Электронная книга - «Asesinato En Paris». Краткое содержание книги:
Un misterioso rabino se acerca a Aimeé Leduc, detective parisina medio francesa y medio americana, y le pide que descifre una fotografía codificada de cincuenta años de antigüedad y se la haga llegar a una mujer en el Marais, el viejo barrio judío. Cuando lo hace, se encuentra con un cadáver en cuya frente alguien ha grabado una esvástica. Con la ayuda de su socio, un enano de extraordinarias habilidades informáticas, se decide a resolver este horrendo asesinato y se encuentra en el centro de un peligroso juego de política actual y viejos crímenes de guerra. Aimée recorre tejados y cloacas, los órganos del poder y los bajos fondos de París, para descubrir la historia de la ciudad que conforma su presente.
Rápidamente, Aimée desabrochó la cremallera de su vestido, dejó el collar de perlas en el cajón y se puso sus vaqueros rasgados y la cazadora de cuero negro
– Vas a quedarte con el tío Maurice-le dijo Miles Davis. Cogió la bolsa del perro y lo metió en ella unas cuantas galletas más-. Ayúdale a cuidar del quiosco. Te gusta Bizou, su caniche, ¿verdad?- El perro se metió de un salto dentro de la bolsa moviendo la cola con ganas-. Eso es lo que yo pensaba-.volvió a bajar las escaleras corriendo y paró un taxi.
Lunes por la noche
Hartmuth estaba sentado esperando en un banco de la plaza Georges-Cain contemplando como las sombras se alargaban. Había comprado caramelos de La Ptrovenza, los mismos calissons de frutas que solía llevar a Sarah. Pero lo que de verdad quería entregarle a ella era su corazón
¿Qué aspecto tendría? La última vez que se vieron él tenía dieciocho años y ella catorce. Ahora ambos tenían sesenta y tantos, y se preguntó por un instante si todavía se sentiría atraído por ella. La única mujer que había penetrado en su ser.
Tenía que aprovechar su segunda oportunidad, pasara lo que pasara. Se negaba a morir lleno de arrepentimientos. Escribiría una carta de renuncia al ministro de comercio y simularía tener problemas de salud. Se escaparía de los Hombres Lobo. Acamparía en el umbral de su puerta hasta que le aceptara.
Se produjo un ligero crujir de hojas y un golpe en los arbustos junto a él. Se acercó9 a investigar y solo vio la gravilla. Cuando regresó al banco había una figura envuelta en una capa. Saludó con la cabeza y volvió a sentarse. En ese momento Hartmuth giró la cabeza para mirar
Esos ojos, estanques de un azul cerúleo, tan profundo que comenzó a morderse de nuevo y los años se desvanecieron. No había duda
Durante un momento se sintió tan tímido y torpe como la primera vez que lo habían tocado. Un joven desgarbado y tartamudo de dieciocho años.
Las arrugas formaban una fina red en las comisuras de sus ojos. Oscuras ojeras los rodeaban y su piel pálida brillaba translúcida a la tenue luz de la farola. Exactamente como él la recordaba: reluciente como una perla. Una capa con caperuza lo cubría todo excepto sus ojos y los prominentes pómulos. Todavía era hermosa.
El sabía que la cirugía plástica no la había engañado. Ella se daría cuenta de las profundas arrugas que surcaban su rostro y de los pliegues de su cuello. Y su pelo, que una vez fue oscuro, se había vuelto completamente blanco.
Ella le escrutó el rostro y habló en voz baja.
– Estás distinto, Helmut
Nadie lo había llamado Hermut durante cincuenta años
– Tu cara ha cambiado, pero tienes los mismos ojos. Podía asegurar que eras tú
– Sarah-murmuró él, hipnotizado una vez más por sus ojos-. Te he b-buscado
– Me mentiste, Helmut. Deportaste a mis padres.- Saltó a la mezcla de francés y alemán que hablaban entre ellos-. Estaban muertos, y tú lo supiste todo el tiempo.
El se había esperado todo menos esto. En sus sueños, ella estaba tan ansiosa como él. Se dio cuenta de que ella esperaba que le dijera algo
– D-deportamos a todos en aquella época. Más tarde averigüé que ya no estaban, pero t-te salvé. Seguí buscándote después de la guerra, pero siempre era un c-callejón s-sin salida, porque yo mismo b-borré tu f-ficha.-Intentó tomarle de las manos.
Ella las retiró y movió la cabeza
– ¿Eso es todo lo que puedes decir?
