markoff acorralado, es un bicho peligroso. De lo contrario, no podía entenderse tanta precaución. Se me ocurrió que, posiblemente, al bueno de Vladimir le habían pillado con los pantalones en los tobillos, sin protección y haciendo algo horrible, algo que rompía todos los pactos entre caballeros. Me encogí de hombros, intentando aparentar una tranquilidad que estaba lejos de sentir.
Cuando, finalmente, el coche dobló la esquina de la calle en que está el hotel Regency de Baltimore, dije:
– No se detenga. Siga un poco y dé la vuelta a la manzana. El chófer hizo lo que se le ordenaba.
– ¿Por qué? -preguntó Nina.
– ¿Dónde está la protección de Markoff?
– No se la ha traído.
– No se mueve nunca sin su equipo, Nina.
– Esta vez, sí.
– ¿Cómo lo sabes?
– Empezó hace veinticuatro horas… Un día entero lleva confundiendo pistas, amor.
– Markoff moviéndose sin su equipo -dije, pensativamente-. ¿Sabes lo que eso quiere decir, Nina?
Asintió.
– La condición, ¿verdad? Para guardar el secreto, debe asistir a la entrevista solo.
Nina volvió a asentir.
– Un topo… se está entrevistando con el topo. Dios del cielo.
Silencio.
– ¿Quién es, Nina? Silencio.
– ¿Y Staines?
– ¿Puedes creer que le vio por casualidad? -El automóvil pasó por delante de la puerta del hotel sin detenerse -. En la estación municipal de autobuses, amor. Dime, Chris, ¿cuál es el tic más característico de Markoff? ¿Qué es lo que más le gusta hacer?
Me lo pensé un momento.
– Comer manzanas -dije, por fin, mientras miraba atentamente por la ventanilla.
– ¿Y qué hace con ellas?
– Cuando ha terminado de comerse una manzana, se limpia los dientes con un palillo, lo pincha en el corazón de la manzana y tira corazón y palillo a la primera papelera que ve.
– No te lo vas a creer, amor. Staines estaba en la estación municipal de autobuses a la hora en que Markoff empezó a moverse. Había entrado a tomarse un café, por pura casualidad. Compró un periódico de la tarde y se lo leyó en la cantina. Terminó su café, se acercó a la papelera y tiró el periódico. ¿Sabes lo que había en la papelera?
– Una manzana atravesada por un palillo.
– Una casualidad entre un millón.
– Una casualidad entre un millón, sí señora. ¡Qué barbaridad!
– Es la primera vez que le pillamos. -Suspiró-. ¿Cómo entramos en el hotel?
– La verdad, Nina, es que no somos una pareja que pase precisamente desapercibida en los vestíbulos de los hoteles. -Reí-. ¿Dónde está Staines?
– Décimo piso, enfrente de la habitación 1035, que es la de Markoff.
– OK. No tiene remedio. No he visto a ninguno de los chicos de Markoff en las posiciones que ocupan habitualmente. Es verdad que, esta vez, está solo. Vamos. La próxima vez que pase por delante de la entrada -le dije al conductor-, deténgase, que nos bajamos.
Nina no había sonreído ni una sola vez. No sonrió ahora. No dijo nada más. Me sentí vagamente inquieto.
Enfrente de la habitación 1035 del hotel Regency de Baltimore hay un cuarto ropero, de esos en los que las camareras guardan las escobas y los trapos, la lencería y las toallas. Staines estaba sentado encima de un cubo, sin moverse, esperando pacientemente. Era un hombre paciente, Staines. Tenía los ojos enrojecidos y la barba crecida.
Cuando nos vio llegar, abrió la puerta, salió al pasillo rápidamente y nos dijo en voz baja:
– Tenemos la habitación de la esquina, la 1002. No se ve desde aquí. -Me entregó la llave, mirándome fijamente; no dijo nada. Se volvió hacia Nina -. ¿Walkie-talkies?
Nina abrió su enorme bolso y sacó un pequeño transmisor. Se lo entregó a Staines sin pronunciar palabra, y a mí me dio el otro.
