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La Diosa Ciega

Электронная книга - «La Diosa Ciega». Краткое содержание книги:

La exitosa abogada Karen Borg ha sacado a pasear a su perro cuando se tropieza con un cadáver. ¿De quién? Solo Dios sabe, el cuerpo ha perdido su cara. Hanne obtiene una confesión de un sospechoso vendedor de drogas quien también confiesa a Karen después de pedirle que le defienda. El sendero conduce a la cima de la profesión jurídica.
En esta primera entrega de la serie se presenta a los personajes -la brillante y también arrogante Hanne Wilhelmsen y sus colegas- y el escenario -un mundo en el que la diosa de la justicia lleva los ojos vendados-. La tarea del equipo de Wilhelmsen es destapar los ojos de esa diosa ciega. La trama parte de un asesinato que desata una investigación de una red de corrupción y drogas. A lo largo del libro se va descubriendo las partes implicadas en ésta y finalmente se conoce que ciertos miembros del cuerpo de la policía, así como del departamento de Justicia, participaron en la misma. El motivo: financiar las operaciones de los servicios secretos noruegos.
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Ya estaba más tranquila.

– Estoy planeando marcharme de viaje -dijo-. Irme a la casa de la montaña, yo sola. Me voy a llevar al perro y unos cuantos libros. Tengo la sensación de que aquí en la ciudad no consigo pensar. Al menos no aquí en el piso, y en la oficina no me da tiempo más que a intentar resolver los asuntos del trabajo, y casi ni eso consigo hacer.

El lloriqueo volvió a intensificarse.

– ¿Cuándo te vas?

– No lo sé. Te prometo llamarte antes de irme. Puede que me lleve una semana o dos. Tienes que prometerme que no me llamarás. Hasta ahora lo has hecho muy bien.

– Te lo prometo. Palabra de honor. Pero, oye, ¿podrías volver a decirlo?

Tras una breve pausa, lo dijo.

– Tal vez esté un poco enamorada, Håkon. Tal vez. Buenas noches.

Martes, 10 de noviembre

– Vaya pérdida de tiempo.

Wilhelmsen había sido lo bastante sensata como para amarrar los documentos del caso con dos gruesas gomas. Ahora tenían el aspecto de un tentador regalito de Navidad. Un regalo que aguantaba que lo arrojaran. Pang.

– Ya hemos investigado a Olsen y a Lavik. Nada.

– ¿Nada? ¿Nada de nada?

Sand estaba sorprendido. Resultaba más llamativo que no dieran con nada de interés que si hubieran encontrado alguna cosilla; por pequeña que fuese. Muy poca gente soportaba la mirada crítica de la Policía sin que se les descubriera alguna que otra cosa.

– Por cierto, hay una cosa curiosa que me llama mucho la atención -dijo Hanne-. No tenemos acceso a las cuentas bancarias de Lavik, puesto que no está acusado, pero mira sus declaraciones de la renta de los últimos años.

Era una hoja con unos números que no le decían nada. No entendía una palabra, más allá del hecho de que el tipo tenía unos ingresos anuales que hubieran conseguido que cualquier representante del Ministerio Fiscal palideciera de envidia.

– Da la impresión de que ha desaparecido dinero -dijo Hanne a modo de explicación. -¿Desaparecido?

– Pues sí, resulta que el dinero que dice que ha ganado no se corresponde con su patrimonio. O bien el tipo tiene unos gastos cotidianos enormes, o bien tiene dinero escondido en algún sitio.

– Pero ¿por qué iba a esconder el dinero que gana legalmente?

– Pues sólo existe una explicación lógica: evasión de impuestos sobre el patrimonio. Pero para el nivel que tiene el impuesto sobre el patrimonio en este país me parece bastante estúpido, además de poco plausible. No me encaja que se vaya a arriesgar a evadir impuestos sobre el patrimonio por unas pocas coronas. Sus cuentas están en orden, y el inspector se las aprueba todos los años. Aquí hay algo que no acabo de entender.

Se quedaron mirándose el uno al otro. Håkon se metió un poco de rapé en la boca.

– ¿Has empezado a usar esa guarrada? -dijo Hanne con cara de asco.

– Sólo es un intento de no volver a caer en los cigarrillos. Es puramente temporal -se disculpó él, y escupió los restos del tabaco por la habitación.

– Eso te destroza las encías. Y además huele fatal.

– A mí no me va a oler nadie -replicó él-. Bueno, juguemos a la pelota. ¿Qué te llevaría a ti a esconder dinero?

– Pues escondería dinero negro o dinero completamente ilegal. En Suiza, quizá. Eso hacen en las novelas policíacas. Pero con los bancos suizos no tenemos nada que hacer. No tienes ni que dar tu nombre para tener una cuenta, basta con un número.