– Eres la única-dijo él suavemente intentando volver a cogerle las mano-. Ja, no te dejaré m-marchar de nuevo. N-nunca.- Le temblaba la voz
– Me arruinaste la vida-repuso ella con voz ronca-. Me quedé aquí. Vi las palabras “puta de los nazis” escritas en la mirada de todos. Tenía quince años y di a luz sobre un suelo de madera mientras la portera utilizaba unas pinzas de hielo de metal como si fueran fórceps para sacar a nuestro bastardo. El día de la liberación, nos echaron a la calle. La muchedumbre trató de lincharme mientras yo abrazaba al bebé y ellos gritaban “bastardo boche”. Hasta Lili.
Hizo una pausa y tomó aire
– De todos los colaboracionistas, yo era a la que más odiaban, aunque hubiera compartido mi comida con ellos
Sus ojos relucían a la pálida luz de la distante farola
– Estuve en pie sobre el pedestal de una estatua durante dieciocho horas. Me marcaron la frente con una esvástica. Se burlaban de mí y me preguntaban cómo podía acostarme con un nazi mientras quemaban a mi familia en los hornos de Auschwitz
El movió la cabeza con incredulidad
– ¿Tuvimos un hijo? ¿Qué ocurrió?-dijo él dolorido con voz rasposa
– Murió cuando se me secó la leche. Sabes, Helmut, he tenido tantas razones para odiarte que es difícil escoger una crucial. Después de la liberación, me escondí en el gélido sótano de una granja y luché por mi comida contra los cerdos porque una colaboracionista con la cabeza rapada se tenía que esconder. Después de un año, la esvástica de mi frente comenzó a curarse. Pero durante años tuve constantes infecciones. Tuve que dejar Europa, marcharme. Aquí no había nada para mí. Nada. Nadie. El único barco que zarpaba de Marsella se dirigía a Argelia, así que yo, que una vez fui una estricta judía kosher, acabé cocinando en Orán para pieds-noir, que es como llaman a los franceses de las colonias. Gente buena y decente. Pasé a formar parte de su hogar. Se marcharon después del golpe de los sesenta. Más tarde me casé con un argelino de sangre francesa que trabajaba en la Michelin. Me comprendía y vivíamos bien, mejor de lo que yo pude imaginar. Pero la vida tenía para mí un hueco que no podía llenar.
Despacio, se retiró la capucha hasta que cayó formando pliegues sobre sus hombros. El erizado cabello corto y blanco le rodeaba la cabeza como un halo, haciendo que resaltara la irregular cicatriz rosada de la esvástica sobre su frente. Brillaba a la tenue luz.
Hartmuth ahogó la respiración
Le temblaba la voz cuando volvió a hablar
– Nunca me gustó que me tocaran los hombres, después de ti y del bebé. Al principio, resultó duro hasta con mi marido. Era un hombre bueno y paciente, y me esperó hasta que estuve preparada. Me habían hecho una carnicería en las entrañas con aquellas pinzas, así que no pude tener más hijos.
Hartmuth la escuchaba angustiado. La tomó de la mano y la acaricio, pero ella parecía absorta y resuelta a terminar.
– Argelia cambió y yo no había echado raíces allí. Pero tenía papeles y algo de dinero. Después de que mi pobre marido muriera este año, me sentía tan sola que regresé a Francia. En París sentía que, por lo menos, los fantasmas serían fantasmas conocidos. Quería volver al Marais, el único hogar que conocí. Podría pasar junto a la casa de mis padres todos los días, allí viviría otra generación nacida después de la guerra. Pero todo es demasiado caro aquí. Con mis referencias encontré un trabajo. Descubrí lo que le ocurrió a mi familia. Descubrí lo que hiciste con los inquilinos que vivían en nuestro edificio.
Hartmuth comenzó a tartamudear
– T-todo lo q-que p-pude hacer f-fue salvart-te la vida y amarte, no pude salvar al resto, cumplíamos órd-denos, era una guerra. Yo tenía dieciocho años y tú eras el ser más hermoso que yo t-toqué nunca. Después de verte escribía poesía. Los sueños inundaban mi cabeza. Quería llevarte a Hamburgo a vivir
– Has estado viviendo en el pasado- repuso ella
El le tomó la cara entre sus manos
– Te amo, Sarah.
Ella retiró la cabeza por primera vez. ¿Cómo podía hacer que se sintiera de nuevo así? ¡Semejante anhelo! Casi intentó acercarse a él, pero los rostros de sus padres flotaban ante ella. Negó con la cabeza
– Tu mente permanece en un pasado que nunca tuvimos.
– No necesitas hablar. Conozco tu corazón. Te sientes culpable porque sigues amando al enemigo-dijo-. Lo que tenemos no entiende de fronteras o religiones