El Vuelo De La Reina
- Автор: Мартинес Томас Элой
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «El Vuelo De La Reina». Краткое содержание книги:
– Has venido a humillarme en mi propia casa -le dijo-. Esperaste a que me volviera inválido y viejo, ano? ¡Esperaste tanto para traer a tu amante.'
– Se equivoca, señor. Se confunde dijo Reina.
– ¿Yo? ¿Cómo voy a confundirme si pasé la vida esperando que este momento llegara?
Perdía el aliento y de su pecho salía un coro de silbidos. La enfermera preparó una inyección calmante e hizo señas de que todo había terminado. Era mejor dejar al viejo en paz.
– Vamos a irnos, papá -dijo Camargo-. Me alegra verte bien. Me alegra que te cuiden.
– Perra, perra -siguió el anciano-. ¿Y ahora por qué no te pusiste los guantes del hospital, eh? ¿Ya no te da asco tocarme?
– No llevo guantes, señor. Véame. No vengo del hospital -trató de convencerlo Reina mientras Camargo la tomaba por el brazo y la arrastraba hacia el ascensor.
Fue como si la marea de lo no vivido se retirara de las playas que había cubierto durante años y el pasado apareciera ante Camargo liso y nítido: la desmemoria a que lo condenaron las fotos quemadas por el padre y el nombre prohibido de la otra, la que se había ido, todo eso regresaba, como regresan siempre los dolores que no queremos sufrir. Se dio cuenta de que durante anos había equivocado la búsqueda, yendo detrás de una madre que debía repetir su propia imagen, una forma errante cuyos ademanes y voz estaba seguro de reconocer, sin saber -pero ahora el padre acababa de decírselo- que perdemos la vida buscando lo que ya hemos encontrado.
– Estás pálido -le dijo Reina, ya en la calle.-Estoy bien -dijo él.
– ¿Por qué estás bien? No podes estar bien después de lo que ha pasado.
– Siempre es así. A veces me reconoce, a veces no; ya te lo dije.
– A mí me pareció que estaba perdido pero lúcido. Me confundió con otra, eso fue todo. No te veía a vos, pero estaba viendo algo que era verdadero.
– Vos no eras verdadera. No eras otra.-Para tu padre sí, en ese momento. -¿En ese momento? No, nunca. No puede distinguir una persona de un micrófono.-Claro que sabe. Las personas somos para los demás no como somos sino como nos quieren ver.
– Vaya a saber de quién hablaba -dijo Camargo-. No sé quién pudo haberlo herido así.
– Sabes, sabes -lo acosó ella-. No querés acordarte.
– No sé. Y tal vez no quiero acordarme.
Reina no debía haber sentido ternura en ese momento, pero la ternura no es una decisión que se pueda tomar sino una ola que se mueve por dentro sin que nadie la llame. Meses después se daría cuenta de que estaba cometiendo un error, pero en ese momento sólo pensaba en él y en su pasado triste: un pasado que no conocía entonces y que Camargo nunca le revelaría. Fue tal vez por eso que aceptó ir esa noche a la casa de los geranios, en San Isidro, olvidando que, apenas él se sintiera seguro de su amor, volvería a menospreciarla. No era correcto hablar del amor de Reina, porque no se trataba de eso, como ya se ha dicho: lo que ella sentía era apego y, muy en lo hondo, temor de su cólera. Entrar en el espacio de Camargo significaba ser vigilada, asediada, y también vulnerada por sus cambios de humor. Pero no sabía cómo apartarse de él una vez que cata bajo su influencia: era un imán de alcance infinito, o una herida que nunca cicatrizaba.
