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Venganza en Sevilla

Электронная книга - «Venganza en Sevilla». Краткое содержание книги:

Sevilla 1607. Catalina Solís -la protagonista de Tierra firme- llevará a cabo su gran venganza en una de las ciudades más ricas e importantes del mundo, la Sevilla del siglo XVII. Catalina cumplirá así el juramento hecho a su padre adoptivo de hacer justicia a sus asesinos, los Curvo, dueños de una fortuna sin igual amasada con la plata robada en las Américas.
Su doble identidad -como Catalina y como Martín Ojo de Plata- y un enorme ingenio le hacen diseñar una venganza múltiple con distintas estrategias que combinan el engaño, la seducción, la fuerza, la sorpresa, el duelo, la medicina y el juego, sobre un profundo conocimiento de las costumbres de aquella sociedad…
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Mis tres anfitriones guardaron silencio un instante para mejor disfrutar de la grande satisfacción que les producía mi asombro al contemplar aquella extraordinaria opulencia, mas, al cabo, Fernando consideró que la modestia le obligaba a dar por concluido el alarde y me invitó a tomar asiento para principiar la comida. Los esclavos negros, de los que había muchos en la casa, sirvieron el primero de los platos, que no era otro que un magnífico arroz con leche para el que se había usado una buena cantidad de canela. Luego, acompañadas de aceitunas, nabos, coles y huevos, vinieron las carnes, de las que había de todas las clases: carnero, puerco, gallina, perdiz… Un placer para los sentidos mas, como no quería que las vituallas lo fueran todo y deseaba conocer cuanto me fuera posible sobre los Curvos, fui llevando la conversación hacia mis nuevas y queridas hermanas doña Juana y doña Isabel pues, si no erraba con Belisa de Cabra, ésta las tenía en muy poco aprecio y, antes o después, acabaría hablando más de lo debido por hallarse a gusto en su propia casa, comiendo y en grata compañía. De cierto que el cuero de vino viejo que gustábamos también contribuiría.

Mas no fue Belisa de Cabra sino su padre, don Baltasar, quien, al final, me procuró la información más notable. Yo había percibido que Fernando Curvo sentía una muy grande admiración por su suegro, a quien, a no dudar, veneraba. El viejo comprador de oro y plata era el verdadero amo en aquella casa y como tal actuaba y le dejaban actuar, de cuenta que empecé a dudar de que el mayor de los Curvos, el hacedor de la compleja trama de matrimonios de provecho, el fanfarrón de rostro avellanado que quería matarme de una estocada, fuera el único artífice de todo aquel ventajoso negocio familiar. Ni Juana ni Isabel ni Diego contaban para nada, pues de seguro sólo habían obedecido las órdenes de su hermano mayor en lo tocante a casamientos, y aún contaban menos sus consortes, Luján de Coa, Jerónimo de Moncada y la pobre condesa de Riaza, meras herramientas al servicio de las ambiciones de Fernando. Ignoraba la pujanza del quinto hermano, Arias, que se hallaba en Tierra Firme, mas a tal punto de mi historia hubiera jurado que sólo era otro lacayo más. Y, ¿a quién parecía obedecer y reverenciar Fernando? A Baltasar de Cabra, su suegro, uno de los hombres más ricos de Sevilla.

Según yo sabía (porque me lo contó Francisco, el hijo esclavo de Arias Curvo aquella lejana noche en Santa Marta), Baltasar de Cabra había sido un humilde boticario que, gracias al comercio con las Indias, se había convertido en el más rico y poderoso banquero de Sevilla. Empezó fiando caudales con un interés mucho más alto del habitual tanto a los maestres que necesitaban dineros para aprestar sus naos como a los mercaderes que precisaban comprar y cargar mercaderías. Se enriqueció tanto con estas diligencias usurarias (pues otra cosa no eran) que cerró la botica y se convirtió en cambista para seguir haciendo lo mismo aunque de manera legítima. Al día de hoy, según aseguraba Francisco, muchas de las flotas del Nuevo Mundo se dotaban a crédito con sus solos caudales, caudales que luego, cuando los barcos regresaban, recuperaba con grandes beneficios. Y la gruesa Belisa de Cabra era su única hija, la madre de su único sucesor, el pequeño Sebastián Curvo, de nueve años de edad.

