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El camino de dagas

Электронная книга - «El camino de dagas». Краткое содержание книги:

Mientras Elayne y Nynaeve tratan de hacer funcionar el Cuenco de los Vientos, Perrin se dirige a Ghealdan para que la reina Alliandre respalde públicamente al Dragón Renacido. Rand continúa en Illian, intentando pacificar el país.
El tan deseado cambio climático, propiciado por el Cuenco de los Vientos, provoca bruscos cambios de temperatura que dificultan el desplazamiento de tropas.
Rand decide hacer frente a los seanchan en las costas de Ilian para frenar el avance del ejército invasor, pero además de al enemigo también tendrá que enfrentarse a la traición.
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Elayne se rodeó con los brazos y respiró profundamente. Dejaba a la reina a su suerte, encomendándola a la Luz; Tylin sobreviviría si era posible. Pero Mat Cauthon, su peculiar y muy instructivo súbdito, su salvador más inverosímil. También había venido a buscarla a ella, y le ofreció mucho más. Y Thom Merrilin; el querido Thom, del que a veces todavía deseaba que resultara ser su verdadero padre, y al infierno con lo que tal cosa convertiría a su madre. Y el chico, Olver, y Chel Vanin, y… Tenía que pensar como una reina, «La Corona de la Rosa pesa más que una montaña, y el deber te hará llorar, pero has de resistir y hacer lo que se exige de ti», le había dicho su madre.

—No —manifestó, y repitió con voz más firme—. No. Mira en qué estado te encuentras, Nynaeve; casi no te tienes en pie. Aun cuando fuésemos todas, ¿qué podríamos hacer? ¿Cuántos Renegados hay allí? Moriríamos y, lo que es peor, para nada. Los Renegados no tienen motivos para buscar a Mat o a los otros. Andan detrás de nosotras.

Nynaeve la miró boquiabierta; la tozuda Nynaeve, con el rostro sudoroso y las piernas inestables. La maravillosa, valiente e insensata Nynaeve.

—¿Estás diciendo que lo abandonemos, Elayne? Aviendha, dile algo. ¡Háblale de ese honor que siempre estás sacando a relucir!

Aviendha vaciló un momento y luego sacudió la cabeza. Sudaba casi tanto como la propia Nynaeve y, por la forma en que se movía, se encontraba tan cansada como ella.

—Hay ocasiones en las que uno debe luchar aunque no se tenga esperanza, Nynaeve, pero Elayne tiene razón. Los Depravados de la Sombra no van detrás de Mat Cauthon, sino de nosotras y del Cuenco de los Vientos. Es posible que él haya salido ya de la ciudad. Si volvemos, corremos el riesgo de ponerlos a su alcance, lo que puede deshacer aquello que hemos realizado. No importa dónde mandemos el Cuenco, sabrán cómo obligarnos a decirles quién se lo ha llevado y adónde.

El rostro de Nynaeve se crispó por el dolor. Elayne alargó los brazos para estrecharla contra sí y consolarla.

—¡Un Engendro de la Sombra! —gritó alguien, y de pronto hubo mujeres abrazando el saidar por toda la cumbre de la colina. De las manos de Merilille salieron disparadas bolas de fuego, así como de las de Careane y Sareitha, tan deprisa como podían lanzarlas. Una forma enorme y alada se precipitó desde el cielo envuelta en llamas, dejando tras de sí una estela de humo negro y grasiento; desapareció de la vista por el precipicio.

—¡Ahí viene otro! —chilló Kirstian a la par que señalaba.

Una segunda criatura alada se zambullía en un picado que la alejaba de la colina; su cuerpo era tan grande como el de un caballo; las alas, con nervaduras, tenían una envergadura de treinta pasos o más; el largo cuello se estiraba hacia el frente, y la cola, aún más larga, ondeaba tras ella. Dos personas se agazapaban sobre su lomo. Una descarga cerrada de fuego la persiguió, las más rápidas en el ataque eran Aviendha y las Atha’an Miere, quienes no realizaban gestos de lanzamiento como parte de su tejido. Era una lluvia de fuego tan densa que parecía formarse del propio aire, y el ser se zambulló detrás de la colina para eludirla, al otro lado de la granja, y pareció desvanecerse.

—¿Lo hemos matado? —inquirió Sareitha, con los ojos brillantes y la respiración agitada.

—¿Le hemos dado siquiera? —gruñó una de las mujeres de los Marinos.

—Engendros de la Sombra —comentó Merilille sin salir de su asombro—. ¡Aquí! Al menos eso confirma la presencia de Renegados en Ebou Dar.