Estuvimos dos horas esperando en la habitación 1002. Dos horas. No se me van a olvidar fácilmente. Dos horas esperando en silencio, porque Nina no pronunció una sola palabra. Sólo, de vez en cuando, se humedecía un dedo, se lo olía y, después, se lo frotaba contra la mano contraria.
Finalmente, el aparato de radio carraspeó y se oyó la voz de Staines, metálica y distante.
– Ya.
Me acerqué a la puerta de la habitación y la abrí sigilosamente, apenas una rendija.
Unos segundos después, camino de los ascensores, pasó Dennis.
El doctor Dennis Keatley.
CAPITULO XIII
Abrí los ojos. Dennis conducía el Land-Rover a toda velocidad por la pista del desierto. Llevaba las manos crispadas sobre el volante y miraba fijamente al frente. A mí, me había instalado, no sé cómo, en el asiento de atrás, con las piernas extendidas. Me miré el pie. Lo tenía envuelto en una venda y por la parte delantera asomaba un poco de algodón manchado de sangre. No me dolía y supuse que aún no se me había pasado el efecto de la morfina.
– Más deprisa -dije, pero Dennis no me oyó. Yo tenía la garganta seca y me notaba la lengua pastosa. El Land-Rover daba grandes saltos por encima de matorrales y piedras y, a su paso, levantaba una tremenda polvareda. El sol lucía implacable en el cielo y, en cada salto del vehículo, me cegaban sus rayos restallando oblicuamente sobre la ventanilla.
Tragué saliva. Por lo menos, hice el gesto de tragar saliva. Extendí la mano derecha y me agarré al respaldo del asiento delantero. Por el rabillo del ojo, Dennis vio mi mano y volvió la cabeza para mirarme. Sonrió.
– Más deprisa -repetí.
– ¿Qué tal estás? -Volvió a mirar a la pista.
Me encogí de hombros, pero no vio el gesto de indiferencia porque en aquella coctelera no había quien distinguiera un movimiento de otro.
– Bah -dije-. Más deprisa. Dennis echó la cabeza hacia atrás.
– ¿Qué?
Hice un gesto con la mano, como si quisiera impulsarle hacia adelante.
– Que vayas más deprisa, hombre.
– Ah. Voy todo lo deprisa que puedo, Chris -contestó, gritando para hacerse oír. Me incorporé un poco.
– ¿Tú crees que le alcanzaremos?
– No sé. Nos lleva mucha delantera y su jeep corre más que este cacharro. -Guardó silencio por un momento -. La verdad es que sabemos a dónde va, ¿eh?, al Coral Beach a cazar a Larry Staines… ¿eh? Y no sabe que le vamos siguiendo.
Estaba mareado y me dolía la cabeza. Pensaba solamente en Marta, prisionera de Pedro, viajando con él en dirección a Aqaba, y recordaba su última mirada, el mensaje que había en sus ojos: "Le mataré, Chris, le mataré." Y pedía al cielo que no lo intentara, que ni siquiera se le ocurriera hacer un gesto de amenaza. Era como imaginar al más delicado gorrión amenazando a un tigre. Marta estaba hecha para reír y bailar y amar, y Pedro sólo era una máquina de provocar muerte. Dios santo, hacía apenas una hora, con un simple y despectivo gesto, sin darle importancia, había cortado cuatro dedos de mi pie de un liviano machetazo. ¿Qué no haría con Marta? Le rompería los huesos sin esforzarse. Más deprisa, Dennis, por Dios, más deprisa.
Repentinamente, Dennis dio un frenazo. El coche derrapó violentamente y, finalmente, se detuvo. Me había caído al suelo, entre los dos asientos.
– ¿Qué pasa? -Intenté incorporarme.
Dennis seguía inmóvil, detrás del volante. Dio un gemido y echó la cabeza hacia atrás.
– ¡Oh, no! ¡No, por Dios! -exclamó. Abrió la portezuela del Land-Rover y se bajó.
Desde el suelo del coche, yo no veía más que la parte superior de su espalda y la cabeza, que ahora tenía inclinada, como abrumada por un peso insoportable. Muy lentamente, se dio la vuelta y me miró. Fue la segunda y última vez que le he visto llorar en mi vida; unos lagrimones enormes le corrían por las mejillas, dejando dos rastros terrosos en el semblante cubierto de polvo.