Al sur de Cartago
- Автор: Schwartz Fernando
- Год: 1985
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Al sur de Cartago». Краткое содержание книги:
– Bueno -dijo Mazzini-. ¿Qué te ha parecido el enemigo público número uno?
– ¿Thomas Perkins? -pregunté. Asintió.
– A mí me gusta. Pero tú le conoces mejor que yo, ¿no?
– Sí. Sí que le conozco bien, sí. Thomas Perkins -recitó-, Tom para los amigos… Californiano, rico, poderoso. Un play-boy; le encantan las señoras… y ¿a quién no, eh? Trigo absolutamente limpio… Honrado… ¿qué más se me ocurre?… Apostaría a que no llega a presidente de los Estados Unidos, por mucho que le guste la idea. Es… demasiado ingenuo para eso. Los cuentos de hadas no suelen tener un final feliz en este país. Qué sé yo. Es demasiado transparente…
– Un hombre perfecto, ¿eh? Y ahora, dime si tiene alguna conexión con la KGB.
Johnny me miró con incredulidad y soltó una carcajada.
– ¿KGB? ¡Vamos, hombre! No te lo crees ni tú… Eso es imposible. ¿Controvertido? Ciertamente. No es el amigo más íntimo que tiene Fulton. Pero, de ahí a que sea un espía soviético, va un trecho considerable. No hombre, no.
Supongo que hubiera sido más lógico recabar toda esa información de Nina, pero lo que me interesaba no era tener el reflejo de un cálculo de probabilidades emanado de un servicio cuya misión es sospechar de todo el mundo, sino el sentimiento instintivo de un lobo del periodismo que rara vez se había equivocado al enjuiciar a una persona. Que yo supiera.
– ¿Por qué lo preguntas? -me dijo.
– Hombre, Johnny, qué quieres que te diga. Un personaje así, que está en desacuerdo con prácticamente la totalidad de la política norteamericana, que combate cada una de las acciones de Washington, sería un candidato ideal para Moscú, ¿no?
– No, Chris. No seas ingenuo. Oye, ¿cuánto hace que no hablas con algún norteamericanito de a pie? Por ejemplo, yo estoy absolutamente de acuerdo con todos los planteamientos de Perkins y soy más americano que tú. El Times estaría dispuesto a promocionarle -añadió fervorosamente-. Pero, con toda nuestra fuerza, somos incapaces de hacer que cambie la opinión pública. Le vamos a apoyar en cada ocasión que se presente… pero… -hizo un gesto de impotencia. Se quedó callado y, luego, me miró con cierta sospecha-. Oye, Chris, te has vuelto muy carca últimamente.
– No hombre, no. Lo que me ocurre es que me gusta saber por dónde piso.
¿Cómo podría explicarle a mi viejo amigo que me pagaban por sospechar de todo el mundo? ¿Por ver espías comunistas hasta debajo de las piedras del monumento al pollo frito del coronel Sanders? Había tenido demasiado contacto con los Markoff de este mundo. Sacudí la cabeza con irritación.
Terminamos la bisque en silencio y, mientras nos cambiaban los platos, levanté la vista.
– Oye, Johnny, ¿qué es el Club?
– ¿El Club? ¿Qué Club? -Me miró con sorpresa.
– No sé… El club. Yo qué sé. Perkins aludió a él.
Se quedó pensativo. Después, levantó lentamente la cabeza y se humedeció los labios con la punta de la lengua. Patrick miraba alternativamente a uno y a otro, siguiendo silenciosamente la conversación sin perder detalle; seguro que estaba analizando cada palabra para ver si algo de lo que decíamos podía servirle para desentrañar el misterio de la muerte de Aspiner. De vez en cuando, llevaba la copa a sus labios y bebía un poco de vino.
Dimos tiempo a que nos sirvieran el segundo plato y a que se repitiera el complicado ritual de la cata del vino, esta vez con un Burdeos que estaba colosal. De seguir así, me iba a costar trabajo levantarme de mi silla cuando terminara el almuerzo.
– Ya sé por dónde vas -dijo, finalmente, Johnny, apurando su primer vaso de vino tinto. Se secó los labios con la servilleta.
– Pues yo, no -dije.
– No me interrumpas, hombre. Nadie sabe muy bien si es una organización formal, ni cuáles son las reglas por las que se rige. Nadie será capaz de suministrarte la lista completa de sus socios, pero, en fin… Supongo que le llaman el Club, porque debe serlo por excelencia. ¿Qué es un club, Chris?
