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La Diosa Ciega

Электронная книга - «La Diosa Ciega». Краткое содержание книги:

La exitosa abogada Karen Borg ha sacado a pasear a su perro cuando se tropieza con un cadáver. ¿De quién? Solo Dios sabe, el cuerpo ha perdido su cara. Hanne obtiene una confesión de un sospechoso vendedor de drogas quien también confiesa a Karen después de pedirle que le defienda. El sendero conduce a la cima de la profesión jurídica.
En esta primera entrega de la serie se presenta a los personajes -la brillante y también arrogante Hanne Wilhelmsen y sus colegas- y el escenario -un mundo en el que la diosa de la justicia lleva los ojos vendados-. La tarea del equipo de Wilhelmsen es destapar los ojos de esa diosa ciega. La trama parte de un asesinato que desata una investigación de una red de corrupción y drogas. A lo largo del libro se va descubriendo las partes implicadas en ésta y finalmente se conoce que ciertos miembros del cuerpo de la policía, así como del departamento de Justicia, participaron en la misma. El motivo: financiar las operaciones de los servicios secretos noruegos.
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– Estoy interesado porque intuyo el contorno de algo que me incumbe, como abogado y como persona. Tengo la posibilidad de protegerte contra algo que puede ser peligroso. Déjame que me haga cargo del caso.

Soltó los brazos y se inclinó hacia ella. Tenía la cara a menos de treinta centímetros de la suya; ella intentó, sin querer, echarse un poco hacia atrás. No tuvo éxito, la cabeza chocó con la pared con un pequeño ruido sordo.

– Puedes tomarte esto como una advertencia. O me dejas hacerme cargo del holandés o tendrás que asumir las consecuencias. Puedo asegurarte una cosa: no cabe duda de que saldrás ganando si te olvidas de este asunto. Probablemente aún no sea demasiado tarde.

En la sala había empezado a hacer demasiado calor. Karen sintió que el rubor le subía por las mejillas y una leve alergia al vino había empezado a formar manchas rojas en su cuello. Los aros del sujetador se le clavaban en la piel sudorosa bajo los pechos y de pronto se levantó para escapar de todo aquello.

– Y yo te puedo asegurar una cosa a ti -dijo en voz baja mientras cogía su bolso sin dejar de mirarle-. No pienso renunciar al chico por nada del mundo. Él me ha pedido ayuda, y he sido nombrada oficialmente y lo voy a ayudar. Me importan un bledo las amenazas, provengan de delincuentes o de abogados del Tribunal Supremo.

Aunque había hablado en voz baja, su exabrupto había llamado la atención. Los pocos clientes en el otro lado del local estaban callados y miraban con curiosidad a los dos abogados. Ella bajó aún más el tono de su voz y casi le susurró:

– Muchas gracias por la comida. Estaba muy buena. Cuento con no volver a tener noticias tuyas. Si vuelvo a escuchar una sola palabra de tu boca sobre este caso, te voy a denunciar a la Asociación de Abogados.

– No soy miembro -sonrió él, y se secó la boca con una gran servilleta blanca.

Karen se dirigió al ropero estampando los pies contra el suelo, se echó el abrigo por encima. Al cabo de menos de dos minutos, estaba de vuelta en casa. Se sentía furiosa.

Cuando se despertó, la noche estaba aún en la pubertad. Los números digitales de la radio despertador le arrojaban la hora en rojo airado: 02.11. La respiración de Nils sonaba lenta y constante, e intercalaba extraños ronquiditos cada cuatro inspiraciones. Intentó acompasarse a su ritmo, contagiarse de la calma del hombretón que dormía a su lado, respirar igual que él, obligar a sus pulmones entrecortados a coger el mismo ritmo que los del hombre, pero sus pulmones protestaron hasta provocarle un ligero mareo. También sabía por experiencia que tras el mareo, el sueño solía regresar de su huida nocturna.

Pero esta noche no. El corazón se negaba a frenar y los pulmones chillaban protestando contra la imposición de otro ritmo. ¿Qué era lo que había soñado? No se acordaba, pero sentía tal tristeza e impotencia, además de una angustia indefinible, que tenía que haber sido algo fuerte.

Se desplazó con cuidado hacia el borde de la cama, alargó la mano hacia la mesilla y desenchufó el contacto del aparato telefónico antes de salir sigilosamente de la cama, sin despertar a Nils, gracias a incontables noches de entrenamiento. Luego salió de la habitación, aunque se detuvo en la puerta para coger la bata.

