La locura de Dios
- Автор: Aguilera Juan Miguel
- Язык: испанский
- Жанр: Научная фантастика
Электронная книга - «La locura de Dios». Краткое содержание книги:
Concebí mis discos del Ars Magna para que me ayudaran a interpretar y a descifrar la mente de Dios, pues supuse que la pequeñez de la mente humana sería incapaz de hacerlo por sí sola. Necesitaba ayuda, y ésta sólo podía provenir de un ingenio creado por mi propia mente, pero que fuera capaz de multiplicar su capacidad, como una palanca es capaz de multiplicar la fuerza de un brazo.
Nyayam se interesó por saber si había logrado algún resultado. Ojalá lo supiera, pensé. Pero le dije:
– En parte sí. Pero nunca logré ir más allá de agotar todas las posibles combinaciones de los principios, y explorar así todas las posibles estructuras de la Verdad.
Neléis me preguntó si no era eso lo que había buscado desde el primer momento.
– Creía que era eso, pero ahora, al ver vuestra máquina, sé que estaba en un error. Cuando intenté aplicar mis círculos a problemas mundanos éstos me condujeron una y otra vez a demostraciones circulares, sin ninguna posibilidad de aplicación práctica. Comprendí que el error era más profundo de lo que yo creía, y que me faltaba algún tipo de herramienta matemática para fundar esta lógica. Pero ahora -extendí los brazos como si quisiera abarcar toda la maquinaria que me rodeaba- veo que el problema tiene una solución, y que vosotros habéis dado con ella, y doy gracias a Dios por haberme permitido visitar esta ciudad antes del día de mi muerte. Debo… es necesario para mí entender cómo funciona esta máquina.
Nyayam apoyó una mano sobre mi hombro y me pidió calma.
– Somos enanos subidos a las espaldas de gigantes -dijo-; no intentes comprenderlo todo inmediatamente, porque cada paso hacia adelante, cada avance tecnológico, lleva consigo una implacable lección de humildad.
Les miré confundido, sin entender completamente lo que querían decir. ¿Cómo podría el avance del conocimiento humano tener consecuencias negativas? Sólo la ignorancia puede ser mala, el conocimiento del mundo sólo nos hará mejores y más felices.
Nyayam y Neléis me miraron significativamente, durante un largo instante, antes de que la mujer dijera:
– ¿Y qué sucedería si ese conocimiento te demostrara que el mundo no es tal y como creías que era? Que es mucho más extraño y complejo de lo que imaginabas.
Me estremecí ante aquellas palabras, y sentí una especie de vértigo, como si mi alma estuviera colgando al borde de un abismo. Les aseguré que no sabía de qué estaban hablando, y ellos me condujeron hasta un extremo de aquella gran sala, donde estaba arrinconada una mesa de gruesa madera repleta de papeles. Sobre ella descansaba una compleja figura; nueve esferas de cobre estaban sujetas a una delicada armilla, y sobre cada una de estas esferas estaba grabado el nombre de un planeta.
– En ocasiones me gusta retirarme aquí para meditar -dijo Nyayam, sonriendo como si quisiera alejar aquella turbación de mi mente-. Sé que esto puede resultar sorprendente, rodeado por todo ese ruido, pero el chasquido de esos engranajes, su monótono repiqueteo, suele ayudarme a disciplinar mi mente. En otras ocasiones, debo advertirte, su efecto es el contrario.
– ¿Qué es esto? -pregunté observando la armilla-. ¿Es un juego?
Neléis quiso saber por qué decía esto, y yo tomé la armilla entre mis manos.
– Sólo existen seis planetas -dije-, contando la Tierra que debería estar situada en el centro. ¿De dónde han salido esos otros nombres? Rea, Océano y Tártaro… Esos nombres no pueden corresponder a planetas.
– ¿Por qué pareces tan seguro de eso? -me preguntó Neléis.
– He estudiado los cielos durante toda mi vida -dije-, y jamás vi más que cinco planetas, además del Sol y la Luna, moviéndose por los cielos.
En realidad, recordé, los pitagóricos afirmaban que los astros del Universo deberían completar el número mágico de diez, y como sea que sólo conocían nueve: Sol, Mercurio, Venus, Tierra, Luna, Marte, Júpiter, Saturno y Estrellas-fijas, tuvieron la osadía de añadir la Antitierra.
Nyayam se acercó a la esfera armilar, y la hizo girar levemente.
– ¿Y si esos otros mundos fueran invisibles para los ojos desnudos, y sólo se descubrieran al hacerlo con potentes instrumentos ópticos? ¿Cambiaría eso tu concepción del mundo? Y si esos mismos instrumentos te demostraran que, efectivamente, la Tierra no ocupa el centro del mundo, ¿lo creerías? ¿Aceptarías lo que esos instrumentos te dicen o en cambio los destruirías afirmando que son obras del demonio?