—No son Engendros de la Sombra —manifestó Elayne con voz hueca. El semblante de Nynaeve era la viva imagen de la angustia; también ella lo sabía—. Se llaman raken. Son los seanchan. Debemos irnos, Nynaeve, y llevarnos a todas las mujeres de la granja. Tanto si matamos a ese animal como si no, vendrán más. A cualquiera que dejemos atrás llevará puesta una correa de damane en las primeras horas de mañana.

Nynaeve asintió lenta, pesarosamente; Elayne creyó oírla murmurar: «Oh, Mat».

Renaile se aproximó a zancadas, con el Cuenco en los brazos, de nuevo envuelto en la seda blanca.

—Algunos de nuestros barcos han tenido enfrentamientos con esos seanchan. Si están en Ebou Dar, entonces intentarán salir a mar abierto. ¡Mi nave lucha para sobrevivir y yo no me encuentro en su cubierta! ¡Nos vamos de inmediato!

Formó allí mismo el tejido de un acceso. Ni que decir tiene que la urdimbre se entrelazó en vano, enredándose, centelleó durante un instante y después se desvaneció, pero Elayne chilló a despecho de sí misma. ¡Mira que intentar abrir un acceso allí mismo, justo en medio de todas!

—¡No irás a ninguna parte desde aquí a menos que te quedes el tiempo suficiente para conocer a fondo esta cumbre! —instó bruscamente. Confió en que ninguna de las mujeres que había formado parte del círculo intentara realizar el tejido; estar colmada de saidar era el mejor modo de conocer un sitio a la perfección. Ella podría hacerlo funcionar allí, y seguramente las demás también estarían en condiciones de realizarlo—. No vas a ir a un barco en movimiento desde «ninguna parte»; ¡no es posible!

Merilille asintió, aunque tal cosa no significaba nada; las Aes Sedai daban por ciertas muchas cosas, y de hecho algunas lo eran. Mejor así si las Atha’an Miere lo creían probado, en cualquier caso. Nynaeve, demacrada y con la mirada perdida, no se encontraba en condiciones de ponerse al mando en ese momento, de modo que Elayne continuó, confiando en ser digna de su madre muerta.

—Pero, sobre todo, no iréis a ninguna parte excepto con nosotras, porque nuestro acuerdo no está cumplido del todo; el Cuenco de los Vientos no os pertenecerá hasta que el clima se haya normalizado. —No era exactamente cierto, a menos que se tergiversaran un poco los términos del acuerdo, y Renaile abrió la boca para protestar, pero Elayne no le dio ocasión—. Y porque hicisteis un trato con Matrim Cauthon, mi súbdito. Vendréis voluntariamente donde yo diga, o iréis atadas como fardos sobre las sillas de los caballos. Son opciones que aceptasteis, de modo que bajad ahora mismo de esta colina, Renaile din Calon Estrella Azul, antes de que los seanchan caigan sobre nosotras con un ejército y unos cuantos centenares de mujeres que encauzan y a las que no habría nada que les gustase más que vernos atadas a un collar manejado por ellas. ¡Vamos! ¡Deprisa!

Para su sorpresa, las Atha’an Miere echaron a correr.

6

Hilos

Ni que decir tiene que también Elayne corrió, con las faldas recogidas, y enseguida se puso a la cabeza por el trillado sendero de tierra. Sólo Aviendha la seguía pegada a sus talones, a pesar de que no parecía tener mucha idea de cómo correr llevando puesto un vestido, aunque fuese un traje de montar; por cansada que estuviera, sin duda habría sobrepasado a su amiga de haberlo querido. Todas las demás iban tras ellas en fila, a cierta distancia, por el estrecho y sinuoso sendero. Ninguna de las Atha’an Miere osaría adelantarse a Renaile, quien, pese a llevar pantalones de seda, no podía moverse deprisa al ir cargada con el Cuenco, que estrechaba contra su pecho. Nynaeve no tenía tales reparos, y se abrió paso a codazos y empujones, gritándoles que se quitasen de en medio cuando tropezaba con ellas, ya fuesen Detectoras de Vientos, Allegadas o Aes Sedai.

Trotando sendero abajo, tropezando y recuperando el equilibrio, Elayne sintió deseos de reír a pesar de las prisas. A pesar del peligro. Lini y su madre habían puesto fin a sus carreras y su trepar a los árboles cuando había cumplido los doce años, pero no era el mero placer de volver a correr lo que despertaba en ella aquel puro gozo. ¡Se había comportado como se esperaba de una reina y el resultado había sido el previsto! ¡Había tomado el mando para poner fuera de peligro a las demás y todas habían obedecido! Se había estado preparando para esto toda su vida. Era la satisfacción lo que la hacía reír, y tenía la sensación de estar a punto de reventar de orgullo.

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