La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
La incultura y la ignorancia, simplemente, desaparecerían.
Pero esto era sólo una pequeña maravilla entre las muchas que llenaban aquella ciudad. Había tantas a mi alrededor que la mente saltaba de una a otra, incapaz de repartir adecuadamente su capacidad de asombro. La misma máquina analítica era algo cuya existencia apenas había vislumbrado como posible mientras trabajaba en el diseño de mis discos. Dediqué muchas horas a hacer croquis de los mecanismos de la máquina, y al complicado entramado de palancas y ruedas dentadas, perfectamente ajustadas que formaban los diferenciales, el alma de las unidades de cálculo; unos ingeniosos mecanismos que enlazaban entre sí conjuntos de engranajes móviles, imponiendo entre sus velocidades simultáneas la condición de que cada una de ellas fuera proporcional a la suma o a la diferencia de las otras. Pura magia matemática.
Todas mis mañanas en aquel fantástico lugar empezaban de la misma forma; al amanecer llegaba Ácalo, el sirviente de la consejera Neléis; un joven delgado, de pelo negro rizado y rasgos inteligentes; y me despertaba con suavidad. Después me conducía a una habitación contigua que estaba revestida completamente de una porosa piedra blanca, y allí recibía un baño de vapor. Ácalo me entregaba una rasqueta de madera para que frotara con ella mi piel, y él mismo me ayudaba frotando en aquellas partes del cuerpo a las que yo no llegaba bien. A continuación me llevaba a una estrecha cabina, y tras girar una pequeña rueda pegada a una de las paredes, una suave y continua lluvia de agua se derramaba sobre mi cuerpo. Así de sencillo; giraba una pequeña llave, y el agua fluía, la giraba en dirección contraria, y el chorro cesaba. Junto a Ácalo, realicé largos paseos por las plataformas y terrazas de Apeiron, mezclándome entre aquellas gentes y aprendiendo sus costumbres, y había visto trozos de tubo con llaves como aquélla repartidos por todas partes en la ciudad, y todos daban agua al girar las manivelas. Para los apeironitas aquello parecía natural, pero yo me quedaba mirando asombrado cada vez que esto sucedía. Lo que más me admiraba no era lo extraño de aquel artilugio, cuyo funcionamiento podía comprender mucho mejor que el de los balones voladores o la máquina analítica, sino la naturalidad con la que los ciudadanos se tomaban aquel incesante fluir de agua en medio de un desierto.
Tras secarme, me tumbaba sobre un banco de piedra, y Ácalo me daba un masaje que hacía revivir y parecía tonificar mis viejos músculos.
Todos los días empezaban así, y tras esto, me sentía preparado para enfrentarme a los gruesos volúmenes de aquella inmensa biblioteca. Y para conocer a los sabios maestros de Apeiron, con los que tuve ocasión de disfrutar de largas charlas que abrieron mis viejos ojos a un nuevo y maravilloso mundo.
Todos aquellos nobles eruditos se sentían discípulos del Gran Aristarco, que había vivido en el siglo III antes de Nuestro Señor Jesucristo en Jonia, un pequeño e inconexo reino formado por sólo un puñado de islas. Pero desde entonces la ciencia de la ciudad había avanzado mucho, y aquellos sabios me hablaron de la inmensidad del universo; en el que se había formado, espontáneamente (según ellos), a partir de la materia difusa del espacio, un gran número de mundos, destinados a evolucionar y más tarde a decaer. Me contaron que estos mundos erraban solos por la oscuridad del espacio, mientras otros iban acompañados por una cohorte de soles y lunas; y que en ocasiones podían colisionar entre sí; y que algunos estaban habitados, mientras que en otros no había ni plantas ni animales. Creían que las formas simples de la vida nacieron del cieno primordial y evolucionaron por sí mismas hasta formas más complejas; al igual que los átomos, que ya fueron predichos en la Antigüedad, pero que los sabios de Apeiron se habían ocupado de analizar y demostrar.
Pero yo no podía aceptar fácilmente algunas de su ideas.
Discutí largamente con ellos su certeza de que la Tierra no era el centro del universo, y que nuestro mundo giraba alrededor del sol; al igual las estrellas, que eran soles distantes, semejantes al nuestro, tenían sus propios planetas girando a su alrededor.
Para mí era evidente que la Tierra estaba inmóvil. Y no comprendía cómo esto no resultaba tan claro como para mí a aquellos sabios de Apeiron, que afirmaban que el único método seguro de llegar a conocer la verdad era el experimento.
