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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Pasó el último recodo y descendió el último tramo recto, a lo largo de uno de los establos encalados. Entonces tropezó con una piedra medio enterrada; salió lanzada hacia adelante, agitando los brazos, y de pronto se encontró dando una voltereta en el aire. Ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Con un sonoro golpe que le hizo chocar los dientes y le vació de aire los pulmones, aterrizó bruscamente en el arranque del sendero, justo delante de Birgitte. Durante un instante ni siquiera fue capaz de pensar, y cuando pudo hacerlo, la sensación de euforia había desaparecido por completo. Adiós a la dignidad de reina. Se retiró el cabello de la cara e intentó recobrar el resuello mientras esperaba el comentario hiriente de Birgitte. Era una oportunidad de oro para que la otra mujer se desquitara haciendo el papel de hermana mayor y más «experimentada», y Birgitte rara vez dejaba pasar la ocasión.

Para sorpresa de Elayne, la arquera la ayudó a levantarse aun antes de que Aviendha pudiera llegar a su lado, y en su rostro ni siquiera se insinuaba el atisbo de sonrisa de la Aiel. Lo único que percibía en su Guardián era una sensación de… concentración en algo; pensó que así se sentiría una flecha encajada en la cuerda tensa de un arco.

—¿Huimos o presentamos batalla? —preguntó Birgitte—. Reconocí a esas bestias voladoras de Falme y, con toda sinceridad, yo aconsejaría lo primero. Mi arco es normal y corriente ahora.

Aviendha la miró con el entrecejo levemente fruncido, y Elayne suspiró; Birgitte debía aprender a tener cuidado con lo que decía si quería mantener en secreto su verdadera identidad.

—Huimos, por supuesto —jadeó Nynaeve, que había recorrido el último tramo con gran esfuerzo—. ¡Huir o luchar! ¡Qué pregunta tan estúpida! ¿Crees que estamos completamente…? ¡Luz! ¿Qué demonios hacen? —Su tono empezó a subir progresivamente—. ¡Alise! Alise, ¿dónde estás? ¡Alise! ¡Alise!

Con un sobresalto, Elayne cayó en la cuenta de que en la granja reinaba un tumulto igual al desatado cuando se reconoció el rostro de Careane. Tal vez peor. Ciento cuarenta y siete Allegadas vivían actualmente allí, según había informado Alise, incluidas cincuenta y cuatro Mujeres Sabias recién llegadas y otras cuantas que estaban de paso por la ciudad; parecía que todas ellas, de la primera a la última, corrían en una u otra dirección, y también otras muchas mujeres. Casi todos los sirvientes del palacio de Tarasin, con sus uniformes verdes y blancos, trotaban de aquí para allá con celeridad, cargados con bultos. Patos y gallinas aleteaban espantados en medio del jaleo, contribuyendo al barullo con sus graznidos y cacareos. Elayne vio incluso a Jaem, el canoso Guardián de Vandene, pasar a la carrera rodeando con sus nervudos brazos un enorme saco de yute.

Alise pareció surgir de la nada, la viva imagen del aplomo y la serenidad a pesar del rostro sudoroso. Ni un solo pelo estaba fuera de su sitio, y el aspecto de sus ropas era el de quien sale a dar un paseo.

—No es necesario chillar —dijo sosegadamente mientras se ponía en jarras—. Birgitte me explicó qué son esas enormes aves, y pensé que era mejor marcharnos antes que después, sobre todo viéndoos galopar sendero abajo como si os persiguiera el Oscuro en persona. Les dije a todas que cogieran un vestido limpio por cabeza, tres mudas y medias, jabón, costurero y todo el dinero que tuvieran. Y nada más. Las diez que acaben en último lugar tendrán que fregar los platos hasta que lleguemos a dondequiera que vayamos; eso les hará darse prisa. Y les dije a los sirvientes que reunieran todos los víveres que pudieran, por si acaso. Y también a vuestros Guardianes. Unos tipos sensatos, en su mayoría. Sorprendentemente sensatos, tratándose de hombres. ¿Ser Guardianes tiene algo que ver?

Nynaeve seguía plantada en el mismo sitio, con la boca abierta para empezar a impartir órdenes y sin que quedase ninguna que dar. Las emociones pasaron por su semblante demasiado deprisa para identificarlas.

