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Vestido para la muerte

Электронная книга - «Vestido para la muerte». Краткое содержание книги:

Un travesti ha sido asesinado y su cuerpo aparece con el rostro desfigurado. Quizá otra víctima anónima para el registro de crímenes sin resolver. Pero el comisario veneciano Guido Brunetti, obedeciendo a su infalible instinto, descubre que ese hombre vestido de mujer es Leonardo Mascari, director del Banco de Verona y respetable ciudadano en Venecia. Podría ser un simple caso de doble vida, pero los indicios delatan que hay algo más en esta nueva e intrigante historia de Donna Leon. Su personaje, el comisario Brunetti, considerado por la crítica como «el heredero del Maigret de Simenon» y «el comisario con mayor carisma» de este género literario, encuentra a un abogado del Vaticano y activo miembro de la Lega della Moralità -asociación destinada a perpetuar la fe, la familia y las virtudes morales- en el apartamento de un chapero llamado Crespo. Y poco a poco se enfrenta a una trama en la que están implicados los niveles más altos del mundo financiero, gubernamental y eclesiástico.
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Vianello hizo girar el volante hacia la izquierda, pero su reacción fue lenta, las ruedas traseras derraparon y el coche se desplazó al carril central. Otro coche que venía detrás a toda velocidad hizo un quiebro y pasó por el espacio que quedaba a la derecha, entre ellos y la barandilla. Entonces chocaron con la barandilla de la izquierda y el coche giró sobre sí mismo y quedó en el carril central, de cara a Mestre.

Atontado, sin saber si le dolía algo, Brunetti miró a través del destrozado parabrisas y sólo vio la refracción de potentes faros que se acercaban y pasaban a su derecha, primero un par y luego otro. Se volvió hacia su izquierda y vio a Vianello inclinado hacia adelante, con el cuerpo sujeto por el cinturón. Brunetti soltó el suyo, se volvió y agarró del hombro a Vianello.

– Lorenzo, ¿está bien?

El sargento abrió los ojos y miró a Brunetti.

– Creo que sí.

Brunetti soltó el otro cinturón. Vianello siguió erguido.

– Fuera de aquí -dijo Brunetti tirando de la palanca de la puerta-. Salgamos antes de que uno de esos locos nos embista.

Señalaba por lo que quedaba del parabrisas las luces que venían de Mestre.

– Llamaré a Riverre -dijo Vianello inclinándose hacia la radio.

– No; han pasado otros coches. Ya habrán avisado a los carabinieri de piazzale Roma.

Como confirmando sus palabras, empezó a oírse una sirena en el extremo del puente y a lo lejos parpadearon las luces azules del coche de los carabinieri que se acercaba rápidamente circulando en dirección contraria.

Brunetti se apeó y abrió la puerta trasera. La subagente Maria Nardi yacía en el asiento posterior, con el cuello doblado en un ángulo inverosímil.

20

El efecto fue tan deprimente como es de suponer. Ninguno de los dos había visto al coche que los embestía, no sabían ni el color ni el tamaño, aunque, por la violencia del impacto, tenía que ser grande y potente. No había otro coche lo bastante cerca como para que alguien viera lo ocurrido y, si lo vio, no lo denunció. Era evidente que, después de golpearlos, su atacante había seguido hacia piazzale Roma, dado la vuelta rápidamente y regresado al continente, incluso antes de que se avisara a los carabinieri.

Allí mismo se certificó la defunción de la agente Nardi, cuyos restos fueron trasladados al hospedale civile, donde la autopsia confirmaría lo que era claramente visible por la posición de la cabeza.

– Tenía veintitrés años -dijo Vianello sin mirar a Brunetti-. Se casó hace seis meses. Su marido está fuera, haciendo un cursillo de informática. En el coche me decía cómo deseaba que Franco volviera a casa y lo mucho que lo echaba de menos. Durante la hora que hemos estado esperando no sabía hablar más que de él. Era una criatura.

Brunetti no supo qué decir.

– Debí obligarla a ponerse el cinturón. Aún viviría.

– Basta, Lorenzo -dijo Brunetti con voz áspera, pero no de cólera. Estaban en la questura, en el despacho de Vianello, esperando a que pasaran a máquina sus informes del incidente, para firmarlos antes de marcharse a casa-. Podríamos seguir así toda la noche. Yo no debí acudir a la cita de Crespo. Debí comprender que era demasiado fácil, debí desconfiar, cuando en Mestre no ocurría nada. No faltaría sino lamentarnos de no haber llevado un coche blindado.

Vianello estaba sentado a un lado de su escritorio, mirando por encima del hombro de Brunetti. Tenía un bulto en el lado derecho de la frente, que empezaba a amoratarse.

– Lo hecho, hecho está, y ella ha muerto -dijo con voz incolora.

