La Mujer De Mi Hermano
- Автор: Bayly Jaime
- Год: 2002
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «La Mujer De Mi Hermano». Краткое содержание книги:
– ¿Me prometes que no va a pasar nada?
– Te prometo.
– ¿Nada de nada?
– Lo que tú quieras, muñeca. Yo sólo quiero estar contigo.
– Ni un beso, Gonzalo. Prométeme que te vas a portar bien. Si no, olvídate, prefiero no verte.
– No te preocupes, Zoe. No haré nada. Me portaré como un monaguillo.
– Sí, claro -dice ella, sonriendo-. Los monaguillos son los más peligrosos.
– Entonces me portaré como un cura.
– Peor. Qué miedo.
Se ríen. Todo está bien, piensa él. Necesito verlo, sentir que ya pasó la tormenta pero seguimos siendo amigos, piensa ella.
– Bueno, ¿vienes o no?
– No. Quiero verte, pero no en tu taller.
– ¿Por qué?
– Muy peligroso. No quiero que me vean entrar allí. No quiero dejar mi carro en la puerta.
– No seas paranoica, Zoe. Nadie te va a ver.
– ¿Y si pasa una amiga y ve mi carro? ¿Y si viene a verte Ignacio o tu mamá?
– Imposible. No seas loca.
– No quiero correr riesgos.
– ¿Entonces dónde quieres que nos veamos?
– No sé, ayúdame, pensemos.
– ¿En algún café de por acá?
– No, no quiero ningún lugar público.
– Qué exagerada eres.
– Gonzalo, soy una mujer casada, tengo que cuidarme.
– Hay un hotel cerca de mi taller, que es lo más discreto. Gonzalo menciona en seguida el nombre y la dirección.
– Sí, lo conozco -dice ella.
– Si quieres privacidad, es ideal. Yo me registro, subo al cuarto, te llamo, te digo el número y tú entras con el auto, cuadras en el parqueo subtérraneo y subes directamente a la habitación. No te verá nadie.
Ya veo que eres un experto en eso. ¿A cuántas amiguitas habrás llevado a ese hotel?
– ¿Ahora estás celosa? -ríe de buena gana Gonzalo.
– No, tú puedes hacer con tu vida lo que quieras, pequeñín -dice ella, tratando de sonar muy sarcástica, pero en el fondo prefiere ni imaginarse a Gonzalo con otras mujeres porque, aunque le moleste reconocerlo, le da celos, se enfurece un poquito.
– ¿Pequeñín? ¿Te parecí pequeñín la otra noche?
– Es pequeñín pero crece -bromea ella.
– Si yo soy pequeñín, Ignacio será un pigmeo, entonces.
– No seas vulgar -se ríe Zoe.
– Bueno, salgo ahora mismo. Te llamo del hotel y te doy el número de cuarto. ¿Sabes cómo llegar?
– Sí. Espero tu llamada. Pero ya sabes: no va a pasar nada.
– Yo sé, no te preocupes. Sólo vamos a hablar.
Vamos a hablar después de tirar riquísimo, piensa él, y sonríe cuando cuelga el teléfono y salta de la cama, feliz.
No has debido hacer esto, Zoe, piensa ella, mientras elige uno de los seis discos que están instalados en el equipo de música del auto y salta a una de sus canciones favoritas. Es un riesgo muy grande. Sabes que Gonzalo te gusta demasiado. Lo vas a tener en un cuarto de hotel, ¿y sólo van a hablar? Te estás engañando. En el fondo te mueres de ganas de volver a tirar con él. Admítelo. No, no vamos a tirar. Es una cuestión de orgullo. Nos veremos, hablaremos como gente adulta, quedaremos como amigos y olvidaremos esa noche loca que nunca debió ocurrir. Júrate eso, Zoe. Nada de trampas hoy. Júrate. No seas tan sinvergüenza. Haz que Gonzalo te respete. Aunque te tiente, no pierdas la compostura. Dale una lección. Demuéstrale que no todas las mujeres se derriten por él. Demuéstrale que sabes decirle que no.
Veinte minutos más tarde, Zoe deja su auto en el parqueo subtérraneo del hotel, sube algo nerviosa al ascensor, respira aliviada cuando desciende sin que nadie la vea en el piso donde la espera Gonzalo y toca débilmente la puerta de la habitación 1003. Se echa un vistazo. Parezco una pordiosera, piensa. Lleva puesta la ropa deportiva que suele vestir en sus clases de yoga. No estoy nada sexy, se dice. Pero mejor así.
– Pasa -le dice Gonzalo, que no demora en abrir, porque imagina que Zoe viene nerviosa y no se equivoca.
Ella entra en la habitación, da una mirada rápida, cierra de prisa las cortinas y enciende una luz.
– No es un hotel de lujo, pero tampoco está tan mal y tiene mucha privacidad -comenta él.
– Es un burdel, no un hotel -dice ella, con una sonrisa, y se sienta en la cama, cuyo edredón rojo le parece de muy mal gusto-. ¿Cuántas veces has venido a tirar acá?
Gonzalo se cruza de brazos y la mira con cariño. -Menos de las que crees -dice. Y añade-: Te ves muy bien en tu ropa de yoga.
– No comiences -dice ella-. No puede pasar nada, ya sabes.
– Claro, ya sé. ¿Quieres tomar algo?
– Agua, por favor.
Gonzalo abre el minibar, saca una cerveza y una botella de agua y le da la botella a Zoe. Luego abre la cerveza, toma un trago y eructa.
– Perdón -dice.
