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Venganza en Sevilla

Электронная книга - «Venganza en Sevilla». Краткое содержание книги:

Sevilla 1607. Catalina Solís -la protagonista de Tierra firme- llevará a cabo su gran venganza en una de las ciudades más ricas e importantes del mundo, la Sevilla del siglo XVII. Catalina cumplirá así el juramento hecho a su padre adoptivo de hacer justicia a sus asesinos, los Curvo, dueños de una fortuna sin igual amasada con la plata robada en las Américas.
Su doble identidad -como Catalina y como Martín Ojo de Plata- y un enorme ingenio le hacen diseñar una venganza múltiple con distintas estrategias que combinan el engaño, la seducción, la fuerza, la sorpresa, el duelo, la medicina y el juego, sobre un profundo conocimiento de las costumbres de aquella sociedad…
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Miramos los tres al tiempo y, en efecto, allí estaban ambos rodeados por una corte de altos oficiales de la Casa de Contratación y por los principales mercaderes y banqueros de Sevilla, incluido Baltasar de Cabra. Un poco más allá, las autoridades civiles y militares de la ciudad, sus regidores y algunos caballeros contemplaban también la escena.

– ¿De qué se ocupan? -pregunté-. Hablan muy alterados.

– ¡Tienen graves asuntos en los que emplearse! -exclamó Alonsillo-. Sobre todo don Jerónimo.

Se hizo el silencio dentro del carruaje, esperando una aclaración, mas el lacayo se había distraído de nuevo con las muchas cosas que pasaban en la arena.

– ¡Habla! -rugió Rodrigo, impaciente-. ¿Qué asuntos son ésos?

Alonso dio un respingo y, espantado, se enderezó el chambergo.

– Asuntos de la flota, naturalmente -explicó-. Don Jerónimo es juez oficial de la Casa de Contratación y tiene que dirigir a los oficiales reales encargados del recuento del oro y de la plata, del recaudo de impuestos, de la vigilancia de los bienes de difuntos, de la correspondencia oficial, de los registros de mercaderías… Él vela porque sus oficiales ejecuten todas es-las tareas adecuadamente. No podrá regresar a su casa hasta bien entrada la noche, si es que regresa hoy y no mañana.

La nao capitana se distinguía del resto de galeones de la flota por el rojo estandarte real que ondeaba en el extremo de su palo mayor. Conté diez y seis galeones fondeados en el río, naos monstruosas de tamaño descomunal con altos castillos de proa y popa y con los costados reforzados por gruesas tablazones punteadas por filas de troneras. Cada galeón podía montar más de setenta cañones, aunque tuve para mí que no artillaban tantos, a lo sumo treinta o cuarenta por nao, y arbolaban tres palos de velas cuadradas. Se me alcanzó con toda claridad por qué las flotas de la Carrera de Indias no habían sido nunca atacadas: no existía ni existiría jamás escuadra pirata capaz de enfrentarse a semejante potencia, sin olvidar la menor, aunque no por ello menospreciable, capacidad defensiva de los cien o doscientos mercantes que viajaban en la conserva. Sin embargo, todo ese armamento convertía a los galeones en naos pesadas y lentas y, a no dudar, sus altos castillos las hacían balancearse en demasía, lo que, ante un presunto ataque, daría mayor ventaja y beneficio a naos más pequeñas y ligeras, como las inglesas.

Estuvimos observando durante mucho tiempo y, llegado un determinado punto, Rodrigo, sorprendido, exclamó:

– ¡Adóbame esos candiles!

– ¿Qué acontece? -quise saber.

– ¿Pues no están bajando los cañones a tierra? -preguntó, incrédulo.

Alonso, con engreimiento, se echó a reír de buena gana.

– Se hace por orden real -afirmó-, de suerte que los mismos cañones y municiones puedan ser utilizados por más de una nao. Si un galeón está siendo reparado, no precisa armamento alguno.

– No lo conocía -dije, asombrada.

– España tiene pocas fundiciones de hierro y bronce y siempre anda escasa de artillería. Por eso está toda registrada. Cada vez que una nao arriba a puerto, se le desmonta hasta la última de las culebrinas y se le retira hasta la menor de las pelotas de tres libras y se manda todo a los arsenales. Entretanto no son necesarias, allí permanecen, bajo custodia, y, cuando es menester, se toman y se reparten entre los galeones.

