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La Mujer De Mi Hermano

Электронная книга - «La Mujer De Mi Hermano». Краткое содержание книги:

Creo que mi mujer se está acostando con mi hermano, piensa Ignacio. Tiene treinta y cinco años y se pasa el día trabajando, es banquero. Lleva nueve años casado con la bellísima Zoe, a quien irrita comprobar que su marido le hace muy poco caso. En cuanto a Gonzalo, el hermano de Ignacio, se dedica a la pintura y es un seductor nato; y aunque su cuñada le gusta, ha decidido no intentarlo «por respeto a su hermano». De momento… Pero el triángulo está servido. Y es una bomba que va desencadenar secretos familiares, el furor contenido de los celos, la fuerza ingobernable del deseo…, y también la melancolía del desamor. Todo ello, narrado a un ritmo trepidante, en una historia que es a la vez tierna y descarada, tragicómica. El Jaime Bayly más deslumbrante.
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Zoe salta de la cama, siente un cariño por su cuerpo que le evoca los placeres de la noche con Gonzalo, saca las sábanas y las fundas de las almohadas, camina con ellas hasta la lavandería, las mete en la lavadora automática y, antes de echar el detergente, saca una sábana, la huele, encuentra en ella el olor de su cuñado y, vestida como está en un calzón blanco y un camisón de seda transparente, se envuelve en esa sábana y piensa: no me dejes, Gonzalo, quiero olerte, quiero oler a ti. De pronto, sorprendiéndose a sí misma, pasa la sábana por su sexo, la frota apenas con delicadeza, y piensa: tu olor y el mío juntos, por última vez. Cierra los ojos, la huele y se excita. Luego tira la sábana a la lavadora, echa el detergente, cierra la portezuela y enciende la máquina. Voy a extrañar tu olor, piensa, caminando hacia la cocina para hacerse un café.

Dolida porque Gonzalo se ha marchado sin despedirse y no ha tenido la cortesía de llamarla en todo el día, Zoe despierta de una larga siesta, revisa sus mensajes en el teléfono y el ordenador, llama al aeropuerto para verificar la hora de llegada del vuelo de Ignacio, come exactamente veinte uvas verdes -contándolas una por una- y, aunque habría preferido no caer en esa debilidad, coge el teléfono inalámbrico y marca el número del taller de su cuñado.

– Soy Zoe -se identifica, después de oír el timbre del contestador-. Si estás ahí, contesta, por favor.

Espera, se impacienta, se irrita con ese hombre que la ha hecho gozar en la cama y ahora desaparece como un fantasma.

– Gonzalo, contesta, no te escondas, sé que estás ahí.

Pero él no dice nada y ella lo imagina pintando con una sonrisa cínica, pensando: no voy a contestar, ya logré lo que quería, tirar contigo, y ahora no me jodas y déjame pintar en paz.

– Si no contestas, voy a ir a tocarte la puerta y, si no me abres, te voy a esperar sentada en la calle -le advierte, crispándose más de lo que le habría parecido conveniente-. Necesito hablar contigo, Gonzalo.

– ¿Qué te pasa? ¿Por qué tienes esa voz? -escucha la voz de su cuñado, risueña, coqueta, despreocupada, y eso la irrita todavía más, porque ella quisiera imaginarlo ansioso por verla otra vez y él parece como si estuviese muy feliz sin ella.

– Hola -trata de calmarse Zoe-. ¿Por qué te demoras tanto en contestar? Es una tortura hablar con tu bendito teléfono.

– Relájate, tontita. Estaba pintando y sabes que no me gusta distraerme y coger el teléfono. Pero, tratándose de ti, hago una excepción con mucho gusto. ¿Qué te pasa? ¿Estás molesta?

– No, no estoy molesta.

– Suenas molesta.

– No estoy molesta.

– Suenas tensa.

– No estoy tensa.

– ¿Qué tienes entonces?

– Nada. No tengo nada. Sólo quería hablar contigo.

– Estamos hablando.

– ¿Te molesta que estemos hablando? ¿Ya no quieres hablar más conmigo?

– No digas tonterías. ¿Por qué dices eso?

– ¿Prefieres que no te llame?

– No. Llámame cuando quieras.

– Siento que me estás evitando.

– ¿Por qué sientes eso?

– Porque te fuiste sin despedirte. Porque no me has llamado en todo el día. Porque te demoras un siglo antes de contestar el teléfono cuando te llamo. Siento que te escondes de mí, Gonzalo.

– No me escondo, Zoe. Estoy pintando. Cuando pinto, no hablo con nadie. No es nada personal contra ti.

– Después de todo lo que pasó anoche, podrías haberte despedido, ¿no? Es feo despertar y descubrir que ya no estás.