—Muy bien —balbuceó finalmente con acritud. Su expresión se animó de repente—. Las mujeres que no son Allegadas. ¡Sí! Hay que…

—Cálmate —la interrumpió Alise a la par que hacía un gesto tranquilizador—. Ya se han marchado casi todas. Principalmente las que tenían esposos o familias de los que preocuparse. No habría podido retenerlas aunque hubiese querido. Sin embargo, hay treinta o más que están convencidas de que esos animales son Engendros de la Sombra y desean permanecer tan cerca de las Aes Sedai como sea posible. —Un corto y seco resoplido dejó muy claro lo que pensaba sobre eso—. Bien, serena esos ánimos. Bebe agua fresca, pero despacio. Y compón un poco el gesto. Yo voy a vigilar cómo marcha todo. —Al fijarse en el alboroto, unos y otros corriendo sin aparente orden, sacudió la cabeza—. Algunas se lo tomarían con más calma si unos trollocs atacaran colina abajo, y la mayoría de las nobles nunca se han acostumbrado realmente a nuestras reglas. A buen seguro tendré que recordarles dos o tres antes de marcharnos.

Sin más, se alejó tranquilamente hacia el tumulto del patio de la granja, dejando boquiabierta a Nynaeve.

—Bueno —comentó Elayne mientras se sacudía la falda—, tú dijiste que era una mujer muy competente.

—Jamás dije tal cosa —espetó su amiga—. No dije «muy» en ningún momento. —Resopló con fuerza—. ¿Dónde ha ido a parar mi sombrero? Se cree que lo sabe todo. ¡Apuesto a que eso no lo sabe!

Echó a andar en dirección opuesta a la tomada por Alise.

Elayne la siguió con la mirada, enarcada una ceja. ¿Su sombrero? También a ella le gustaría saber qué había pasado con el suyo —era precioso—, pero ¡diantre! A lo mejor estar en el círculo trabajando con tanto Poder había atontado temporalmente a Nynaeve. Ella misma se sentía un poco rara todavía, como si pudiese arrancar pequeños fragmentos de saidar del aire que la rodeaba. En cualquier caso, tenía otros asuntos de los que ocuparse en ese momento. Por ejemplo, marcharse de allí antes de que los seanchan cayeran sobre ellas. Por lo que había visto en Falme, podrían traer realmente un centenar o más de damane, y basándose en lo poco que Egwene consintió hablar sobre su cautividad, la mayoría de esas mujeres estarían más que dispuestas a colaborar para poner a otras collares como los que ellas llevaban. Afirmaba que lo que más le había revuelto el estómago había sido ver damane reír con sus sul’dam, haciéndoles fiestas y jugando con ellas como harían sabuesos bien entrenados con sus cariñosos dueños. Egwene contaba que algunas mujeres a las que habían puesto la correa en Falme también actuaban así. A Elayne se le había helado la sangre en las venas al oírlo. ¡Antes moriría que dejar que le hiciesen eso a ella! Y también preferiría que los Renegados se apoderaran de lo que había encontrado antes que los seanchan. Corrió hacia la cisterna, con Aviendha a su lado; la respiración de la Aiel era casi tan trabajosa como la de Elayne.

Sin embargo, parecía que Alise había pensado realmente en todo. Los ter’angreal ya habían sido retirados y cargados en los caballos de albardas. Los cestos que no habían registrado seguían llenos de un revoltijo de cachivaches, y la Luz sabía qué más, pero los que habían vaciado Aviendha y ella ahora rebosaban de toscos sacos de harina y sal, alubias y lentejas. Un puñado de caballerizos hacía guardia junto a los animales de carga, en lugar de ir corriendo de aquí para allá con bultos y paquetes. Sin duda, siguiendo las órdenes de Alise. ¡Pero si hasta Birgitte se apresuró a acudir junto a la mujer cuando ésta la llamó, y se limitó a sonreír con desgana!

Elayne levantó las cubiertas de lona para examinar los ter’angreal lo mejor posible sin volver a descargarlos. Aparentemente todo estaba allí, un poco amontonado y revuelto en dos cestos que no llenaban, pero no se veía ninguno roto. Tampoco es que hubiese nada, salvo el propio Poder Único, que pudiese romper la mayoría de ter’angreal, pero aun así…

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