Noches Reales
- Автор: Морган Рэй
- Язык: испанский
- Жанр: Современные любовные романы
Электронная книга - «Noches Reales». Краткое содержание книги:
El príncipe Damián de Nabotavia era un Play boy que, aburrido de todo, claudicó ante las presiones de su familia y accedió a buscarse una mujer “adecuada” con la que contraer matrimonio… Y entonces un accidente lo cambió todo, dejándolo indefenso. Pero ¿realmente había sido un accidente o quizá alguien había querido poner en peligro su vida?
La única persona en la que podía confiar era su nueva terapeuta, la sensible Sara Joplin, que con su amabilidad y la dulzura de su voz había conseguido que volviera a sentirse vivo. Damián no tardó en confiar tanto en Sara como para contarle sus temores y, en su búsqueda de la verdad encontraron el peligro… y se descubrieron el uno al otro.
– Tuvo que irse a Arizona.
– ¡Arizona! ¿Y eso por qué?
La mayor de las hermanas dudó antes de responder.
– Es una historia larga.
Sara no quería hablar de lo ocurrido durante los últimos días y, además, Mandy no necesitaba más preocupaciones de las que ya tenía.
– Regresará pronto -agregó.
La embarazada movió la cabeza con gesto negativo.
– Si fuera tú, no permitiría que un bombón así estuviera fuera de mi vista por mucho tiempo. Otra criatura de nuestro sexo podría querer atraparlo… Nunca se sabe, hermanita.
Comprendió que a Sara no le había gustado su broma y aclaró:
– Es un chiste. Por lo que he visto, diría que estáis muy unidos.
Después, Mandy miró a su hermana con la esperanza de ver si podía obtener alguna primicia del romance.
La mayor reconoció el gesto y rió a carcajadas.
– No lo vas a creer: dice que me ama – concedió, roja de vergüenza-. ¿No te parece absurdo?
A Mandy se le llenaron los ojos de alegría. -De absurdo no tiene nada, eres encantadora.
– No, no lo soy -objetó Sara con fastidio-. No soy ni la mitad de bella que las mujeres a las que está acostumbrado. Sabes a qué me refiero, todas parecen haber nacido en un yate, rodeadas de joyas, champán y magnates.
– Sí, sirenas sin un gramo de grasa pero llenas de plástico en las curvas. Créeme, conozco a ese tipo de chicas y tienes razón, no te pareces en nada a ellas. Tú tienes un estilo de belleza propio. De hecho, creo que cada día estás más hermosa.
– Genial, ahora resulta que tengo una cara con carácter -ironizó la terapeuta-. Ya me lo habían dicho.
– Sara, no me has entendido…
– Sea como sea, sabes que Damián y yo no tenemos futuro juntos. Ahora está encaprichado conmigo, igual se le está pasando ya.
Mandy abrió la boca, volvió a cerrarla y se sonrojó. Después, tomo aire y habló lentamente, pero con firmeza.
– Escúchame, Sara. Sólo porque nuestros padres fueron incapaces de darse el tiempo suficiente para amarnos no significa que otras personas no puedan.
– No trates de psicoanalizarme -protestó.
– Lo siento, hermanita, pero alguien tiene que decirte las cosas como son. Te he visto actuar así en otras ocasiones. No confías en el amor de los demás y te pasas la vida poniendo peros. Si quieres que Damián te ame, tendrás que abrirle tu corazón.
– Abrir el corazón no implica perder la cabeza -contestó, cínicamente.
– ¡Por favor! -gritó, con frustración-. ¿Es que no quieres ser feliz? Es tu turno, Sara. Lo has ayudado a recuperar la confianza, ahora deberías cobrarte el favor.
La mayor de las Joplin puso mala cara.
– ¿Qué dices?
Mandy vaciló por un momento y con los ojos llenos de lágrimas respondió:
– Digo que permitas que te ame. No trates de alejarte de él sólo porque algún día dejará de amarte. Ahora, ten la valentía de confiar en su amor.
Sara la miró con detenimiento. En el fondo de su corazón, deseaba que estuviera en lo cierto y que todo se limitase a dejarse amar o no. Aun así, sentía que el romance con Damián era un imposible.
Un rato después, salió de la habitación de Mandy y bajó a la cafetería del hospital a tomar un café. Un enfermero joven se sentó a su mesa e intento charlar con ella. La miraba con particular admiración. Sara no le hizo caso aunque no pudo evitar preguntarse si era verdad que estaba más bella. Sin duda, algo había cambiado porque los hombres no solían mirarla de ese modo.