– No quise despertarte. Dormías como una bebita. Me dio pena despertarte.

– Sí, claro.

– ¿No me crees?

– No. Creo que te dio miedo y saliste corriendo como un conejo.

– ¿Miedo? ¿Miedo a qué, a quién?

– Miedo a que llegase Ignacio. Te dije que recién debe llegar esta noche.

– Nunca le he tenido miedo a Ignacio. Me da pena, pero no miedo. Yo diría que es él quien me tiene miedo a mí.

– ¿No te vas a disculpar, entonces?

– Estás demasiado sensible, Zoe. ¿Por qué debería disculparme?

– Por irte de esa manera tan fea.

– Lo siento. Debí dejarte una nota.

– No. Debiste quedarte conmigo en la cama. Debiste desayunar conmigo. Era una noche mágica y la cagaste.

– Lo siento, Zoe. No volverá a ocurrir.

– ¡Claro que no volverá a ocurrir! ¡No seré tan idiota de dejarme seducir de nuevo por ti! ¡Ya sé que sólo querías tirar conmigo y punto!

Zoe se ha enfurecido, respira de un modo agitado, camina de prisa con el teléfono.

– No digas eso. Cálmate. Estás exagerando.

– No estoy exagerando. Eres un patán, Gonzalo.

– ¿Sólo porque me fui sin despedirme?

– Sí. Y porque hoy no has tenido la delicadeza de llamarme en todo el día.

– Zoe, te estás portando como una quinceañera histérica. ¿De qué me estás hablando? Yo pinto durante el día, no me gusta hablar por teléfono, tampoco quiero llamar a tu casa porque podría contestar Ignacio.

– Te dije que vendría a la noche. No me escuchas. No me prestas atención.

– ¡Cálmate, carajo! ¡Me estás hablando como si fuera tu marido! ¡No soy tu marido!

– No, no eres mi marido, pero eres tan cobarde como él.

– ¡No digas tonterías, por favor! Estoy pintando tranquilo y llamas a estropearme el día. Cálmate. No sé qué te pasa. ¿Estás arrepentida por lo de anoche y por eso me tratas mal?

– ¡Claro que estoy arrepentida! ¡Es la primera vez que engaño a mi marido con otro hombre! ¡Y me haces sentir que te importo un carajo, que sólo fue un buen polvo y no quieres que te joda más!

– Yo no he dicho eso, Zoe. Me encantaría verte otra vez. ¿Por qué no vienes un rato y nos tomamos una copa y conversamos?

– Olvídalo.

– Ven un rato. Estás actuando como una mujer despechada, como una loca histérica.

– No soy una loca ni una despechada, Gonzalo. Soy una mujer sensible y no me gusta que me traten como si fuera un objeto sexual.

– Pero anoche me pareció que te gustaba ser un objeto sexual -dice Gonzalo en tono de broma.

– No seas cretino. No me sigas ofendiendo.

– En serio. Ha sido una de las noches más increíbles de mi vida. No la voy a olvidar.

Ahora Gonzalo habla con una voz cariñosa y Zoe se conmueve un poco.

– Cállate. No sigas. Me haces daño.

– ¿Por qué te hago daño?

– Porque sé que no me quieres. Porque sé que sólo soy una aventura más para ti.

Ahora Zoe solloza y no puede evitarlo.

– No digas eso, tontita. No eres una aventura más. Eres la mujer más alucinante. Hemos pasado una noche mágica. Tú sabes que me tienes de rodillas.

– Cállate. Eres un mentiroso, Gonzalo. Si estuvieras a mis pies, llamarías para ver cómo me siento después de serle infiel a mi marido nada menos que con su hermano.

– Que no te llame no significa que no piense en ti. Estás exagerando, muñeca. ¿Por qué no vienes un rato a verme?

– Ya te dije que no voy a ir. No iré a verte más.

– ¿Por qué dices eso? ¿Por qué estás tan tremendista?

– Lo nuestro fue una noche y se acabó, Gonzalo. No ha pasado nada. Ha sido un sueño, una ilusión. La noche de ayer no existió.

– La que tiene miedo ahora eres tú.

– Quizás. Tengo miedo a que me sigas usando para sentirte un gran conquistador. Tengo miedo a que me uses para tirar y luego te aburras de mí y me dejes botada como un artículo descartable. Sí, pues, tengo miedo.

– Ven. Ven a verme. Quiero verte.

– Olvídalo. Ya te dije que no.

– Entonces ven más tarde, o mañana.

– No iré más, Gonzalo. Lo nuestro se terminó. Nunca pasó nada. Bórralo de tu cabeza.

– Imposible.

– Me voy. Te dejo.

– ¿Adónde te vas?

– Al aeropuerto, a recoger a Ignacio.

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