Vestido para la muerte
- Автор: Леон Донна
- Язык: испанский
- Жанр: Другие детективы
Электронная книга - «Vestido para la muerte». Краткое содержание книги:
Volvió a mirar el informe de la autopsia: «No se observan indicios de que los cortes de las piernas hayan sangrado.» No; a pesar del vestido rojo y los zapatos rojos, a pesar del maquillaje y de la ropa interior, el signor Mascari no se había afeitado las piernas. Y eso significaba que tenía que habérselas afeitado otra persona, una vez muerto.
19
Brunetti estaba sentado ante la mesa de su despacho, con la esperanza de que, al atardecer, se levantara un poco de aire que mitigara el calor, pero su esperanza resultó tan vana como sus esfuerzos por descubrir una relación entre los incoherentes datos que había conseguido reunir. Le parecía evidente que lo del travestismo era un montaje post mortem que tenía por objeto desviar la atención del verdadero móvil del asesinato de Mascari. Esto quería decir que Ravanello, la única persona que había oído la «confesión» de Mascari, mentía y, probablemente, sabía algo del asesinato. Pero, si bien a Brunetti no le costaba ningún trabajo creer que los altos empleados de banca pueden matar, no llegaba a convencerse de que utilizaran este procedimiento para acelerar su ascenso.
Ravanello no sólo no había tenido inconveniente en reconocer que aquel fin de semana había estado en la oficina sino que, en realidad, lo había manifestado espontáneamente. Y, una vez identificado Mascari, su reacción parecía lógica, era lo que haría un buen amigo. Y lo que haría también un buen empleado.
Sin embargo, ¿por qué no se había identificado por teléfono el sábado? ¿Por qué ocultar, ni que fuera a un desconocido, que él estaba en el banco aquella tarde?
Sonó el teléfono y, todavía absorto en estos pensamientos y embotado por el calor, dio su nombre:
– Brunetti.
– Tengo que hablar con usted -dijo una voz masculina-. Personalmente.
– ¿Quién es? -preguntó Brunetti con calma.
– Prefiero no decirlo -respondió la voz.
– En tal caso, yo prefiero no hablar -dijo Brunetti, y colgó.
Esta reacción solía desconcertar a la gente de tal modo que invariablemente no podían resistir el impulso de volver a llamar. A los pocos minutos, el teléfono volvió a sonar y Brunetti contestó lo mismo que antes.
– Es muy importante -dijo la voz.
– También lo es para mí saber con quién hablo -respondió Brunetti con indiferencia.
– Hablamos la semana pasada.
– La semana pasada hablé con mucha gente, signor Crespo, pero son muy pocas las personas que me han llamado para decirme que quieren verme.
Crespo tardó en responder, y cuando Brunetti ya empezaba a temer que ahora fuera el otro el que colgara, el joven dijo:
– Quiero verle y hablar con usted.
– Ya estamos hablando, signor Crespo.
– No; quiero darle algo, fotos y papeles.
– ¿Qué clase de papeles y de fotos?
– Lo sabrá cuando los vea.
– ¿De qué se trata, signor Crespo?
– De Mascari. La policía está equivocada respecto a él.
Brunetti opinaba lo mismo que Crespo, pero decidió reservarse esta opinión.
– ¿En qué estamos equivocados?
– Se lo diré cuando nos veamos.
Brunetti le notó en la voz que estaba perdiendo el valor o el impulso que le había hecho llamarle.
– ¿Dónde quiere que nos veamos?
– ¿Conoce Mestre?
– Bastante bien.
Además, siempre podría preguntar a Gallo o a Vianello.
– ¿Conoce el aparcamiento que hay a la entrada del túnel que va a la estación?
Era uno de los pocos sitios próximos a Venecia en los que aún se podía aparcar gratis. Dejabas el coche en el aparcamiento o en la calle arbolada que conducía al túnel, cruzabas éste y salías al andén de los trenes de Venecia. Diez minutos de tren y te ahorrabas tener que hacer cola y pagar en Tronchetto.
– Lo conozco.