Sólo la lamparita sobre la mesa le permitía ver algo en la entrada. Karen agarró el teléfono inalámbrico y lo levantó con cuidado de la base. Luego se fue apresuradamente hacia lo que ambos llamaban «el despacho», al que se accedía desde el otro lado del salón. La luz estaba encendida. Un montón de libros de psicología estaban esparcidos por el enorme tablero de pino grueso que pendía de dos columnas cuadradas que bajaban del techo inclinado. Las cuatro paredes estaban cubiertas de estanterías, pero, aun así, no bastaba, había varias pilas de libros sobre el suelo. Era la habitación más acogedora de la casa y, en un rincón, había un sillón orejero con una banqueta para los pies y una buena lámpara de lectura. Karen se sentó.

Se sabía de memoria su número de teléfono, a pesar de que sólo lo había marcado una vez en su vida, hacía poco más de dos semanas. Aún recordaba su número de estudiante, después de haberlo marcado al menos una vez al día durante seis años. Por alguna extraña razón, marcar su número mientras Nils dormía sólo tres habitaciones más allá le parecía mayor traición que hacer el amor con él en el suelo del salón mientras Nils estaba fuera de la ciudad.

Se quedó sentada mirando fijamente el teléfono durante varios minutos, hasta que finalmente sus dedos, prácticamente por sí solos, escogieron la combinación correcta de números. Tras dos llamadas y media escuchó su «hola» medio ahogado.

– Hola, soy yo.

No se le ocurrió nada más original.

– ¡Karen! ¿Qué pasa?

De pronto parecía completamente despierto.

– No puedo dormir.

El ruido de las sábanas le indicó que se estaba incorporando en la cama.

– En realidad no debería despertarte por eso -se disculpó.

– No, no pasa nada. Seamos sinceros, está claro que me alegro de que me llames. Tienes que llamarme siempre que te apetezca. Da igual la hora. ¿Dónde estás?

– En casa. -Se hizo el silencio-. Nils está durmiendo -le explicó atajando su pregunta-. He desenchufado el teléfono del dormitorio. Además, a esta hora de la noche duerme siempre como un tronco. Está acostumbrado a que yo me despierte y deambule un poco. No creo que le importe.

– ¿Qué tal la cena?

– Fue agradable hasta que llegamos al café. Luego se puso otra vez a dar la lata. No entiendo qué es lo que quiere de ese chico. Fue bastante descarado, así que tuve que ponerlo en su sitio. No creo que vuelva a tener noticias suyas.

– Sí, la verdad es que parecías bastante cabreada cuando te fuiste.

– ¿Cuando me fui? ¿Cómo lo sabes?

– Te fuiste del sitio exactamente a las 22.04, y saliste corriendo en dirección a tu casa.

Se rio un poco, como para disculparse.

– ¡Sinvergüenza! ¿Me estabas espiando?

Karen estaba indignada y halagada al mismo tiempo.

– No, no te estaba espiando, te cuidaba. Fue un frío placer. Tres horas en un portal de Grünerløkka no son de lo más apetecible. -Hizo una pausa involuntaria y, sin querer, estornudó dos veces-. Mierda, me he resfriado. Deberías estarme agradecida.

– ¿Por qué no me dijiste nada cuando salí? -Håkon no respondió-. ¿Creías que me iba a enfadar?

– No descartaba esa posibilidad, la verdad. ¡Tal y como estabas ayer por teléfono!

– Qué rico eres. Eres rico de verdad. Seguro que me hubiera cogido un buen cabreo. Pero me alegra pensar que estabas allí cuidándome todo el rato. ¿Estabas como policía o como Håkon?

En la pregunta subyacía una sutil invitación. Si hubiera sido de día, él se habría expresado con elegancia, tal y como sabía que a ella le gustaba. Pero eran las tantas de la madrugada, y dijo lo que pensaba, sin más.

– Los fiscales adjuntos no hacen de guardaespaldas, Karen. Los fiscales adjuntos de la Policía se quedan en sus despachos y les importa un bledo todo lo que no sean los documentos o los juicios. Era yo el que estaba de guardia. Estaba celoso y estaba preocupado. Y te amo. Por eso estaba allí.

Estaba tranquilo y satisfecho, que ella reaccionara como quisiera. Y su reacción fue tan sorprendente que casi lo tumba.

– Tal vez yo también esté un poco enamorada de ti, Håkon.

De pronto Karen rompió a llorar, él no sabía qué decir.

– ¡No llores!

– Pues sí, lloro si quiero -sollozó-. Lloro porque no sé qué voy a hacer.

Había empezado a llorar desconsoladamente. Håkon tenía problemas para entender lo que decía, por eso dejó que acabara de llorar.

Le llevó diez minutos.

– Vaya chorrada en la que gastar teléfono -murmuró Karen finalmente.

– Por la noche el teléfono casi no gasta. Seguro que te lo puedes permitir.

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