Y, en efecto, con la ayuda de andas, cabestrantes y bueyes, una nutrida cuadrilla de esportilleros a las órdenes de varios oficiales reales estaba despojando la flota de sus defensas. Las pelotas de hierro se amontonaban por calibres en una parte de la arena cercada y protegida por soldados y lo mismo acaecía con los enormes y pesados cañones y con los sacos de metralla, las palanquetas y los barriles de pólvora para los tiros. Quien parecía estar a cargo del asunto era don Jerónimo de Moncada, que rondaba por allí dando órdenes y vigilando y, al verle, un mal pensamiento se me vino a la mente:

– Alonso, ya que tanto sabes…

– Me place, doña Catalina -atajó él prestamente, a la defensiva-. Deseo ser artillero. En cuanto consiga realizar un viaje a las Indias, como exige la Casa de Contratación, me presentaré al puesto.

Un tanto sorprendida por su respuesta, que no esperaba, quedé con mi cuestión en suspenso durante un suspiro, mas, luego, reaccioné:

– Sea. El de artillero es un buen oficio -dije abatida, si bien no podía comprender la razón de mi pena-. Mas satisfaz esta pregunta: toda esta artillería que van descargando en la arena, ¿ha salido de las fundiciones de Fernando Curvo?

Rodrigo soltó un bufido y se volteó hacia mí. El mismo mal pensamiento que yo albergaba en mi cabeza se hallaba ahora en la suya.

Desde su alto cargo en la Casa de Contratación, Jerónimo de Moncada, el esposo de Isabel, era el responsable de aprestar las flotas y las Armadas, proveyéndolas de todo lo necesario para los viajes. Este menester lo ejecutaba, según estaba ordenado, de acuerdo con el prior del Consulado de Mercaderes que, en este caso, por más, era su cuñado Luján de Coa, esposo de Juana. Al aprestar las flotas de la Carrera de Indias, Jerónimo de Moncada era, por tanto, el encargado de disponer y, en su caso, comprar las armas y la munición, lo que cerraba un perverso círculo en el caso de que le fueran vendidas por las fundiciones de Fernando Curvo, el mismo que con tanta amabilidad había fabricado la rejería de mi palacio.

– La artillería no sale sólo de las fundiciones del mayor de los Curvos -me aclaró Alonso-. Hay un famoso maestro fundidor en Sevilla, Juan Morel, del barrio de San Bernardo, que es el encargado de fabricar los cañones de bronce. Juan es hijo de Bartolomé Morel, el grande maestro fundidor de cañones y campanas y, por más, de muchas piezas para la Iglesia Mayor de Sevilla, como el Giraldillo que culmina la torre.

– ¿Y qué artillería fabrica, pues, Fernando Curvo? -se impacientó Rodrigo.

– Los cañones y las pelotas de hierro. La Casa de Contratación, por orden de la Corona, suministra a Juan Morel el cobre y el estaño para fabricar el bronce. Fernando Curvo, en cambio, tiene sus propias minas de hierro en la sierra que hay al norte de Sevilla, en El Pedroso y en San Nicolás del Puerto. -Tomó aliento y, mirando por el ventanuco con ojos radiantes, continuó hablando-: Los mejores cañones son los de bronce, ya que pesan menos y resisten más; los de hierro, siendo más baratos, precisan de más hombres para ser manejados y acostumbran a soltarse de sus cureñas y retrancas en cuanto disparan pelotas de calibre grueso, por eso nadie los quiere en sus naos y Fernando Curvo funde cada vez menos cañones y mucha más munición: pelotas de hierro que van desde tres hasta cincuenta y seis libras, [31]según dictan las órdenes reales.

– En resolución -concluí para poner fin a la perorata-, el tal Juan Morel fabrica los cañones de bronce y Fernando Curvo la munición de hierro para los galeones de guerra.

– En efecto.

– ¿Y conoces cuánta munición le vende a la Corona o, por mejor decir, a su cuñado Jerónimo de Moncada?

Alonso me contempló sorprendido.

– Erráis, doña Catalina -objetó-, al recelar que don Jerónimo de Moncada le compra la munición a Fernando Curvo. Don Fernando la fabrica sólo para la Corona y toda va y viene de los arsenales del rey. Don Jerónimo de Moncada, con los caudales del impuesto de la Avería que pagan los mercaderes y cargadores a Indias, le compra la munición al arsenal, no a su cuñado.

– En tal caso no hay beneficio ilícito -razoné.

– Lo que sí puedo deciros -siguió explicándome- es que se cargan unas mil pelotas de hierro por flota y el doble por Armada y que, de las flotas, vuelven las mil, en tanto que de las Armadas, que entran en batalla contra los flamencos, los berberiscos o los turcos, vuelven pocas o ninguna, de cuenta que las fundiciones de Fernando deben producir y vender varias docenas de miles al año y eso, a no dudar, le procura muy buenos y legítimos beneficios.

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[31] Once kilos y medio.

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