Y lo que el susodicho Baltasar de Cabra me contó, a fuer de ser totalmente sincera, no me iluminó el entendimiento en aquel punto, mas sí luego, cuando la descomunal abundancia de plata labrada de aquel palacete se acumuló, según me confió con envidia mal disimulada la marquesa de Piedramedina, a las mismas abundancias en las casas de Juana Curvo, Isabel Curvo, Diego Curvo y el viejo comprador de oro y plata. Nadie en Sevilla, ni la más alta aristocracia, poseía en sus palacios tan grande cantidad del blanco metal aunque sus riquezas excedieran con mucho a las de la familia Curvo. Era algo extraordinario, comentó como de pasada, algo que, según descubrí al indagar un poco más, tenía difícil o ninguna explicación, si bien nadie aparte de mí parecía buscarla. Entonces sí se me alcanzó todo con absoluta lucidez. Sin embargo, aquel día, desde mi ignorancia, sólo me preocupaba sacar provecho de la comida conociendo lo que Fernando, Belisa o don Baltasar tuvieran a bien referirme sobre los Curvos:

– Conozco cuánto estimáis a las hermanas de don Fernando -prorrumpió de súbito el banquero, comiéndose de un mordisco un grueso acitrón; yo acababa de hablar admiradamente sobre la bondad de sus dos matrimonios con próceres tan destacados del comercio sevillano-. Debéis conocer que don Luján y don Jerónimo no eran hombres principales cuando matrimoniaron con doña Juana y doña Isabel.

– Ah, ¿no? -me sorprendí.

– No, no lo eran -añadió Belisa con malvada satisfacción-. Carecían del talante necesario. De no ser por mi señor esposo y, sobre todo, por mi señor padre, aquí presente, ni Juana ni Isabel ocuparían el lugar que han alcanzado en la buena sociedad.

Temí que Fernando Curvo, molesto por el giro que había tomado la conversación, la interrumpiera con alguna distracción, mas no fue así. Su rostro sonriente mostró el mucho orgullo y contento que aquella historia le producía. Continuó comiendo piñones, pasas, almendras y toda clase de confituras como si los dulces de los postres fueran lo más importante del mundo, permitiendo así que su suegro y su esposa siguieran hablando en confianza.

– Por el grandísimo aprecio que le tengo a mi yerno don Fernando, a quien Dios nos conserve muchos años, accedí a comprarles a sus dos cuñados los puestos que hoy ocupan, y lo hice -prosiguió, fatuo e hinchado como un pavo real, fijando en mí sus ojos torcidos- en beneficio del buen nombre de la familia Curvo, a la cual pertenece mi hija por matrimonio y cuyo mayorazgo heredará mi nieto, Sebastián, así que estoy satisfecho de lo mucho que gasté y no lo tengo en cuenta.

– ¡Pues deberíais, padre! -apuntó Belisa, sofocada-. ¿Acaso ya no guardáis en la memoria los muchos caudales que os costaron esos cargos?

Era práctica común tanto en España como en el Nuevo Mundo la enajenación, compra o arriendo de oficios y, por ser legal y conforme a derecho, nada malo había ejecutado don Baltasar de Cabra. Lo admirable era la extraordinaria calidad de los oficios tan generosamente comprados: prior del Consulado de Mercaderes y juez oficial y contador mayor de la Casa de Contratación. No habrían sido baratos en modo alguno.

– Más de cincuenta mil ducados por cada uno de ellos -sentenció el banquero.

– Creía que el prior de los Mercaderes -comenté por ahondar más en el asunto- era nombrado por elección de los cónsules.

Mis tres anfitriones se echaron a reír de buena gana.

– ¡Por eso costó el oficio tantos caudales! -declaró Belisa.

– ¿Y por qué razón -le pregunté a Fernando- eligió vuestra merced a don Luján y a don Jerónimo como esposos para sus hermanas si aún no eran tales gentil-hombres?

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