Brunetti se inclinó hacia adelante y le oprimió el brazo.

– No la hemos matado nosotros, Lorenzo. Han sido los de ese otro coche. No podemos hacer nada más que tratar de encontrarlos.

– Pero eso no va a ayudar a Maria -dijo Vianello con amargura.

– En este mundo, ya nada puede ayudar a Maria Nardi, Lorenzo. Los dos lo sabemos. Pero quiero encontrar a los hombres que iban en ese coche y a quienquiera que los haya enviado.

Vianello asintió, pero no tenía nada que decir a esto.

– ¿Y quién se lo dirá al marido?

– ¿Dónde está?

– En el hotel Imperio de Milán.

– Yo lo llamaré por la mañana -dijo Brunetti-. De nada serviría llamar ahora, como no fuera para adelantarle el sufrimiento.

Un agente de uniforme entró en el despacho con los originales de sus informes y dos fotocopias de cada uno. Los dos hombres leyeron atentamente el texto, firmaron el original y las copias y los devolvieron al agente. Cuando éste se fue, Brunetti se puso en pie y dijo:

– Creo que ya es hora de irse a casa, Lorenzo. Son más de las cuatro. ¿Ha llamado a Nadia?

Vianello asintió. La había llamado desde la questura hacía una hora.

– Éste era el único empleo que había podido conseguir.

Su padre era policía, y alguien la recomendó para que le dieran la plaza. ¿Sabe lo que ella quería ser en realidad, comisario?

– No quiero hablar de esto, Lorenzo.

– ¿Sabe lo que quería ser ella?

– Lorenzo… -dijo Brunetti en voz baja, en tono de advertencia.

– Quería ser maestra de escuela primaria, pero sabía que no encontraría trabajo y por eso entró en la policía.

Mientras hablaban, bajaban lentamente la escalera y ahora cruzaban el vestíbulo en dirección a la puerta doble. El agente de guardia, al ver a Brunetti, saludó. Los dos hombres salieron a la calle. Del otro lado del canal, de los árboles de campo San Lorenzo, les llegó la algarabía casi ensordecedora de los pájaros que presentían el amanecer. Ya no era noche cerrada, pero la luz era apenas una insinuación que, en lo que antes fuera oscuridad impenetrable, sugería un mundo de posibilidades infinitas.

Se pararon al borde del canal, de cara a los árboles, atraída la mirada por lo que percibía el oído. Los dos tenían las manos en los bolsillos y sentían el repentino enfriamiento del aire que precede al amanecer.

– Esto no tenía que ocurrir -dijo Vianello, que dio media vuelta y se alejó con un-: «Arrivederci, comisario.»

Brunetti echó a andar en sentido opuesto, hacia Rialto y las calles que lo llevarían a su casa. La habían matado como a una mosca, alargaron la mano para aplastarlo a él y la habían destruido a ella. Una joven que se inclinaba hacia adelante para decir algo a un amigo, poniéndole una mano en el hombro con ademán cordial y confiado. ¿Qué quería decir? ¿Una frase jocosa? ¿Que bromeaba cuando se negó a quedarse a su lado? ¿O algo sobre Franco, unas palabras de añoranza? Nadie lo sabría. Un pensamiento fugaz que había muerto con ella.

Llamaría a Franco, pero todavía no. Que durmiera antes del gran dolor. Brunetti sabía que ahora no podría hablar al joven de la última hora de Maria, en el coche, con Vianello; ahora, no. Se lo diría más adelante, cuando el joven pudiera oírlo, después del gran dolor.

Cuando llegó a Rialto, miró hacia la izquierda y vio acercarse un vaporetto a la parada, y esto le decidió. Corrió y tomó el barco que lo dejó en la estación antes de la salida del primer tren que cruzaba la carretera elevada. Sabía que Gallo no estaría hoy en la questura, por lo que en la estación de Mestre tomó un taxi y se hizo llevar directamente a casa de Crespo.

La luz del día había llegado sin que él lo advirtiera, y con ella volvía el calor, que quizá se dejaba sentir aún más en esta ciudad de piedra, cemento, asfalto y casas altas. Brunetti casi se alegraba de la creciente mortificación del calor y la humedad, que lo distraía del recuerdo de lo que había visto aquella noche y de lo que empezaba a temer que encontraría en el domicilio de Crespo.

El ascensor estaba climatizado, lo mismo que la última vez, lo que ya resultaba necesario incluso a hora tan temprana. Oprimió el botón y la cabina, rápida y silenciosa, subió hasta la séptima planta. Llamó al timbre de Crespo, pero esta vez nadie contestó desde dentro. Volvió a llamar, insistió, dejando el dedo en el pulsador. Ni pasos, ni voces, ni señales de vida.

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