– Hombre, más o menos, el diccionario lo define como una asociación de personas, unidas por un interés común, que se reúne periódicamente para llevar a cabo actividades conjuntas.
– Pues, chico, personas con un interés tan común como ése, hay pocas. Se dice que el Club reúne en Nueva York a los veinte o veinticinco hombres más ricos del país. Banqueros, industriales, millonarios del petróleo… ¿Te imaginas? El par de docenas de hombres más ricos del mundo… ¡Hombre! -añadió, señalando a Pat-, Aspiner era uno de sus miembros más conspicuos. Hasta se rumorea que era el presidente…
– ¡Caray, tú! -exclamó Patrick-. Entonces… entonces, no me sorprende que, si les da la gana, puedan interrumpir una investigación policial sobre la muerte de uno de ellos.
– Exactamente, Pat. Lo que, desde luego, tienen, por simple suma de millones de dólares, es una fuerza enorme. Ríete tú de cualquier monopolio del poder. Supongo que, si el Club habla, hasta el presidente de los Estados Unidos escucha.
– Espera un momento -interrumpió Pat-, que digo cosas y ni siquiera me presto atención. Vamos a ver. Si el fiscal del distrito Hartfield decide interrumpir una investigación sobre la muerte de un digno miembro de la comunidad, sabiendo que se trata de un asesinato, digo yo que la presión que se ha ejercido sobre él debe haber sido fenomenal. Porque Hartfield podrá ser un imbécil pomposo, un culo cuadrado, pero lo que, desde luego, no es, es un corrompido.
– ¿Estáis seguros de que se trata de un asesinato?
– Sí, desde luego… Hasta tenemos un sospechoso…
– ¿Cómo? ¿Detenido?
– ¡Qué va! Ya me gustaría… Mazzini le miraba con atención.
– Oye, me parece que este asunto empieza a ser más serio que los tiquismiquis de un escrupuloso teniente de homicidios.
– ¿Monopolio de poder? -dije-. Ríete tú de la mafia, si esto que estamos hablando es verdad.
Los tres nos miramos en silencio. Johnny empujó su plato hacia adelante, se recostó en su asiento e, hinchando los carrillos, exhaló largamente.
– Carajo -dijo, por fin -, si se me permite la expresión.
Nina Mahler me estaba esperando en el aeropuerto de Washington. Acababan de dar las seis de la tarde y ya era noche cerrada.
Nina nunca iba a esperar a nadie, si se exceptúa el día en que volví del Oriente Medio sin Marta.
Debí poner cara de sorpresa ante tamaña generosidad.
– ¿Qué pasa?
Apretó los labios y me miró con la cabeza ladeada. Llevaba un espantoso traje verde asomándole por debajo de un viejo abrigo de pieles. Ni un atisbo de la malicia socarrona tan suya.
– Vamos, anda.
Bueno, si no me iba a contar lo que pasaba, no sería yo quien se lo preguntara. Ya me enteraría a su debido tiempo. Odio las puestas en escena melodramáticas.
Nos montamos en un automóvil que nos esperaba aparcado frente a la salida de la terminal. Era un coche del Centro y lo conducía un chófer silencioso y eficaz. Arrancamos inmediatamente, pero, en vez de dirigirnos hacia Washington, tomamos la autopista de Baltimore.
Puse un gesto de resignación cristiana y me arrellané en mi asiento. Encendí un cigarrillo y me puse a silbar la primera melodía que se me pasó por la cabeza. Si Nina creía que me iba a impacientar, estaba lista.
Al cabo de diez minutos de rodar en silencio, no pude más.
– Nina, ¿qué diablos pasa? Silencio.
– Bueno, por lo menos, dime a dónde vamos.
– Baltimore. Hotel Regency.
Y la luz penetró finalmente en mi obtuso cerebro.
– Markoff -dije.
– Markoff.
– ¿Ha pasado algo nuevo o qué?
Silencio. Nina se inclinó hacia mi lado y, con el índice, dio dos golpes en la guantera del asiento de atrás. Suspiré pacientemente, irritado con tanto drama. Alargué la mano y abrí la guantera. Delante de mí, reluciendo con el brillo opaco del metal bien engrasado, había un enorme revólver.