– ¿Hemos registrado algún viaje a Suiza?

– No, pero tampoco le hace falta viajar hasta allí. Los bancos suizos tienen filiales en muchos de los países a los que ha viajado. Además no se me quita de la cabeza que tiene que haber algo en sus negocios en Oriente. Drogas. Eso encaja con nuestra teoría. Es una pena que tenga una explicación tan buena, y legítima, para sus viajes. Los hoteles están ahí.

Llamaron a la puerta y, sin aguardar respuesta, un agente rubio abrió. Håkon se molestó, pero no dijo nada.

– Aquí están los papeles que me has pedido -dijo el policía tendiéndole a Hanne cinco páginas impresas de ordenador, luego se fue sin cerrar la puerta.

Håkon se levantó y lo hizo por él.

– No tienen modales, los jóvenes de hoy en día.

– Si tuviera un montón de dinero ilegal y usara una cuenta suiza, y si además fuera tacaña, ¿no intentaría tal vez mandar parte de mi dinero legal al mismo lugar?

– ¿Tacaño? ¡Sí, puede que Lavik encaje con ese calificativo!

– ¡Mira lo austeramente que vive! Ese tipo de gente disfruta especialmente de tener dinero guardado. ¡Lo ha metido todo en la misma cuenta!

La teoría no era muy buena, pero les servía, a falta de algo mejor. La avaricia lleva incluso a los mejores a cometer errores. Aunque tampoco era un gran error: difícilmente se podía defender la ilegalidad de tener menos dinero en tus cuentas del que has ganado.

– A partir de ahora vamos a suponer que Lavik tiene dinero metido en Suiza. Ya veremos adonde nos lleva eso. No muy lejos, me temo. ¿Y qué pasa con Peter Strup? ¿Has hecho algo con él tras vuestro misterioso encuentro en el parque de Sofienberg?

Ella le tendió una carpeta fina. El fiscal adjunto se dio cuenta de que no llevaba número de caso.

– Es mi carpeta privada -le explicó-. Este juego de copias es para ti. Llévatelo a casa y guárdalo en algún sitio seguro.

Håkon hojeó los papeles. La historia de la vida de Strup era impresionante. Durante la guerra participó activamente en la resistencia, a pesar de que apenas tenía dieciocho años cuando llegó la paz. Ya entonces era miembro del Partido Laborista. En los años posteriores no destacó dentro del partido, pero, como había mantenido relación con sus compañeros, contaba con un impresionante círculo de amistades que ocupaban posiciones importantes. Era amigo íntimo de varios antiguos peces gordos del partido, mantenía buenas relaciones con el rey -con el que además había navegado de joven, Dios sabría cómo sacaba tiempo para todo- y se reunía una vez por semana con el secretario de Estado del Ministerio de Justicia, con el que también había trabajado en tiempos. Era masón de décimo grado y tenía, por lo tanto, acceso a la mayoría de los pasillos del poder. En su momento se casó con una antigua cliente, una mujer que había asesinado a su marido tras dos años de infierno y que, tras pasar año y medio en la cárcel, quedó en libertad y se dirigió hacia las campanas de la boda y una vida brillante. El matrimonio era aparentemente feliz y nadie había podido nunca demostrar que el tipo hubiera tenido una aventura extramatrimonial. Ganaba mucho dinero, a pesar de que, por lo general, recibía su salario del ámbito público. Pagaba sus impuestos con alegría, según había repetido muchas veces en los periódicos, aunque se tratara de cantidades considerables.

– Esto no parece exactamente el retrato de un gran delincuente -dijo Håkon plegando la carpeta.

– No, pero tampoco parece muy legal reunirse con gente en parques siniestros en medio de la noche.

– El encuentro nocturno con clientes se está convirtiendo en una costumbre en este caso -ironizó Håkon mientras se colocaba el rapé con la lengua.

– Tenemos que tener cuidado. Entre los muchos amigos de Peter Strup también hay gente de la Brigada de Información de la Policía.

Håkon se rindió en la lucha contra el rapé y lo escupió en la papelera. Ya no estaba en forma.

Era una verdadera preciosidad, además de ser el único artículo de lujo que poseía Wilhelmsen. Al igual que la mayoría de los artículos de lujo, no tenía cabida en el sueldo de una subinspectora, pero gracias a la ayuda de una médica, durante seis meses al año podía sentir la libertad de conducir una Harley-Davidson de 1972. Era rosa. Completamente rosa. Rosa Cadillac, con cromo pulido y relumbrante. En esos momentos la tenía desmontada en el sótano, en un taller con las paredes amarillas y una vieja estufa en un rincón que había conectado a la chimenea de la casa sin pedir permiso a la comunidad de vecinos. En las paredes, estanterías de IKEA con numerosas herramientas; en el estante superior, una televisión portátil en blanco y negro.

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