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Электронная книга - «El Vuelo De La Reina». Краткое содержание книги:

G. M. Camargo, el todopoderoso director de un diario de Buenos Aires, se obsesiona por Reina Remis, una periodista de talento a la que dobla en edad. Su soberbia le impide ver que los sentimientos ajenos no están bajo su dominio, y esa ceguera lo sume en una historia de amor de la que saldrá transfigurado. A partir de esa intriga clásica, Tomás Eloy Martínez construye una novela irresistible sobre el deseo, el poder y la identidad. Casi todo lo que sucede, sucede dos veces, de un modo siempre más oscuro y desconcertante.La corrupción política y la impunidad en un país que se va viniendo abajo, y el creciente delirio erótico, van dibujando un friso cuyo final, imprevisible, arrastra a los lectores otra vez a la primera línea del libro, atrapados por una historia que se parece tanto a la vida.
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Camargo repitió la historia con medias palabras secas y distantes, disimulando el sollozo de perro que tenía atascado en la garganta. Después se quedó mirando por la ventana el tránsito sin sonidos de la calle M, temeroso de que Reina hablara porque, si lo hacia, se le iban a desprender todas las lágrimas que jamás había llorado. Estuvieron en silencio más de una hora, mientras se alzaba el sol transparente de la mañana, hasta que él se volvió y le dijo con el tono pausado de siempre:

– Ya no hay por qué seguir acá ni un solo día. Me da lo mismo que crucifiquen a Clinton o que lo salven. Me estoy pudriendo en esta ciudad sin alma.

Ella le contestó lo que él quería que dijera:

– También yo estoy cansada de viajar.

El último esfuerzo que hizo por reparar el daño de la noche anterior terminó, sin embargo, por arruinarlo todo.

– Ya no te sientas mal, amor -dijo-. No quiero verte sufrir.

Camargo era invulnerable a los ataques porque sabía cómo devolverlos, y toleraba airoso el desamor de los otros, la indiferencia y el rencor que había aprendido cuando era chico. Pero la sola idea de inspirar lástima le hervía la sangre.

– ,Sufrir? ¿Cómo podes ser tan estúpida para creer que sufro por la muerte de esa vieja? No, Reina. Lo que me inquieta es el dolor de Ángela. Me inquieta que tenga una recaída y no me quede más remedio que correr a la cabecera de su cama.

Ella se acercó para abrazarlo diciéndole “Me parecía, me parecía…”. Apenas tuvo tiempo de ver los ojos de Camargo trastornados por la ira y de adivinar lo que estaba por suceder, sin que pudiera evitarlo. El la golpeó con una energía de buey, y cuando ella se recuperó, en el piso, los labios estaban sangrando.

No se volvieron a hablar durante las horas que aún les quedaban en Washington y se dijeron

apenas lo indispensable en el avión que los llevó de regreso. Reina creyó que la relación volverla a su cauce cuando entraran en la rutina de Buenos Aires, pero ya nada fue como antes. Camargo no le pidió perdón, y se comportaba como si fuera ella la que estaba en falta. En el diario, sin embargo, la trataba con una cortesía casi artificial. Jamás empezaba las reuniones de editores sin que ella estuviera presente y tomaba nota en un cuaderno de todas sus observaciones, aunque nunca las usara.

Asignó a Reina dos ayudantes para que investigara el crimen de un estanciero y su esposa durante las inundaciones del río Salado. Los culpables parecían ser tres miembros de la familia Guthrie, unos puesteros pelirrojos, de cara aindiada, que descendían de escoceses. Se los acusaba de haber crucificado a los patrones con vigas arrancadas del techo de un granero. Reina había descubierto cerca de los cadáveres un ejemplar ruinoso del evangelio según Marcos, y en su artículo, comparó el asesinato con otro cometido por una familia de nombre parecido, Gutre, en 1928. Esta primera historia había sido ligeramente modificada por Jorge Luis Borges e incluida en uno de sus libros de cuentos, El informe de Brodie. Reina exhumó los detalles del crimen original, en el que los crucificados eran también dos -un estudiante de medicina y su primo hermano-, y lamentó que Borges empobreciera la realidad al acentuar la semejanza con el sacrificio del Gólgota. Debían de haberlo influido los informes periodísticos de la época, que aludían a Jesucristo y al buen ladrón, tal como hicieron los diarios de fines de 1999. Más sagaz, Reina advirtió que los Guthrie eran iletrados, como los Gutre, y conocían una tradición rural de las Highlands, según la cual Jesús murió en la cruz de Jerusalén al mismo exacto tiempo que Simón, su hermano gemelo, era martirizado en la cruz de Damasco.