– Lo espero allí esta noche.
– ¿A qué hora?
– Tarde. Antes tengo cosas que hacer, y no sé cuándo terminaré.
– ¿A qué hora?
– Estaré allí a la una de la madrugada.
– ¿Estará dónde?
– Al salir del túnel, la primera calle a la derecha. Estaré aparcado a la derecha, en un Panda azul claro.
– ¿Por qué me ha preguntado si conocía el aparcamiento?
– Por nada. Sólo quería saber si conocía el sitio. No quiero esperar en el aparcamiento. Demasiada luz.
– De acuerdo, signor Crespo, allí nos veremos.
– Bien -dijo Crespo, y colgó sin dar tiempo a Brunetti a decir más.
Vaya, se preguntaba Brunetti, ¿quién habría inducido al signor Crespo a hacer esta llamada? Ni por un momento pensó que Crespo le hubiera llamado espontáneamente; de una persona como Crespo nunca partiría semejante iniciativa. Pero ello no mermaba su curiosidad por averiguar a qué obedecía la llamada. Lo más probable era que alguien quisiera hacerle llegar una amenaza, o quizá algo más fuerte, y para ello, ¿qué mejor medio que atraerlo a una calle apartada a la una de la madrugada?
Llamó a la questura de Mestre y preguntó por el sargento Gallo, y le dijeron que el sargento había sido enviado a Milán, donde permanecería varios días, para declarar en un juicio. ¿Deseaba hablar con el sargento Buffo, que sustituía al sargento Gallo? Brunetti dijo que no y colgó.
Llamó a Vianello a su despacho. Cuando entró el sargento, Brunetti le pidió que se sentara y le informó de la llamada de Crespo y de la suya a Gallo.
– ¿Usted qué opina? -preguntó Brunetti.
– Yo diría que, en fin, alguien quiere sacarlo de Venecia y atraerlo a un lugar en el que no esté bien protegido. Y, si ha de tener protección, tendrán que dársela nuestros hombres.
– ¿Qué medios cree que utilizarían?
– Alguien que dispare desde un coche estacionado. Pero se imaginarán que tendremos allí a nuestra gente. También podrían utilizar un coche o una moto en marcha, para atropellado o dispararle.
– ¿Y una bomba? -preguntó Brunetti con un involuntario escalofrío, al pensar en los destrozos que producían las bombas utilizadas contra políticos y jueces.
– No; no creo que sea usted lo bastante importante -dijo Vianello.
Triste consuelo, pero consuelo al fin.
– Gracias. Supongo que lo intentarán desde algún coche o moto en marcha.
– ¿Y qué dispone usted, comisario?
– Quiero agentes, por lo menos, en dos casas, uno a cada extremo de la calle. Y alguien en la parte trasera de un coche, entre los asientos, pero tendría que ser un voluntario. Un coche cerrado, con este calor, será un infierno. Tres personas en total. No creo poder asignar a nadie más.
– Yo no quepo entre los asientos de un coche, y no me seduce quedarme quieto en una casa, vigilando. Lo que me gustaría es aparcar a la vuelta de la esquina, si consigo convencer a una de las agentes para que me haga compañía y nos arrullemos un rato.
– Quizá la signorina Elettra se ofrezca voluntaria -rió Brunetti.
La voz de Vianello tenía una sequedad insólita al decir:
– No bromeo, comisario. Conozco esa calle; mi tía de Treviso siempre deja el coche allí cuando viene a vernos, y al regreso yo la acompaño. He visto allí a muchas parejas en coches, por lo que una más no llamará la atención.
Brunetti fue a preguntar qué pensaría Nadia de esto, pero reflexionó y optó por callar.
– De acuerdo, pero tiene que ser una voluntaria. No me gusta hacer intervenir a una mujer en una misión peligrosa. -Antes de que Vianello pudiera hacer alguna objeción, Brunetti agregó-: Aunque sea agente de policía.
¿Había mirado al techo Vianello al oírlo? A Brunetti le parecía que sí, pero no hizo ningún comentario.