Es fácil hacer un experimento que consiste simplemente en dejar caer al suelo un gran peso; podemos medir su trayectoria cuantas veces queramos y comprobaremos que ésta es siempre una línea perfectamente recta. Si la Tierra girara sobre sí misma, para producir el efecto de los días y las noches ante un sol inmóvil, tendría que girar a una enorme velocidad y en ese caso la trayectoria de caída de cualquier objeto nunca sería una línea recta. Hasta un niño podría demostrar esto. Y además, como tan acertadamente señaló el gran Aristóteles, si la Tierra se moviese, la distancia a las estrellas variaría al cabo del tiempo, como cambia entre los planetas, y si esto no sucede es porque nuestro mundo está absolutamente inmóvil.
Así lo creía entonces y así lo creo ahora, pues aquellos hombres tan sabios no fueron capaces de proporcionarme argumentos para convencerme de lo contrario.
Ácalo también me ayudaba y me acompañaba en mi formación, buscando las citas y referencias que yo le pedía en las entrañas de aquella maravillosa máquina analítica, cuyo lenguaje de tarjetas perforadas Ácalo entendía.
Nunca había conocido a un esclavo tan bueno como aquel joven, de modo que un día le pregunté si había nacido esclavo o había sido capturado hacía mucho tiempo. Ante esta pregunta, Ácalo, me miró entre divertido y escandalizado, y dijo:
– No soy esclavo, Ramón, no hay esclavos en Apeiron.
Me era difícil creer que esto pudiera ser real.
– ¿Quién hace el trabajo pesado entonces? -le pregunté-. ¿Quién acarrea el agua caliente, o enciende las calderas, o se cuida de que las calles estén limpias?
– Hombres libres, ayudados por máquinas como la que nos rodea.
El constante murmullo de la máquina analítica al funcionar, me recordó dónde estaba, lo extraordinario que era aquel lugar. Pero todo era demasiado extraño y no podía aceptarlo; ¡una sociedad sin esclavos! En toda la historia de la humanidad jamás había existido nada semejante. Los problemas prácticos parecían insalvables.
– ¿A qué te dedicas? -le pregunte al joven.
– Soy estudiante, Ramón -dijo-, me presenté voluntario para servirte.
– ¿Por qué?
– Eres un sabio del Mundo Exterior. Es posible aprender mucho de tu experiencia y sabiduría, y para mí es un honor servirte.
Un honor, pensé con cinismo. ¿Qué podía aprender aquel brillante joven de mí, excepto que para los hombres del Mundo Exterior, la mera existencia de una sociedad sin esclavos parecía algo inadmisible?
¿Cuánta distancia había entre la limpia mente de aquel joven y mi propia mente, enturbiada por la repetida visión de la injusticia y la maldad?
Dieciséis siglos de búsqueda incesante del Conocimiento basado en hechos, demostraciones o experimentos irrecusables, habían producido las maravillas que ahora me rodeaban. Aquella ciudad era como una isla de razón y de lógica rodeada por un océano de locura. Y los consejeros me habían dicho que estaban en peligro, amenazada por el mismo Mal que había estado a punto de apoderarse de mí.
Se preparaba entonces una gran batalla. La batalla definitiva entre la razón y la locura. La propia historia de la ciudad, que ahora estaba aprendiendo de los libros, parecía definida por una serie de escaramuzas en el transcurso de esa guerra.
Mientras leía la historia de Apeiron, y sentía cómo las mareas de siglos pasaban sobre la ciudad, encontraba vagas referencias al Adversario, aquí y allá. A veces le llamaban la Criatura , a veces el Adversario. Nunca se le describía con precisión, ni se explicaba cuáles eran sus intenciones, pero era evidente que a lo largo de los tiempos estaba siempre ahí, acechando en algún lugar desconocido y horrible.
Las pequeñas colonias y observatorios astronómicos que la ciudad había ido fundando a lo largo de los siglos, como simientes de nuevas Apeiron, destinadas a extender su ciencia y su criterio a la hora de interpretar la naturaleza, se habían perdido una tras otra; como zarpazos dados por el Adversario.
Pero nunca había encontrado la ciudad original, aunque era evidente que los apeironitas siempre se habían sentido amenazados, obligados a permanecer ocultos, a reducir al mínimo sus contactos con lo que ellos llamaban el Mundo Exterior.
Ácalo apenas pudo aclararme algo sobre el Adversario.
– Sabemos que vive en el Remoto Norte -me dijo en una ocasión-. Y es muy viejo, tan viejo como las estrellas. Su raza proviene de otro mundo y tuvo un gran poder en el pasado, pero ahora el Adversario está solo y sabe que nosotros somos los únicos que podríamos destruirle. Por eso nos odia y desea nuestro final.
Oyéndole hablar, y leyendo los crípticos comentarios sobre la Criatura dispersos por los textos históricos de la ciudad, me preguntaba por qué aquellas gentes tan perspicaces para otras cosas no alcanzaban a comprender, tan claramente como yo lo hacía, la verdadera naturaleza de aquel Ser; auténtica encarnación del Mal del mundo.