La atención masculina era reconfortante pero no bastaba para sanar su corazón partido. Recordó la conversación con Mandy y se preguntó por qué tenía que ser tan pesimista. En cierta medida, su hermana tenía razón: Damián había dicho que la amaba y era ella quien se resistía a aceptarlo. A pesar de lo cual no podía dejar de sentirse incómoda al pensar en la actitud distante que el príncipe había tenido después de recobrar la vista y en cómo había convertido uno de los días más felices de su vida en algo tenso e irritante. Sara reconoció que también había estado fastidiosa. Quizá, sencillamente porque esa no era la reacción que ella esperaba.
La agonía de Sara se prolongó por un día y medio más. Durante ese tiempo, se convenció de que debía aceptar que la aventura amorosa con el príncipe estaba terminada. Lo mejor era hacer un corte rápido y claro. A fin de cuentas, tratándose de algo que ocurriría tarde o temprano resultaba estéril seguir esperando. Se acordó de lo que Annie había dicho acerca de las chicas tontas que creían que un noble se casaría con ellas. Pensó que Annie tenía razón y que sería el colmo de la estupidez esperar que un príncipe cambiara su vida por una mujer poco agraciada y ordinaria como ella. Ordinaria, pero lo bastante inteligente como para no dejarse atrapar por una fantasía semejante.
Se había mantenido ocupada visitando a Mandy y ayudándola a volver a casa. Después, fue a la oficina para entregar un informe sobre su trabajo con Damián; llamó al doctor Simpson para contarle la recuperación del príncipe y volvió a la agencia para solicitar que le asignaran un nuevo paciente.
Entre tanto, Damián había llamado y, al no encontrarla, había dejado un mensaje en el contestador automático con el número del palacio en Arizona. A Sara le tomó tres horas poder armarse del coraje necesario para llamarlo.
Preguntó por él, pero el mayordomo no parecía tener idea de dónde podía estar.
– En ese caso, ¿podría hablar con la princesa Karina? – preguntó.
– Desde luego, ¿quién la llama?
La terapeuta le dio su nombre y el hombre le pidió que esperara un momento en línea. Unos segundos más tarde, oyó que alguien levantaba el auricular.
– ¡Sara! -exclamó Karina- Qué alegría saber de ti. ¿Vendrás a la boda?
– Bueno, no sé…
– No te preocupes, Damián nos ha explicado que tenías que ocuparte de tu hermana. ¿Cómo está?
– Bien, por suerte. Hoy ha regresado a casa y su marido ha pedido permiso en trabajo para poder quedarse con ella. Así que, teóricamente, no es necesario que permanezca aquí por más tiempo.
En ese momento, Sara cerró los ojos y se mordió el labio inferior. Aún no podía creer que estuviera aceptando la invitación a una boda como esa. Tenía dudas acerca de lo que debía hacer, pero Karina le insistió tanto que finalmente decidió viajar a Arizona de cualquier forma.
Antes de despedirse, la princesa dijo:
– No le digamos nada a Damián. Que sea una sorpresa, ¿te parece?
Sara accedió y colgó el teléfono. Cuando comprendió lo que acababa de hacer, se tapó la cara con las manos. Le había prometido a Karina que iría a la boda y ya no podía echarse atrás. Se preguntaba qué cara pondría Damián cuando apareciera en el palacio. Estaba segura de que la expresión de su rostro al verla lo diría todo. Y también sabía que, si se mostraba contrariado o nervioso por tener que encontrar una manera sutil de escaparse, ella sería incapaz de volver a sonreír.
Capítulo Quince
– Lo felicito, señor. Se maneja muy bien a pesar de la ceguera.
Damián sonrió y miró sin mirar a la rolliza mucama que había hecho el comentario. Se sentía un canalla y un mentiroso. Todas las personas con las que se había encontrado en el castillo parecían sentirse obligadas a decirle lo valiente que había sido al llegar hasta allí sin dejarse amedrentar por sus limitaciones. Lo irónico era que probablemente habría viajado aunque siguiera estando ciego. Entonces, a los falsos elogios de los demás, se sumaba su propia hipocresía.
Sin embargo, no podía hacer nada al respecto. Conocía a Sheridan y sabía que aparecería en algún momento. Y lo último que Damián quería era que su hermanastro se enterase de que la situación había cambiado drásticamente.