Empezó a pasar dos o tres noches a la semana en San Isidro. Le gustaba levantarse al amanecer y caminar sobre el césped de la casa hasta una glorieta desde la que se veían los veleros tempranos del río y la mansa niebla destrenzándose de la corriente. Reina sentía entonces que el ser de antes se le evaporaba y no sabía si este nuevo ser que ahora entraba en ella podía ser feliz alguna vez, con Camargo pesándole como una sombra. Su vida de antes había sido gris y ésta también lo era, aunque de otro modo: en la vida de antes corría y corría sin poder avanzar, y en la de ahora avanzaba sin poder correr. Le parecía que un invencible aro de hierro la asía de los tobillos, mientras el viento se la llevaba de un lado a otro. En noviembre Camargo y ella volvieron a viajar juntos, a Venecia y a Paris, donde se tomaron fotos y jugaron en los hoteles a ser padre e hija. Celebraron la llegada del 2000 en un crucero a los glaciares del sur de Chile, y desde la cubierta, abrazados, contemplaron la gloria de los fuegos artificiales en la bahía de Puerto Montt después de haberse extasiado, en el televisor del barco, con las réplicas iluminadas de los globos Montgolfier que volaron sobre la torre Eiffel de Paris y los muros de fuego que se deshicieron en Berlín a un lado y otro de la puerta de Brandeburgo. Esa noche se hablaron por primera vez en una lengua que sólo tenía significado para los dos. Reina había empezado a estudiar la gramática canaanita e inventaba frases a partir de los sonidos que le dictaban sus deseos. Estaban ya borrachos o más bien colocados -como decía Reina- y se desnudaron en la cabina para que el nuevo siglo los bañara con la luz de felicidad y desconcierto que tiene todo lo que empieza. Ella le acarició las piernas y le dijo, de pronto: «Maná pussa astiy». «¿Maná pussa?», preguntó Camargo. ¿Qué es pussa?» Ella le mintió: «Quiero tocar tu animalito. Pussa significa animalito». La expresión en arameo es más dulce, significa «es mi hijo», pero a ella le dio vergüenza confesar que el animalito le parecía pequeño y en estado de perpetua necesidad. «Bringueame la plusidra, entonces», siguió Camargo, besándola. Ella lo apartó: «Eso no vale. Es glíglico, el horrendo invento de Cortázar. Si nos hablamos, que sea en mi lengua, maru legrabas, con sintaxis, con núcleos: voz de seres humanos,.»Si es así, te fuqueo, Queenie, musaraño ta coquina.» «Así es mejor, urduno», suspiró ella.
A veces, en la redacción, se comunicaban a través de esos intríngulis para que las secretarias y los editores no entendieran lo que estaban diciéndose. «¿Flineamos a la Caleta?», le preguntó Camargo a fines de enero, cuando la invitó a Washington, donde un informante iba a explicarle la estrategia confidencial que el Fondo Monetario pensaba aplicar en la Argentina para cobrar una deuda de catástrofe. «¿Vrané?», quiso saber ella. «Camargo», dijo Camargo, porque esa palabra también significaba mañana.
Se alojaron en el mismo hotel de la calle M que tan malos recuerdos les traía. Reina creyó que iba a suceder otro desastre cuando oyó que les asignaban un cuarto idéntico en el mismo piso, pero Camargo la sentó en los sillones del vestíbulo apenas la camarera los dejó solos y le dijo que, aunque él no tuviera los veinte años menos que habría querido, ya era hora de que ella aceptara la fatalidad de que se casarían tarde o temprano. Durante todo el viaje la trató con una delicadeza tan extrema que parecía de mentira. La llevó a ver un programa doble de películas viejas que daban en un cine de la avenida Pennsylvania, le compró un collar de esmeraldas en la joyería de Georgetown a la que Grace Kelly le había encomendado la diadema de su casamiento, le prometió felicidad eterna ante las caídas de agua de la National Gallery y no quiso aprobar dos de los títulos principales del diario antes de que ella diera también su parecer. A Reina la conmovió tanto esa voluntad de enmienda que no se atrevió a decirle «Tendrías que ir a verla hoy mismo» cuando Brenda volvió a llamarlo por teléfono para decirle que Ángela sufría una hemorragia interna en pleno cuarto ciclo de la quimioterapia. Estaban sólo a dos horas de Chicago y esa mañana había no menos de cuatro vuelos desde los aeropuertos de la capital. «No puedo, Brenda», le oyó decir. «No te das cuenta que no puedo?» Al colgar, se volvió hacia Reina y le pidió, con cara inocente, que se abrigara bien porque iban a pasar la tarde en el zoológico.
A ella no le quedaba tiempo sino para las investigaciones del diario y para Camargo. No sólo fue perdiendo las pocas amigas que había tenido -ninguna soportaba los malos humores de él ni su extraña certeza de que el mundo estaba siempre debiéndole algo-¿ la urgencia con que vivía hizo que también se perdiera a sí misma. Hacia fines del verano descubrió que sus modales eran idénticos a los de Camargo: sólo le faltaba pasearse por la redacción a las diez de la mañana perfumada con su agua de colonia. Se quejaba de los asistentes y esperaba que Insiarte le diera la espalda para imitar su andar patizambo.