El relato aumentó las ventas de El Diario y desató un sinfín de polémicas entre los lectores. Otra vez Sicardi llamó a Reina para anunciarle que le duplicaban el sueldo: la empresa quería disuadir así a las radios y canales de televisión que seguían tentándola con ofertas fastuosas. Habían pasado apenas dos años desde el incidente en el monasterio de Los Toldos y ya era una de las diez personas mejor pagadas de la redacción. El Diario (o Camargo, daba igual) le había asignado un equipo propio, que incluía al resignado Insiarte y a otros dos cronistas impacientes por alcanzar la misma gloria rápida de la jefa. Reina se aficionó a dar órdenes. Jamás había pensado que ese ejercicio pudiera ser tan placentero, y lo perfeccionaba volviéndose cada día más implacable y exigente. Adoptó la costumbre de poner los pies sobre el escritorio y reclinar el asiento hacia atrás, como Camargo, sosteniendo la nuca con las manos. Algunos pensaban que era una parodia, pero Reina lo hacía sin pensar, creyendo que ese gesto desaliñado indicaba un cierto poder, de la misma manera que había fumado cigarrillos a los quince años para sentirse adulta.

Pasaron el invierno y el comienzo de la primavera sin que ella regresara a la casa de los geranios, en San Isidro. No la extrañaba, y tampoco extrañaba la vida infeliz que había compartido con Camargo, pero a la vez la perturbaba la soledad de sus dos cuartos en la calle Humberto Primo, donde había ido acumulando ropa, libros, computadoras y equipos de música con los que tropezaba a cada paso. Decidió al fin alquilar un departamento más amplio, en un barrio menos bohemio y apartado que San Telmo. Fue a ver covachas oscuras, con ventanas que daban a patios internos de ventilación y cocinas con escamas de grasa centenaria, por las que se pedían depósitos altísimos porque los inquilinos se quedaban cuatro, seis meses sin pagar, y luego resistían el desalojo.

Una mañana se le ocurrió que tal vez fuera mejor comprar algo. Buenos Aires estaba llena de balcones con letreros de venta, los préstamos hipotecarios eran fáciles para las personas de ingresos fijos y, si no encontraba un departamento nuevo a su gusto, podría reformar algún otro, abriendo ventanas y derribando paredes. Necesitaba cartas de El Diario para empezar los trámites y cuando se las pidió a Sicardi intuyó que había dado un paso fataclass="underline" Camargo lo sabría al instante. Durante meses se había mantenido lejos de él. Ahora, la interrogaría. Lo que para otros eran azares simples de la vida para ella podían volverse puertas del infierno.

No se equivocó. Después de la reunión de editores de la tarde, el director le pidió que se quedara en su despacho un momento más. Repitió punto por punto el ritual con el que la había recibido al volver de la Azotea de Carranza: ordenó que nadie lo molestara, ofreció café y apagó los televisores del despacho, en los que un momento antes se había visto al viejo George Bush descender de un avión privado en el aeropuerto militar de la ciudad, mientras el presidente penitente, en los últimos días de su mandato, lo saludaba enarbolando un palo de golf.

– No puedo dejar de pensar en vos, Reina -le dijo.

– ¿Por qué? ¿Ya no tenés a quien golpear?

Quería ser cínica y brutal, aunque a él nada le hacía daño. Tampoco esta vez cambió su expresión de niño desconcertado.

– Ah, Reina, Reina, qué rencorosa sos. Aquel día, en Washington… ¿Tenemos que hablar de ese día? Me enceguecí, me volví otro. Puedo soportar lo que sea pero no soporto que me tengan lástima.

– No era lástima, Camargo. Sólo quería abrazarte.

– Ya sé. Si conocieras mi vida sabrías por qué me pongo a la defensiva.

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