Zoe se sorprende de sentirse atraída por Gonzalo cuando lo ve eructar. Me gustan los hombres que eructan, que huelen fuerte, piensa.
– No me has dado un beso -dice Gonzalo-. Has entrado a este cuarto como si estuviéramos haciendo un negocio de drogas.
Zoe sonríe, cruza las piernas, se alegra de saber que tiene unas piernas espléndidas que él ha mirado sin disimulo.
– Nada de besos, Gonzalo.
– Sólo uno.
– Gonzalo, por favor.
– Me muero de ganas de darte un besito. No seas mala. Tú también te mueres de ganas, piensa. No te hagas ahora la santurrona, cuando el otro día en tu casa gemías con placer. ¿O crees que eso nunca existió?
– No, mejor no. Siéntate y hablemos.
Gonzalo se sienta en la cama a su lado, la mira, acaricia su pelo.
– Eres salvaje -le dice-. Te veo y me vuelves loco.
– Yo también me alegro de verte -dice ella, tratando de ser sólo la amiga, la cuñada, ya no más la amante.
– Ven, bésame. Sólo un beso.
– No, Gonzalo.
– Te juro que un beso y nada más.
Zoe lo mira a los ojos y luego ahí abajo, el bulto entre sus piernas, y se excita.
– ¿Sólo un beso? ¿Me prometes?
Gonzalo no contesta. La besa de un modo lento, lleno de ternura, y ella se abandona, gozosa.
– Te he extrañado -confiesa Zoe.
Gonzalo sigue besándola, besa su cuello, sus mejillas, la abraza, la tiende en la cama.
– ¿Te has acostado con Laura? -pregunta ella.
– No.
– ¿Has estado con alguien más?
– No. Sólo he pensado en ti.
Se besan con pasión. Me ama, piensa Zoe. Me desea como a nadie. Es mío. Por poco tiempo, pero es mío.
– Quiero hacerte el amor -dice él.
– No, Gonzalo. Mejor no.
– No tengas miedo.
– Esto va a terminar mal.
– No. ¿Por qué? Podemos ser amantes secretos todo el tiempo que quieras.
– Gonzalo, Gonzalo, estás loco -dice ella, y lo besa. Luego añade:
– Pero júrame que es la última vez.
– Te lo juro -dice él, pero piensa: no seas ingenua, muñeca, vamos a tirar como conejitos, esto recién está comenzando.
– Bésame, Gonzalo. Ven, bésame.
Veo que tus clases de yoga no te han ayudado mucho en el autocontrol, piensa él, y la besa.
Un momento después, cuando hacen el amor, ella le dice al oído:
– Eres un hijo de puta, pero tiras riquísimo.
– Me encanta que me lo digas, mi putita.
– No sabes cómo me gusta que me digas putita. Siguen amándose cuando él recuerda que no se ha puesto un condón:
– ¿Te estás cuidando?
– No.
– ¿Puedo terminar adentro?
– Sí. Tranquilo. Hoy no hay peligro.
– ¿Segura?
– Segura. Hoy es un día seguro. No pares. Termina adentro.
– Lo que tú quieras, mi putita.
Después de hacer el amor, Gonzalo y Zoe, desnudos, tendidos en la cama del hotel, separados uno del otro, mirando ambos al techo, se quedan un momento en silencio, como si no quisieran romper con palabras, dudas, temores y promesas la felicidad de ese instante. No quiero pensar en el futuro, piensa ella. Sólo quiero gozar de la calma maravillosa que me invade después de venirme en sus brazos. Ha estado mejor que la primera vez, piensa él. He durado más. Espero que no se arrepienta y se ponga a llorar y jure que no volverá a ocurrir y me odie porque ha tirado rico conmigo. Quédate en silencio, Zoe. No digas nada. Deja que tu cuerpo hable por ti. No seas histérica. Aprende a conocerte. Te estoy ayudando. Conmigo en la cama vas a saber quién eres de verdad. No digas nada. Cállate, respira, disfruta. Esto es lo único que de verdad importa en la vida. Lo demás, la plata, el éxito, las joyas que te pones para impresionar a tus amigas, la casona en la que vives con tu marido, todo eso es una buena mierda. Lo único que importa es saber qué te hace feliz y tener el coraje para buscarlo y conseguirlo. Hay gente que nunca lo sabe. Hay otra que lo sabe pero no se atreve a pelear por eso y se rinde sin siquiera intentarlo. Hay pocas personas que aprenden a conocerse, reconocen dónde está su felicidad y se juegan todo por conseguirla y se acercan bastante a esa vida ideal que soñaron. Tú puedes ser una de ellas. Pero primero tienes que saber qué quieres, quién eres, qué te gusta, cómo te gusta tirar en la cama, qué fantástico es tener un orgasmo salvaje. Juraría que eso no lo has vivido nunca con Ignacio y, a estas alturas, tampoco lo vivirás. Yo quiero ser el hombre que te ayude a descubrir el camino de tu felicidad. Por eso me gusta tirar contigo. Porque siento que estás naciendo de nuevo, cambiando de piel, redescubriéndote. Porque en cada expresión de placer que veo en tu rostro creo ver a una mujer distinta, más libre y feliz, no a la esposa aburrida de mi hermano, sino a una Zoe que quizás nunca te atreviste a mirar a los ojos. No te llenes de miedo. Manda la culpa al carajo. Convéncete de que mereces ser feliz. La felicidad que yo te doy en la cama, que no te dé vergüenza. No traiciones esa felicidad hablando en este momento que siento mágico y diciéndome que será la última vez y que no debemos vernos más. Cállate, por favor. Goza este instante conmigo.