De nuevo Roger Bacon, el doctor admirable, acudió a mi mente. ¡Qué feliz se habría sentido aquel franciscano inglés de haber llegado a una ciudad como aquélla, y ver todos sus sueños realizados! Su pasión era el conocimiento de la naturaleza, tanto en relación con el contenido de las ciencias como en cuanto al método para investigarlas. Y, como hijo de San Francisco, Bacon transformó su amor hacia las creaturas en observación científica. Tenía una fe exuberante, no sólo en Dios, sino también en la naturaleza, en los hombres, y en sí mismo. Sentía el universo rico de infinitos secretos:
«Ve, observa, experimenta, aplica». El saber para él era acción y sentía la necesidad de los hechos y de las pruebas. Nunca le asustó la Verdad. ¿A mí sí?
– No lo sé -reconocí-; no sé lo que haría, lo que creería, si tuviera que enfrentarme a una realidad distinta de la que creo. -Alcé los ojos y miré desafiante al anciano consejero-. Pero sé que siempre intentaría guiarme por la razón y la lógica, que nunca utilizaría argumentos irracionales o fanáticos para defender a ultranza mis creencias.
La sonrisa de Nyayam se amplió.
– Estupendo, amigo mío, porque si es así, sin duda que nuestra relación será fructífera. Eres una persona de gran importancia para nosotros.
– No entiendo por qué -dije-. Es evidente que podéis aprender muy pocas cosas de mí, siendo como son vuestros conocimientos tan vastos.
– Hay dos grandes motivos por los que tu presencia entre nosotros es tan importante -me explicó Neléis-; el primero es que estamos viviendo tiempos de crisis; nuestra ciudad está amenazada por el mismo Mal que intentó poseerte. Se avecina un gran enfrentamiento y tus amigos guerreros bien podrían ser el grano de arena que decidiera la balanza a nuestro favor. Pero no confiamos en los mercenarios y carecemos de experiencia en tratar con ellos. Preferimos hablar con un hombre de ciencia como tú; por quien, sorprendentemente, el líder de los mercenarios parece sentir un profundo respeto. Es una situación muy afortunada para nosotros.
– ¿Y el segundo motivo? -pregunté.
– Yo no nací en esta ciudad -dijo Nyayam-; mi origen está en la remota India, y durante una parte de mi vida mis creencias, y mí concepción del mundo, fueron muy diferentes a los que ahora profeso. Me encontré en mi juventud con unos exploradores de Apeiron y me uní a ellos. Una decisión que jamás lamenté; esta ciudad siempre ha tenido sus puertas abiertas, para todo aquel cuya mente esté también abierta, pues ella misma se alimenta y engrandece gracias a la sangre nueva que llega a sus venas. Tener una única visión del mundo es casi peor que ser completamente ciego, y Apeiron necesita nuevas mentes del Mundo Exterior que nos recuerden constantemente que nuestra realidad no es la única posible o deseable.
– Soy viejo -dije-, y también tengo experiencia en eso de cambiar de vida y de creencias y -añadí en un tono que era casi de súplica-… quiero aprender. Quiero comprender el mundo y todas las obras de Dios. Quiero conocer todas las realidades y empaparme de toda vuestra sabiduría.
– Te buscaremos un alojamiento más adecuado -dijo Neléis, asintiendo complacida-; y te procuraremos un sirviente que se ocupe de ti y que responda tus preguntas.
– No es un camino fácil -concluyó el anciano Nyayam-; hay un gran abismo entre tu pueblo y el mío, pero tu voluntad, y tu sincero deseo de saber, pueden colmar ese abismo y descubrir la auténtica riqueza del mundo que supera las más locas especulaciones y fantasías del hombre.
6
Yo estaba seguro de haber despertado en el Paraíso.
Me había trasladado inmediatamente a una vivienda, cercana al edificio de la Asamblea, cuyas paredes estaban llenas de estantes repletos de libros.
Nunca en mi vida he visto tantos libros juntos, ni creo volver a verlos.
Y me sumergí en la lectura de aquellos volúmenes que fui amontonando, poco a poco, a mi alrededor. Era como un niño incapaz de decidir qué comer, perdido en una tienda de golosinas. Tomaba uno de aquellos libros de su anaquel, lo ojeaba pasando rápidamente las páginas, lo dejaba a un lado, tomaba otro y repetía la operación. Mi cabeza giraba de un lado a otro, y mi hambre de conocimientos se estaba transformando rápidamente en una especie de gula incontrolada.
Aquellos libros, por ejemplo, eran muy extraños; y, como objetos, eran tan maravillosos como las maravillas de las que hablaban. Durante horas, estudié los pequeños y precisos caracteres que los llenaban. No había duda, en un libro determinado, la letra «a» era siempre igual, así como la «e» y cualquier otra letra. Ninguna mano humana sería capaz de caligrafiar con tanta precisión, y la única explicación que pude encontrar era que aquellos libros habían sido realizados con alguna especie de sello o impronta para cada uno de los caracteres. Las posibilidades de ese sistema de reproducir los libros, cautivaron rápidamente mi imaginación; sin duda el primer libro sería muy costoso de elaborar, pero a partir de ahí, las cosas se precipitarían; podrían hacerse miles de copias y hacerlas llegar hasta el más humilde de los hombres.